Leer Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 4 online gratis en español
Primero escuchó algo.
Un sonido suave y repetitivo, como un balanceo. Regular. Constante. Entraba y salía de su conciencia sin despertarlo del todo.
Abrió los ojos.
Vio un techo de madera oscura, muy bien trabajado, con pequeñas líneas doradas que se entrecruzaban formando figuras que no reconocía. Entre las maderas, cristales azulados dejaban pasar una luz tenue, como si el sol estuviera filtrado a través de hielo.
Hacía frío, pero no el frío insoportable de afuera. Era un frío soportable, como el de una habitación mal calefaccionada.
Respiró.
El aire olía a madera quemada y a algo más. Algo dulce, como resina.
Se dio cuenta de que seguía húmedo. La chaqueta aún estaba fría y mojada, pegada a su piel. Los pantalones, igual. Los zapatos. Todo.
Entonces recordó lo último:
la criatura;
el mamut;
la nieve;
el viento;
el lomo azul;
el movimiento sin rumbo.
Intentó levantarse y sintió el dolor. No era un dolor agudo. Era un dolor sordo, profundo, que le recorría las piernas, la espalda, los brazos. Los músculos protestaban. Todo su cuerpo protestaba.
Se incorporó lentamente, apoyándose en una superficie que resultó ser una especie de camastro estrecho. Las mantas que lo cubrían eran gruesas y pesadas, de un tejido áspero pero cálido. Las apartó.
Miró alrededor.
No era una casa.
El espacio era reducido. Una pequeña mesa de madera oscura, con bordes tallados. Muebles elegantes, de líneas curvas, que no se parecían a nada que hubiera visto antes. Una lámpara colgaba del techo, azul, con una luz suave que parpadeaba como una llama líquida. Cortinas gruesas, de un color gris oscuro, cubrían una ventana.
En las paredes, símbolos que no reconocía. Líneas quebradas, círculos incompletos, formas geométricas que parecían tener un significado que él no podía descifrar.
Tocó la pared.
Madera. Pero no madera seca. Era fría, lisa, casi como si hubiera sido pulida durante mucho tiempo.
Entonces sintió el movimiento.
No era un movimiento brusco. Era suave, rítmico, como el de un barco meciéndose en el agua.
Se quedó quieto.
¿Estoy... dentro de algo?
Se acercó a la ventana. Sus dedos temblaban —por el frío, por el miedo, por ambas cosas. Corrió la cortina.
Abrió la ventana. El viento frío le pegó en la cara.
Y vio.
La caravana flotaba sobre la nieve.
Miró hacia abajo. No había ruedas. No había patas. Estaba suspendida a varios metros del suelo, desplazándose sin ruido sobre un manto blanco e infinito.
Más adelante, atados a la caravana por correas de un material que parecía piel, estaban los mamuts azules. Flotaban también. Los mismos. Sus cuerpos de niebla y luz, sus trompas largas, sus cabezas masivas. Tiraban de la caravana como si fuera lo más natural del mundo.
—¿Qué...?
No terminó la frase.
Se quedó mirando, incapaz de mover los ojos, incapaz de pensar.
El viento le golpeaba la cara. La nieve se levantaba en pequeñas espirales alrededor de los mamuts. La caravana se mecía ligeramente.
—¿Qué es esto? —susurró.
Y entonces escuchó una voz.
—Ral'thir kael'neth. Tir'an ves'haran.
Se giró de golpe. Su corazón dio un salto.
Había alguien en la habitación.
No estaba ahí cuando él miró. Pero ahora estaba sentada tranquilamente, en una silla que no había notado antes, observándolo con una curiosidad serena. No parecía hostil. Había algo en su postura, en la forma en que lo miraba, que transmitía calma.
Era una mujer.
Más alta que él, aunque no de una manera exagerada. Su piel era tan pálida que por un instante pensó que estaba cubierta de una fina capa de nieve. Su rostro era delicado, de facciones elegantes, y unas orejas ligeramente puntiagudas sobresalían entre su abundante cabello blanco.
El cabello le caía largo sobre los hombros y se extendía detrás de ella en mechones ondulados que parecían flotar por sí mismos.
Sus ojos eran de un azul profundo, casi violeta.
Sobre su cabeza llevaba una corona formada por cristales semejantes al hielo.
Vestía prendas de azul oscuro, blanco y dorado, demasiado elegantes para lo que había visto hasta entonces. Varias líneas doradas recorrían la tela formando patrones geométricos que parecían cambiar ligeramente cuando la luz los tocaba.
A su lado descansaba una espada de cristal azul.
Se quedó paralizado.
No parecía humana.
Y, por alguna razón, eso fue lo primero que pensó.
No se movió. No respiró. Solo la miró.
Ella volvió a hablar. Su voz era baja, pero no intimidante. Sonaba firme, como alguien acostumbrado a hablar con seguridad, pero también con una suavidad que desarmaba.
—Kael'thir ves'haran? Tir'an seth'mor.
Sonidos que no encajaban con ningún idioma que hubiera oído antes. Ni español, ni inglés, ni nada que pudiera identificar. Algunas sílabas eran suaves, otras se cortaban bruscamente. Como si la lengua estuviera hecha de hielo y viento.
Se quedó mirándola sin entender.
Ella intentó otra vez. Esta vez, su tono era aún más suave. No había prisa en sus palabras. Era como si estuviera esperando, como si supiera que el problema no era que él no quisiera responder, sino que no podía.
Retrocedió un paso. La ventana seguía abierta. El frío entraba.
—No entiendo —dijo. Su voz sonó ronca, apenas un susurro—. No te entiendo.
La mujer lo miró con atención. No parecía frustrada. Más bien, parecía estar evaluando algo, como si estuviera confirmando una sospecha. Su expresión seguía siendo tranquila.
Levantó las manos, con las palmas abiertas, en un gesto que esperaba fuera universalmente comprensible.
—Espera —dijo, despacio—. No entiendo lo que dices.
Ella lo miró. Obviamente, tampoco entendió. Pero no se movió. No hizo ningún gesto brusco. Solo se quedó mirándolo, con esa misma calma.
Unos segundos de silencio.
Entonces ella pareció darse cuenta de algo. Señaló su propia boca. Luego señaló a él. Intentó otra frase. Sonidos diferentes, con un ritmo distinto.
Nada.
Negó con la cabeza.
—No. No te entiendo.
La tensión aumentó. Podía sentir cómo su cuerpo se preparaba para huir. No sabía dónde. No sabía cómo. Pero estaba listo.
La mujer se levantó lentamente. Sin prisa. Con movimientos calculados para no asustarlo. Su rostro seguía transmitiendo esa calma, como si estuviera lidiando con un animal asustado.
Retrocedió inmediatamente. Su espalda chocó contra la pared de madera.
Ella se detuvo.
Lo observó. Algo en su mirada cambió. No era amenazante. Era paciente. Casi comprensiva.
Después levantó una mano y señaló suavemente su cabeza.
Él no entendió.
Ella repitió el gesto, más despacio. Tocó su propia frente. Luego señaló la de él.
Frunció el ceño. No entendía lo que quería decir.
Ella suspiró —un suspiro suave, casi imperceptible— y dio un paso adelante. No había agresividad en su movimiento. Solo determinación tranquila.
No se movió. No podía. La pared le impedía retroceder más.
Ella levantó la mano otra vez. Se acercó. Con lentitud. Cuidado. Como si estuviera acercándose a algo que podía romperse.
Y, cuando estuvo lo suficientemente cerca, tocó su frente.
No fue una explosión. No fue una luz gigantesca. Solo una sensación extraña. Algo que atravesó su cabeza.
Imágenes que no reconocía. Palabras que no había escuchado. Sonidos que no podía identificar. Como si un idioma entero estuviera siendo vertido dentro de su cerebro. No todas las palabras. No todas las reglas. Solo la sensación de que aquellas sílabas comenzaban a tener forma.
Apretó los dientes. La mano de la mujer aún estaba apoyada en su frente, fría, firme.
Y entonces la sensación se fue. Como si hubiera sido succionada.
Silencio.
La mujer retiró la mano y dio un paso atrás. Su expresión seguía siendo tranquila, como si hubiera hecho algo que sabía que funcionaría.
—¿Puedes escucharme? —preguntó. Su voz era calmada, segura.
Tardó en responder.
La entendía.
No sabía cómo. Hacía apenas unos segundos aquellas palabras habían sido sonidos incomprensibles. Ahora tenían significado. Pero algunas sílabas aún le resultaban extrañas, como si su cerebro estuviera ordenando piezas que no encajaban del todo.
—Sí... —dijo finalmente.
La mujer asintió. Una sonrisa leve, casi imperceptible, apareció en sus labios.
—Bien. Parece que funcionó.
No sonaba sorprendida. Sonaba como alguien que sabía exactamente lo que estaba haciendo. Pero había algo en su tono, una calma que transmitía seguridad. Como si todo estuviera bajo control.
Se tocó la frente. El lugar donde ella lo había tocado. La piel aún estaba fría.
—¿Qué me hiciste? —preguntó. Su tono era más agudo de lo que quería. No pudo evitarlo.
Ella lo miró con calma.
—Te permití entender mi idioma.
—¿Cómo?
Ella lo observó con atención. Sus ojos claros parecían atravesarlo.
—Eso no es lo que debes preguntar.
Abrió la boca, pero ella continuó. Su voz seguía siendo tranquila, como si estuviera hablando con alguien que necesitaba tiempo para procesar.
—¿Quién eres?
Parpadeó. La pregunta era tan simple que lo descolocó.
—Markus —dijo—. Markus Dean.
Ella asintió lentamente, como si el nombre le resultara extraño. Como si no encajara con lo que esperaba.
—Markus Dean —repitió, probando las sílabas—. Un nombre... inusual.
No supo si eso era bueno o malo.
—¿De qué tierras vienes? —preguntó ella. Su tono seguía siendo calmado, pero había un interés genuino en su voz—. ¿Cómo llegaste a esta zona?
Abrió la boca. Quería dar una respuesta. Quería decir algo coherente.
Pero no podía.
—No sé —dijo finalmente—. No lo sé.
Ella lo observó. No parecía satisfecha, pero tampoco frustrada. Simplemente lo miró, como si estuviera evaluando sus palabras.
Hubo unos segundos de silencio.
—Estás en la antigua Región del Norte.
Se quedó en blanco.
—¿Antigua Región del Norte...?
Repitió las palabras lentamente.
Algo dentro de su cabeza se movió.
No era un recuerdo. Al menos, no uno que pudiera reconocer.
Región del Norte.
El nombre le resultaba extrañamente familiar.
Demasiado familiar.
Frunció el ceño.
¿Dónde había escuchado eso antes?
Intentó recordar.
Nada.
Solo una sensación vaga, como cuando uno intenta recuperar un sueño después de despertar y sabe que estuvo ahí, pero ya no puede alcanzarlo.
Sacudió ligeramente la cabeza.
No. No puede ser.
Quizá solo era el nombre.
Después de todo, "norte" era una palabra común. Podía existir en cualquier mundo.
Pero había algo más.
La forma en que ella lo había dicho. Con esa calma. Con esa seguridad. Como si fuera un hecho incuestionable.
Antigua Región del Norte.
Volvió a mirarla.
—¿Antigua?
La mujer asintió. Su expresión seguía siendo serena.
—Así la llamamos ahora. Hace mucho tiempo tenía otro nombre.
Guardó silencio.
No sabía por qué, pero aquella respuesta no consiguió tranquilizarlo.
—¿Quién eres? —preguntó finalmente.
Ella lo miró unos segundos antes de responder. No había prisa en su mirada. Era como si estuviera decidiendo cuánto decirle.
—Lysandra Vex.
El nombre era corto. Fácil de recordar. Pero la forma en que lo dijo, con esa calma natural, hizo que sonara importante.
—Soy la dueña de estos espíritus de hielo.
Markus parpadeó.
—¿Espíritus de hielo?
Ella inclinó ligeramente la cabeza hacia la ventana.
—Los mamuts. Son espíritus de hielo. Yo los creé.
Markus se quedó callado, procesando la información.
—¿Los creaste?
Lysandra asintió.
—Hace mucho tiempo. Son mi obra. Tienen voluntad propia, pero siempre han seguido mis órdenes.
Hizo una pausa.
—Hasta ahora.
Markus sintió un nudo en el estómago.
—¿Por qué crees que actuaron así?
Lysandra lo miró con atención. Sus ojos violetas parecían atravesarlo.
—Eso es lo que quiero descubrir.
Markus no supo qué decir a eso.
Se quedó en silencio, mirando hacia la ventana, hacia donde los mamuts azules seguían flotando, tirando de la caravana a través del páramo infinito. Los observó unos segundos. Sus movimientos eran suaves, casi etéreos. Como si realmente estuvieran hechos de niebla.
Lysandra Vex.
Lo repitió en su mente.
Y entonces supo por qué le sonaba.
No el nombre en sí. Sino el tono.
Había algo en la forma en que ella había dicho "espíritus de hielo" que le resultaba extrañamente familiar. Como si hubiera escuchado esa misma expresión antes.
Se quedó en silencio un momento, mirando a un lado.
Los mamuts.
Su mente volvió al bosque. A la criatura.
El recuerdo llegó sin avisar. La forma negra, con esas patas largas y segmentadas. La cabeza sin ojos. Esa boca húmeda, oscura. El llanto. Ese sonido que no era llanto. Y los pasos. Esos pasos sincronizados, pesados, que se acercaban.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
No era frío. Era miedo.
Se estremeció ligeramente. No pudo evitarlo.
—¿Estás bien? —preguntó Lysandra.
Su voz lo trajo de vuelta. Parpadeó. La mujer lo miraba con atención, pero sin presión.
—Sí —dijo—. Sí, solo...
Hizo una pausa.
—Recordé algo.
No dijo qué. No quería hablar de ello todavía.
Pero Lysandra no insistió.
Markus la miró.
—Gracias —dijo—. Por haberme salvado.
Lysandra lo miró. Su expresión cambió. No era confusión exactamente. Era algo más sutil. Como si no entendiera por qué se lo agradecía.
—No fui yo quien te salvó.
Markus parpadeó.
—¿Qué?
Ella negó suavemente con la cabeza.
—No ordené a los mamuts que te recogieran. No les di ninguna instrucción. Ellos actuaron por su cuenta.
Markus la miró, procesando lo que acababa de decir.
—¿No los controlas?
Lysandra lo observó con calma.
—Los guío. Los dirijo. Pero esto... ellos nunca actúan sin mi orden.
Hizo una pausa. Sus ojos violetas se mantuvieron fijos en él.
—Son mi creación. Tienen voluntad, pero siempre han seguido mis indicaciones. Hasta hoy.
Markus permaneció callado.
Entonces... ¿por qué?
Si aquellos mamuts podían decidir por sí mismos, ¿por qué habían ido hacia él?
¿Por qué me salvaron?
La pregunta se quedó flotando en su cabeza, sin respuesta.
Lysandra lo observaba en silencio, como si esperara que él mismo encontrara la respuesta.
Pero no la tenía.

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Errante bajo cielos extranjeros (Novela)
Capítulo 5
Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 4
Estás leyendo el capítulo 4 de Errante bajo cielos extranjeros (Novela), un novela. ## Markus tenía una vida normal. Hasta que, en un instante, fue arrancado de su mundo y llevado a un lugar que no existe en ningún mapa. Ahora se encuentra en un mundo desconocido, lejos de todo lo que conoce. Un mundo… Este capítulo tiene publicado el 25 de agosto de 2026. Errante bajo cielos extranjeros (Novela) tiene 33 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.