Leer Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 3 online gratis en español
Markus estaba sentado en la nieve. Sin fuerzas. Sin aliento. Viendo cómo la criatura y el mamut se enfrentaban.
No entendía nada. Su cerebro se había desconectado hacía rato. Solo existían el ruido, el frío, el miedo. La mochila aún colgaba de su hombro, pesada y húmeda, los libros en su interior convertidos en un bloque de papel congelado.
El mamut que se había puesto delante de él emitió un sonido. Grave, profundo. Salía de su trompa. No era un rugido. Era más como un canto, una vibración que recorrió el aire. Los demás mamuts —todos esos que flotaban detrás— se unieron al sonido. Un coro grave, extraño, que no parecía venir de criaturas vivas.
Los miró. Confundido.
No lo atacaban. No se movían hacia él. Estaban entre él y la criatura, formando una barrera.
—¿Qué...?
No terminó la pregunta. La criatura se movió.
Se lanzó. Un movimiento explosivo, más rápido que antes. Sus patas largas se estiraron, su cuerpo negro se proyectó hacia adelante con una velocidad que desafiaba su tamaño. Markus sintió el impulso incluso a distancia. La nieve a su alrededor explotó hacia los lados.
Por instinto, se cubrió la cara con los brazos. Se echó hacia atrás. Esperó el golpe.
Pero el mamut se movió primero.
No fue un movimiento elegante. Fue bruto. El mamut se interpuso, su cuerpo masivo chocó contra la criatura. El impacto resonó. Markus sintió el suelo temblar. Los dos cuerpos —uno sólido y azul, el otro negro y de muchas patas— se enredaron en un combate que no tenía gracia. Pura fuerza. Peso contra peso.
La criatura era rápida. Más rápida que el mamut. Se movía en círculos, atacando desde todos los ángulos. Sus patas delanteras, largas y afiladas como lanzas, golpeaban sin parar. Una, dos, tres veces. Los golpes llovían sobre el cuerpo azul. Pero el mamut no retrocedía. Cada vez que la criatura se acercaba, su trompa respondía con golpes pesados que sonaban como latigazos.
Uno de esos golpes alcanzó a la criatura en el costado. Perdió el equilibrio durante un instante. Una de sus patas se clavó en la nieve. Se recuperó antes de caer y volvió a moverse.
La criatura no se quedaba quieta. Se desplazaba de un lado a otro, sus patas largas moviéndose con una fluidez imposible para una cosa tan grande. Aparecía a la izquierda, atacaba, desaparecía. Aparecía a la derecha, atacaba de nuevo. El mamut se movía para seguirla, pero siempre iba un paso atrás.
Los veía desde el suelo. No podía moverse. No quería moverse.
Otro mamut se adelantó. Su trompa se movió en un arco amplio. Golpeó a la criatura de costado, con tanta fuerza que la mandó a volar. Giró en el aire, sus patas pataleando sin control, y cayó varios metros más allá. La nieve saltó en todas direcciones.
Markus esperó que no se levantara.
Se levantó.
Rápido, como si el golpe no le hubiera hecho nada. Se puso de pie sobre sus patas largas, su cuerpo negro intacto. Y comenzó a emitir sonidos otra vez. El llanto de bebé, mezclado con ese rugido de su boca. Un sonido áspero, insoportable.
Se cubrió los oídos.
La criatura se movió de nuevo. Directamente hacia ellos. Sus patas se movían tan rápido que apenas se veían, borrosas en el aire. La nieve saltaba a su paso. El mamut que estaba al frente se preparó, pero la criatura no fue hacia él. Esquivó. Se deslizó a un lado, apareció por detrás del segundo mamut, y atacó con sus patas delanteras. Golpe, golpe, golpe. Rápido. Preciso.
El segundo mamut se tambaleó. La criatura lo había golpeado en el costado, donde el cuerpo azul era más delgado. Retrocedió un paso. No parecía herido, pero el golpe lo había movido.
En ese momento, algo le rodeó la cintura.
Markus soltó un grito. Intentó agarrarse a lo que fuera, pero sus manos resbalaron sobre el pelo húmedo y frío. La trompa —gruesa, peluda, fría— lo apretó con firmeza.
Entonces dejó de sentir el suelo bajo sus pies.
—¡Espera!
La mochila se enganchó en la trompa. El mamut tiró de él hacia arriba. Se sintió como un muñeco, suspendido en el aire, moviéndose sin control. El mamut lo giró y lo colocó sobre su lomo.
El pelo era grueso, largo, de un azul pálido, y frío. Muy frío. Sintió el frío atravesarle los pantalones, la chaqueta, la piel. La mochila se le aplastó contra el costado.
Se aferró al pelo. No tenía otra opción.
Miró hacia abajo.
No había patas.
Desde la mitad del cuerpo hacia abajo, el azul se deshacía en una niebla que rozaba la nieve sin tocarla. Durante unos segundos no entendió lo que estaba viendo.
Entonces miró el suelo.
Estaban avanzando.
Pero no había huellas.
—No puede ser... —susurró.
El viento le pegó en la cara. Desde la altura, la ventisca era más fuerte. Pero también podía ver mejor. La nieve se extendía blanca e infinita. Los árboles, allá lejos. Y abajo, la pelea continuaba.
Los dos mamuts estaban frente a la criatura. Pero ella no se quedaba quieta. Se movía como una sombra, de un lado a otro, atacando desde todos los ángulos. Primero a la izquierda, luego a la derecha, luego por detrás. Sus patas largas golpeaban sin cesar, un ritmo frenético. Los mamuts respondían con sus trompas, pero la criatura era demasiado rápida. Esquivaba, se retiraba, atacaba de nuevo.
Chocaron otra vez. Los dos mamuts contra la criatura. El impacto fue violento. Voló hacia atrás, se estrelló contra un árbol. El tronco crujió. La nieve cayó de las ramas.
Pensó que se había acabado.
Pero la criatura se levantó. Otra vez.
Una abertura diferente apareció en su cuerpo. En el costado, donde antes estaban las pequeñas grietas que emitían el llanto. Una hendidura más grande, más profunda. De ella salieron espinas. Se dispararon. Un proyectil que atravesó el aire directo a los mamuts.
Se tensó. Esperó ver cómo las espinas se clavaban en el cuerpo azul, cómo la sangre —si tenían sangre— manchaba la nieve.
Las espinas chocaron contra los mamuts y cayeron. Como si hubieran golpeado una pared de hielo. Se deslizaron por el cuerpo, rebotaron, se hundieron en la nieve. No quedó ni una marca.
Los mamuts no habían recibido daño.
Parpadeó.
La criatura, al ver que su ataque no funcionaba, se movió otra vez. Rápida. Furiosa. Sus patas se movían tan rápido que parecían un enjambre. Atacó al primer mamut, golpeando su costado, su trompa, su cabeza. El mamut se movió para responder, pero la criatura ya no estaba. Se había deslizado al otro lado, atacando al segundo mamut desde atrás. Patadas, golpes, un torbellino de extremidades negras.
Un tercer mamut se adelantó desde atrás. Ahora eran tres contra uno. Se colocaron en formación, alineados, sus cuerpos azules formando un muro. La criatura, a pesar de estar en desventaja, no se retiraba. Se movía de un lado a otro, buscando un hueco, atacando cada vez que veía una oportunidad.
Los tres mamuts juntaron sus trompas.
No entendió qué estaban haciendo. Hasta que el viento cambió.
El frío se intensificó. De golpe. El aire se volvió más denso, más pesado. Y entonces vio la ventisca. No era viento normal. Era una corriente de hielo, de escarcha, de nieve, que salió de las trompas de los tres mamuts. Una ráfaga blanca, casi sólida, que se dirigió directo a la criatura.
Intentó moverse. Pero la ventisca la alcanzó. La golpeó con una fuerza que no era de este mundo. El cuerpo negro fue arrastrado, las patas se doblaron, la cabeza grande se sacudió. Voló. Voló lejos. Se estrelló contra el suelo varias veces, rebotando, hasta que finalmente se detuvo a unos cincuenta metros.
La criatura se levantó.
Markus dejó de respirar.
No podía ser. Había sido golpeada una y otra vez, lanzada contra el suelo y arrastrada por aquella corriente de hielo. Y seguía levantándose.
Se puso de pie. Su cuerpo temblaba ligeramente. Pero no avanzaba. Se quedó ahí.
Sintió que lo miraba. Aunque no tenía ojos. Aunque era solo una cabeza negra y lisa. Sintió que la criatura lo veía. A él. Sobre el lomo del mamut. Su mochila a su costado, un bulto oscuro sobre el pelo azul.
La criatura dio media vuelta. Lentamente, con sus patas largas y segmentadas, se fue. Se metió entre los árboles. Su cuerpo negro se desvaneció en la nieve y la sombra.
No respiró hasta que no la vio más.
Se quedó sobre el lomo del mamut, aferrado al pelo frío, temblando. La mochila le presionaba la cadera, un recordatorio de que seguía ahí, aunque ya no significaba nada. El viento le pegaba, la ventisca le golpeaba, el frío le mordía. Pero no se movía. No podía.
El mamut emitió otro sonido grave, y los demás respondieron. Luego, el mamut de Markus comenzó a moverse. Flotando. Sin ruido. Sin patas.
No sabía a dónde iban. No sabía si iban a matarlo. No sabía si lo estaban salvando o llevando a su guarida.
No le quedaba fuerza para luchar.
Se aferró al pelo azul, sintió el peso de la mochila contra su costado, cerró los ojos, y dejó que el frío y el movimiento lo llevaran.

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Estás leyendo el capítulo 3 de Errante bajo cielos extranjeros (Novela), un novela. ## Markus tenía una vida normal. Hasta que, en un instante, fue arrancado de su mundo y llevado a un lugar que no existe en ningún mapa. Ahora se encuentra en un mundo desconocido, lejos de todo lo que conoce. Un mundo… Este capítulo tiene publicado el 21 de agosto de 2026. Errante bajo cielos extranjeros (Novela) tiene 33 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.