Leer Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 30 online gratis en español
El hielo terminó de ceder casi una hora después, el último fragmento desprendiéndose con un chasquido húmedo que resonó por todo el túnel.
Lika, agotada, redujo su brillo a poco más que un parpadeo, flotando despacio de vuelta hacia el hombro de Markus. Kessel, enroscado contra su cuello, no había dejado de temblar en todo ese tiempo, sus dos puntos de luz fijos en la criatura liberada con una desconfianza que Markus compartía por completo.
El cuerpo entero de la bestia quedó al descubierto, extendido más allá de lo que la luz alcanzaba a mostrar, cada segmento brillando húmedo bajo el resplandor azulado, las placas oscuras moviéndose apenas, un temblor lento, como el de algo que empezaba a recordar cómo respirar después de años de no necesitarlo.
Markus retrocedió un paso.
—¿Está... despertando?
Nadie le respondió, por supuesto. Pero el temblor se intensificó, extendiéndose segmento por segmento desde la cabeza hacia atrás, un movimiento ondulante que recorrió todo el cuerpo como una ola lenta.
Las patas, cientos de ellas, dobladas contra los costados durante quién sabe cuántos años, empezaron a moverse, torpes al principio, descoordinadas, como las de un animal recién nacido que todavía no entiende para qué sirven sus propias extremidades.
La cabeza se alzó, apenas, las mandíbulas curvas abriéndose y cerrándose despacio, sin fuerza, sin dirección clara.
No había agresividad en el movimiento. Solo confusión. Desorientación. La criatura giraba la cabeza de un lado a otro, como si intentara ubicar dónde estaba, qué había pasado, cuánto tiempo había dormido.
Markus se quedó inmóvil, observando, sintiendo una mezcla extraña de lástima y cautela.
—Tranquila —dijo, en voz baja, aunque no supiera si aquello podía entender algo parecido a las palabras—. Nadie va a hacerte daño.
La criatura se arrastró, despacio, torpemente, liberando el resto de su cuerpo del hueco de roca donde había dormido tanto tiempo. Cada movimiento era lento, descoordinado, las patas tropezando entre sí, el cuerpo entero bamboleándose de una forma que resultaba casi dolorosa de ver.
Markus dio un paso adelante, con cuidado, extendiendo una mano.
—Oye. Oye, aquí.
La cabeza giró hacia él, las mandíbulas abriéndose de golpe en un movimiento que no tuvo nada de la lentitud anterior.
Markus no alcanzó a retroceder.
Sintió el roce frío y húmedo de las mandíbulas cerrándose sobre su antebrazo, no con la fuerza de un ataque real —no hubo dolor agudo, no hubo el desgarro que él esperaba con todo el cuerpo tenso—, sino con algo más extraño: una presión, un contacto que se sintió, de inmediato, como algo mucho más profundo que un simple mordisco.
—¡Agh!
Retrocedió de un tirón, liberando el brazo, y la criatura se quedó quieta, como si el gesto la hubiera sacado de golpe de aquella confusión somnolienta, sus mandíbulas cerrándose despacio, sin volver a atacar.
Markus se miró el brazo, esperando sangre, un corte, algo.
No había ninguna herida.
Pero algo había cambiado.
La piel de su antebrazo, justo donde las mandíbulas lo habían rozado, se veía distinta. Más oscura en algunas zonas, con un brillo sutil, casi húmedo, que no debería estar ahí. Y mientras miraba, horrorizado, sintió algo moverse bajo la piel misma, un hormigueo que ascendía desde la muñeca.
—¿Qué...? ¡¿Qué me hiciste?!
Se arrancó la manga de la chaqueta, exponiendo el brazo entero a la luz de Lika, y lo que vio le heló la sangre más que cualquier cosa que hubiera enfrentado en ese mundo hasta entonces.
Pequeñas placas, oscuras, superpuestas, empezaban a formarse sobre el dorso de su mano, extendiéndose hacia los nudillos. No eran heridas. No era sangre ni infección. Eran, de alguna forma imposible, parte de su propia piel transformándose, endureciéndose, adoptando una textura que no tenía nada de humana.
Y en la punta de cada dedo, algo empezaba a curvarse hacia afuera, oscuro, afilado.
Garras.
—No, no, no —Markus se tambaleó hacia atrás, golpeando la mano contra la pared de roca, intentando —estúpidamente, lo sabía incluso mientras lo hacía— arrancarse aquello de la piel con la otra mano—. Quítate. Quítate de mí.
Las placas no se movieron. Las garras no cedieron. Si acaso, el contacto desesperado pareció asentarlas más, el proceso completándose bajo sus propios dedos sin que pudiera hacer nada para detenerlo.
Sintió el pánico cerrándole la garganta, la respiración volviéndose rápida, superficial, el corazón golpeándole tan fuerte que le dolía el pecho.
\[Sistema del Amo del Pacto\]
\[RESONANCIA DE VÍNCULO — ACTIVACIÓN ACELERADA\]
\[Causa: transferencia física directa durante el despertar de la entidad\]
\[La manifestación es permanente. No representa una amenaza para el usuario.\]
\[Advertencia: la intensidad de esta Resonancia es superior a la registrada en vínculos anteriores.\]
Markus leyó la ventana dos veces, tres veces, las palabras negándose a asentarse del todo en su cabeza por encima del pánico.
\*No representa una amenaza. No representa una amenaza.\*
Se obligó a respirar. Una vez. Dos veces. Se quedó mirando su propia mano, la mano que ya no terminaba de sentir completamente suya, las garras oscuras curvándose donde antes había uñas normales, la piel endurecida cubriendo los nudillos como una armadura diminuta e involuntaria.
—Esto no es... —susurró, la voz quebrada—. Esto no se parecía a lo de Kessel. A lo del mamut. Nunca se vio así. Nunca se sintió así.
Flexionó los dedos, despacio, sintiendo cómo las garras respondían al movimiento con una naturalidad horrible, como si llevaran ahí toda la vida y no apenas unos segundos.
Kessel se deslizó hacia él, rozando la mano transformada con su propia niebla fría, y Markus sintió, por primera vez desde el mordisco, algo parecido al consuelo en medio del horror.
—Está bien —dijo, aunque no estaba del todo seguro de creérselo—. Está bien. No es... no es tan grave. Solo es raro. Solo es muy, muy raro.
La criatura, mientras tanto, se había quedado quieta, su cabeza baja, las mandíbulas cerradas, en una postura que a Markus, contra toda lógica, le pareció casi arrepentida.
—¿Eso era necesario? —le preguntó, con un resto de rabia todavía temblándole en la voz—. ¿Tenías que morderme para esto?
La criatura no respondió, por supuesto. Pero algo en la forma en que bajó aún más la cabeza, casi hasta tocar el suelo, hizo que la rabia de Markus se desinflara un poco, reemplazada por un cansancio que le pesaba en todo el cuerpo.
—Bien —dijo finalmente, guardando la mano transformada contra el pecho, incapaz todavía de mirarla sin sentir un escalofrío de rechazo—. Bien. Ya está hecho. No puedo deshacerlo. Así que vamos a usarlo.
Se giró hacia la criatura, que seguía con la cabeza baja, expectante.
—Necesito que abras un camino. Hacia arriba, hacia la superficie. Pero no el mismo que dejamos sellado. Uno distinto.
La criatura levantó la cabeza, despacio, y por primera vez desde que había despertado, sus movimientos parecieron tener algo de propósito real. Se arrastró hacia una de las paredes de la cámara, sus mandíbulas abriéndose, y empezó a morder la roca.
No fue un ataque violento. Fue metódico, casi quirúrgico: cada mordisco arrancaba un fragmento preciso, la roca cediendo con una facilidad que no debería tener, como si las mandíbulas de la criatura estuvieran hechas, específicamente, para deshacer la piedra misma.
Markus observó, todavía con la mano herida —transformada, se corrigió a sí mismo, no herida— apretada contra el pecho, mientras un nuevo túnel empezaba a abrirse ante ellos, más ancho que el anterior, lo bastante grande, con suerte, para que el mamut pudiera pasar cuando lo encontraran.
Si es que todavía había un mamut que encontrar.
El tirón doloroso en su pecho seguía ahí, más débil que antes, pero presente, un hilo delgado que se negaba a romperse del todo.
—Resiste —susurró de nuevo, hacia ningún lugar en particular—. Ya vamos.
\*\*\*
El nuevo túnel avanzó más rápido de lo que Markus esperaba, la criatura abriéndose paso con una eficiencia que compensaba, al menos un poco, el horror de lo que le había hecho al brazo. Kessel iba adelante, explorando cada tramo antes de que avanzaran del todo; Lika flotaba cerca, su luz recuperándose despacio a medida que descansaba del esfuerzo anterior.
Markus caminaba al final, la mano transformada todavía oculta bajo la manga rota de su chaqueta, cada tanto flexionando los dedos sin poder evitarlo, sintiendo la extrañeza de aquel movimiento una y otra vez, sin lograr acostumbrarse del todo.
\*¿Cuánto más de esto va a pasar? ¿Cuánto más voy a dejar de reconocerme a mí mismo?\*
No tuvo tiempo de responderse. El túnel se abrió, de golpe, hacia el exterior, una ráfaga de aire frío golpeándole la cara, cargada de un olor que reconoció de inmediato: nieve, pino, y algo más, débil, pero inconfundible.
Sangre vieja.
Salieron a un claro distinto al que habían dejado atrás, más pequeño, rodeado de rocas, el cielo gris extendiéndose sobre ellos como un techo sin fin.
Y ahí, tendido contra una de las rocas, apenas visible, estaba el mamut.
No era el mismo cuerpo sólido y poderoso que Markus recordaba. Su forma se veía difusa, incompleta, la niebla azulada que debería conformarlo dispersa en jirones que apenas lograban mantener una silueta reconocible. Un ojo, el único rasgo todavía nítido en toda esa masa incierta, se abrió despacio al sentirlos llegar.
—¡Oye! —Markus corrió hacia él, olvidando por completo el horror de su propia mano, olvidando el cansancio, olvidando todo excepto la urgencia de llegar—. ¡Estoy aquí! ¡Resististe!
El mamut no pudo levantarse. Apenas logró emitir un sonido bajo, débil, una sombra de los bramidos que Markus ya conocía, pero vivo. Todavía vivo.
Markus se arrodilló junto a él, apoyando ambas manos —la normal y la transformada, ya sin importarle la diferencia en ese momento— contra lo que quedaba de su costado, sintiendo el frío familiar, más débil, más disperso, pero presente.
—Vamos a arreglarte —dijo, sin saber siquiera cómo, sin saber si era posible—. No sé cómo todavía. Pero vamos a hacerlo.
Se quedó ahí un momento, el peso de todo lo que había pasado —el campamento, el Vharak, el túnel, la criatura nueva, su propia mano ajena a sí misma— cayéndole encima de golpe, mientras el viento frío de la superficie le recordaba que, fuera lo que fuera que viniera después, al menos habían salido de la oscuridad.
Miró hacia el cielo, buscando algún punto de referencia, y entonces lo vio: lejos, hacia el este, una columna delgada de humo distinto al que habían encontrado antes. Más controlado. Más intencional.
Como una señal.
Markus sintió el corazón acelerársele por una razón completamente distinta a todas las anteriores.
—Ese humo —murmuró—. Esa dirección. Es la misma que sentimos antes de todo esto.
Miró hacia el mamut, hacia su forma incompleta, hacia la criatura nueva que esperaba detrás, todavía torpe, todavía desorientada, hacia su propia mano cubierta de placas oscuras que no sabía cómo explicar.
—Todavía no sabemos si es ella —dijo, más para sí mismo que para cualquiera de sus compañeros—. Pero es hacia donde vamos a ir en cuanto puedas moverte.
El viento sopló, frío, constante, llevándose consigo el último rastro de humo del campamento masacrado que habían dejado atrás, mientras una columna nueva, distante, seguía ahí, firme, señalando una dirección que Markus ya no estaba dispuesto a ignorar.

Continúa leyendo
Errante bajo cielos extranjeros (Novela)
Capítulo 31
Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 30
Estás leyendo el capítulo 30 de Errante bajo cielos extranjeros (Novela), un novela. ## Markus tenía una vida normal. Hasta que, en un instante, fue arrancado de su mundo y llevado a un lugar que no existe en ningún mapa. Ahora se encuentra en un mundo desconocido, lejos de todo lo que conoce. Un mundo… Este capítulo tiene publicado el 15 de octubre de 2026. Errante bajo cielos extranjeros (Novela) tiene 33 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.