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Leer Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 2 online gratis en español

La oscuridad no cambiaba. Llevaba tanto tiempo encerrado que ya no sabía si tenía los ojos abiertos o cerrados. Ya no había diferencia. Solo el frío, el temblor de su propio cuerpo, el roce áspero de la corteza contra su espalda. El sonido no había vuelto. Pero no se movió. No podía. Cada vez que pensaba en apartar la nieve de la entrada, el recuerdo del llanto —ese llanto que no era llanto— le helaba la sangre más que el frío. Los pasos pesados. Sincronizados. Se quedó quieto. El tiempo pasó. No sabía cuánto. El cuerpo le dolía por la posición, las piernas acalambradas, el cuello torcido contra el tronco. La incomodidad era insoportable, pero el miedo era peor. Finalmente, movió una pierna. Despacio. Con cuidado. No quería tocar las paredes de nieve. Se estiró lo mínimo posible, cambió el peso, sintió la sangre volver a circularle por la pierna dormida. El dolor era agudo, punzante. Sacó el teléfono. La pantalla iluminó el refugio como una linterna débil. Sin señal. Pero la hora estaba ahí: 9:47 PM. Recordó haber visto la hora cuando llegó. 7:30. Habían pasado más de dos horas. Dos horas desde que el mundo se volvió blanco. Se movió de nuevo. Con los dedos entumecidos, buscó un punto en la pared de nieve. La entrada que había cerrado. Con la punta del dedo índice —el único que le respondía mínimamente— comenzó a hacer un agujero. Pequeño. Sin prisa. Despacio para que la nieve no se desmoronara. La nieve de la superficie se había endurecido con el frío. Presionó. Giró el dedo. Hizo una perforación. El aire frío entró. No fue gradual. Fue un golpe. El viento se coló por el pequeño orificio y le pegó en la cara, directo. Respiró hondo. El aire dentro del refugio se había vuelto viciado. No se había dado cuenta hasta ese momento. Respiró. Otra vez. El frío le raspó la garganta, pero era aire. Aire limpio. Apretó el ojo contra el agujero. No vio casi nada. El hueco era demasiado pequeño, la nieve demasiado gruesa. Solo un círculo borroso de blanco grisáceo. El viento silbaba al pasar, y la ventisca sonaba amortiguada. Nada se movía. Se apartó. Apoyó la cabeza contra el tronco. No podía quedarse ahí. Lo sabía. Cada vez sentía menos los dedos de los pies. Las manos apenas le respondían. Y si la criatura volvía... Pero salir significaba encontrarse con ella. Apretó los puños. Las manos no le dolían. Solo estaban frías. Demasiado frías. Se quedó así. Esperando. La hora pasó lenta. Cada minuto era un minuto más de frío. Cada minuto era un minuto menos de fuerzas. Vio la hora en el teléfono. 10:47 PM. Una hora. Prometió esperar una hora. La esperó. —Ahora —susurró. Tanteó en la oscuridad. La mochila. La había puesto debajo de él, separándolo del suelo. Sus dedos entumecidos tardaron en encontrar la correa. La agarró. Se la colgó al hombro con esfuerzo. El peso de los libros, los cuadernos. Un peso inútil en un lugar donde no había universidad. Se puso de rodillas. Apartó la nieve de la entrada. Sus manos apenas respondían. La nieve compactada era pesada, casi como ladrillos. Los separó uno a uno, los apiló a los lados. El viento entró con fuerza, golpeándole la cara. La ventisca sonó más fuerte. Le dolió la cara. Los pómulos, la nariz, los labios. Los dedos empezaron a perder sensibilidad. Asomó la cabeza. No vio nada extraño. Solo el bosque. Los árboles enormes. La nieve cayendo. El cielo blanco sin horizonte. Nada se movía. Salió del refugio con dificultad. Las piernas no le respondían bien. Había estado demasiado tiempo encogido. La mochila pesaba más de lo normal. O quizás era él quien pesaba menos. Tuvo que apoyarse en el árbol para no caer. Caminó. La nieve acumulada le llegaba a media pierna. Cada paso, en cambio, lo hacía hundirse casi hasta la rodilla. Cada paso le costaba más que el anterior. Las piernas apenas le respondían. Pero se movía. Lentamente. Se escondía detrás de cada árbol que encontraba, asomaba la cabeza, miraba, seguía. Siempre atento. Escuchaba. Solo el viento. Llegó al lugar donde había aparecido. Lo reconoció porque los árboles estaban más separados, y el terreno era ligeramente más abierto. Se detuvo. Esperó. Nada pasó. Lo sabía antes de llegar. Pero tuvo que comprobarlo. No había vuelta atrás. Siguió caminando hacia el frente. Donde los árboles desaparecían y solo quedaba nieve. Un campo abierto que se perdía en el horizonte inexistente. Caminó. Media hora. Más. No llevaba la cuenta. Solo sentía el peso en las piernas, el frío en los dedos, el viento en la cara. La chaqueta, que antes era gruesa, ahora era un trapo mojado y frío. La mochila le golpeaba la espalda con cada paso, un recordatorio constante de que seguía cargando cosas de su otra vida. Se detuvo. Sin fuerzas. Tenía que buscar un árbol, hacer otro refugio. O morir aquí, de pie, en medio de la nada. Se giró para buscar un árbol. Y escuchó. El llanto de bebé. Se quedó inmóvil. El sonido venía de atrás. De donde había caminado. Cerca. El miedo le recorrió la columna. Todo su cuerpo se tensó. La mandíbula se le apretó. Los dedos se le cerraron sobre la correa de la mochila. El sonido era ese. El mismo. Un llanto de bebé. Agudo, intermitente. Y en el fondo, esa aspereza. Ese matiz que delataba que no era real. Se giró despacio. La criatura estaba a unos treinta metros. De pie. Orientada hacia él. Era enorme. Más de dos metros de alto. Negra, completamente negra, como si su cuerpo absorbiera la luz. Su forma era extraña: patas largas, segmentadas, que se doblaban en ángulos que no eran naturales. Pero no era un insecto. El cuerpo era demasiado grueso, demasiado macizo. Las extremidades —muchas, demasiadas— se movían ligeramente. A los costados, pequeñas aberturas. Grietas que se abrían y cerraban al ritmo del llanto. De ahí salía el sonido. La cabeza era desproporcionada. Demasiado grande para su cuerpo. Una esfera negra, lisa, sin ojos, sin rasgos. Solo una abertura enorme en el centro. Una boca. Húmeda. Oscura. No tenía ojos, pero Markus tenía la sensación de que lo estaba mirando. El llanto se detuvo. La abertura se abrió más. Y la criatura emitió un sonido que no era llanto. Era un rugido. Pero no un rugido de animal. Un sonido que le vibraba en los huesos, que le hacía vibrar los dientes. Algo que no era humano ni bestia. Era otra cosa. Corrió. No pensó. No decidió. Su cuerpo se movió solo. Las piernas arrancaron, los brazos se balancearon, los pulmones se llenaron de aire frío. La mochila le golpeaba la espalda, los libros se movían dentro, pero no la soltó. No sabía por qué. Quizás porque era lo único que le quedaba de su mundo. La nieve era profunda, pero corría. Cada paso era un esfuerzo, la pierna se hundía, el pie salía, se volvía a hundir. El viento le golpeaba la cara. La ventisca silbaba en sus oídos. Miró atrás. La criatura se movía. Pero no corría. Se deslizaba. Sus patas largas se movían con una coordinación imposible, levantando la nieve a su alrededor. Iba rápido. Demasiado. La distancia entre ellos se cerraba. Llegó a los árboles. Se metió entre ellos, zigzagueando, intentando perderla. Los troncos enormes le daban cobertura, pero la criatura se movía entre ellos sin esfuerzo. Su cuerpo grande debería haberla frenado, pero no. Se deslizaba como un líquido. No miraba atrás. Solo corría. Los pulmones le ardían. Las piernas le temblaban. La nieve se le metía por los zapatos, por los bordes de los pantalones. Estaba resbalando, los pies no le respondían. Había perdido la sensación en los dedos. El frío le dolía. Ya no podía. Se detuvo. Respiró hondo. Miró atrás. La criatura estaba ahí. A diez metros. Quieta. Como si esperara. Dio un paso atrás. El pie resbaló sobre la nieve. Cayó. Sintió el golpe en la espalda, la mochila hundiéndose en sus riñones. Se levantó. Las manos le temblaban. La criatura no se movía. La miró. No tenía fuerzas. Ya no podía correr. Todo su cuerpo temblaba. —Ya está —susurró. Se quedó de pie, esperando. Pasaron unos segundos. Nada. Frunció el ceño. Por instinto, miró atrás. Y se quedó sin aliento. Detrás de él, a unos metros, había un animal enorme. Parecía un mamut. O al menos era lo más parecido que Markus podía pensar. Azul pálido como el cielo antes de nevar. Pero no parecía vivo. Era como si estuviera hecho de niebla y luz. Sus patas desaparecían a mitad de camino, convertidas en una niebla azulada que se extendía sobre la nieve. Detrás había más. Muchos más. Docenas de aquellas criaturas permanecían inmóviles entre la nieve, formando una línea silenciosa. El miedo volvió a apretarle el pecho. No sabía qué eran esas cosas. No sabía si eran peores que la criatura. No sabía si estaba en medio de una lucha que no entendía. —Mierda —susurró. La criatura emitió un sonido. Un chillido. Más fuerte que antes. El llanto de bebé se mezcló con ese rugido de su boca, un sonido horrible, disonante. Vibraba en el aire, en los árboles, en la nieve. Uno de los animales se adelantó. Se movió sin hacer ruido, flotando sobre la nieve. Se colocó frente a Markus, entre él y la criatura. Se quedó inmóvil. No sabía qué hacer. La mochila aún colgaba de su hombro, pesada e inútil. El mamut azul lo miraba. La criatura chillaba. Y Markus, en medio de los dos, sintió que el mundo se le cerraba por todos lados.
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Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 2

Estás leyendo el capítulo 2 de Errante bajo cielos extranjeros (Novela), un novela. ## Markus tenía una vida normal. Hasta que, en un instante, fue arrancado de su mundo y llevado a un lugar que no existe en ningún mapa. Ahora se encuentra en un mundo desconocido, lejos de todo lo que conoce. Un mundo… Este capítulo tiene publicado el 21 de agosto de 2026. Errante bajo cielos extranjeros (Novela) tiene 33 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.