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Leer Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 25 online gratis en español

No podía moverse. Las piernas de Markus, ya cargadas del cansancio de toda la caminata, del campamento, del horror que todavía se le pegaba a la garganta, simplemente dejaron de responder. Se quedó ahí, de pie, mirando aquella cosa negra que lo observaba sin ojos, y una sola idea le atravesó la cabeza con una claridad helada: \*La última vez hicieron falta tres mamuts para espantarlo. Tres.\* Tenía uno. —Mierda —susurró, la palabra saliéndole casi sin aire—. Mierda, mierda, mierda. El mamut se adelantó, colocándose entre Markus y la criatura sin que nadie se lo pidiera, su cuerpo entero tenso, la niebla azulada de su parte inferior agitándose sobre la nieve sin llegar a tocarla. Abrió la boca y soltó un bramido grave, prolongado, que Markus sintió retumbar en el pecho más que escuchar con los oídos. Una advertencia. El Vharak no retrocedió. El llanto se cortó, reemplazado por un silencio que resultaba todavía peor, y entonces, sin ningún aviso adicional, se lanzó hacia adelante. Fue tan rápido que Markus apenas pudo seguirlo con la vista: las patas segmentadas devorando la distancia en zancadas imposibles, la nieve explotando a su paso en nubes blancas que el viento se llevaba al instante. El mamut cargó también, bajando la cabeza, y los dos cuerpos chocaron con una violencia que Markus sintió en los dientes. —¡NO! El grito le salió solo, sin que lo pensara, mientras veía al mamut tambalearse por el impacto, la niebla de su cuerpo inferior arremolinándose, deshaciéndose un instante antes de recomponerse en el esfuerzo de no perder el equilibrio. El Vharak había girado ya, aprovechando el instante, sus patas delanteras —afiladas, como lanzas negras— cortando el aire en un arco que alcanzó el costado del mamut. El sonido que hizo al conectar no fue un golpe. Fue un desgarro. Markus vio, con una claridad que no quería tener, cómo el pelaje azulado se abría, cómo algo oscuro —no sangre exactamente, sino una sustancia más densa, casi como niebla ennegrecida— empezaba a escapar de la herida. El mamut no cayó. Pero retrocedió, un paso, dos, sacudiendo la cabeza, recomponiéndose. Markus se quedó clavado donde estaba, los puños cerrados con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en las palmas, viendo la pelea sin poder hacer absolutamente nada. No tenía ningún plan. No tenía ninguna estrategia que improvisar. Solo la certeza, fría y completa, de que estaba viendo a algo que amaba perder una pelea que no podía ganar solo. \*Tres. Hicieron falta tres, la última vez.\* El Vharak atacó de nuevo, esta vez desde un ángulo distinto, rodeando al mamut con una velocidad que desafiaba su tamaño, sus patas tejiendo un patrón casi hipnótico entre los árboles. El mamut giraba para seguirlo, pero siempre un instante tarde, siempre respondiendo en vez de anticipando. Entonces, en mitad de un giro, el Vharak se detuvo. No atacó al mamut. Se lanzó directo hacia Markus. —¡Corre! —La voz de Markus salió quebrada, dirigida a sí mismo tanto como a cualquier otro, y sus piernas por fin respondieron, el instinto de supervivencia sobreponiéndose al terror paralizante. Corrió. Se metió entre los árboles, zigzagueando sin ningún plan más allá de poner obstáculos entre él y aquella cosa. Las ramas bajas le arañaban la cara, los brazos; tropezó una vez, se recuperó sin perder el ritmo, el corazón golpeándole tan fuerte que apenas podía distinguir sus propios pensamientos del ruido de su pulso. Kessel iba con él, una hebra de niebla apretada contra su cuello, tan asustado como él mismo. \*¿Por qué? ¿Por qué siempre esto? ¿Por qué cada vez que creo que puedo manejar algo, aparece otra cosa que me demuestra que no puedo?\* El pensamiento le quemaba más que el frío, más que el cansancio, una rabia desesperada contra la mala suerte que parecía perseguirlo desde el primer segundo que puso un pie en ese mundo maldito. Escuchó el crujido detrás de él un instante antes de sentirlo: un árbol entero cediendo, partido de raíz por algo que pasó junto a él demasiado cerca, demasiado rápido. Por puro instinto, sin pensarlo, sin decidirlo conscientemente, Markus se lanzó hacia la izquierda. El golpe que debía haberlo partido en dos pasó a centímetros de su costado, tan cerca que sintió el desplazamiento del aire como un empujón físico. El árbol contra el que había estado a punto de chocar se astilló en su lugar, madera y corteza volando en todas direcciones. Si no se hubiera movido, habría muerto. No había ninguna duda al respecto. Ninguna. Se quedó un instante tirado en la nieve, sin aire, el cuerpo entero temblando, mirando hacia arriba justo a tiempo para ver al Vharak reorientándose, su cabeza sin ojos inclinándose hacia él con una precisión que no tenía nada de animal, que parecía calcular, evaluar, disfrutar casi del instante antes del siguiente ataque. No tuvo tiempo de levantarse. El mamut llegó desde un costado, todo su peso convertido en un solo impacto brutal contra el flanco del Vharak, mandándolo a volar varios metros, estrellándose contra un grupo de rocas que se astillaron bajo la fuerza del golpe. El mamut se colocó entre Markus y la criatura caída, su respiración pesada, la herida en el costado todavía escapando aquella niebla oscura. —Gracias —dijo Markus, la voz apenas un hilo, poniéndose de pie con las piernas temblando—. Kessel. Niebla. Ahora. El pequeño espíritu se disolvió de inmediato, extendiéndose en una cortina espesa que empezó a cubrir el espacio entre ellos y el Vharak, que ya se incorporaba, sacudiendo la cabeza, sin ningún signo visible de que el golpe lo hubiera dañado de verdad. El mamut no esperó a ver si la niebla bastaba. Abrió la boca, y de su garganta salió un rugido distinto a cualquiera que Markus le hubiera escuchado antes, profundo, vibrante, mientras el aire alrededor de su cuerpo empezaba a condensarse, a espesarse, hasta que una ráfaga de viento helado, casi sólida, brotó directo hacia la criatura envuelta en niebla. Markus recordó, de golpe, la primera noche: tres mamuts juntando sus trompas, el mismo tipo de ventisca, lo bastante fuerte para lanzar al Vharak decenas de metros. Esta vez era solo uno. La ráfaga golpeó de todos modos, atravesando la niebla, y Markus escuchó el impacto antes de verlo: un sonido húmedo, pesado, seguido del crujido de algo rompiéndose contra el suelo congelado. Cuando la niebla se disipó lo suficiente para ver, el Vharak estaba tendido, inmóvil, una capa delgada de escarcha cubriéndole parte del cuerpo negro. Markus no se movió. No se acercó. No bajó la guardia. —No —dijo, en voz baja, más para sí mismo que para nadie—. No confío en que esto haya terminado. El mamut, jadeando, se mantuvo en posición defensiva frente a él, sin apartar la mirada del cuerpo caído ni un solo instante, como si él tampoco estuviera dispuesto a creer que un solo golpe, por fuerte que fuera, bastaba contra algo que antes había hecho falta triplicar esfuerzos para espantar. El silencio del bosque se extendió, pesado, incierto, mientras Markus esperaba, con el corazón todavía desbocado, a ver si aquella cosa iba a volver a levantarse.
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Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 25

Estás leyendo el capítulo 25 de Errante bajo cielos extranjeros (Novela), un novela. ## Markus tenía una vida normal. Hasta que, en un instante, fue arrancado de su mundo y llevado a un lugar que no existe en ningún mapa. Ahora se encuentra en un mundo desconocido, lejos de todo lo que conoce. Un mundo… Este capítulo tiene publicado el 9 de octubre de 2026. Errante bajo cielos extranjeros (Novela) tiene 33 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.