Leer Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 24 online gratis en español
El olor llegó antes que la vista.
Metálico. Espeso. Mezclado con algo más, dulzón, casi nauseabundo, que Markus no supo nombrar hasta que estuvo demasiado cerca para no saberlo.
—Espera —le dijo a Kessel, aunque el pequeño espíritu ya se había detenido solo, su niebla contrayéndose sobre sí misma en el hombro de Markus.
El mamut avanzó un paso más, olfateando el aire, y soltó un resoplido bajo, grave, que Markus ya reconocía como alarma.
Salieron de entre los árboles hacia un pequeño claro, y Markus se quedó inmóvil.
Había sido un campamento. Quedaban los restos: una fogata apagada, mantas desperdigadas, un par de lanzas clavadas en la nieve en ángulos extraños, como si quien las sostenía hubiera caído antes de poder usarlas.
Y había cuerpos.
No supo contarlos al principio. Su mente se negó a ordenar la escena en números, solo en fragmentos: una forma tendida boca abajo, el brazo doblado hacia atrás en un ángulo que ningún hueso debería permitir. Otra, más cerca, con el torso abierto desde el esternón hasta el vientre, las costillas asomando entre jirones oscuros de tejido, algo blanquecino y húmedo derramado sobre la nieve manchada.
Un tercero no tenía cabeza.
Markus sintió que el mundo se le inclinaba.
La nieve alrededor de los cuerpos ya no era blanca. Era un rojo oscuro, casi negro bajo la luz gris del día, empapada en círculos irregulares que se extendían metros desde cada cadáver, como si algo hubiera agitado los cuerpos mientras los destrozaba, salpicando en todas direcciones.
Un brazo, separado del resto, yacía solo a varios metros de cualquier cuerpo reconocible. Los dedos todavía estaban curvados, como si hubieran intentado aferrarse a algo en el último instante.
Markus se dobló hacia adelante, una mano en el estómago, la otra apoyada contra el tronco más cercano.
No vomitó. Pero estuvo cerca, el cuerpo entero convulsionándose en arcadas secas que le dejaron la garganta en carne viva y los ojos llorosos.
—No te acerques —le dijo al mamut, con la voz quebrada, aunque no estaba seguro de para quién era la advertencia—. No... no hace falta que veas esto de cerca.
Se quedó así un momento, lejos, los ojos cerrados, respirando por la boca para no sentir el olor con la misma intensidad.
Cuando volvió a abrirlos, obligándose a mirar de nuevo, aunque fuera desde la distancia, contó: cinco cuerpos. Quizás seis, si alguno de los fragmentos más pequeños, esparcidos entre la nieve roja, pertenecía a un séptimo que no lograba distinguir del todo.
Uniformes grises. Custodios.
—¿Qué les pasó? —susurró, sin esperar respuesta de nadie.
No habían muerto en una pelea ordenada. No había señales de que se hubieran defendido con éxito en ningún punto: ni un enemigo caído entre ellos, ni rastro de otra sangre que no fuera la suya. Solo destrucción, aplicada con una violencia que no parecía tener ninguna intención táctica detrás. Como si algo los hubiera arrancado, literalmente, pieza por pieza, sin ningún interés en matarlos rápido.
Un escalofrío le recorrió la espalda, de la nuca hasta la base de la columna, tan intenso que por un instante pensó que había sido el viento.
No había viento.
Markus dio un paso atrás. Después otro. El corazón le latía con una fuerza que sentía en los oídos, un pulso doble, demasiado rápido, que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico.
—Vámonos —dijo, ya girándose—. No deberíamos quedarnos aquí.
Caminaron rápido, bordeando el claro en vez de atravesarlo, Markus con la vista fija al frente, evitando mirar de nuevo hacia los cuerpos, aunque la imagen del torso abierto, de las costillas asomando entre tejido oscuro, ya se le había quedado grabada en algún lugar que sabía que no iba a poder borrar fácilmente.
Caminaron en silencio durante lo que debieron ser cinco minutos, quizás más. El bosque se espesó de nuevo a su alrededor, los árboles cerrándose sobre el sendero, la luz gris filtrándose en franjas cada vez más delgadas.
Markus sentía las piernas pesadas, el cuerpo entero cargado de un cansancio que no era solo físico. El miedo se le había instalado en el pecho como una piedra, denso, constante, negándose a disolverse por mucho que caminara.
Fue entonces cuando lo escuchó.
Un llanto.
Agudo. Intermitente. Subiendo y bajando sin ritmo fijo, como si viniera de muy lejos, filtrándose entre los árboles y la nieve.
Markus se detuvo en seco.
El cuerpo entero se le paralizó, cada músculo tensándose de golpe, el corazón saltándole un latido antes de empezar a golpear el doble de rápido.
Lo conocía. Ese sonido. Lo había escuchado la primera noche, encerrado en un refugio de nieve, temblando de frío y de algo peor que el frío.
—No —susurró, apenas un movimiento de labios—. No, no, no.
El mamut se giró de inmediato, colocándose entre Markus y la dirección de donde venía el sonido, su cuerpo entero tenso, listo.
Kessel se apretó contra el cuello de Markus, un hilo de niebla temblorosa.
El llanto se acercó.
Markus sintió el sudor frío bajándole por la espalda a pesar del frío del aire, la respiración volviéndose corta, superficial, como si sus pulmones se negaran a llenarse del todo. Las piernas, ya cansadas, amenazaban con fallarle, el peso de todo el día —el campamento, los cuerpos, la caminata— cayéndole encima de golpe.
Entre los árboles, algo se movió.
Primero solo una sombra, más densa que las demás, deslizándose entre los troncos sin hacer crujir la nieve. Después, la forma completa, emergiendo despacio hacia el sendero.
Dos metros de altura. Negro, un negro que parecía tragarse la poca luz que quedaba. Patas largas, segmentadas, doblándose en ángulos que ningún esqueleto debería permitir. El cuerpo macizo, grueso, con pequeñas aberturas a los costados que se abrían y cerraban al ritmo exacto del llanto.
La cabeza, desproporcionada, una esfera negra y lisa. Sin ojos. Solo una boca, húmeda, oscura, abierta apenas lo suficiente para dejar salir aquel sonido que no era de bebé, que nunca lo había sido.
El Vharak se detuvo a treinta metros, exactamente como la primera vez, su cuerpo entero orientado hacia Markus con una quietud que resultaba peor que cualquier movimiento.
Markus sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho.
No sabía si era el mismo. No sabía si los Vharak recordaban, si cazaban por venganza o solo por hambre, si aquel que lo había perseguido la primera noche había vuelto a encontrarlo después de tanto tiempo, o si era otro, uno distinto, atraído por la misma aura que nunca había dejado de llamar a las cosas equivocadas hacia él.
No importaba cuál de las dos cosas fuera cierta.
El llanto se cortó.
Y la boca se abrió un poco más.

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Estás leyendo el capítulo 24 de Errante bajo cielos extranjeros (Novela), un novela. ## Markus tenía una vida normal. Hasta que, en un instante, fue arrancado de su mundo y llevado a un lugar que no existe en ningún mapa. Ahora se encuentra en un mundo desconocido, lejos de todo lo que conoce. Un mundo… Este capítulo tiene publicado el 9 de octubre de 2026. Errante bajo cielos extranjeros (Novela) tiene 33 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.