Leer Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 20 online gratis en español
El lado del puente donde cayó Lysandra resistió apenas lo suficiente.
Saltó en el último instante posible, el cristal azul de su espada clavado en el hielo para no resbalar hacia el abismo, mientras la otra mitad —la que se llevó a Markus— se desprendía con un sonido que todavía le resonaba en los oídos dos días después.
Los dos mamuts que quedaron con ella se habían mantenido cerca desde entonces, silenciosos, alerta, como si compartieran la misma tensión que ella llevaba en el pecho sin decir en voz alta.
No había llorado. No era su forma de procesar las cosas. Pero durante la primera noche, sentada junto a un fuego pequeño, se descubrió a sí misma repasando cada palabra que le había dicho a Markus desde que lo encontró medio congelado en la nieve, preguntándose cuál de todas ellas debería haber sido distinta.
No necesitaba que me salvaras.
Se lo había dicho con total sinceridad. Y sin embargo, ahora, con él perdido al otro lado de un abismo que ya no existía como puente, sentía algo parecido a la ironía de esas palabras pesándole más de lo que esperaba.
—Está vivo —dijo en voz alta, al segundo mamut, el que había cargado la caravana destruida—. Lo sentiría si no lo estuviera. Lo sentiría a través de él.
Se refería al vínculo. Al mamut que había elegido a Markus en la caída. Ella todavía podía sentir el eco distante de esa conexión, ya no suya, transferida, pero no completamente ajena. Un hilo débil, como el rumor de una conversación en la habitación de al lado.
Y ese hilo, hasta el momento, seguía tenso, vivo.
Avanzó hacia el sur, bordeando el abismo, buscando un paso más estrecho para cruzar sin necesidad de un puente. Los mamuts la seguían sin necesidad de instrucciones, algo que agradeció en silencio; no tenía energía esa mañana para dar órdenes que de todos modos rara vez daba.
Fue en el tercer día cuando encontró el primer indicio de que no era la única buscando.
Marcas en la nieve. Botas, muchas, en formación, avanzando en la misma dirección que ella. No cazadores comunes —el paso era demasiado uniforme, demasiado disciplinado.
Custodios.
Se agachó junto a las huellas, siguiendo su curso con la mirada. Se dirigían hacia el mismo descenso que ella y Markus habían tomado antes del colapso del puente.
—Saben que nos separamos —murmuró.
No era una suposición. Era una certeza fría, la misma clase de certeza que había aprendido a reconocer durante sus años sirviendo bajo las órdenes que ahora la perseguían.
Se preguntó, no por primera vez desde el encuentro con Renar, si él tendría algo que ver con esa formación. Si finalmente había decidido de qué lado estar, y ese lado no era el de ella.
Apretó la mandíbula y siguió caminando.
Aquella noche, acampada bajo un saliente de roca, sacó la espada de cristal y la sostuvo entre las manos, mirando cómo el reflejo del fuego se movía dentro del hielo azulado.
Pensó en la primera vez que la había empuñado de verdad, no en entrenamiento, sino contra alguien. Un recuerdo que llevaba años enterrando bajo capas de disciplina y distancia, y que ahora, con Markus lejos y el peso de la soledad recordándole cuánto tiempo llevaba sin tener a alguien cerca, se negaba a quedarse enterrado.
—No vas a hacerlo —le había dicho su comandante, entonces. Un hombre cuyo nombre ya casi no recordaba a propósito—. Es una orden directa.
—No.
—Entiendes lo que significa negarte.
—Sí.
Cerró los ojos.
No había sido una batalla gloriosa. No había sido un acto heroico, con música y luz y un enemigo claramente malvado cayendo derrotado. Había sido ella, sola, contra la mitad de su propia unidad, protegiendo a tres espíritus que se negaba a entregar para que los convirtieran en lo que ahora eran los Sellos de Renar.
Había ganado. Pero ganar esa noche le había costado todo lo demás.
—No fue gratis —dijo en voz baja, a nadie, al fuego, a los mamuts que dormitaban cerca—. Nunca es gratis.
Se preguntó si algún día tendría que contarle a Markus el resto de esa noche. No solo el hecho de que desertó. Sino lo que había tenido que hacer para lograrlo.
No esa noche. Todavía no.
Al cuarto día, sintió algo distinto.
Fue apenas una vibración, un cambio diminuto en el hilo que la conectaba al mamut transferido, tan sutil que al principio pensó que lo había imaginado.
Se detuvo en seco.
—¿Qué fue eso?
Los otros dos mamuts se detuvieron también, sus cabezas girando hacia el mismo punto en el horizonte, hacia el sur, hacia donde el terreno bajaba en dirección al valle.
El hilo volvió a moverse. Una tensión breve, como una cuerda tirante que alguien hubiera pulsado y soltado de inmediato.
Preocupación. No suya. De él.
—Markus.
No sabía si estaba en peligro. No sabía si era grave o pasajero. Pero por primera vez desde la caída del puente, tuvo la certeza de algo más allá de "está vivo":
estaba cerca de algo, o de alguien, que le importaba lo suficiente como para que el vínculo temblara con esa intensidad.
Lysandra se quedó mirando el horizonte un largo rato, con la espada aún en la mano, sintiendo una mezcla extraña de alivio y urgencia.
—Andando —dijo finalmente, guardando la espada—. Vamos a alcanzarlo antes de que los Custodios lo hagan.
Los dos mamuts se pusieron en marcha sin necesidad de más palabras, y Lysandra los siguió, dejando atrás el fuego apagado, el recuerdo a medio contar, y una determinación que no había sentido con esa claridad desde hacía mucho, mucho tiempo.

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Estás leyendo el capítulo 20 de Errante bajo cielos extranjeros (Novela), un novela. ## Markus tenía una vida normal. Hasta que, en un instante, fue arrancado de su mundo y llevado a un lugar que no existe en ningún mapa. Ahora se encuentra en un mundo desconocido, lejos de todo lo que conoce. Un mundo… Este capítulo tiene publicado el 6 de octubre de 2026. Errante bajo cielos extranjeros (Novela) tiene 33 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.