skip_previous
Leer Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 1 online gratis en español
El olor a café quemado y desinfectante se metió en su nariz antes de que abriera los ojos.
Markus ya estaba despierto. Llevaba minutos mirando el techo gris del aula, escuchando el rumor de las conversaciones a su alrededor. Las palabras no llegaban hasta él. Solo el ruido.
Se enderezó. Tercera fila, junto a la ventana. Su sitio.
El cabello oscuro se le había desordenado un poco al estar apoyado contra el respaldo. Tenía el rostro joven, de facciones definidas, y unos ojos oscuros que aquella mañana parecían más cansados de lo habitual.
La chica de las gafas de pasta se acercó cuando el profesor aún no había llegado.
—¿Me prestas un bolígrafo?
No recordaba su nombre. Le dio uno negro. Ella dijo gracias y se fue.
Volvió a mirar por la ventana.
Las hojas caían. Una en particular giraba lentamente, como si no quisiera tocar el suelo. Se quedó viéndola hasta que desapareció de su campo de visión.
El día pasó como pasan los días que no dejan marcas. Clase, apuntes, pasillos. En filosofía levantó la mano una vez. El profesor lo miró con sorpresa. No recordó qué había dicho.
Cuando salió, el cielo ya se oscurecía. Las farolas empezaban a encenderse, una a una, como si dudaran. Caminó con las manos en los bolsillos, la chaqueta negra que su madre le había comprado la semana pasada. "Te ves bien", le dijo. Él se encogió de hombros.
Pasó frente a las casas de siempre. Los jardines, el césped cortado, los árboles alineados. Sabía cuál tenía una rama rota desde el año pasado, cuál perdía las hojas primero.
El viento sopló.
Bostezó.
Fue un bostezo normal. La mandíbula se le abrió, los ojos se le cerraron. Un momento. Un parpadeo.
Cerró los ojos.
Y el frío lo golpeó.
Le atravesó la chaqueta como si fuera de papel. Le mordió el pecho, los brazos, las piernas. Markus abrió los ojos de golpe.
La calle no estaba.
Solo nieve.
Blanca, inmensa, cayendo en silencio. Cubría el suelo hasta donde alcanzaba la vista. No había asfalto, no había casas, no había árboles con ramas rotas. Solo el manto blanco, uniforme, profundo.
El cielo era blanco también. Un blanco plano, sin horizonte.
Se quedó quieto. La nieve le llegaba a media pierna. Sintió el peso contra sus pantalones, la humedad filtrándose por la tela.
Miró sus pies. Los zapatos de cuero estaban casi cubiertos. El agua se deslizaba por los bordes, metiéndose dentro.
—¿Qué...?
Su voz sonó apagada. El viento se la llevó.
Se volvió. Detrás, nieve. A los lados, nieve. Y al frente, a unos metros, un bosque. Árboles enormes, troncos tan gruesos que no podía abrazarlos. Las ramas, desnudas, se retorcían como dedos cubiertos de hielo.
Dio un paso. La pierna se hundió hasta la rodilla. El frío le mordió la pantorrilla. Sintió el zapato lleno de agua helada.
Otro paso.
Se agachó y hundió la mano en la nieve. Llegó hasta la muñeca y no tocó fondo. Apretó un puñado. La nieve se derritió entre sus dedos, escurriéndose por la palma. Se llevó la mano a la boca. Agua. Sabor a tierra, a mineral.
—Esto es real —dijo en voz baja, como si no quisiera que alguien lo escuchara.
Al incorporarse, el viento le golpeó la cara. Los cristales de nieve le picaron en los ojos, en los labios. Sintió el frío entrando por los puños de la chaqueta, por el cuello, por los tobillos.
El temblor comenzó en sus manos. Pequeño, luego subió por los brazos, le sacudió los hombros, le hizo castañetear los dientes. No podía detenerlo.
Se abrazó. Apretó los brazos contra el pecho.
Se quedó allí, de pie, mirando el bosque. La nieve seguía cayendo, los árboles seguían inmóviles, el viento seguía soplando.
Miró sus manos. Rojas. Los dedos no le respondían bien. Las uñas se veían azuladas.
Se movió.
Caminar era un esfuerzo. Cada paso hundía la pierna hasta la rodilla. La chaqueta se sentía como una capa de papel. El frío se filtraba por todas partes.
Llegó al primer árbol. Extendió la mano. Tocó la corteza. Era áspera, rugosa. La escarcha se pegó a sus dedos. Sintió el hielo quemándole la piel.
Apoyó la espalda contra el tronco. Ya no necesitaba comprobarlo.
Se sentó. La nieve le empapó los pantalones hasta la cadera. No le importó.
Su mochila. La tenía aún, colgada de un hombro. La dejó en el suelo. Libros, cuadernos, un estuche, una botella de agua medio llena, el teléfono.
Sacó el teléfono. La pantalla se encendió.
Sin señal.
Marcó el número de su madre. Escuchó el tono. Nada.
Probó con emergencias.
Nada.
Apagó el teléfono. Lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Bien —dijo. Solo para oír su propia voz. —Primero abrigo. Segundo fuego. Tercero agua.
Lo había leído en algún libro. Ahora era lo único que tenía.
Miró sus manos. No tenía encendedor. Ni cerillas. Nada con lo que pudiera encender un fuego.
—Bien.
La palabra salió más débil esta vez. El fuego tendría que esperar. Primero necesitaba dejar de congelarse.
Se levantó. El frío le dolía en los pies, en las manos, en la cara.
Miró a su alrededor. Árboles. Ramas caídas. Nieve acumulada.
—Refugio —murmuró.
Empezó a juntar ramas. Sus manos temblaban. Le costaba agarrar, le costaba romper.
Encontró un espacio entre dos árboles. Un hueco de poco más de un metro de ancho, donde el viento pegaba menos. Cavó con las manos para llegar al suelo. La nieve le cubrió los brazos hasta los codos. Debajo, finalmente, sintió tierra. Dura, congelada.
Con una rama gruesa la apoyó entre los dos troncos, a modo de viga. Luego las más delgadas, inclinadas, formando un techo. La nieve caía mientras trabajaba. Le entraba por el cuello, por los puños, se derretía y le empapaba la ropa.
Quedó feo. Pequeño. Pero cubría.
Apretó nieve contra los costados. Se compactaba, se volvía pared. Retenía un poco de calor. Muy poco.
Cuando terminó, el refugio era apenas un agujero entre árboles. Se metió dentro.
Las rodillas le tocaban la barbilla. La espalda contra la corteza de un árbol, los pies contra el otro. La mochila la puso debajo de él. Las ramas que había juntado las extendió formando una capa.
Luego empezó a cerrar la entrada. Más nieve. La apretó contra la abertura, contra los bordes, contra cualquier hueco. La compactó con las manos. Quedó opaco, irregular, pero ya no se veía nada del exterior.
Solo oscuridad.
Absoluta.
Dejó de ver su mano frente a su cara. El mundo se había vuelto un espacio cerrado de menos de un metro cuadrado, sin luz, sin sonido más que el viento amortiguado y su propia respiración.
Se quedó ahí. Temblando. Los brazos rodeando sus rodillas, las manos metidas entre los muslos.
El frío no se iba. Su cuerpo se entumecía. Los dedos de los pies ya no los sentía.
Pensó en su casa. En su cama. En la taza de leche caliente que su madre le preparaba. En el olor a café de la mañana. En la clase de mañana.
Mañana. ¿Habría mañana?
Se rió sin ganas. La risa sonó hueca en la oscuridad.
Sacó el teléfono. Le costó desbloquearlo, las manos no le respondían bien. La pantalla se encendió, iluminando su rostro.
El cabello oscuro, húmedo por la nieve, se le pegaba a la frente. Sus facciones, que normalmente le daban un aspecto juvenil, ahora estaban tensas por el frío. Tenía los labios pálidos y los ojos cansados.
Sin señal.
Escribió un mensaje para su madre.
"Estoy bien. No sé dónde estoy. Hay nieve. Estoy en un bosque. No tengo señal. Te quiero."
Lo envió. El mensaje giró, giró, y nunca se entregó.
Apagó la pantalla.
Oscuridad total otra vez.
Se quedó escuchando. El viento afuera, la nieve cayendo sobre el techo de ramas, su propia respiración.
Entonces escuchó.
Un sonido débil. Distante. Como si viniera de muy lejos, atravesando árboles y nieve y viento.
Levantó la cabeza. Aguzó el oído.
Parecía un bebé llorando. Un gemido agudo, intermitente, que subía y bajaba sin ritmo fijo.
Su corazón dio un salto. Gente. Podía ser gente. Alguien más. Alguien que sabía dónde estaban, que tenía un refugio, que podía explicarle qué pasaba.
Sonrió en la oscuridad. Una sonrisa temblorosa.
—¿Hola?
La palabra se quedó en su garganta. Mejor escuchar.
Siguió escuchando.
El sonido se hacía más fuerte. Se acercaba. Se inclinó hacia la pared de nieve, la oreja pegada casi.
Y entonces notó algo.
El sonido era... raro.
Seguía pareciéndose al llanto de un bebé. Pero había algo en el tono. Un matiz. Una aspereza. Como si quien lo produjera estuviera imitando un llanto humano y no supiera bien cómo hacerlo. Como si estuviera aprendiendo.
Frunció el ceño.
El sonido se acercaba más. Ahora podía oírlo con claridad. El ritmo subía y bajaba de forma extraña, demasiado rápida.
Los pasos.
Los escuchó detrás del llanto. Crujidos pesados sobre la nieve. No uno. Varios. Como si muchas criaturas caminaran al mismo tiempo, al mismo paso, sincronizadas.
Se quedó inmóvil.
El llanto se acercaba. Ya no estaba a lo lejos. Estaba cerca. A unos metros. Tal vez a diez. Tal vez a cinco.
Sintió el miedo.
No fue un escalofrío suave. Fue un golpe en el pecho, un apretón en el estómago, un frío que no venía del exterior sino de dentro.
El sonido, tan cerca ahora, ya no era de bebé. Era parecido, pero no igual. Era más áspero. Más vacío. Más cosa.
Los pasos pesados se detuvieron.
Contuvo la respiración. Los ojos abiertos en la oscuridad, fijos en la pared de nieve que había cerrado la entrada. No se movía. No respiraba.
Afuera, algo esperaba.
No sabía qué era. No lo había visto.
Solo sabía que no quería verlo.
Apretó los dientes. Apretó los brazos contra su pecho. Se hizo pequeño, muy pequeño, contra la corteza del árbol.
El silencio se extendió.
Un segundo. Dos. Cinco.
Afuera, nada se movía. Nada sonaba.
Pero sabía que algo estaba ahí.
Esperó.
No sabía cuánto tiempo pasó. Podían ser segundos. Podían ser minutos.
Finalmente, los pasos se reanudaron. Lentos. Pesados. Alejándose.
El sonido —ese sonido que ya no era de bebé— se fue debilitando, perdiéndose entre los árboles.
Siguió sin moverse. Siguió escuchando. Siguió esperando.
Cuando el silencio fue completo, exhaló. El aliento le tembló. Todo su cuerpo temblaba. Las manos, las piernas, la mandíbula. No podía parar.
No iba a salir.
Fuera lo que fuera, podía esperar.
El refugio de nieve y ramas ya no parecía protección. Era una caja cerrada.
Cerró los ojos.
Y esperó.

Continúa leyendo
Errante bajo cielos extranjeros (Novela)
Capítulo 2
Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 1
Estás leyendo el capítulo 1 de Errante bajo cielos extranjeros (Novela), un novela. ## Markus tenía una vida normal. Hasta que, en un instante, fue arrancado de su mundo y llevado a un lugar que no existe en ningún mapa. Ahora se encuentra en un mundo desconocido, lejos de todo lo que conoce. Un mundo… Este capítulo tiene publicado el 21 de agosto de 2026. Errante bajo cielos extranjeros (Novela) tiene 33 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.