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Leer Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 11 online gratis en español

Markus volvió a la caravana antes de que oscureciera del todo, con un saco de provisiones colgado de un hombro, ropa nueva —gruesa, sin marcas de universidad, sin nada que lo delatara— y una sensación fría instalada en el pecho que no tenía nada que ver con el clima. Lysandra lo esperaba fuera, de pie junto a uno de los mamuts, la espada envainada pero la mano cerca de la empuñadura, como siempre que estaban a la intemperie. —¿Todo bien? —preguntó, antes de que él dijera nada. —No. Se lo contó todo mientras subían de vuelta a la caravana: Dalen, los soldados, la pregunta directa sobre una mujer de pelo blanco viajando con cosas que no deberían existir. Lysandra escuchó en silencio. Cuando Markus terminó, se quedó mirando hacia el puesto fronterizo, ahora una mancha de luces pequeñas contra el cielo que empezaba a oscurecerse. —¿Cuántos días dijo que hace que pasaron? —Dos. Tres, quizás. —Entonces todavía están cerca. No lo dijo con miedo. Lo dijo con la misma frialdad práctica con la que hablaba de rutas y distancias. —Deberíamos irnos ya —dijo Markus. —Sí. La caravana se puso en movimiento antes de que terminara de acomodar el saco de provisiones. Los mamuts avanzaron rápido, alejándose del puesto fronterizo, internándose de nuevo en el páramo abierto, lejos de cualquier luz humana. Markus se sentó, con Kessel desenroscándose de su cuello para acurrucarse en su regazo, y se quedó mirando por la ventana remendada cómo las últimas luces del asentamiento se perdían detrás de las colinas. No durmió bien esa noche. Ninguno de los dos lo hizo. Los encontraron al amanecer del día siguiente. No hubo persecución esta vez. No hubo rugidos lejanos, ni aviso. La caravana simplemente se detuvo. Markus sintió el frenazo antes de escuchar nada, el cuerpo entero sacudiéndose hacia adelante. Se agarró al borde de la mesa, el corazón ya acelerado antes de entender por qué. —¿Qué pasó? Lysandra ya estaba de pie, la espada desenvainada, mirando hacia adelante a través de la ventana. Un hombre estaba de pie en medio de la nieve, a unos veinte metros frente a los mamuts. No parecía un soldado cualquiera. No llevaba el uniforme pesado que Markus imaginaba —capas de cuero, metal, insignias—. Vestía de gris oscuro, ajustado, sin adornos. Una capa corta, del mismo color que la nieve sucia. El pelo negro, corto, y un rostro que no mostraba absolutamente nada. Ni curiosidad, ni tensión, ni la más mínima sorpresa de estar de pie, solo, frente a tres espíritus de hielo del tamaño de casas. Los mamuts no avanzaron. Se quedaron quietos, sus cuerpos de niebla tensos de una forma que Markus nunca les había visto. —¿Quién es? —susurró. Lysandra no respondió de inmediato. Su mandíbula estaba apretada. —Renar Kest. El nombre salió de su boca como algo amargo. —¿Lo conoces? —Lo conocía. Hace mucho. El hombre —Renar— dio un paso adelante. Solo uno. La nieve bajo su bota no crujió como debería. —Lysandra Vex —dijo, con una voz tan neutra como su expresión, sin alzar el tono, como si estuviera comentando el clima—. Han pasado años. —Renar. —Me sorprende encontrarte tan al norte. Pensé que evitabas esta ruta. —Cambié de opinión. Renar sonrió. Fue un gesto pequeño, apenas un movimiento en las comisuras, que no llegó a los ojos. —O quizás encontraste una razón para volver a moverte. —Su mirada se desvió, por primera vez, hacia la ventana de la caravana. Hacia donde Markus estaba de pie, sin poder moverse—. ¿Y esto? Markus sintió que el frío se le metía en los huesos, un frío distinto al del aire. —No es de tu incumbencia —dijo Lysandra. —Todo lo que porta un aura como la suya es de mi incumbencia. —Renar seguía mirando hacia la ventana, sin prisa, sin agresividad, como si estuviera examinando un objeto interesante en un escaparate—. Es fuerte. Más fuerte de lo que debería ser alguien sin entrenamiento. —No te acerques a él. Algo cambió en el tono de Lysandra. No fue miedo. Fue una advertencia, seca y directa, del tipo que Markus no le había escuchado usar antes. Renar la miró. —No he dicho que fuera a hacerlo. —Hizo una pausa—. Todavía. Bajó una mano hacia su cintura. No hacia un arma —Markus no veía ninguna—, sino hacia algo que colgaba de su cinturón: una placa pequeña, oscura, de un material que no reflejaba la luz gris del cielo. —Vengo con una orden simple, Lysandra. Entregas al chico, o entregas información sobre él. Cualquiera de las dos cosas basta. Después de eso, puedes seguir tu camino. Nadie más te molestará esta temporada. —No. —No te estoy dando muchas opciones. —Nunca las das. Renar inclinó ligeramente la cabeza, como si aquello fuera casi un cumplido. —Cierto. Se movió. No fue un salto ni una carrera. Fue algo más extraño: un paso, y de golpe estaba cinco metros más cerca, como si la distancia entre ambos puntos simplemente hubiera dejado de existir por un instante. Lysandra ya se había movido también. Se interpuso entre Renar y la caravana, la espada en alto, el cristal azul brillando con una luz más intensa de la que Markus le había visto tener hasta entonces. Chocaron. No hubo un sonido de metal contra metal. Renar no llevaba ningún arma visible, pero cuando su mano —desnuda, sin nada— se encontró con el filo de la espada de Lysandra, el impacto sonó como piedra rompiéndose. Una onda de aire frío se expandió desde el punto de contacto, sacudiendo la nieve a varios metros a la redonda. Markus se quedó pegado al cristal de la ventana, sin poder moverse. Lysandra atacó de nuevo. Renar se apartó, sin esfuerzo aparente, y su mano volvió a moverse, esta vez hacia el costado de ella. Lysandra giró para bloquear, pero Markus notó algo: no llegó a tiempo del todo. El golpe de Renar rozó su brazo, y ella retrocedió un paso, la mandíbula tensa. No sangraba. Pero el gesto de dolor, breve, apenas visible, fue suficiente para que a Markus el corazón le diera un vuelco. —Sigues siendo rápida —dijo Renar, con ese mismo tono neutro, como si estuvieran teniendo una conversación cualquiera—. Pero ya no eres lo que eras. —Nadie lo es. Uno de los mamuts avanzó, su trompa moviéndose en un arco amplio hacia Renar. Él lo esquivó girando sobre sí mismo, un movimiento tan fluido que casi no pareció esfuerzo, y su mano —la placa oscura de su cinturón brillando apenas, un resplandor opaco que duró menos de un segundo— volvió a tocar el cuerpo azul del mamut, apenas un roce. El mamut se congeló. No en el sentido figurado. Literalmente. Una escarcha oscura, distinta a la niebla azul natural del espíritu, le recorrió el cuerpo en un instante, y la criatura quedó inmóvil, como una estatua de hielo sucio. Lysandra se tensó al verlo. —¿Qué le hiciste? —Nada permanente. Todavía. Markus sintió que algo se rompía dentro de él. No físicamente. Algo más parecido a un límite que hasta ese momento no sabía que tenía. \[Sistema del Amo del Pacto\] \[ENTIDAD DETECTADA: Renar Kest\] \[Clasificación: Humano — Portador de Sello de Supresión\] \[Análisis: insuficiente\] \[Advertencia: el artefacto que porta representa una amenaza directa a los vínculos del usuario.\] La ventana parpadeó frente a sus ojos, y por primera vez, la sintió como una amenaza en sí misma, no como una herramienta. Kessel, en su regazo, se había encogido hasta casi desaparecer, un ovillo diminuto de niebla temblorosa. Afuera, Lysandra seguía peleando, cada vez con más esfuerzo visible, cada movimiento de Renar arrebatándole terreno sin que él pareciera siquiera intentarlo con todas sus fuerzas. Markus no lo pensó. Abrió la puerta de la caravana. —¡Markus, no! —La voz de Lysandra sonó, por primera vez desde que la conocía, con auténtico pánico. Pero ya estaba afuera, hundido hasta las rodillas en la nieve, con Kessel aferrado a su hombro, la mochila olvidada dentro de la caravana. Renar lo miró. Solo eso. Una mirada, tranquila, evaluadora, sin ninguna prisa por moverse hacia él. —Ahí estás —dijo, con algo parecido a la satisfacción, aunque su rostro seguía sin mostrar nada—. Eso ha sido más fácil de lo que esperaba. Lysandra se interpuso de nuevo, la espada temblando ligeramente por el esfuerzo, la respiración agitada por primera vez desde que Markus la conocía. —No te lo voy a repetir, Renar. —No hace falta que lo repitas. —Renar se detuvo—. Solo necesito que te canses antes que yo. Markus sintió el peso de la situación caer sobre él como el frío de la primera noche. Lysandra estaba perdiendo terreno. El mamut congelado seguía inmóvil. Los otros dos apenas podían acercarse sin arriesgarse a lo mismo. Y él no tenía nada. Ningún vínculo lo bastante fuerte. Ninguna forma de pelear. Solo tenía la mochila que ya no llevaba encima, un martillo desgastado que había dejado en el puesto fronterizo, y un pequeño espíritu de escarcha demasiado asustado para moverse. Pero tenía algo más. Miró a Kessel. —Necesito que hagas algo —susurró—. No sé si puedes. Pero necesito que lo intentes. El pequeño zorro de niebla lo miró con sus dos puntos de luz. Markus no sabía exactamente qué esperaba que pasara. Solo sabía que no podía quedarse ahí, congelado, viendo cómo Lysandra se desgastaba sola por protegerlo. Extendió la mano hacia el frente. Y, por primera vez, no para vincularse con nada. Para pelear.
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Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 11

Estás leyendo el capítulo 11 de Errante bajo cielos extranjeros (Novela), un novela. ## Markus tenía una vida normal. Hasta que, en un instante, fue arrancado de su mundo y llevado a un lugar que no existe en ningún mapa. Ahora se encuentra en un mundo desconocido, lejos de todo lo que conoce. Un mundo… Este capítulo tiene publicado el 7 de septiembre de 2026. Errante bajo cielos extranjeros (Novela) tiene 33 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.