arrow_back

Leer Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 10 online gratis en español

Lo vio antes que Lysandra lo dijera. Una columna delgada de humo, gris contra el cielo más gris, subiendo recta desde algún punto detrás de una hilera de colinas bajas. Markus se quedó mirándola desde la ventana remendada, con Kessel enroscado en su cuello, y sintió algo que no esperaba sentir en ese mundo. Esperanza. Una esperanza pequeña, casi ridícula, pero real. —Gente —dijo. —Un puesto fronterizo —corrigió Lysandra, sin apartar la vista de las colinas—. Pequeño. Comerciantes, cazadores, algún soldado de paso. No una ciudad. —¿Vamos a parar ahí? Lysandra tardó en responder. —Tú vas a parar ahí. Markus se giró hacia ella. —¿Yo? —Necesitas provisiones que yo no puedo conseguirte. Ropa de verdad, no lo que llevas puesto. Comida que no sea lo que quede en tu mochila. Información. —Hizo una pausa—. Cosas que un asentamiento humano vende a un humano. No a mí. —Dijiste que no eras bienvenida. No dijiste que no pudieras entrar. —Puedo entrar. Su voz se volvió más baja. —No saldría de la misma forma en que entré. Markus no insistió. Había algo en cómo lo dijo —sin drama, sin autocompasión, solo un hecho aceptado hace mucho— que le cerró la garganta más que cualquier explicación hubiera podido hacerlo. —Está bien —dijo—. Voy solo. —No solo. Lysandra bajó la mirada hacia su cuello, hacia el pequeño bulto de niebla azulada enroscado ahí. —Kessel se queda escondido. Un espíritu de escarcha llamaría la atención equivocada. Pero puede advertirte si algo va mal. Markus asintió. Sintió al pequeño zorro moverse contra su piel, como si entendiera que se hablaba de él. —¿Algo que deba saber antes de entrar? Lysandra lo pensó un momento. —No menciones mi nombre. No menciones a los mamuts. Si preguntan cómo llegaste, di que tu caravana se separó en la tormenta. —¿Y si preguntan de dónde vengo? —Di la verdad a medias. Que vienes de muy lejos, de tierras que no conocen. Nadie va a dudar de eso viniendo de alguien vestido así. Markus se miró la ropa. La chaqueta que su madre le había comprado, ahora manchada, rígida en algunas zonas por el hielo derretido y vuelto a congelar. Los pantalones de universidad. Los zapatos que ya no tenían forma de zapatos elegantes, sino de algo remendado con tiras de cuero que Lysandra le había dado. —Sí —dijo—. Nadie va a dudar de eso. La caravana se detuvo a una distancia prudente, oculta detrás de una loma, y Markus caminó el resto solo. La nieve aquí era más dura, pisada por generaciones de botas, marcada con senderos que se cruzaban entre sí como venas. El puesto fronterizo era más pequeño de lo que había imaginado. Una veintena de construcciones bajas, de madera oscura y piedra, agrupadas alrededor de una plaza central donde ardía una hoguera grande, custodiada por dos hombres con lanzas apoyadas contra el hombro, más por costumbre que por alerta real. Nadie lo detuvo al entrar. Nadie pareció notarlo, al principio, y eso también fue extraño: después de días sin ver más rostro humano que el de Lysandra, encontrarse rodeado de gente —hablando, riendo, discutiendo precios frente a puestos improvisados— le resultó casi mareante. Olía a carne asada, a cuero mojado, a algo dulce que no supo identificar. Se quedó parado un momento, sin saber hacia dónde ir. —Pareces un ternero recién nacido, chico. La voz venía de su izquierda. Markus se giró. Un hombre, quizás treinta y tantos, sentado sobre un barril volcado frente a lo que parecía una tienda de reparación de arneses, lo observaba con una sonrisa torcida. Llevaba el pelo rapado a los costados, largo y trenzado en la coronilla, y una cicatriz le cruzaba la ceja izquierda, dividiéndola en dos. —¿Perdón? —Esa cara. La de "no tengo idea de dónde estoy ni qué hago aquí". La reconozco. La tuve yo también, hace años, la primera vez que salí de mi pueblo. —Se levantó, sacudiéndose la nieve de los pantalones—. ¿Recién llegado a la frontera? —Algo así. —¿Caravana perdida? —Se separó en la tormenta. El hombre asintió, como si aquello fuera lo más normal del mundo, algo que había escuchado cien veces. —Pasa seguido por aquí. La región es traicionera. —Le tendió la mano—. Dalen. Reparo arneses, vendo lo que puedo, y bebo más de lo que debería. En ese orden, la mayoría de los días. Markus dudó un segundo antes de estrechar la mano. —Markus. —¿Markus qué? —Dean. Dalen enarcó una ceja. —Nombre raro. No de por aquí. —No soy de por aquí. —Ya me di cuenta. —Dalen lo miró de arriba abajo, sin disimulo, evaluando la ropa, el estado general—. Vienes de lejos. Muy lejos, diría yo. Nunca vi una chaqueta así. Markus sintió que el corazón se le aceleraba un poco, pero Dalen no pareció darle demasiada importancia. Se limitó a encogerse de hombros, como si "de muy lejos" fuera una categoría suficientemente amplia como para no necesitar más explicación. —Necesito provisiones —dijo Markus, cambiando de tema—. Ropa. Comida. No tengo mucho con qué pagar. Dalen se rascó la barbilla, pensativo. —¿Sabes hacer algo útil? —¿Como qué? —Cualquier cosa. Cazar, curtir, cocinar, cargar cajas sin quejarte. Aquí el dinero escasea, pero el trabajo sobra. Markus pensó en el refugio que había construido con sus propias manos, temblando, la primera noche. En la caravana remendada con tablas y un martillo improvisado. —Puedo construir cosas. Arreglar cosas. Dalen sonrió, esta vez de forma más genuina. —Eso me sirve. Ven, te voy a presentar a alguien que necesita otro par de manos en el techo de su casa antes de que llegue la próxima tormenta. Trabajas medio día, comes gratis, y de paso te consigo ropa que no grite "vengo de un lugar que ustedes ni siquiera pueden imaginar". Caminaron juntos hacia el centro del puesto. Dalen hablaba sin parar —de la frontera, de los cazadores que iban y venían, de una disputa reciente por el precio de las pieles— y Markus se sorprendió escuchando con más atención de la que esperaba. Había algo en la forma de hablar de Dalen, rápida, sin pretensiones, salpicada de bromas a media asta, que lo hacía sentir, por primera vez en días, casi normal. Entonces Dalen bajó la voz. —Oye. Una cosa. —¿Sí? —¿Viste algo raro viniendo hacia acá? ¿Alguna caravana que no debería estar en esta zona? Markus sintió que se tensaba. —¿Por qué preguntas? Dalen miró hacia los lados, casi por instinto, antes de responder. —Hace un par de días pasaron soldados. De los Custodios. —Dijo el nombre bajando aún más la voz, como si pronunciarlo demasiado fuerte pudiera invocarlos—. No es normal verlos tan al norte. Preguntaban por una mujer. Pelo blanco. Viaja con... bueno, con cosas que no deberían existir. El estómago de Markus se hundió. —¿Qué querían con ella? Dalen se encogió de hombros, pero había algo cuidadoso en el gesto, como si estuviera midiendo cuánto decir. —No lo sé. Y sinceramente, no quiero saberlo. Los Custodios no vienen hasta aquí por gusto. —Lo miró de reojo—. ¿Por qué? ¿La conoces? —No —dijo Markus, demasiado rápido. Dalen no insistió, pero Markus notó que su mirada se quedaba un segundo de más sobre él, evaluando, antes de volver a sonreír con la misma facilidad de antes. —Bien. Mejor así. Si la vieras, yo que tú no diría nada. Los soldados esos no suelen tomarse bien un "no sé" cuando insisten con las preguntas. Siguieron caminando. Markus sintió el peso de la información asentarse en su pecho, junto al pequeño bulto tibio de Kessel contra su cuello. Los Custodios ya habían estado ahí. Preguntando. Buscando específicamente a Lysandra. No era paranoia. No era solo una amenaza en el aire, como había empezado a sentirse durante la persecución de los rastreadores. Era real, tangible, con soldados de carne y hueso caminando por el mismo puesto fronterizo donde él estaba parado ahora mismo, quizás días antes. —Oye —dijo Dalen, deteniéndose frente a una casa de techo hundido por la nieve acumulada—. Te quedaste callado de golpe. —Solo pensaba. Dalen lo miró un momento más, con esa mezcla de curiosidad y cautela de alguien acostumbrado a no hacer demasiadas preguntas en una frontera donde la gente llegaba huyendo de cosas peores de las que contaba. —Bueno. El techo no se va a arreglar solo. —Le tendió un martillo desgastado—. Cuando termines, te invito algo caliente y me cuentas, si quieres, o no me cuentas nada. A mí me da igual. Aquí todos venimos de algún lado que no queremos recordar. Markus tomó el martillo. Y por un momento, subido a un techo ajeno, con las manos ocupadas en algo simple y físico, casi pudo olvidar que en algún lugar, no muy lejos, alguien vestido de uniforme llevaba su nombre —o el de Lysandra— escrito en una lista que no auguraba nada bueno. Casi.
Errante bajo cielos extranjeros (Novela)

Continúa leyendo

Errante bajo cielos extranjeros (Novela)

Capítulo 11

Siguiente Capítulo ›

Errante bajo cielos extranjeros (Novela) Capítulo 10

Estás leyendo el capítulo 10 de Errante bajo cielos extranjeros (Novela), un novela. ## Markus tenía una vida normal. Hasta que, en un instante, fue arrancado de su mundo y llevado a un lugar que no existe en ningún mapa. Ahora se encuentra en un mundo desconocido, lejos de todo lo que conoce. Un mundo… Este capítulo tiene publicado el 7 de septiembre de 2026. Errante bajo cielos extranjeros (Novela) tiene 33 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.