Leer Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 76 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Parecía como si el espacio frente a la entrada del Palacio Imperial se hubiera congelado.
Incluso los sonidos de la batalla que se oía abajo ahora se sentían lejanos y amortiguados. El corazón de Kael latía con fuerza en su pecho, y su cuerpo apenas podía soportar la presión de las poderosas auras. El aire a su alrededor parecía haberse convertido en una masa viscosa, dificultándole la respiración.
Apretando los dientes, Kael comenzó a arrastrarse lentamente hacia atrás, acercándose al anciano Cornelius.
«Maldita sea…» maldijo para sus adentros, sintiendo temblarle las manos. «Si no fuera por las auras de los Archimagos, este Mor'zak me habría aplastado con su sola presencia…»
Y aun mientras se retiraba, Kael no podía apartar la vista de lo que sucedía delante.
Por primera vez, estaba presenciando cómo magos de armas espirituales dejaban de contenerse.
Al-Hakim y Sylvain ya se habían fusionado por completo con los espíritus con los que habían contraído matrimonio.
El maná dorado del archimago Al-Hakim se había vuelto tan denso que su cuerpo comenzó a parecerse a una estatua viviente de metal. Las runas se movían lentamente bajo su piel, mientras sus ojos brillaban con una tenue luz dorada.
Sylvain parecía aún más aterrador.
Nueve enormes colas blancas como la nieve se balanceaban suavemente tras él, difuminando el aire con su propio maná, mientras que las orejas blancas de la bestia se movían ligeramente, reaccionando a cada movimiento de Mor'zak.
Pero al instante siguiente, Kael se percató de algo aún más importante.
La mano derecha de Al-Hakim comenzó repentinamente a brillar con una luz dorada resplandeciente, mientras que la espalda de Sylvain se iluminó con un resplandor blanco azulado.
“Así que esas son sus armas espirituales…” pensó Kael.
Detrás de Sylvain, apareció casi al instante un gigantesco abanico blanco adornado con hermosos motivos azules. Se desplegó tras él como la cola de un pavo real, mientras delicados dibujos de escarcha se extendían lentamente por toda su superficie.
Al mismo tiempo, un enorme grimorio de oro se materializó en la mano de Al-Hakim.
El libro parecía antiguo. Sus esquinas estaban reforzadas con metal pesado, y runas vivientes se movían por la cubierta, como si algo dentro del grimorio respirara.
Y en el momento en que las Armas Espirituales se manifestaron por completo, las auras de los dos Archimagos parecieron elevarse a un nivel completamente diferente.
Kael dirigió inmediatamente su mirada hacia Guro y Seraphina, pensando para sí mismo: "Y parece que esos dos ya llevan un buen rato con sus Armas Espirituales desplegadas...".
Sus ojos recorrieron la luna fantasma que aún colgaba sobre la cabeza de Seraphina, y luego se desviaron hacia los ocho ojos flotantes que rodeaban a Guro.
Pero al instante siguiente, ambos archimagos también comenzaron a fusionarse con los espíritus con los que habían realizado un pacto.
Lentamente, destellos plateados se extendieron por el cuerpo de Seraphina, como si la luz de la luna comenzara a filtrarse bajo su piel. Su cabello turquesa se fue aclarando gradualmente, adquiriendo un brillo plateado, mientras sus pupilas se dilataban formando medias lunas.
Entonces, unas enormes alas translúcidas de mariposa se desplegaron a su espalda.
De color azul turquesa y cubiertas de intrincados patrones brillantes, se movían lentamente, esparciendo diminutas chispas de maná por el aire.
“Moon Moth…” Kael lo reconoció al instante.
Pero entonces la mirada de Kael se posó en Guro, y un escalofrío le recorrió la espalda involuntariamente.
El rostro del anciano comenzó a cambiar.
Nuevas cuencas oculares se abrieron una tras otra en su piel: en las sienes, las mejillas, la frente e incluso a lo largo del cuello. Dentro de ellas, ojos multicolores giraban lentamente, cada uno moviéndose independientemente de los demás mientras escudriñaban continuamente el espacio circundante.
«Vigilante Celestial Arcoíris…» Kael suspiró para sí mismo. «Esos dos poseen espíritus extraordinariamente poderosos…»
Kael echó un vistazo rápido a Sylvain y Al-Hakim, y añadió para sí mismo: "Aunque, pensándolo bien, ellos también... Parecen un Asura Dorado y un Zorro de Nueve Colas de Nieve".
Pero en ese momento, sus pensamientos fueron interrumpidos abruptamente por el rugido de Mor'zak: "¡Quítate de mi camino!"
Con esas palabras, el viejo hombre bestia alzó bruscamente su pincel de jade y lo blandió hacia adelante con una fuerza monstruosa.
El espacio que tenía delante pareció estremecerse.
Una tinta verde oscuro brotó de la punta del pincel en una ola gigantesca, mientras docenas de bocas a lo largo del mango rugían simultáneamente, llenando el aire con un lamento espantoso. La tinta no se parecía en absoluto a un líquido común; se movía como una masa viviente, extendiéndose y distorsionando el aire a su alrededor.
Al ver esto, Al-Hakim apretó los dientes.
Su grimorio dorado se abrió solo en un instante, las páginas se pasaron frenéticamente y el Archimago apenas tuvo tiempo de extender la mano.
Y en el instante siguiente, un gigantesco círculo mágico dorado cobró vida justo delante de los Archimagos.
Se oyó un estruendo ensordecedor.
La ola de tinta verde oscuro impactó contra la barrera de Al-Hakim con un estruendo ensordecedor, como un océano entero de veneno contra un muro dorado. El espacio circundante se estremeció de inmediato, y profundas fisuras de luz recorrieron la superficie del círculo mágico.
Varios de los Ancianos que se encontraban detrás de los Archimagos gritaron al unísono debido a la presión.
Pero la situación de Kael era mucho peor.
De repente, tosió sangre, sintiendo como si una mano invisible le hubiera aplastado el pecho. Todas las viejas heridas de su cuerpo parecieron resurgir de golpe. Las quemaduras de Aiden se reavivaron con un dolor abrasador, sus costillas crujieron de forma desagradable y una oleada de debilidad recorrió su cuerpo.
“¡Kghaah! ¡Maldita sea!”, rugió, rociando sangre sobre los escalones de mármol blanco.
Su consciencia vaciló.
Durante varios segundos, su visión se nubló y sus brazos comenzaron a flaquear, incapaces ya de sostener adecuadamente su cuerpo.
“Esto es malo…” pensó Kael, sintiendo que sus brazos cedían bajo su peso.
Al instante siguiente, sus brazos finalmente cedieron y se desplomó pesadamente sobre la fría escalera de mármol.
Todo lo que veía se movía ante sus ojos.
Tendido en el suelo, solo pudo observar cómo la tinta verde oscuro de Mor'zak se esparcía por el cielo como una lluvia venenosa antes de empezar a caer sobre la amplia escalera. Dondequiera que caían las gotas, el mármol se ennegrecía al instante y comenzaba a derretirse, mientras el aire se llenaba de un silbido corrosivo.
Pero había algo más que preocupaba aún más a Kael.
El cuerpo de Mor'zak continuó transformándose.
En su cuello, pecho y brazos, bocas repletas de colmillos comenzaron a abrirse una tras otra, parecidas a las que cubrían el pincel de jade. Un espeso líquido verde fluía continuamente de estas bocas, recorriendo lentamente su pelaje y goteando al suelo.
Entonces, el rostro de la bestia comenzó a cambiar.
La mandíbula inferior de Mor'zak se estiró hacia adelante de forma antinatural, y dos largos colmillos verdosos crecieron lentamente de su boca, cubiertos de una baba viscosa.
«Qué rareza…» murmuró Kael para sí mismo, apenas aferrándose a la consciencia. «Parece que… su espíritu es la Fauce de los Mil Venenos…»
Con ese pensamiento, Kael sintió que el mundo a su alrededor se oscurecía rápidamente.
Los sonidos de la batalla se alejaban cada vez más, mientras su cuerpo parecía llenarse de plomo. Su consciencia se hundió lentamente en un vacío viscoso, y llegó un punto en que apenas podía sentir sus propias manos.
Pero en ese preciso instante, alguien lo agarró bruscamente por el hombro y lo jaló hacia atrás.
Un instante después, un maná extraño fluyó por su cuerpo, tranquilo y cálido. Disipó ligeramente la presión de las auras circundantes y permitió a Kael respirar con dificultad una vez más.
La voz familiar de Cornelius resonó inmediatamente cerca: “¡Oye! ¡Ayúdame, o el niño morirá!”
Kael apenas podía distinguir lo que sucedía a su alrededor.
Todo lo que veía estaba borroso y sus pensamientos empezaban a enredarse. Apenas percibió que lo arrastraban mientras las monstruosas auras de los Archimagos y Mor'zak seguían chocando delante de él.
«Maldita sea…» murmuró con lentitud. «Si aun así pierden, incluso después de mi ayuda… yo mismo destruiré este maldito Imperio…»
Antes de perder completamente el conocimiento, Kael logró percatarse de una cosa más.
Dondequiera que caía la tinta verde oscuro de Mor'zak, docenas de bocas llenas de colmillos comenzaban a abrirse directamente en el mármol blanco. Gritando, liberaban densas nubes verdes al aire.
Y al instante siguiente, la conciencia de Kael finalmente se apagó.
Cornelius, de pie frente a él, apretó los dientes y dijo: "Estás lleno de sorpresas, muchacho..."
Sin perder un instante, le metió rápidamente una pastilla en la boca a Kael.
Mientras tanto, la situación en el campo de batalla empeoraba rápidamente.
Las manchas negras comenzaron a extenderse por la enorme barrera dorada de Al-Hakim. La tinta verde oscuro de Mor'zak devoraba lentamente la luz dorada, mientras que las runas del círculo mágico comenzaban a atenuarse una tras otra.
Y por primera vez, el rostro de Al-Hakim se contrajo de verdad.
—¡Retírense todos! —rugió con voz severa, dando una orden al ejército que se encontraba abajo—. ¡Dejen la defensa en nuestras manos y corran! ¡No dejen que la niebla venenosa los toque!
Su voz, amplificada por el maná, resonó por toda la plaza frente al Palacio Imperial.
Pero la situación de las tropas ya era crítica.
La presión de las auras de Mor'zak y los cuatro archimagos ya había comenzado a aplastar literalmente a los magos más débiles contra el suelo. Algunos soldados apenas podían mantenerse en pie, mientras que la sangre brotaba de las narices de varios magos jóvenes.
Incluso las bestias que estaban en primera línea parecían asustadas.
Especialmente después de la aparición de la nube venenosa.
La mujer vestida de carmesí que antes había usado el incensario se volvió bruscamente hacia su gente y rugió furiosamente: “¡Retirada! ¡Muévanse!”
Inmediatamente después de dar la orden, las fuerzas imperiales comenzaron a reagruparse rápidamente.
Las primeras filas entrelazaron escudos y lanzas, formando una afilada cuña, mientras que los magos de apoyo comenzaron de inmediato a lanzar técnicas protectoras sobre aquellos que se retiraban.
En el instante siguiente, la formación del Imperio avanzó con fuerza.
Los soldados literalmente abrieron un camino entre las bestias, sin intentar ya mantener sus posiciones. Las lanzas desgarraban la carne, las espadas cercenaban miembros y la magia estallaba sin cesar entre las filas enmarañadas.
Los hombres bestia intentaron aprovechar la retirada de los humanos y los persiguieron de inmediato.
Pero en ese momento, Seraphina agitó la mano bruscamente.
La luna artificial que colgaba sobre la escalera brillaba con más intensidad, y un resplandor plateado y frío se extendió por toda la plaza. Las sombras de las bestias comenzaron a alargarse y, de repente, cobraron vida, agarrándose las piernas y los brazos.
—Te quedarás aquí, escoria —dijo el Archimago con frialdad.
Mientras tanto, la niebla venenosa de Mor'zak seguía extendiéndose cada vez más lejos.
Allí donde tocaba el suelo, el mármol se ennegrecía y se derretía, mientras que los cuerpos de los muertos comenzaban a descomponerse ante los ojos de todos los que observaban.
El propio Mor'zak, observando todo lo que sucedía, parecía notablemente tranquilo.
—Tus esfuerzos son inútiles —dijo con voz ronca—. Tarde o temprano, tu dimensión se convertirá en el dominio del Dios Bestia de todos modos.
Dicho esto, Mor'zak, inesperadamente, se llevó la mano libre a los labios, como si se preparara para recitar una oración.
Y casi de inmediato, la tinta esparcida por el cuadrado comenzó a moverse con aún más violencia.
Además de las bocas repletas de colmillos, nuevas figuras comenzaron a emerger lentamente de la viscosa masa de color verde oscuro.
Todos ellos adoptaron rápidamente la apariencia del propio Mor'zak: el mismo pelaje verde irregular, los mismos ojos nublados y las mismas bocas grotescas que cubrían sus cuerpos.
Aunque sus auras eran notablemente más débiles que las originales, la presión que emitían seguía siendo monstruosa para la mayoría de los presentes.
Mor'zak simplemente emitió un breve gruñido.
—No me interesas en absoluto —dijo con frialdad, desviando lentamente la mirada hacia las enormes puertas del Palacio Imperial.
Y en el instante siguiente, toda la escalera pareció estallar y ponerse en movimiento.
Decenas de Mor'zaks se abalanzaron simultáneamente, desapareciendo entre la densa niebla verde y dejando tras de sí largas estelas de tinta venenosa. Sus movimientos eran bruscos y anormalmente rápidos, y cada golpe de sus pinceles de jade dejaba extraños símbolos suspendidos en el aire, de los que brotaban casi de inmediato chorros de veneno espeso.
“¡Alto al original!”, rugió Al-Hakim, hojeando rápidamente las páginas de su grimorio.
En ese preciso instante, enormes círculos mágicos dorados comenzaron a cobrar vida uno tras otro frente a la escalera.
Se superponían, formando una defensa multicapa. Las runas giraban a una velocidad frenética, y el maná de Al-Hakim se volvió tan denso que el espacio frente a las barreras comenzó a temblar.
Pero el verdadero Mor'zak ni siquiera redujo la velocidad.
La vieja bestia simplemente se estrelló de hombro contra la primera barrera.
Se oyó un estruendo ensordecedor.
La superficie dorada duró menos de un segundo antes de que la tinta verde oscuro comenzara a devorarla rápidamente desde dentro. Las runas se atenuaron y, entonces, toda la barrera se hizo añicos en partículas de luz.
La segunda capa de defensa se cubrió de grietas casi instantáneamente.
Y Mor'zak arrasó con el tercero con su pincel de jade.
“¡Esto es malo!”, exclamó Guro bruscamente. “¡Su maná es mucho más denso y poderoso que el nuestro!”
En ese preciso instante, los ocho ojos flotantes que rodeaban al anciano brillaron simultáneamente.
Cada artefacto giró bruscamente en su propia dirección, y un segundo después una verdadera tormenta de magia elemental azotó la escalera. Un relámpago rasgó el aire con un rugido, torbellinos de fuego se elevaron y largas púas metálicas brotaron del mármol.
Varios de los clones de Mor'zak fueron destrozados inmediatamente.
Pero el verdadero Mor'zak no se detuvo.
La tinta verde oscuro que cubría su cuerpo surgió repentinamente en una densa ola, como un muro viviente. El fuego se extinguía al instante al contacto, los relámpagos crepitaban y se desintegraban, y el maná elemental era literalmente devorado por aquella inmundicia viscosa.
El propio Mor'zak simplemente siguió avanzando.
—La guerra... pertenece a los fuertes —espetó—. No os deshonréis.
Y al instante siguiente, una tinta verde oscura brotó repentinamente de debajo de los pies de los archimagos.
La expresión de Sylvain cambió al instante, y rugió: “¡Ha quemado túneles bajo tierra! ¡Cuidado!”
Pero la advertencia llegó casi simultáneamente con el ataque.
Largos tentáculos cubiertos de bocas repletas de colmillos surgieron instantáneamente de los charcos de veneno que aparecieron de repente. Se elevaron hacia el cielo con tal velocidad que algunos de los Magos que se encontraban detrás de los Archimagos ni siquiera tuvieron tiempo de reaccionar.
Dos tentáculos se aferraron inmediatamente a Al-Hakim y Guro.
Sin embargo, justo en el momento en que parecía que el veneno ya debería haber tocado sus cuerpos, las figuras de ambos archimagos se desdibujaron repentinamente, como reflejos en el agua.
El espacio tembló ligeramente.
Y al segundo siguiente, Al-Hakim y Guro aparecieron a diez pasos de distancia.
Los tentáculos solo golpeaban el aire vacío.
Mor'zak desvió bruscamente la mirada hacia Seraphina y la luna plateada que colgaba sobre la escalera.
Las bocas que cubrían su cuerpo siseaban con irritación.
—¿Hechizos de ilusión? —preguntó con disgusto—. Idénticos para debiluchos como tú.
Pero Seraphina simplemente levantó la mano bruscamente en respuesta.
La luna fantasma que se alzaba sobre la escalera resplandeció de inmediato con una brillante luz plateada.
Y al instante siguiente, el espacio circundante pareció ondular.
Los reflejos translúcidos de los Archimagos comenzaron a aparecer por toda la escalera. Decenas de Al-Hakims, Sylvains, Guros y Seraphinas emergieron entre la niebla, imitando a la perfección los movimientos de los originales.
Los clones de Mor'zak cargaron hacia adelante al instante.
Con furiosos rugidos, comenzaron a golpear a los fantasmas con sus pinceles de jade, a destrozarlos con sus bocas y a ahogarlos en tinta venenosa. Sin embargo, una y otra vez, sus ataques simplemente los atravesaban, como si fueran reflejos en el agua.
—¡Sylvain! —gritó Seraphina bruscamente.
En ese mismo instante, las nueve colas blancas como la nieve de Sylvain se alzaron como si tuvieran vida propia.
El archimago desplegó al instante su enorme abanico de hielo.
La temperatura al otro lado de la escalera cayó tan bruscamente que el aire se cubrió de escarcha casi de inmediato, mientras que partes de la niebla verde de Mor'zak comenzaron a cristalizarse en el aire.
Al instante siguiente, Sylvain agitó su abanico y cientos de cuchillas de hielo salieron disparadas hacia adelante simultáneamente.
Atravesaron el aire con un silbido ensordecedor, desgarrando la niebla y haciendo pedazos a los clones de Mor'zak. Varias lanzas atravesaron limpiamente a los duplicados cercanos, convirtiéndolos instantáneamente en estatuas congeladas que se hicieron añicos junto con la tinta momentos después.
Incluso el verdadero Mor'zak redujo ligeramente la velocidad por primera vez.
Tres enormes lanzas de hielo se clavaron en su pecho y hombro simultáneamente, atravesándole el cuerpo por un instante.
Sin embargo, un segundo después, quedó claro que algo andaba mal.
En el lugar donde deberían haber estado las heridas, habían aparecido nuevas bocas.
Un repugnante crujido húmedo resonó.
Las bocas repletas de colmillos se aferraron directamente a las lanzas de hielo y comenzaron a masticarlas rápidamente, como si la propia carne de Mor'zak devorara la magia enemiga. El hielo se oscureció rápidamente, se cubrió de una sustancia viscosa verdosa y casi de inmediato comenzó a descomponerse.
“¿Qué clase de monstruo es este…?” gruñó Al-Hakim entre dientes apretados.
Su grimorio dorado ya pasaba las páginas por sí solo a tal velocidad que se habían convertido en una banda de luz borrosa. Nuevas barreras doradas surgieron alrededor de Mor'zak una tras otra, intentando frenar su avance hacia las puertas del Palacio Imperial.
Pero Mor'zak siguió avanzando con calma, como si todas esas defensas no fueran más que una pequeña molestia.
Cada paso que daba iba acompañado del repugnante chapoteo de la tinta sobre el mármol. El viejo hombre bestia simplemente agitaba su pincel de jade con indiferencia, grabando rápidamente extrañas runas verdes sobre las barreras doradas. Y en el instante en que se completaba un símbolo, la barrera explotaba casi de inmediato desde dentro, esparciéndose en chorros de luz y gotas venenosas.
La primera.
Luego el segundo.
Y luego el tercero.
Mor'zak se abría paso a la fuerza, literalmente, gracias a su pura fuerza bruta.
Pero en el instante en que otra barrera se rompió una vez más, la fría voz de Guro resonó de repente: "Bastardo arrogante..."
Los ocho ojos que flotaban alrededor del anciano brillaban con más intensidad que antes.
El espacio alrededor del Archimago Guro comenzó a temblar inmediatamente por la concentración de maná, mientras esferas de diferentes elementos se formaban lentamente a su alrededor. Una resplandecía con fuego, otra crepitaba con relámpagos, una tercera giraba como un vórtice de viento y una cuarta parecía un fragmento comprimido de piedra de montaña. Junto a ellas, apareció casi de inmediato una esfera de metal, junto con otras dos mucho más peligrosas, llenas de luz y oscuridad.
Cada esfera vibraba con su propia naturaleza elemental, distorsionando el espacio circundante. El fuego derretía el aire, los relámpagos lo atravesaban con una fuerza crepitante, y cerca de la esfera de oscuridad incluso la luz misma parecía más tenue.
El propio Guro parecía agotado. El sudor le corría por la sien y la sangre comenzaba a brotar de varios de los ojos de su rostro.
—Puede que no tenga mucho maná… —dijo el anciano con voz pesada—. Pero aún hay algunas cosas que sé hacer en la batalla…
Y en el instante en que se pronunciaron esas palabras, las ocho esferas comenzaron repentinamente a precipitarse unas hacia otras.
El maná elemental chocó con un rugido, provocando que el espacio alrededor de Guro se agrietara y temblara. El fuego se entrelazó con el relámpago, el viento fusionó luz y oscuridad en una sola corriente, mientras que el maná de metal y tierra se comprimió bajo una presión monstruosa.
Entonces, todas las esferas se fusionaron abruptamente en una sola.
Por un breve instante, una deslumbrante estrella arcoíris iluminó la escalera.
Y en el segundo siguiente, un colosal rayo multicolor salió disparado hacia adelante.
Se produjo una explosión monstruosa.
La escalera quedó literalmente destrozada. Enormes trozos de mármol salieron disparados por los aires, algunos escalones cedieron y se derrumbaron, y la niebla verde de Mor'zak fue dispersada por la onda expansiva.
Durante varios segundos, el espacio que tenían delante se convirtió en un auténtico caos de elementos, creando destellos tan brillantes que a algunos de los Magos se les humedecieron los ojos.
Incluso Sylvain y Al-Hakim se tensaron involuntariamente mientras presenciaban el ataque.
Pero al instante siguiente, la figura de Mor'zak emergió lentamente del caos desatado.
La vieja bestia seguía en pie.
Ahora tenía partes del cuerpo cubiertas de profundos cortes y quemaduras, la tinta verde se evaporaba en algunos lugares con un silbido, y una de las bocas de su pecho estaba completamente destrozada. Sin embargo, la expresión de su rostro apenas había cambiado.
La misma confianza permanecía en sus ojos nublados.
Mor'zak mostró lentamente sus dientes, revelando largos colmillos verdosos.
Entonces, con calma, alzó su pincel de jade.
—Por fin… —susurró con voz ronca—. Algo interesante.
Pero justo cuando Mor'zak estaba a punto de blandir su pincel de jade una vez más, el rugido aterrador de un dragón resonó repentinamente desde mucho más allá del horizonte sur.
Los archimagos volvieron bruscamente la vista hacia el horizonte. Mor'zak también entrecerró los ojos, y su expresión cambió ligeramente por primera vez.
Y al instante siguiente, una pequeña silueta carmesí apareció a lo lejos.
Se acercaba rápidamente.
Un dragón rojo volaba directamente hacia la Capital, dejando a su paso una larga estela de maná de color carmesí.
Pero lo más importante es que había una persona de pie sobre el lomo del dragón.
Una figura alta y borrosa, ataviada con una armadura oscura, sostenía en su mano una larga lanza cuya punta brillaba con una luz carmesí. Incluso desde esa distancia, la presión de su aura resultaba monstruosa.
Y en el momento en que los archimagos vieron esa silueta, por primera vez en todo este tiempo, se reflejó en sus rostros un alivio.
—General Salazar… —Al-Hakim exhaló profundamente.
Incluso Sylvain esbozó una sonrisa torcida, mientras que la tensión en los hombros de Seraphina se disipaba visiblemente.
Pero la expresión de Mor'zak finalmente vaciló.
Las bocas que cubrían su cuerpo siseaban con irritación, mientras el viejo hombre bestia apretaba los dientes y miraba fijamente al dragón que se acercaba sin pestañear.
“¿Salazar?!” maldijo para sus adentros.
Incluso desde esta distancia, el aura del General se sentía monstruosa. Presionaba sobre el espacio circundante como una enorme losa, haciendo temblar el aire mismo.
Y cuanto más se acercaba el dragón carmesí, más cambiaba la expresión de Mor'zak.
“¿Por qué está él aquí?”, pensó furiosamente. “¡Todos los generales deberían estar en el frente!”
La furia abierta ardía en sus ojos nublados.
“Esto es malo…”, gruñó para sus adentros. “Salazar llegará aquí en unos diez minutos. Si no termino a tiempo, fracasaré en la misión del Patriarca.”
Y casi de inmediato, la mirada de Mor'zak se volvió mucho más peligrosa que antes.
El viejo hombre bestia sacó bruscamente un puñado entero de píldoras oscuras y, sin inmutarse, se las metió en la boca.
Se oyó un crujido repugnante.
Y al instante siguiente, toda la tinta que rodeaba la escalera cobró vida repentinamente.
Enormes charcos, bocas llenas de colmillos, restos de clones destruidos e incluso diminutas gotitas en las paredes: todo empezó a fluir de vuelta hacia Mor'zak al mismo tiempo.
La masa verde se abalanzó sobre su cuerpo con un rugido, como un gigantesco torrente viviente.
Las expresiones de los archimagos cambiaron inmediatamente.
“¡Atrás!”, rugió Guro con fuerza. “¡Está a punto de quemar una parte de su alma!”
“¡Protejan a nuestra gente!”, rugió Seraphina casi al mismo tiempo.
Agitó la mano con brusquedad, y la luna fantasma que colgaba sobre la escalera descendió al instante. Un resplandor plateado envolvió de inmediato a los Ancianos y Magos, formando una enorme esfera translúcida a su alrededor.
Mientras tanto, Al-Hakim retrocedió bruscamente mientras hojeaba varias páginas de su grimorio a la vez. Nuevas barreras doradas comenzaron a cobrar vida una tras otra ante los Archimagos.
Ni siquiera Sylvain y Guro intentaron ya atacar a Mor'zak.
Ambos archimagos también comenzaron a retirarse, acercándose a su gente, mientras que las nueve colas de Sylvain se movían tensamente de un lado a otro.
“Ahora le toca al general Salazar…” siseó Sylvain.
Guro asintió profundamente.
Varios de los ojos de su rostro se crisparon nerviosamente mientras seguían observando a Mor'zak.
—Denlo todo —dijo el anciano con gravedad—. Si cometemos un error… una cuarta parte de los mejores artesanos del Imperio perecerán.
En ese momento, Mor'zak casi había completado su técnica.
Su cuerpo se había hinchado por la monstruosa cantidad de maná que lo recorría, sus músculos se abultaban bajo su pelaje verde y chorros de tinta oscura brotaban sin cesar de las grietas de su piel. Incluso el pincel de jade que sostenía en sus manos había comenzado a agrietarse lentamente bajo el poder abrumador que lo inundaba. Finas líneas verdes se extendían una tras otra por el mango, mientras que las bocas llenas de colmillos del arma rugían con tal fuerza que el aire a su alrededor se distorsionaba.
Mientras tanto, un gigantesco círculo mágico se expandía rápidamente bajo los pies de Mor'zak.
Estaba tejido completamente con tinta verde densa y cubierto de miles de símbolos en movimiento. Las runas cambiaban de lugar continuamente, se retorcían y parecían arrastrarse unas sobre otras, creando la impresión de algo vivo.
Entonces Mor'zak abrió la boca.
Y junto con ello, cada boca en su cuerpo y pincel de jade se abrió de par en par.
En el instante siguiente, todos gritaron al unísono.
El grito fue tan monstruoso que el espacio mismo pareció estremecerse.
Y entonces llegó la explosión.
No se trata simplemente de una explosión de maná, sino de un verdadero cataclismo.
Parecía como si un mar entero de maná verde venenoso hubiera surgido repentinamente frente al Palacio Imperial. Una colosal ola de tinta y energía destructiva envolvió instantáneamente toda la pendiente de la escalera.
La onda expansiva recorrió la plaza con un estruendo.
Los escalones de piedra se derritieron y se hicieron añicos, mientras que el aire mismo parecía desgarrarse por la monstruosa presión. Una niebla verde se extendió en todas direcciones, quemando muros y adoquines por igual.
Incluso las torres exteriores del Palacio Imperial quedaron cubiertas de profundas grietas en cuestión de instantes.
“¡MANTENGAN LA DEFENSA!”, rugió Al-Hakim.
El grimorio dorado que tenía delante brilló con tal fuerza que algunas de sus páginas se incendiaron al instante y se desmoronaron en cenizas en el aire.
Enormes escudos dorados, superpuestos unos sobre otros, protegían a los Archimagos y a los Ancianos que se encontraban tras ellos. Pero en el instante en que la ola verde los tocó, espesas manchas negras comenzaron a extenderse por sus superficies.
Mientras tanto, Sylvain desplegó por completo su abanico de hielo.
Sus nueve colas se dispararon hacia arriba con fuerza, y toda la escalinata frente al Palacio quedó rápidamente cubierta de capas de hielo. Enormes muros de hielo surgieron directamente del mármol ardiente, intentando detener el torrente de maná venenoso.
Incluso Guro dejó de atacar por completo.
Sus ocho ojos giraban a toda velocidad, creando continuamente nuevas barreras elementales. Corrientes de tierra, metal, viento y relámpagos se superponían, intentando debilitar el ataque de Mor'zak aunque fuera mínimamente.
Pero aun así, los archimagos estaban siendo lentamente obligados a retroceder.
Algunos de los Ancianos y Magos comenzaron a gritar bajo la presión, incapaces de soportar el choque de tan monstruoso maná. Algunos cayeron de rodillas, otros se agarraron la cabeza, y los más débiles ya estaban perdiendo el conocimiento donde se encontraban.
Kael se encontraba en un estado aún peor.
Aun inconsciente, su cuerpo reaccionó instintivamente ante la furia que lo rodeaba. La sangre brotaba lentamente de sus ojos y oídos, mientras sus dedos se contraían convulsivamente, como si su cuerpo intentara desesperadamente resistir la presión.
Pero ninguno de ellos podía ver ya lo que iba a suceder más adelante.
Su visión quedó completamente oscurecida por la tormenta de tinta verde oscura y la niebla venenosa.
En medio de ese caos, solo se podían ver los destellos ocasionales de las barreras doradas de Al-Hakim, la luz plateada de la luna de Seraphina y las ráfagas heladas de Sylvain antes de que fueran engullidas casi de inmediato una vez más por el abismo verde.
Solo después de unos segundos el caos desatado comenzó a amainar.
La niebla verde oscura se disipó lentamente, dejando al descubierto la escalera devastada. El aire seguía tan saturado de veneno que algunas de las bestias que no habían logrado retirarse a tiempo continuaban tosiendo sangre.
Los archimagos también respiraban con dificultad.
Al-Hakim se apoyaba con una mano en su grimorio abierto, cuya cubierta ahora presentaba profundas grietas. Sylvain parecía pálido, y dos de sus nueve colas casi se habían disipado por completo. Guro incluso se tambaleaba ligeramente; varios de sus ojos se habían cerrado, y de ellos brotaba sangre.
Pero al instante siguiente, los cuatro alzaron bruscamente la mirada hacia adelante.
Y sus expresiones cambiaron inmediatamente.
Las enormes puertas del Palacio Imperial estaban completamente abiertas.
Mor'zak no estaba por ninguna parte.
—¿Cómo es posible que ese monstruo siga vivo? —dijo Al-Hakim con tensión, alzando bruscamente su grimorio—. ¡Lo mataron hace tres años!
Pero Sylvain se limitó a entrecerrar los ojos con frialdad, estudiando detenidamente la escalera en ruinas y los restos de tinta.
—Nos engañaron… —dijo en voz baja—. Parece que fingió su propia muerte con antelación.
Respirando con dificultad, añadió: “Cambió su apariencia… se infiltró entre los esclavos… y esperó todo este tiempo el momento adecuado”.
Un brillo frío apareció en los ojos de Sylvain.
“La Horda del Dios Bestia lleva mucho tiempo preparando esto.”
Guro respondió con un gruñido sombrío.
—Entonces… —dijo el anciano con voz pesada—. Llevan más de tres años preparando esto…
Sus ojos, que parecían flotar, se volvieron lentamente hacia las puertas abiertas del Palacio Imperial. El anciano frunció el ceño y añadió: «Pero aun así, no tienen ninguna posibilidad de éxito».
Entonces Seraphina habló, encogiéndose ligeramente como por el miedo: “Eso no cambia el hecho de que esa persona se va a enfadar mucho…”
Pero en ese instante, una voz grave resonó de repente por toda la Capital, amplificada por un maná tan denso que se oía incluso entre el rugido de los incendios, las explosiones y los gritos de los combatientes.
“¡Tercera y Sexta Legiones, acordonen el Distrito del Río Norte! ¡No dejen que las bestias atraviesen los canales interiores!”
La voz sonaba como si el aire mismo hubiera comenzado a vibrar.
Incluso algunas de las bestias que se encontraban abajo se quedaron paralizadas involuntariamente, alzando la cabeza hacia el cielo.
“¡Novena Legión, rodeen el barrio de los artesanos! ¡Magos del Agua, contengan inmediatamente los incendios en el este!”
Los archimagos alzaron bruscamente la mirada.
El dragón carmesí estaba mucho más cerca ahora.
Su enorme cuerpo atravesaba las nubes, mientras que el rastro de maná que dejaba a su paso parecía una sangrienta fisura en el cielo. El hombre que cabalgaba sobre el dragón ni siquiera intentaba ocultar su aura.
Era opresivo, pero al mismo tiempo creaba una extraña sensación de orden en medio del caos.
—¡Despejen los tejados del distrito central! —tronó de nuevo la voz del general Salazar—. ¡Los hombres bestia usan tótems para comunicarse! ¡Destrúyanlos todos!
Y en ese momento, incluso las expresiones de los archimagos cambiaron ligeramente.
Porque después de tan solo unas pocas órdenes, el caos en la Capital pareció empezar a adquirir estructura.
Sylvain exhaló lentamente.
—Como era de esperar… —dijo en voz baja—. En el momento en que Salazar tomó el mando, el ambiente cambió por completo…
✦ ✦ ✦
En ese instante, en las profundidades del Palacio Imperial, resonó un fuerte estruendo.
Mor'zak cargó hacia adelante, sin prestar atención a nada a su alrededor.
Su pincel de jade se estrellaba una y otra vez contra las barreras protectoras que le bloqueaban el paso con una fuerza monstruosa. Cada nuevo sello emitía una luz dorada cegadora, pero casi de inmediato las inscripciones verdes de Mor'zak se extendían sobre él como una plaga.
El propio Mor'zak tenía cada vez peor aspecto.
Su cuerpo seguía hinchándose por la inestabilidad del maná, varias de las bocas de su pecho ya se habían abierto y tinta verde oscura fluía sin cesar por las comisuras de sus labios. Sin embargo, los ojos nublados del viejo hombre bestia se volvieron aún más feroces.
—Más rápido… —gruñó, estrellando su pincel contra otra barrera—. Solo un poquito más…
Al instante siguiente, un crujido ensordecedor resonó más adelante.
El último sello dorado finalmente cedió.
La barrera estalló en un torrente de luz, y las enormes puertas negras que había detrás se abrieron hacia adentro.
Mor'zak se lanzó inmediatamente hacia adelante.
Pero al irrumpir en la enorme cámara subterránea, se detuvo bruscamente.
Ante él se desplegó una visión verdaderamente monstruosa.
La vasta sala subterránea estaba llena de una densa niebla roja que se desplazaba lentamente entre antiguas columnas y losas rúnicas.
Y flotando en el centro mismo del salón había una gigantesca columna vertebral ósea.
Se extendía a lo largo de decenas de pasos y estaba suspendido en el aire por enormes cadenas negras que se fundían con las paredes, el techo y la tierra misma. Cada vértebra emitía un tenue resplandor carmesí, mientras que corrientes de maná rojo fluían lentamente entre los segmentos esqueléticos.
Parecía como si un fragmento del cuerpo de algún monstruo antiguo estuviera frente a Mor'zak.
Incluso el espacio circundante se vio ligeramente distorsionado por su presión.
Al verlo, Mor'zak exhaló un profundo suspiro por primera vez.
Sus labios se crisparon levemente, mientras las bocas que cubrían su cuerpo siseaban con excitación. El anciano hombre bestia sacó rápidamente un artefacto dorado de debajo de su pelaje: una pequeña bolsa de tela cubierta de runas.
El artefacto comenzó inmediatamente a palpitar al ritmo de la columna vertebral.
Mor'zak apretó con más fuerza la bolsa, sin apartar la vista del gigantesco fragmento de esqueleto.
“Debo llegar a tiempo…” dijo rápidamente en la lengua de los hombres bestia.
Pero justo en el momento en que Mor'zak abrió la bolsa dorada y la apuntó hacia la columna vertebral gigante, una voz tranquila resonó de repente en la sala.
Y para horror de Mor'zak, también hablaba en el idioma de los hombres bestia.
—El Dios Bestia es una criatura verdaderamente codiciosa… —dijo el desconocido en voz baja—. Pero su hambre no se saciará aquí.
Y en el instante en que se pronunciaron esas palabras, el cuerpo de Mor'zak se estremeció.
Sus ojos se abrieron de par en par.
Todas las bocas de su cuerpo y de su pincel de jade se cerraron de golpe al mismo tiempo, como si hubieran sido silenciadas a la fuerza.
Mor'zak levantó bruscamente la cabeza, escudriñando la densa niebla de color rojo sangre.
Y por primera vez en muchos años, sintió un miedo genuino.
“¡¿Quién anda ahí?!” rugió Mor'zak furioso, alzando al instante su pincel de jade.
Durante varios segundos, reinó el silencio en la vasta sala.
Entonces, una silueta humana emergió lentamente de la niebla roja que había delante.
Una figura alta, ataviada con largas túnicas oscuras y con una máscara dorada, permanecía impasible al pie de la gigantesca columna vertebral.

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Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 76
Estás leyendo el capítulo 76 de Engañé a un Dios (Novela), un novela. Born with a soul mutation desired even by the Gods — perfect memory. Kael could recall every word, every book… yet not a single drop of mana. Mockery, beatings, a ruined family — and a desperate deal with the God of… Este capítulo tiene publicado el 23 de agosto de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Engañé a un Dios (Novela) tiene 84 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.