arrow_back

Leer Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 67 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Uno de los patios interiores ocultos de Lesser Amber Street estaba cobrando vida lentamente, sin que los demás habitantes del pueblo se dieran cuenta. Donde durante años había reinado el silencio y el polvo se había asentado lentamente, ahora el trabajo estaba en pleno apogeo. Las puertas de la desgastada casa de dos pisos permanecían abiertas de par en par, sin cerrarse ni un instante, y desde el interior se sacaban constantemente sacos repletos de basura, trapos y tierra compactada. En ese preciso instante, Girren y Gilmesh salían por la puerta, cargando otro conjunto de pesados sacos sobre sus hombros. Gilmesh, sin siquiera disminuir la velocidad, soltó una carcajada: “¡Menos mal que hay una casa de baños aquí! Con toda esta limpieza, la suciedad no solo está en mi cara y en mis orejas… ¡Incluso está en mi trasero! ¡Puedo sentirla rozándome entre las nalgas!” Girren inmediatamente puso los ojos en blanco, apretando los labios. —¿Te vas a callar ya…? —murmuró, acelerando el paso—. No quiero escuchar estas tonterías. Pero eso solo divirtió aún más a Gilmesh. —¡Vamos! —continuó, con el mismo tono—. ¡Sé que estás en la misma situación! No hay nada de qué avergonzarse: ¡estas son las consecuencias del trabajo honesto! Girren no dijo nada, solo aceleró ligeramente, intentando adelantarse al menos un paso. En ese momento, a través de la puerta abierta, se podía ver el trabajo en pleno apogeo en el interior. Las chicas, con la parte inferior del rostro cubierta con un paño para evitar inhalar polvo, lavaban los platos metódicamente. Había palanganas llenas de agua sobre las mesas, desde turbia, casi gris, hasta prácticamente transparente. Cada vaso, plato y cubierto pasaba por varias manos y varias etapas antes de ser apilado, brillando bajo la luz. Cerca de allí, un poco apartado, Dorian estaba arrodillado en la escalera que conducía al segundo piso, lavando cuidadosamente cada escalón sin detenerse. Sus movimientos eran medidos y precisos: limpiaba las esquinas y luego volvía para comprobar si quedaba suciedad. Un poco más lejos, Kael, con las mangas remangadas, repasaba las mesas con un paño empapado en una solución de hierbas. Desprendía un aroma ligero y fresco que contrarrestaba el olor rancio de la habitación. Se movía despacio, pero sin pausa, prestando atención incluso a las pequeñas manchas que no se quitaban a la primera. En medio de todo este bullicio, solo una persona permaneció completamente ajena a todo. Barnabas estaba sentado despreocupadamente en la barra, con las piernas colgando, bebiendo directamente de la botella sin siquiera molestarse en buscar una taza. Su mirada vagaba perezosamente por el pasillo, observando cómo la casa se transformaba ante sus ojos. Al contemplar la escena, dejó escapar un gruñido de satisfacción y dijo con una sonrisa burlona: "Chicos, podrían ofrecer sus servicios. ¡Limpiar tan rápido es todo un talento!". En ese momento, Kael estaba terminando con la última mesa. Pasó el mantel por el borde, se enderezó y, sin disimular su cansancio, se volvió hacia el anciano. —Basta ya, borracho —dijo con calma—. Y levántate, tengo que limpiar la encimera. Bernabé no discutió. Bajó con facilidad, tambaleándose ligeramente al aterrizar, pero enseguida recuperó el equilibrio y siguió bebiendo de la botella. Kael ya había dado un paso hacia el mostrador cuando una voz tranquila a un lado lo detuvo: "Déjamelo a mí". Lissandra, sin apartar la vista de su trabajo, cogió la tela y añadió tímidamente: «Querías revisar el sótano con el abuelo Barnabas, ¿verdad?». Lo dijo con calma, pero había preocupación en su voz, como si viera claramente que Kael aún no se había recuperado de la resaca. Barnabas solo esbozó una sonrisa de satisfacción, entrecerrando los ojos y desviando su mirada con interés de Lissandra a Kael. “Qué niña tan dulce…”, dijo con aprobación perezosa. “Aprende de ella, chico”. En respuesta, Kael apartó el paño de su rostro y, con una sonrisa torcida, replicó: "¿Quieres que sea un chico dulce?". Entrecerró los ojos mirando al anciano. "¿Así que no solo eres un borracho, sino también un pervertido?". La reacción fue instantánea. Bernabé le lanzó la botella, casi derramando su contenido. —¡Debería darte una bofetada, mocoso! —ladró, aunque en su voz había más diversión que enfado. Kael solo resopló en voz baja, sin siquiera intentar esquivarlo, y en su lugar se volvió hacia Lissandra. “Gracias por la ayuda.” Dicho esto, le dedicó un breve asentimiento y, sin demorarse, se dirigió hacia el oscuro pasadizo que conducía al sótano. Mientras caminaba, saludó a Bernabé con la mano. —Vamos, viejo. Los dos pisos superiores estaban en pésimas condiciones… —miró hacia la escalera y luego hacia el oscuro pasillo—. Me da miedo imaginar lo que estará pasando ahí abajo. Una corriente de aire fresco y el olor a alcohol emanaban de la abertura. Bernabé se detuvo un segundo, observándolo marcharse, luego gruñó, dio un sorbo a la botella y lo siguió a paso pausado. Un instante después, ya descendían por la estrecha escalera de caracol. Los escalones de piedra serpenteaban hacia abajo, ligeramente húmedos, desgastados por el tiempo, y sus pasos resonaban sordamente en el espacio cerrado. Cuanto más bajaban, más intenso se volvía el aire fresco, denso con olor a alcohol, hierbas y algo más: un aroma más penetrante y penetrante. La escalera resultó ser más corta de lo esperado. Tras subir solo unos pocos escalones, se toparon con una enorme puerta de madera. Oscurecida por el paso del tiempo, con bandas de hierro y leves rastros de sellos antiguos, parecía mucho más sólida que todo lo que había arriba. Sin disminuir la velocidad, Bernabé le dio un empujón flojo con el hombro. La puerta cedió con un crujido sordo. Y en ese mismo instante, la oscuridad más absoluta fue atravesada por la luz. Una a una, las linternas mágicas que iluminaban las paredes cobraron vida. Su suave pero brillante resplandor llenó rápidamente el espacio, disipando las sombras y revelando por completo la sala subterránea. Kael ya había dado un paso adentro, pero ahora se quedó paralizado. Su mandíbula se tensó ligeramente, su mirada recorrió lentamente el pasillo, captando detalles, y murmuró en voz baja, casi desconcertado: "Esperaba... otra cosa...". Bernabé se detuvo a su lado, observando su reacción con satisfacción, y resopló, inflando el pecho: "Hay que respetar el alcohol". Dio un trago directamente de la botella y luego hizo un gesto perezoso hacia la habitación. “En mi taller no hay lugar para el desorden.” Ante Kael se extendía una espaciosa cámara subterránea, dividida en varias secciones bien definidas. Todo estaba meticulosamente ordenado: ni polvo, ni objetos superfluos, ni desorden alguno. La limpieza y el orden resultaban casi chocantes después de lo que había visto arriba, creando la sensación de haber descendido a un lugar completamente distinto. Bernabé entró primero, con paso firme, como si entrara en su propio dominio, y, sin volverse, señaló la sección más cercana a la entrada. Junto a la pared se alineaban enormes cajas de madera llenas de grano, con tapas herméticas que no dejaban huecos, impidiendo la entrada de humedad o plagas. La madera estaba tratada y sellada, y en las tapas se apreciaban sencillos símbolos de protección, grabados a fuego con mano firme pero tosca. Un poco más adelante se encontraban pesadas piedras de molino. Sus superficies estaban cubiertas de runas y finos círculos mágicos grabados directamente en la piedra. Las piedras de molino no parecían decorativas; eran herramientas de trabajo, usadas más de una vez para su propósito original. Cerca de allí había estantes repletos de manojos de hierbas secas, raíces y pequeños sacos de polvos. Algunos desprendían un ligero aroma afrutado que se mezclaba en una fragancia compleja y con múltiples matices que le mareaba un poco. En un rincón se encontraba una amplia tina para remojar mezclas. Su madera se había oscurecido con el tiempo y el uso constante, pero la superficie permanecía lisa, sin grietas ni astillas. Unas bandas metálicas mantenían su forma firmemente, y en su borde interior se apreciaban rastros de un fino grabado. Acercándose, Barnabas señaló con desgana el objeto con su botella y murmuró con satisfacción: «No parece gran cosa, pero es un objeto valioso. Lo mandé a fabricar al mismísimo Gremio de Proveedores». Kael entrecerró ligeramente los ojos, estudiando cada elemento y herramienta con mayor detenimiento. Aunque parecían sencillos, comprendía perfectamente que cada objeto era, en esencia, un artefacto mágico. «El viejo no estaba bromeando», pensó. «Realmente es un maestro». “Un poco más adelante está la sección de elaboración de cerveza”, dijo Barnabas con indiferencia, mientras seguía avanzando. Kael miró hacia adelante, siguiéndolo, e inmediatamente notó dos grandes calderos de cobre colocados sobre enormes bases de piedra. El metal estaba pulido hasta adquirir un brillo sutil, aunque oscurecido en algunos lugares por el calor y el paso del tiempo, lo que revelaba largos años de uso. Debajo de los calderos había hornos, cuidadosamente construidos con piedra negra. Cada uno tenía reguladores de tiro independientes, lo que permitía un control preciso del calor. Un sistema de tuberías y válvulas conectaba cada caldero. Algunos eran de metal común, pero ciertas secciones brillaban tenuemente con finas líneas: inscripciones mágicas tejidas en el metal, que mejoraban el flujo y, a juzgar por la estructura, estabilizaban el proceso. Kael lo siguió sin prisa, dejando que su mirada recorriera los detalles. Cerca de los calderos se encontraban largas varillas para remover con paletas lastradas, claramente diseñadas para mezclas densas y viscosas. En las paredes había ganchos que sostenían cucharones medidores de diferentes volúmenes, pero cada uno con marcas precisas. Nada de improvisación, solo medición precisa. Un poco más adelante se encontraba la zona de almacenamiento. Hileras de barriles de madera se alineaban casi a la perfección, cada uno sellado herméticamente con una estrecha válvula en la parte superior. Algunos estaban envueltos en correas de cuero, otros reforzados con anillos de metal. De varios de ellos provenía un gorgoteo suave, casi vivo. Bernabé se detuvo, ladeó ligeramente la cabeza y gruñó: "¿Oíste eso?" Tomó un sorbo de la botella y añadió con satisfacción: "La bebida nos da la bienvenida". Kael ladeó ligeramente la cabeza, escuchando el suave burbujeo, pero casi de inmediato su mirada se dirigió hacia el interior de la habitación, donde la iluminación incidía de manera diferente. —Veo que preparas diferentes tipos de bebidas… —murmuró en voz baja, entrecerrando ligeramente los ojos. Barnabas lo miró, y ahora su sonrisa burlona denotaba mayor interés. “Así que sí que sabes algo.” En la sección donde Kael miraba, había otra sección, distinta de las demás por su diseño. En el centro se alzaba un aparato de destilación: alto, ensamblado con cobre y vidrio oscuro. Su base era un cubo macizo, del que se elevaba un tubo curvo. La tubería se curvaba formando una espiral que conducía a un tanque de refrigeración. El tanque en sí tenía un aspecto inusual: su superficie estaba cubierta por una fina capa de escarcha, como si en su interior se mantuviera constantemente una baja temperatura. A lo largo de sus paredes discurrían tenues líneas mágicas que mantenían ese estado sin ninguna fuente externa de frío. Incluso desde la distancia, la diferencia era perceptible: el aire cerca del aparato era ligeramente más frío y seco. Kael se detuvo en las uniones, en las curvas suaves, en los puntos donde el metal se encontraba con el vidrio encantado. “Destilación… purificación… separación de fracciones…” pensó. Pero en ese instante, Bernabé cambió de dirección bruscamente, volviéndose hacia una enorme mesa que se encontraba justo en el centro de la habitación. “Aquí es donde ocurre la verdadera magia”, dijo con especial reverencia, acercándose. “El secreto de mis recetas”. Lentamente, deslizó la palma de la mano sobre la superficie y, en ese preciso instante, la mesa pareció cobrar vida. Las runas brillaban sobre la losa de piedra, una tras otra, formando una estructura compleja. Las líneas comenzaron a moverse, entrelazándose, como si un sistema oculto dentro de la mesa hubiera despertado. Y en el instante en que Kael lo vio, su boca se entreabrió ligeramente. “Despertar culinario…” exclamó con incredulidad. Bernabé se detuvo en seco a mitad de camino, luego giró lentamente la cabeza hacia él, arqueando las cejas. “¿Sabes lo que es esto?” Por primera vez, había seriedad en la voz del anciano, no solo bravuconería de borracho. Kael se recompuso casi de inmediato, encogiendo ligeramente el hombro como si le avergonzara lo que sabía. —Solo he leído sobre ello en textos antiguos… —respondió rápidamente, apartando la mirada hacia las runas—. No creía que algo así existiera en la Capital… Dio unos pasos hacia adelante y, sin ocultar su interés, apoyó la palma de la mano sobre la superficie de la mesa. Exteriormente, la curiosidad de Kael era evidente, pero en su interior bullían emociones completamente diferentes. En el instante en que tocó las líneas rúnicas activas, percibió una compleja estructura oculta bajo la superficie. Los flujos de maná no solo eran estables, sino que estaban dispuestos con una precisión asombrosa, como si cada símbolo conociera su lugar. El sistema era tan intrincado que, en su nivel actual, Kael simplemente no podía comprenderlo por completo. «Artefactos como este», pensó con perplejidad. «¿De verdad los artesanos de la capital pueden crear semejantes cosas?» Barnabas frunció aún más el ceño, deteniendo su mirada en el rostro de Kael por un instante antes de bajarla hacia su mano, que aún descansaba sobre la mesa. “Kael… ¿Sabes qué es esto?”, preguntó de nuevo. Bernabé rodeó la mesa, pasando los dedos por las líneas talladas en la piedra como si las estuviera probando al tacto, y se detuvo frente a él. “Lo compré hace unos veinte años… en una subasta.” Mientras hablaba, golpeó una de las runas con la botella y luego pasó la uña por encima. «Nadie sabía para qué servía esta mesa. La mayoría de los postores coincidieron en que era decorativa…» —dijo con una leve sonrisa—. Yo, en cambio, tenía curiosidad por las inscripciones. Así que la compré barata.» Se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando la palma de la mano en el borde de la mesa. “Y una noche me emborraché tanto que dejé una botella de vino aquí mismo.” Golpeó la superficie con los nudillos y emitió un breve gruñido. “Me desperté y el vino es diferente. Más denso, más intenso… el maná en mi interior se había espesado.” Se enderezó, entrecerrando los ojos, y miró fijamente a Kael. “Desde entonces, siempre infundo mis bebidas con maná.” La pausa fue breve, pero intensa. “Intenté averiguar de dónde venía esta mesa y si alguien podría hacer otra igual. Pero todos mis intentos fueron en vano”, añadió, inclinando ligeramente la cabeza. “No pensé que alguien de un lugar tan remoto lo supiera…”. Kael se quedó inmóvil por un instante, sin siquiera apartar la mano de la mesa. Su mirada se desenfocó ligeramente, como si no estuviera mirando las runas que tenía delante, sino algo más profundo. “Esta es una mesa arcana para gourmets…”, pensó. Su memoria respondió al instante, trayendo a la memoria viejas notas que había leído de pasada. Fragmentos de frases afloraron, pero el significado cobró sentido. “Satisfacer a magos especialmente poderosos es extremadamente difícil. La comida y la bebida son diferentes de los elixires y las píldoras. No se puede conservar un sabor intenso sin perder la mayor parte del maná.” Kael deslizó lentamente sus dedos a lo largo de las líneas brillantes, mientras en su mente continuaban las palabras de un antiguo mago especializado en el arte culinario. Por eso, los mejores chefs crearon la Mesa Arcana del Gourmet. Un artefacto que permite retener y condensar el maná en un plato sin alterar su sabor. Con ella, y con métodos de preparación especiales, incluso los comensales más exigentes pueden quedar satisfechos. El pensamiento se interrumpió y parpadeó, volviendo a la realidad. La mirada de Kael recorrió lentamente el taller, deteniéndose en las secciones que acababan de atravesar. «El anciano infunde el grano con maná…», pensó para sí mismo, recordando la tinaja de la entrada y los círculos grabados en ella. «Y entre los ingredientes vi mezclas que contenían cristales de maná molidos… También usa ciertas hierbas y raíces valiosas que contienen muchos rastros de maná». Le dirigió una breve mirada a Bernabé, como si lo estuviera reevaluando, no como un borracho, sino como un artesano. «Durante el proceso de elaboración, la mayor parte de ese maná se disipa… casi desaparece», continuó para sí mismo, volviendo la mirada a la mesa. «Pero la Mesa Arcana del Gourmet recupera su fuerza… aunque sea por un breve tiempo». En su mente afloraron más fragmentos de esas mismas notas, que ahora formaban una imagen más completa. «A los gourmets de la Capital les deben encantar bebidas como esta…» —pensó brevemente—. No se comparan con los elixires, pero aun así restauran el maná. En esencia, combinan placer y utilidad.» Y por primera vez desde que descendió, su mirada no solo reflejaba interés, sino también cálculo. —¿Kael? —repitió Barnabás, frunciendo ligeramente el ceño y chasqueando los dedos delante de la cara—. ¿Vas a contestarme? Kael se sobresaltó ligeramente, como si emergiera de las profundidades, y parpadeó rápidamente, volviendo a la realidad. Una leve sonrisa, casi de disculpa, apareció en sus labios. —Había un libro en los archivos de Lasthold… —comenzó, retirando la mano de la mesa—. Describía un artefacto similar. Observó las runas por un instante, eligiendo ahora sus palabras con más cuidado. “Decía que se usaba para servir a gourmets. Si la comida se prepara de una manera especial, utilizando ingredientes ricos en mana, la mesa permite que se conserve la mayor parte del mana.” Tras una breve pausa, Kael añadió: «Se describió como si el maná "muerto" volviera a la vida. Solo durante unas horas, pero eso es más que suficiente para que un mago lo consuma y obtenga sus beneficios. Los platos comunes no se comparan con eso». Se encogió de hombros levemente. “Pero no sabía que se podía hacer lo mismo con el alcohol…” Bernabé se quedó paralizado, arqueando las cejas, e incluso se detuvo un instante antes de alcanzar la botella. —¿Unas pocas horas? —repitió, con un atisbo de genuina sorpresa en la voz. Emitió un breve gruñido, sacudiendo la cabeza. “Cuando infundo mis bebidas con maná, el efecto dura aproximadamente dos semanas…” Volvió a mirar la mesa, luego a Kael, esta vez con más atención. —Así que o tus libros están desactualizados… —dijo arrastrando las palabras y entrecerrando los ojos—, o estoy haciendo algo bien sin siquiera darme cuenta. Kael se frotó la barbilla pensativamente, sin apartar la vista de la mesa. —Tal vez sea el método de almacenamiento —dijo con tono pausado—. Una botella ayuda a ralentizar la disipación del maná. Un espacio sellado, junto con el vidrio —si está aunque sea ligeramente encantado—, podría prolongar el efecto. Bernabé captó la idea de inmediato, inclinándose ligeramente hacia adelante. “O es el método de preparación”, añadió, entrecerrando los ojos. “Al fin y al cabo, el alcohol está concentrado. Los ingredientes pasan por un proceso de fermentación, se maceran durante más tiempo… el mana tiene tiempo de penetrar más profundamente”. Guardaron silencio por un momento. Ambos miraban la mesa, pero ahora de forma diferente. No con curiosidad, sino como un desafío. Un silencio tenso flotaba en el aire, casi palpable, como entre dos personas que de repente se encontraban en la misma sintonía. Y en ese breve instante, parecían más socios que extraños. “¿Por qué no pensé en la comida antes? Es obvio…” murmuró Barnabas pensativo. Sin embargo, Kael tenía un aspecto diferente. Una leve sonrisa asomó en la comisura de sus labios, y una astuta intención se reflejó en sus ojos. —Viejo… —dijo, inclinando ligeramente la cabeza—. Si aprendemos a hacer esto con la comida… y además le añadimos recetas de bebidas exóticas de la capital… Dio un ligero golpecito a la mesa con el dedo, como si quisiera fijar la idea en su sitio. “Su taberna podría llegar a ser muy popular. Naturalmente, con nuestra ayuda.” Las palabras salieron con calma, pero había peso en ellas. Los ojos de Barnabas brillaron al instante. Una sonrisa astuta se extendió lentamente por su rostro, casi reflejando la expresión de Kael. “Me gusta cómo piensas, chico. Pero ¿recuerdas que me prometiste la mayor parte de las ganancias? ¿Y que esta linda mesita es mía?” Kael solo sonrió con sorna, sin responder de inmediato. Acercándose, pasó un brazo por el hombro de Barnabas con naturalidad, como si desde hacía tiempo se entendieran a la perfección. —Viejo... —dijo con un tono más formal—. Tú mismo lo dijiste: el destino nos unió. ¿Crees que no podremos llegar a un acuerdo? Le dio un ligero apretón en el hombro y luego le dio una palmada en la espalda a Bernabé, sin darle tiempo a protestar. “En cuanto terminemos de limpiar, prepararé un par de recetas interesantes. Ya veremos si estás preparado para la sorpresa.” Barnabas resopló, pero un destello de interés brilló en sus ojos. Agitó la mano y un anillo espacial relució brevemente en el aire. Un instante después, apareció en la palma de su mano una libreta desgastada y áspera, con las esquinas dobladas. Sin más preámbulos, se lo metió en las manos a Kael. —Para empezar, revisa mis notas —dijo, entrecerrando los ojos—. Quizás tus recetas "únicas" no sean tan únicas para mí. Había un tono punzante en su voz, pero sin la burla de antes; más bien parecía una prueba. Kael soltó una risita y le dio otra palmada en la espalda al anciano. "Me gustas cada vez más, viejo." Barnabás respondió con una breve risa, y luego hizo un gesto con la mano señalando hacia algún lugar más profundo del sótano. —Hay una habitación vacía que mencioné. Esa puerta en la esquina —añadió, señalando en esa dirección—. Querías echar un vistazo, ¿verdad? Kael ya se dirigía hacia allí, hojeando un par de páginas del cuaderno mientras caminaba, su mirada recorriendo las notas. —Sinceramente… —dijo por encima del hombro—, después de tu taller, ya no me importa en absoluto esa habitación extra. Pero no aminoró el paso. Barnabás solo se rió, viendo a Kael marcharse. Sin embargo, en lo profundo de sus ojos, algo más que diversión brilló. El anciano frunció ligeramente el ceño, su mirada se tornó más intensa y concentrada, como si intentara discernir algo en Kael que no era evidente a simple vista. En ese breve instante, un destello de sospecha y confusión lo atravesó. Permaneció en silencio solo un segundo, pero fue suficiente para que algo se agitara en su interior. Y luego desapareció. Barnabás golpeó de repente la mesa con la palma de la mano, como si quisiera sacudirse ese pensamiento, y lo siguió con aire satisfecho, volviendo a ser el despreocupado de siempre. “Antes había otra cocina ahí abajo”, dijo con su tono habitual. “El horno se puede quitar”. Su voz se escuchó justo cuando Kael se detenía en la puerta. Sin girarse, la abrió. La puerta cedió fácilmente. Al instante, una luz resplandeció en el interior: las linternas mágicas respondieron al movimiento, iluminando suavemente la habitación. Kael intervino y se detuvo un segundo. Entonces, las comisuras de sus labios se curvaron lentamente hacia arriba, extendiéndose en una sonrisa mucho más amplia, casi depredadora. La habitación era espaciosa y casi vacía. Paredes desnudas, un suelo de piedra lisa, sin desorden excesivo, sin señales de abandono; como si esa parte de la casa hubiera estado esperando a ser utilizada. En un rincón se alzaba un enorme horno que atraía inmediatamente la mirada. La piedra se había oscurecido con el tiempo, y aún se apreciaban rastros del calor pasado en los bordes, pero la estructura en sí permanecía intacta y sólida. Kael se acercó, pero no fue el horno en sí lo que llamó su atención. Alzó la mirada ligeramente y entrecerró los ojos, estudiando la chimenea. Runas recorrían la piedra, grabadas en la mampostería, finas líneas que formaban un sistema coherente que se extendía hacia arriba. “Qué sistema de reclutamiento tan poderoso…” murmuró en voz baja. Barnabas se colocó inmediatamente a su lado, casi hombro con hombro, y, estirando también el cuello, entrecerró los ojos como si tratara de comprender qué era exactamente lo que Kael estaba mirando. —¿Eso es bueno o malo? —preguntó, sin ocultar su curiosidad. Kael soltó una risita breve, sin apartar la vista de las runas. “Diría que es excelente. Si tuviera suficiente dinero, podría convertir este lugar en mi propia herrería.” Ante esas palabras, la mirada de Kael se agudizó, y los cálculos ya se estaban formando en su mente. “A Gilmesh le encantará esto…”, añadió en voz baja. Recorrió la habitación con la mirada una vez más, fijándose en las distancias, la altura, la ubicación de las paredes, y en su mente comenzó a formarse una imagen clara. “Esta casa se convertirá en nuestra base de operaciones…” “Mientras los demás aprenden el idioma imperial, no habrá mucha carga de trabajo en la Academia…” Su mirada se dirigió hacia la entrada, donde el taller se extendía detrás de ellos. “Pero dentro de unos meses, no tendremos el lujo del tiempo libre. Tendremos que centrarnos por completo en los estudios y la formación.” Por un instante, su mirada se endureció. “Eso significa que en el próximo mes o dos, tenemos que poner todo en marcha. Asegurarnos de que la taberna genere suficientes ingresos para vivir… al menos por ahora.” ✦ ✦ ✦ La limpieza se prolongó casi hasta el anochecer. El tiempo parecía fundirse en un esfuerzo continuo: cargar sacos, sacar trastos, fregar suelos, lavar paredes, clasificar pertenencias, rescatar lo que se pudiera salvar. El trabajo nunca cesaba, pero con el ritmo compartido y el movimiento constante, el cansancio parecía lejano, relegado a un segundo plano. Y sin embargo, al anochecer, el resultado era obvio. La casa se había transformado. El polvo había desaparecido, las superficies parecían relucientes y el aire se sentía más ligero. Aún no era perfecto —todavía se veían vestigios del paso del tiempo aquí y allá—, pero ya era un lugar habitable. Solo quedaba sacar los sacos de basura, cuidadosamente apilados en el patio interior: un montón oscuro que les recordaba en qué se había convertido la casa esa misma mañana. En ese momento, todos se habían reunido en el primer piso, en el antiguo salón de la taberna. Alrededor de una amplia mesa redonda, que hacía poco había estado cubierta de polvo, ahora se sentaban nueve personas. La madera había sido limpiada a fondo y ahora brillaba levemente a la luz de la lámpara. Todos parecían cansados, pero al mismo tiempo descansados. Algunos habían ido a lavarse antes, otros después, pero todos habían logrado quitarse la suciedad y ponerse ropa limpia. El cabello de las chicas aún estaba ligeramente húmedo, aunque eso ya no les preocupaba. Su atención estaba fija en la mesa generosamente puesta. Variedad de aperitivos, embutidos, pan y quesos: todo dispuesto de forma sencilla, pero con esmero. En el centro, un gran ave asada, dorada hasta obtener una costra crujiente, estaba rodeada de verduras al horno que desprendían un aroma intenso. El aroma inundaba la sala, mezclándose con leves toques de limpiadores a base de hierbas y aire fresco. Roselle fue la primera en ceder. Se lamió los labios, se recogió rápidamente el pelo rojo en una coleta y se inclinó ligeramente hacia adelante, con un brillo vivaz en los ojos. “¡Eso tiene una pinta deliciosa!” Violet, sentada a su lado, asintió brevemente y luego miró a Dorian. Tras dudar un instante mientras buscaba las palabras adecuadas, habló en un inglés rudimentario: «No puedo creerlo… se ha cocinado tan rápido. Huele muy bien. Gracias, Dorian». Dorian se quedó paralizado un instante, como si no se hubiera dado cuenta de que se dirigían a él, luego asintió levemente y desvió la mirada. Parecía tranquilo, pero la forma en que se ajustó la manga con cuidado demostró que agradecía el halago. Mientras tanto, Barnabas se recostó en su silla, agitó la mano y varias botellas de vino aparecieron en el aire, cayendo sobre la mesa con un tintineo. Se rió y dijo con satisfacción: «¡No pensé que volvería a ver el "Borracho Alegre" así! ¡Le han dado nueva vida a este lugar, muchachos!». Kael y Girren se levantaron de la mesa casi al mismo tiempo, como si se entendieran sin palabras. Girren tomó en silencio una de las botellas y la descorchó, mientras Kael ya colocaba los vasos, moviéndose alrededor de la mesa. El vino fluyó suavemente, llenando las copas con un ligero murmullo. Su aroma se intensificó, volviéndose más cálido, mezclándose con el de la comida y creando una sensación de cierre al día. Kael sostuvo la botella por un instante, observando a todos, y exhaló con silenciosa satisfacción. “Todos lo hicimos genial.” Las palabras eran sencillas, pero tras ellas se escondía todo el día: suciedad, agotamiento, risas, discusiones y perseverancia silenciosa. Cuando se llenó el último vaso, ya no quedaba nadie sentado. Las sillas se apartaron de la mesa casi al unísono. Algunos sonrieron, otros se enderezaron con cansancio, pero en los ojos de todos había lo mismo: una sensación cálida y vívida. “¡Feliz inauguración de casa a todos!” “¡Enhorabuena a nosotros!” ¡Por una nueva vida! Las voces se fusionaron, superponiéndose, y por ello solo se hicieron más fuertes. Se alzaron las copas, y en ese instante sus gritos se desbordaron más allá del salón, resonando a través de la puerta abierta hacia el patio interior. El sonido rebotó en las paredes y se disolvió en el bullicio de Lesser Amber Street, mezclándose con voces lejanas, pasos y la vida nocturna de la ciudad. Y, sin embargo, en ese breve instante, la casa pareció hacerse notar. En silencio, por ahora. Pero, tal como Kael lo había previsto, su verdadera declaración aún estaba por llegar.
Engañé a un Dios (Novela)

Continúa leyendo

Engañé a un Dios (Novela)

Capítulo 68

Siguiente Capítulo ›

Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 67

Estás leyendo el capítulo 67 de Engañé a un Dios (Novela), un novela. Born with a soul mutation desired even by the Gods — perfect memory. Kael could recall every word, every book… yet not a single drop of mana. Mockery, beatings, a ruined family — and a desperate deal with the God of… Este capítulo tiene publicado el 14 de agosto de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Engañé a un Dios (Novela) tiene 84 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.