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Leer Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 66 online gratis en español

🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Unos leves clics metálicos y el seco susurro del papel resonaban en la inmensa biblioteca. El sonido se repetía, desvaneciéndose en algún punto arriba y regresando desde abajo, como si el espacio mismo no tuviera ni arriba ni abajo. Estanterías doradas se extendían en todas direcciones, elevándose sin cesar y descendiendo igualmente sin cesar, formando una compleja red de niveles, pasajes y estrechos pasillos. La fuente de estos sonidos constantes, casi rítmicos, eran las marionetas. Recorrieron cada nivel, paso a paso, sin movimientos innecesarios, limpiando cuidadosamente los estantes y los lomos de los libros. Unos finos dedos metálicos se deslizaban sobre las encuadernaciones, eliminando un polvo casi invisible, para luego pasar inmediatamente al siguiente libro. Sus movimientos eran precisos hasta el más mínimo detalle, como si cada uno de ellos siguiera un orden predeterminado. En otras partes de la biblioteca, marionetas guiaban pequeños carros flotantes, cargados con pilas ordenadas de libros y pergaminos. El maná que sostenía los carros en el aire fluía suavemente, sin perturbar el silencio general. Al llegar al lugar correcto, se detuvieron, comprobaron que todo estuviera correcto, algo que no veían, y comenzaron a colocar el contenido en los estantes. Los libros que trajeron parecían nuevos: las encuadernaciones aún no se habían desgastado, los bordes de las páginas estaban uniformes, intactos por el paso del tiempo. Los rollos, por el contrario, a veces parecían antiguos, pero estaban cuidadosamente colocados en tubos dorados y alineados con el orden general, como si cada pieza ocupara un lugar estrictamente asignado. Daba la impresión de que esta biblioteca no solo almacenaba conocimiento, sino que crecía constantemente, expandiéndose y reabasteciéndose con cosas que no deberían haber aparecido allí por sí solas. Y a pesar de toda esa actividad continua, parecía como si no hubiera ni un solo ser vivo en el interior. Solo interminables filas de libros y las marionetas que continuaban su labor. Pero al instante siguiente, aquel idilio pausado se vio truncado por un crujido seco. El sonido resonó, extraño y demasiado fuerte para aquel lugar, y rebotó en las interminables filas de estanterías, dispersándose en todas direcciones. Una de las marionetas que estaba junto a un estante se hizo pedazos en ese mismo instante. Fragmentos de metal cayeron al suelo con un suave estrépito, y el libro que sostenía se desplomó con un golpe seco. Todo movimiento a su alrededor se congeló por un instante. Las marionetas más cercanas giraron casi simultáneamente, orientando sus cabezas con idéntica precisión hacia el lugar de la destrucción. En lugar de la marioneta destruida, había una niña pequeña. Apareció sin ninguna transición, como si siempre hubiera estado allí, simplemente había pasado desapercibida antes. Una túnica negra colgaba holgadamente de sus hombros, pero no permanecía inmóvil: la tela parecía deshilacharse en finas tiras que se mecían lentamente alrededor de sus pies descalzos, como si una corriente invisible las tocara. Entre los pliegues brillaban finos hilos plateados y dibujos que recordaban a antiguos diagramas o mapas, apenas perceptibles en movimiento. Frente a las interminables filas de libros, parecía demasiado pequeña; apenas alcanzaba la altura de la cintura de un adulto. Su piel tenía un tono azul frío y apagado, desprovisto de calidez. Su larga cabellera gris le llegaba casi hasta las rodillas, ocultando parcialmente su figura. De su cabeza brotaban dos cuernos curvados. La niña giró lentamente la cabeza y, bajo los mechones de pelo, se hicieron visibles sus ojos: completamente blancos, sin pupilas. Era casi imposible adivinar hacia dónde miraba. Por un instante, se quedó inmóvil, como si escuchara algo, y luego sus labios se curvaron en una amplia sonrisa, dejando ver una hilera de dientes afilados. En esa sonrisa no había ni malicia ni calidez, solo una leve picardía. En el instante siguiente, ocurrió algo que inquietaría a cualquiera. La niña entreabrió los labios y de su boca salió la voz de una mujer adulta: «Calculé mal…» Tras decir esto, se impulsó ligeramente con los pies descalzos y comenzó a elevarse con gracia. Las tiras de su túnica se arrastraban tras ella, ligeramente rezagadas, y los hilos plateados entre los pliegues brillaron brevemente en la penumbra. A medida que ascendía más y más alto, desapareció rápidamente entre los estantes interminables. Las marionetas giraron la cabeza al unísono, observándola, y casi de inmediato retomaron su trabajo. Algunas se acercaron a los fragmentos, recogiendo con cuidado los pedazos de la marioneta destruida; otras recogieron el libro caído, lo limpiaron y lo devolvieron a su lugar en el estante. Unos instantes después, la biblioteca parecía de nuevo como si nada hubiera pasado. ✦ ✦ ✦ En ese instante, la extraña chica comenzó a acelerar rápidamente. Entrecerró los ojos, como si mirara a través del espacio mismo. “Sí… Está aquí…” murmuró en voz baja. Su figura se elevó rápidamente, deslizándose entre interminables filas de estanterías, hasta que poco a poco comenzó a disminuir la velocidad. Pronto, un enorme puente dorado apareció ante ella, suspendido sobre un abismo sin fondo. Su superficie era lisa, con delicados dibujos en los bordes y círculos mágicos entretejidos en su estructura. El puente conducía a unas puertas colosales. Se alzaban imponentes al frente, ocupando casi todo el espacio, adornadas con intrincados diseños e inscripciones antiguas que brillaban tenuemente en la penumbra. Acercándose, la muchacha descendió suavemente, sus pies descalzos rozando la plataforma dorada, y sin detenerse, avanzó a paso tranquilo. Pero antes de que pudiera llegar a las puertas, el espacio a su alrededor se estremeció ligeramente. «Entre nosotros, eres quien mejor conoce las leyes del tiempo», resonó una voz masculina grave desde todas direcciones a la vez. Había en ella un leve, casi imperceptible, toque de picardía. «Entonces, ¿por qué siempre llegas en el momento equivocado?» En ese mismo instante, las pesadas puertas se estremecieron, como si respondieran a la voz, y con un profundo y prolongado retumbo, comenzaron a abrirse lentamente hacia adentro. El sonido resonó en el espacio, haciendo eco por todos los niveles de la biblioteca y desvaneciéndose gradualmente en la distancia. Más allá de las puertas se extendía un vasto salón. Altas columnas se elevaban hacia arriba, desapareciendo en un resplandor dorado donde el techo se fundía con el suelo. La luz se posaba suavemente sobre la piedra y el metal, y en el aire flotaba el aroma a papel viejo, hierro frío y una tenue nota dulce y floral que se distinguía del resto. La chica no se detuvo, sino que inmediatamente dirigió la mirada hacia adelante. En el centro del vestíbulo, entre las columnas y la luz, se encontraba la silueta de un hombre. Su figura permanecía inmóvil, pero el espacio a su alrededor se sentía diferente, como si se volviera más denso. De él emanaba un aura profunda, donde la calma se entrelazaba extrañamente con algo inquietante, casi caótico, no inferior a la de la chica en su naturaleza. En ese mismo instante, la figura de la chica se volvió borrosa y, casi al instante, apareció frente a la mesa del hombre. Inclinando ligeramente la cabeza, dijo con calma: "Saludos, Dios del Conocimiento y la Locura". Y con esas palabras, alzó lentamente la vista, viendo ahora no una silueta, sino la verdadera forma del hombre. Se quedó completamente inmóvil, de modo que los bordes de su túnica blanca y dorada permanecieron totalmente quietos. La piel del hombre lucía un intenso color rojo oscuro, sobre el cual se extendían finas inscripciones doradas que convergían hacia su cabeza calva, donde las líneas formaban un complejo círculo rúnico. Con el más mínimo cambio de luz, los símbolos brillaban sutilmente, como si tuvieran vida propia. Los seis brazos del Dios del Conocimiento y la Locura se movían de forma independiente, pero sin rastro de caos. Uno pasaba perezosamente la página de un libro abierto que reposaba en su regazo. Otro sostenía un pergamino con una escritura densa y fina. Un tercero descansaba sobre su barbilla, absorto en sus pensamientos. Un cuarto trazaba lentamente finos símbolos dorados en el aire, que se desvanecían antes de poder asentarse. Tenía las orejas puntiagudas y su rostro alargado con rasgos afilados le daba una apariencia casi depredadora. En sus ojos rasgados, varias pupilas doradas brillaban, moviéndose independientemente. Al observarlas más de cerca, bajo los párpados inferiores, se divisaban dos pares más de ojos más pequeños, cerrados, como si esperaran su momento. Levantando ligeramente las comisuras de sus labios, esbozó una leve sonrisa, casi imperceptible. “Ha pasado mucho tiempo, Diosa del Espacio.” La chica asintió con calma, sin apartar la mirada. “Hace unos trescientos años.” No levantó la cabeza de inmediato, y siguió leyendo como si su presencia no mereciera ni una mirada. Solo una de sus manos se detuvo a mitad de un trazo, sus dedos se detuvieron un instante, y luego sus ojos se desviaron ligeramente hacia la chica. “¿Por qué destruiste mi marioneta?” La chica soltó una risita, ladeando la cabeza como si la pregunta le hubiera divertido de verdad. “Tu mezquindad sigue siendo tan irritante como siempre.” El Dios del Conocimiento y la Locura esbozó una leve sonrisa sin apartar la vista del libro, y con una mano pasó la página con pereza. —¿Mezquindad? Simplemente cuido mis pertenencias —respondió con calma—. Alégrate de no haber dañado ninguno de mis libros… Dicho esto, pareció perder el interés en la conversación. Su atención se dispersó una vez más entre el libro, el pergamino y los símbolos que seguían apareciendo y desapareciendo en el aire. —¿Por qué has venido? —preguntó con más distracción—. ¿Necesitas alguna información? Sin esperar respuesta, exhaló suavemente, como si estuviera cansado por la mera necesidad de hablar. “No tengo mucho tiempo y mi memoria no es ilimitada…”, añadió. “Vuelva dentro de unas décadas. Entonces responderé a su pregunta…”. En respuesta, la niña simplemente desvió la mirada hacia la mesa, deteniéndola un instante en la cúpula de cristal. En el interior, un libro giraba lentamente entre una tenue neblina gris, como si no tuviera peso. Sus páginas temblaban casi imperceptiblemente, como si reaccionaran a algo del exterior. Entrecerrando ligeramente los ojos, la expresión de la niña se tornó más seria y la alegría que había mostrado antes desapareció de su rostro. “Estoy aquí por otros motivos.” El dios del conocimiento y la locura notó la dirección de su mirada, y una leve sonrisa apareció en sus labios. Una de sus manos tamborileó perezosamente con los dedos sobre la mesa, mientras que con la otra acercó ligeramente la cúpula. “Ese es mi juguete. No te lo voy a dar.” Los labios de la chica se crisparon levemente, como si las palabras solo la irritaran. —¿Para qué necesitaría yo ese libro? —respondió con frialdad—. Me preocupa el Espíritu Divino que está sellado en su interior. En respuesta, el Dios del Conocimiento y la Locura simplemente golpeó la superficie de cristal con el dedo. Se oyó un sonido suave y claro, y una leve ondulación recorrió la cúpula por un instante. —No hace falta —dijo con calma—. La pobre criatura ha estado sellada dentro durante setecientos años. Dirigió la mirada de todos sus alumnos hacia el libro, y un breve destello de interés brilló en sus ojos, rápidamente reemplazado por su habitual distracción. “Y no parece que tenga forma de regresar al Mundo de los Espíritus.” El dios del conocimiento y la locura se levantó lentamente de detrás de la mesa, sin hacer movimientos bruscos, como si el mundo mismo tuviera que adaptarse a su ritmo. Con una mano levantó la cúpula de cristal, sosteniéndola a la altura de los ojos, mientras que con la otra tomó con cuidado el libro gris y lo desplegó. El libro se acomodó en su palma, a primera vista completamente insignificante. Un destello de picardía brilló en sus ojos. —Parece que fue ayer cuando matamos a ese insignificante asceta del Vacío… —murmuró con satisfacción, hojeando perezosamente algunas páginas—. Pero ya han pasado setecientos años. Giró ligeramente la cabeza, dirigiendo su mirada hacia la chica. “El tiempo es algo curioso… ¿verdad?” La chica guardó silencio por un momento, y su rostro se tornó notablemente más serio. “El problema reside precisamente en el tiempo. Más concretamente, en sus fluctuaciones.” Sus palabras eran tranquilas, pero carecían de la ligereza de antes. El dios del conocimiento y la locura frunció el ceño casi imperceptiblemente. Varios de sus alumnos se movieron al unísono, fijándose en ella. Algo se removió en su interior, provocando una sensación de inquietud. —¿Qué quieres decir? —preguntó, ahora más atento. La chica dio un paso adelante, luego otro, acortando lentamente la distancia, y sin apartar la vista de él, dijo con calma: «Como dijiste antes, por mi naturaleza soy muy sensible a la Magia del Tiempo, ya que está inseparablemente ligada a la Magia del Espacio…» Deteniéndose un paso más allá, levantó ligeramente la cabeza y un destello de concentración brilló en sus ojos blancos. “No hace mucho, percibí una increíble distorsión del tiempo. Mis intentos por encontrar el origen de esa distorsión me llevaron a tu Biblioteca Divina…” Las palabras aún no se habían asimilado del todo cuando todas las pupilas del Dios del Conocimiento y la Locura se dilataron a la vez. Los seis ojos se abrieron a la vez. —¡Eso es imposible! —exclamó—. ¿Estás diciendo que...? No terminó. —La magia del tiempo solo es accesible a los espíritus —continuó la chica con calma—. Y semejante poder… y que su origen esté aquí… Eso fue suficiente. El Dios del Conocimiento y la Locura abrió bruscamente el libro que tenía en las manos, sin prestar atención a su contenido, y apoyó la palma de la mano sobre él. Un maná dorado fluyó suave pero rápidamente hacia su interior, impregnando las páginas y las estructuras ocultas en su interior. Por un instante, pareció convertirse en una estatua, como si todo su poder y percepción se hubieran dirigido hacia lo más profundo del libro, hacia algo que no podía percibirse por medios ordinarios. Pero en el instante siguiente, apretó la mandíbula, los músculos de su rostro se contrajeron y, entre dientes apretados, exclamó: "¡Se fue... Pero ¿cómo?!" Levantó la cabeza de golpe, con la mirada penetrante, casi demente. “¡Estuve aquí todo el tiempo!” Con esas palabras, arrojó el libro furioso. El Canon del Vacío Primordial golpeó la pared con un impacto sordo, rebotó y cayó al suelo. Su encuadernación se rasgó ligeramente y varias páginas se doblaron. La Diosa del Espacio simplemente frunció el ceño, observando sin ninguna emoción en particular. “Ya me lo imaginaba…” Los seis ojos del Dios del Conocimiento y la Locura comenzaron a moverse caóticamente, sus pupilas se movían rápidamente de un lado a otro, como si estuviera examinando miles de posibilidades y descartándolas una por una. No dijo nada, pero la tensión a su alrededor se hizo palpable. “El tiempo es demasiado complejo para comprenderlo, incluso para mí…”, continuó la Diosa del Espacio con calma. “Pero si ni siquiera tú te diste cuenta de la desaparición del Espíritu Divino…” Ella no terminó, pues el Dios del Conocimiento y la Locura continuó su pensamiento: "Entonces fue liberado en el futuro y retrocedió el tiempo hasta este punto". La chica asintió, inclinando ligeramente la cabeza. “O, más probablemente… alguien le ayudó a liberarse…” El dios del conocimiento y la locura dejó escapar un bufido de disgusto, sus labios se crisparon y su mirada se tornó pesada por un instante. —Sin conocer las condiciones para levantar el sello, es imposible determinar cómo escapó… —dijo, conteniendo su irritación—. Y mucho menos descubrir quién nos traicionó. La Diosa del Espacio asintió, aceptándolo sin objeciones, y, entrecerrando ligeramente los ojos, continuó con un tono más analítico: «Pero también hay buenas noticias. Él fue el único Espíritu Divino que accedió a oponerse al Panteón. Y una vez que se usa una magia tan poderosa, no se puede volver a usar». Hizo una pausa por un momento, considerando diferentes futuros posibles. “Así que, incluso cuando ese Espíritu Divino recupere su fuerza, ya no representará una seria amenaza para nosotros. Incluso si intenta reunirse con los rebeldes.” Pero en el instante en que se pronunciaron esas palabras, la expresión del rostro del Dios del Conocimiento cambió drásticamente. Un destello de irritación cruzó por sus ojos, rápidamente reemplazado por algo mucho más infantil y brusco. —¡Me importa un bledo él y los rebeldes! —gritó, con la voz cortante—. ¡El Panteón es inquebrantable! En ese mismo instante, desapareció de su lugar y apareció junto al muro donde se encontraba el Canon del Vacío Primordial. Sin dudarlo, le dio una patada. El libro se sacudió, la encuadernación se agrietó aún más, las páginas se desprendieron y se esparcieron por el suelo, algunas rompiéndose por completo con el impacto. Lo aplastó de nuevo bajo el pie, bruscamente, con evidente irritación, como si intentara destruir no el objeto, sino el hecho mismo de que hubiera sucedido. Las lágrimas corrían por sus mejillas. —Mi juguete está arruinado… —siseó, con la voz temblorosa de ira—. Roto… Apretó los dientes, su mirada se tornó casi demente. “¿Quién se atrevió a hacer esto?”, exclamó, y de repente estalló en un grito: “¡Los mataré a todos!”. En el instante siguiente, el Dios del Conocimiento y la Locura pareció estallar por completo. Su respiración se entrecortó, sus movimientos se volvieron bruscos y comenzó a patear el libro una y otra vez, sin contenerse. Los golpes se hicieron más fuertes, resonando en el pasillo con sordos estruendos, y parecía como si la propia Biblioteca Divina hubiera comenzado a temblar casi imperceptiblemente, respondiendo a su arrebato de ira. “¡¿Por qué?!” gritó, con la voz quebrándose. “¡¿Por qué tuvieron que romper mi juguete?!” Volvió a atacar, destrozando lo que quedaba de la encuadernación, y las páginas bajo sus pies se convirtieron en jirones. “¿Por qué?!” repitió, comenzando a sollozar incontrolablemente. Pero en ese instante, la voz tranquila de la Diosa del Espacio llegó desde un lado, uniforme y casi tranquilizadora: “Cálmate… Toma, esto es para ti…” Las palabras sonaban suaves, pero había en ellas una calidez contenida. El dios del conocimiento y la locura se giró bruscamente, deteniendo sus movimientos casi al instante. Un libro ya volaba hacia él. Grueso, desgastado, con una encuadernación oscura, agrietada y deteriorada por el paso del tiempo, como si hubiera sobrevivido a más de un milenio. Los bordes de sus páginas eran irregulares, oscurecidos en algunos puntos, y el libro en sí parecía pesado incluso a simple vista. Lo atrapó con avidez y codicia. Por un instante, su mirada se detuvo en la portada, y en ese mismo instante, un vivo interés brilló en sus ojos. Se secó rápidamente la cara con la manga, apartándose las lágrimas, y dijo con una voz completamente diferente: «¡Estos son los escritos del Culto del Vacío! ¡Qué rareza en estos tiempos!». La Diosa del Espacio asintió con calma, observando su reacción. “Un regalo de mi colección personal. No llores…” Su voz se mantuvo firme, pero una burla apenas perceptible se coló en ella. El Dios del Conocimiento y la Locura ya apenas estaba escuchando. Al abrir el libro, hojeó las primeras líneas y algo en su expresión comenzó a cambiar. La irritación y el arrebato infantil se desvanecieron, dando paso a la concentración y, finalmente, a una lucidez fría y familiar. Sus pupilas se calmaron, dejando de moverse caóticamente. Pasó la página, manteniendo la mirada fija en ella un poco más de tiempo que antes, y las comisuras de sus labios se curvaron lentamente hacia arriba. —Esto es… un relato de conversaciones con el Primordial… —dijo con voz pausada, estudiando las líneas—. ¿Podrían ser estas las notas personales del Dios del Vacío? La Diosa del Espacio asintió, sin apartar la mirada. “Sí. Una vez los saqué yo mismo de su cadáver.” Por un instante, un silencio se apoderó del pasillo. Y entonces el Dios del Conocimiento y la Locura estalló en carcajadas, echando la cabeza hacia atrás, sin parecerse ya al que había estado histérico un momento antes. “Siempre supiste cómo llegar a mí.” Entre risas, dirigió su mirada hacia ella, y un interés vivaz y calculador volvió a brillar en sus ojos. ¿Qué esperas a cambio? La Diosa del Espacio no se anduvo con rodeos y fue directa al grano: «Necesitamos entender cómo el Espíritu Divino logró romper el sello y qué juramento lo unía al Asceta del Vacío». Hizo una breve pausa, observando cómo su mirada volvía a recorrer las líneas, y añadió: «Investiga este asunto. Y ya que estás en ello, piensa en cuál de los jóvenes dioses actuales podría haberse infiltrado en tu Biblioteca Divina». El Dios del Conocimiento y la Locura asintió sin levantar la cabeza, pero ya no quedaba rastro de su anterior distracción en el gesto. —Primero el Dios del Vacío, y luego ese patético Asceta del Vacío… —respondió con calma, pasando la página—. Los Portadores del Alma del Vacío Sin Forma ya han sacudido el Panteón dos veces. Sus pupilas se quedaron inmóviles por un instante, fijándose en una de las líneas. “Todo lo relacionado con ellos conviene revisarlo más de una vez…” Soltó una risita discreta, con una leve leve contracción en la comisura de los labios. “Incluso después de muertos, siguen causando problemas…” ✦ ✦ ✦ Y mientras en el Mundo Divino discutían acontecimientos relacionados de una u otra forma con Kael, él mismo, en ese momento, se enfrentaba a problemas mucho más mundanos. De pie en un aula de la Academia Imperial, junto a la teniente Valeria, la ayudaba a impartir la lección, hablando con calma sobre la historia del Imperio y, ocasionalmente, añadiendo información a sus explicaciones. Su voz era firme, pero su aspecto dejaba mucho que desear. Los susurros se extendieron entre las filas de estudiantes; algunos intercambiaron miradas, otros apenas reprimieron risitas. Unos pocos se regodearon abiertamente. Entre ellos estaba Aiden, quien, inclinándose hacia su compañero, susurró en voz baja: “Ese cabrón no debería haber provocado a la élite del Imperio… Parece que pasó toda la noche en la calle…” Alguien que estaba cerca resopló, sin siquiera intentar disimularlo. Pero no todos observaban con burla. Algunos estudiantes, sin embargo, lanzaron miradas breves y cautelosas a Kael, en las que se podía apreciar compasión e incluso vergüenza. Tras su expulsión del Barrio Estudiantil, Valkeris había dejado de presionar tan abiertamente a los demás jóvenes de Lasthold, y muchos lo habían notado. Y muchos fueron lo suficientemente inteligentes como para comprender que Kael había asumido la mayor parte de las consecuencias, protegiéndolos. El rostro de Kael lucía pálido, casi enfermizo. Ojeras oscuras se cernían bajo sus ojos, casi como moretones, y su mirada se desenfocaba ocasionalmente, como si tuviera que esforzarse por mantenerse anclado a la realidad. Sin embargo, continuó hablando con un tono uniforme y tradujo las palabras de Valeria sin pausas perceptibles, aunque su voz casi flaqueó en algunos momentos. Y en ese momento, las palabras que escuchó le parecieron casi una salvación: “La lección ha terminado. Puedes irte”. Los jóvenes de Lasthold ya conocían la frase, así que reaccionaron al instante, incluso sin traducción. Las sillas crujieron, los estudiantes se levantaron de sus asientos y el salón se llenó del bullicio de gente y voces. “¡Gracias, teniente!” Algunos hicieron una reverencia, otros simplemente asintieron, apresurándose a marcharse. Algunos se detuvieron un instante, mirando a Kael como si tuvieran la intención de acercarse a él. Pero al notar que se dirigía hacia Valeria, cambiaron de opinión y abandonaron la sala en silencio. El ruido se fue desvaneciendo gradualmente. Cuando la puerta se cerró tras los últimos alumnos, la sala quedó inusualmente silenciosa. Valeria simplemente encendió su pipa y lo miró con severidad. “Tenía mejores expectativas de ti, Kael. ¿Ya estás rompiendo la disciplina en tu segundo día?” Kael bajó la cabeza sin dudarlo. “No volverá a suceder. Lo siento.” Siguió un breve silencio. Entonces Valeria soltó una carcajada. “Ni siquiera intentaste poner excusas. ¡Encomiable!” Se levantó de la silla, se acercó y le puso una mano en el hombro. «Me han informado de lo que pasó en la residencia de estudiantes». Su voz se suavizó, pero su mirada permaneció fija. “Tenías un motivo para emborracharte. Así que te perdono, por primera y última vez.” Valeria sostuvo su mirada por un instante, luego, dándose la vuelta, se dirigió hacia la salida del aula y añadió con calma mientras caminaba: «Espero que las pequeñas dificultades no te desanimen. No me decepciones». Kael entreabrió los labios como si fuera a decir algo y, forzando las palabras a través de la sequedad en su garganta, susurró con voz ronca: "Teniente Valeria... ¿no habrá lecciones adicionales?". Ni siquiera se dio la vuelta, solo arqueó ligeramente una ceja mientras extendía la mano hacia la manija de la puerta. “Sé perfectamente lo que es una resaca. Considera que hoy estoy siendo indulgente contigo.” Tras esas palabras, la puerta se abrió silenciosamente y ella entró en el pasillo sin disminuir la velocidad. El clic de la cerradura sonó inesperadamente fuerte. En cuanto el silencio se apoderó por completo del aula, Kael se desplomó inmediatamente en la silla más cercana, exhalando como si todas sus fuerzas lo abandonaran con la respiración. “Maldito Bernabé…” exclamó entre dientes apretados, enderezándose con esfuerzo. Se pasó la mano por la cara, lentamente, como si intentara recomponerse. “No puedo creer que haya empezado a chantajearnos al amanecer…” Se quedó en silencio un instante, y luego la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa torcida. —Interesante… —murmuró entre dientes—. Si no hubiéramos seguido bebiendo con él, ¿de verdad se habría negado a firmar el contrato de alquiler? Pero no tuvo tiempo de terminar la frase antes de que la puerta se abriera de golpe y sus amigos irrumpieran en la habitación: Girren, Gilmesh, Violet y Roselle con Lissandra. El estruendo de voces y pasos rompió al instante el silencio. Dorian y Estelle entraron después de ellos. Dorian no tenía mejor aspecto que el propio Kael: pálido, con la mirada apagada, permanecía ligeramente apartado, como si cualquier movimiento brusco pudiera acabar con él. Recordando la noche anterior, Kael resopló en voz baja, con una sonrisa torcida asomando en sus labios. —Menos mal que Bernabé al menos perdonó a las chicas… —murmuró entre dientes. Gilmesh fue el primero en acercarse corriendo sin siquiera bajar la voz: "¿Cómo estás, hermano?!" Kael hizo una mueca de dolor al instante y cerró los ojos. —Más silencio… por favor —exhaló—. Me duele muchísimo la cabeza… Lissandra y Roselle se acercaron a él al instante, inclinándose casi simultáneamente. Una le arregló el cabello, la otra lo miró fijamente a la cara, tratando claramente de evaluar su estado. —¿Cómo estás? —preguntó Lissandra rápidamente. —¿Qué pasó ayer? —añadió Roselle, sin ocultar su preocupación. Kael solo negó levemente con la cabeza, sin dar detalles, y en su lugar preguntó: "¿Recogiste nuestras cosas?". Ambos asintieron de inmediato. Girren dio un paso al frente, arreglándose con calma el pelo azul, y añadió: «Todo está listo, Kael. También nos llevamos las cosas de Dorian». Kael asintió brevemente, y una leve pero satisfecha sonrisa cruzó su rostro. “Bien. Entonces podemos ir a nuestra nueva casa.” Las palabras no causaron conmoción, pero llamaron la atención de inmediato. Roselle ladeó ligeramente la cabeza, conteniendo su curiosidad, y luego asintió. —Violet dijo que nos encontraste una casa… —dijo—. Pero se negó a compartir los detalles; dijo que ese honor te corresponde a ti. Kael soltó una risita, apoyándose en el hombro de Gilmesh mientras se levantaba de la silla. Por un instante, cerró los ojos, dejándose llevar por la oleada de debilidad, y luego observó a todos los presentes. —Primero, todos necesitamos una buena comida —dijo en el idioma de Lasthold, con la voz ligeramente ronca pero más firme—. Y luego nos espera una larga y difícil limpieza, porque nuestra nueva casa no está en las mejores condiciones. La reacción era la esperada: algunos suspiraron, otros intercambiaron miradas, pero nadie discutió. Dirigiéndose a Dorian, Kael cambió al idioma imperial y, con una leve sonrisa, preguntó: "¿Listo para limpiar?". Sin dudarlo, Dorian se remangó, como si ya se estuviera preparando para ponerse a trabajar. “Déjame la limpieza a mí.” Kael negó con la cabeza, con una leve sonrisa en la comisura de los labios. —No. Tú supervisarás el proceso y asignarás las tareas —respondió con calma—. Pero limpiaremos todos juntos. Lentamente, recorrió con la mirada a todos, incluidos Dorian y Estelle, y añadió: "Ya que el destino nos ha unido en estas circunstancias, debemos apoyarnos mutuamente". Ante esas palabras, Estelle apretó los labios y bajó la mirada. Algo se removió en su interior y, antes de poder controlarlo, sintió que las lágrimas le subían a los ojos. Al mirar a sus nuevos amigos, sintió, quizás por primera vez, que no estaba sola en la capital. Dorian no dijo nada, solo se enderezó ligeramente, desviando la mirada de Kael hacia los demás. Su rostro permaneció sereno, pero algo nuevo brilló en sus ojos, más suave que antes. Durante unos segundos, un extraño silencio se apoderó de la habitación. Pero la voz fuerte de Gilmesh la interrumpió de inmediato: "¿Por qué llora esta niña? ¿Acaso no le gusta limpiar?". Lo dijo sin pensarlo dos veces, en voz alta como de costumbre, sin siquiera intentar bajar el tono. Sin esperar respuesta, dio un paso al frente y se acercó a Estelle, dejando caer una mano pesada sobre su hombro. “¡No te preocupes, a mí tampoco me gusta!” Estelle se sobresaltó visiblemente y retrocedió ligeramente, mirándolo con confusión. Por su expresión, era evidente que no había entendido ni una palabra, pero el tono y la repentina cercanía solo la inquietaron aún más. Al ver esto, Kael dejó escapar un suspiro cansado y cerró los ojos por un segundo. “Ah… va a ser difícil con todos ustedes…” murmuró entre dientes. Pero al instante siguiente, sacudió la cabeza, dejando a un lado el cansancio, y con una leve sonrisa añadió: «Vámonos. Tenemos mucho que hacer hoy». Las palabras sonaban sencillas, pero transmitían seguridad. Uno a uno, asintieron y lo siguieron, saliendo del aula. Incluso Estelle, aún algo nerviosa, dio un paso al frente, lanzando una breve mirada a los demás. En ese momento, se creó entre ellos una atmósfera extraña pero agradable. Ni alegría, ni alivio, sino una tranquila expectación, como si algo más grande que una nueva casa y la limpieza les aguardara en el futuro. Solo habían pasado dos días en la capital, pero los acontecimientos se habían precipitado tan rápido que apenas habían tenido tiempo de asimilarlo todo. Y, sin embargo, no asustó a nadie. Por alguna razón, estar cerca de Kael hacía que incluso el caos pareciera manejable.
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Estás leyendo el capítulo 66 de Engañé a un Dios (Novela), un novela. Born with a soul mutation desired even by the Gods — perfect memory. Kael could recall every word, every book… yet not a single drop of mana. Mockery, beatings, a ruined family — and a desperate deal with the God of… Este capítulo tiene publicado el 13 de agosto de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Engañé a un Dios (Novela) tiene 84 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.