Leer Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 65 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Las calles nocturnas de la capital nunca se quedaban en silencio, vibrando suavemente incluso lejos de las avenidas principales. La luz de las mágicas linternas se extendía sobre la piedra en una cálida capa, reflejándose en los bordes del pavimento y en las ocasionales gotas de agua junto a las aceras.
Kael caminaba tranquilamente por la calle junto al parque con fuentes, sosteniendo en sus manos una botella grande, cuidadosamente envuelta en papel grueso y atada con una cinta dorada. Todo estaba empaquetado como si fuera un regalo.
Violet y Dorian caminaban a su lado, acompasando su paso al suyo. Delante de ellos iba Estelle, guiando con seguridad por el sendero, echando de vez en cuando vistazos rápidos a su alrededor como si comprobara la ruta.
Las fuentes murmuraban suavemente a la derecha, esparciendo finas gotas. Parejas sentadas en bancos, susurraban entre sí. Patrullas recorrían la zona, manteniendo el orden.
Tras echar un vistazo a su alrededor, Kael se detuvo un instante, con la mirada fija en uno de los bancos, y comentó: «Hay tantas parejas aquí… Supongo que este lugar es popular entre los jóvenes».
Estelle rió suavemente, girándose hacia él por encima del hombro mientras caminaba.
—¿Con gente joven? —repitió, con un leve brillo en la voz.
Kael sonrió, inclinando ligeramente la cabeza.
“Disculpen, a veces parezco un anciano.”
Estelle solo rió, sin disminuir el paso, y en esa risa no quedaba rastro de la pesadez de hacía una hora. Parecía que la tranquilidad de sus nuevas amigas también la había reconfortado.
«Este parque fue construido por una pareja famosa cuyo profundo amor aún inspira a muchos hoy en día», dijo, girándose ligeramente hacia ellos. «Las parejas vienen aquí a lanzar una moneda a la fuente y a pedir un deseo de amor igual de duradero».
Mientras hablaba, hizo un breve gesto hacia la fuente más cercana, donde decenas de pequeñas monedas brillaban en el agua.
“Otros se aprovechan de esta historia para sacar provecho”, añadió, señalando una hilera de restaurantes impecables y establecimientos acogedores a lo largo del parque.
De uno de ellos provenía el tintineo de los vasos y risas apagadas, que se mezclaban con el sonido constante del agua.
—Sigo sin entender… —dijo Dorian, frunciendo el ceño mientras señalaba con la cabeza la botella que Kael sostenía en las manos—. ¿Por qué compraste una infusión tan cara?
Kael echó un vistazo rápido al envoltorio, pasando suavemente el pulgar por el borde de la cinta dorada, pero no dijo nada.
Estelle, sin embargo, murmuró en voz baja: "Me sorprendió más que Kael se deshiciera de sus elixires de maná con tanta facilidad..."
—No me corresponde contar tu dinero… —continuó Dorian, dirigiendo su mirada hacia Kael—. Pero espero que sepas lo que estás haciendo.
Habló con calma, sin reproches, pero aun así entrecerró ligeramente los ojos, como si intentara comprender qué era exactamente lo que Kael tenía en mente.
En ese momento, Estelle, que revisaba un trozo de papel arrugado que llevaba en la mano mientras caminaba, se detuvo de repente a mitad de camino.
“Ya casi llegamos. Por aquí.”
Señaló hacia un desvío lateral, donde otra calle se bifurcaba desde el parque y sus restaurantes iluminados, ascendiendo en pendiente. Allí la luz de las farolas era más brillante y el ruido más denso. Había letreros a ambos lados de la calle, y grupos de jóvenes se congregaban a lo largo del camino, riendo y saludándose entre sí.
Dorian aminoró el paso, dejando que su mirada recorriera los letreros de la calle clavados en la esquina de un edificio.
—¿Calle Ámbar Menor? —murmuró, y luego miró a Kael—. ¿Estás seguro de que el lugar que necesitamos está aquí?
—¿Cuál es el problema? —preguntó Kael con calma, sin disminuir el paso.
Estelle frunció ligeramente el ceño y volvió a mirar el papel como si estuviera comprobando la dirección.
—Yo tampoco estoy muy segura… —añadió en voz baja—. La calle Lesser Amber es muy popular entre los jóvenes magos y los estudiantes de la Academia.
Por un instante, su mirada se detuvo en un grupo ruidoso cerca de la entrada de uno de los locales, donde alguien discutía acaloradamente, agitando las manos.
“Puede que no sea el lugar más prestigioso para alquilar… pero el alquiler aquí es caro. Probablemente está fuera de nuestro alcance…”
Ante esto, Kael solo esbozó una leve sonrisa, recorriendo con la mirada la ruidosa calle.
“Un lugar apropiado para ese borracho…”, pensó.
Pero en voz alta, solo dijo con calma: «Parece que te has hecho demasiadas ilusiones. Mejor no esperes una casa bonita, acogedora y en buen estado».
Dio un paso al frente, tomando la delantera con delicadeza, y, asintiendo hacia Lesser Amber Street, le indicó a Estelle que continuara.
—Como ya dije, el anciano necesita dinero, así que nos hará un buen descuento —añadió, mirando a su alrededor—. Además, esta calle no está lejos de la Academia Imperial, lo cual es muy importante para nosotros.
Un grupo ruidoso de estudiantes pasó junto a ellos; alguien chocó con el hombro de Dorian e inmediatamente, tambaleándose ligeramente, se disculpó: "Bebí demasiado. Lo siento, amigo...".
Por su parte, Dorian solo asintió brevemente y, un momento después, comenzó rápidamente a limpiarse la mancha en la ropa donde el desconocido la había tocado.
Mientras tanto, Kael continuó hablando, esbozando apenas una leve sonrisa ante la reacción de Dorian.
“Nuestro principal objetivo es conseguir el mejor precio posible e insistir en un aplazamiento del pago.”
Dorian se volvió lentamente hacia Kael y le preguntó: "¿Estás seguro de que un pago aplazado nos salvará? ¿Qué pasa si no conseguimos reunir suficiente dinero? Es mejor no quedarnos endeudados en la Capital…".
Kael solo entrecerró ligeramente los ojos, y un destello de confianza brilló en sus ojos color ámbar.
“El dinero no es un problema. Se puede ganar, lo que significa que solo necesitamos encontrar la forma más rentable de conseguirlo…”, respondió con calma.
Ante esas palabras, tanto Dorian como Estelle se quedaron paralizados un instante, sin poder moverse. La misma duda brilló en sus ojos: no estaba claro si Kael era imprudente o simplemente demasiado confiado.
Violet, al presenciar esto, solo sonrió levemente, sin intervenir.
«Kael nunca cambia…» Un pensamiento fugaz cruzó por su mente. «Tendrán que acostumbrarse a sus excentricidades…»
Dicho esto, siguieron adelante, adentrándose en Lesser Amber Street. La multitud se hizo más densa, casi ininterrumpida, y tuvieron que caminar más juntos para no separarse.
Risas, conversaciones a gritos y el tintineo de los platos al caer de las ventanas llenaban el aire. Jóvenes magos llenaban la calle; algunos ya visiblemente ebrios, otros apenas comenzaban la noche. El ambiente estaba impregnado de una mezcla de alcohol y humo dulce.
Varias personas estaban de pie junto a la pared, fumando largas pipas curvas con boquillas talladas, de las que salían finas volutas de humo. Otros tenían pipas más cortas y pesadas con incrustaciones ornamentadas, como si fueran adornos por derecho propio.
Al asimilar todo esto, a Kael le rondaba una idea por la cabeza: «Si me guiara solo por la Capital, jamás imaginaría que el Imperio estuviera en un estado de guerra constante…»
Mientras caminaba por la calle, esbozó una leve sonrisa irónica y añadió mentalmente: «Las crónicas no mienten. Los problemas siempre llegan últimos a la capital. Y no importa en qué parte del Mundo Mortal ocurran…»
Avanzando, Kael miró a su alrededor con calma, sin disminuir el paso, como si estuviera absorbiendo cada detalle.
Aquí, los edificios se extendían en una densa hilera, en su mayoría de dos o tres pisos de altura, casi pegados unos a otros, formando una pared prácticamente continua. Solo ocasionalmente estrechos callejones rompían la línea, adentrándose aún más en el interior.
Al asomarse a uno de ellos, Kael se percató de que no era solo un pasillo: dentro había un pequeño patio, igual de animado. La luz de los letreros iluminaba las mesas apiñadas, y contra la pared había un puesto con productos expuestos.
Desvió aún más la mirada, fijándose en esos lugares casi automáticamente.
«Aquí hay bastante ruido…» pensó mientras oía risas fuertes y el tintineo de vasos cerca. «Tendremos que instalar un círculo mágico que amortigüe el sonido en las habitaciones…»
En ese momento, la voz de Estelle se escuchó desde adelante: “Kael, ya llegamos. Ese callejón”.
Se detuvo y señaló hacia uno de los pasajes entre los edificios.
Todos se giraron instintivamente, imitando su gesto.
Al otro lado de la calle había un “túnel” similar: un callejón estrecho que conducía a un patio interior cerrado. Pero a diferencia de los demás, este estaba bloqueado por una pesada puerta de metal. De detrás de ella no provenían voces, ni ruidos familiares; solo un silencio apagado que contrastaba con el bullicio general de la calle.
Kael enderezó ligeramente los hombros, manteniendo la mirada fija en la puerta.
—Espero que el dueño esté en casa —dijo con calma.
Sin esperar respuesta, dio un paso al frente con seguridad, cruzando la calle entre la multitud. Los demás intercambiaron miradas y lo siguieron, acelerando el paso para no quedarse atrás.
La puerta estaba colocada de forma irregular, dejando huecos bastante amplios a los lados. A través de ellos, se veía parte del patio. Y en cuanto Kael se acercó a la puerta, aprovechó la oportunidad.
Inclinándose ligeramente, miró hacia adentro con un solo ojo.
Detrás de la puerta había un corto pasaje arqueado, de apenas unos escalones, que conducía al interior. Más allá se abría un patio interior, espacioso pero descuidado. Cajas, tablones viejos y basura estaban esparcidos por todas partes, apilados sin orden, como si allí se hubieran arrojado todas las cosas indeseadas.
Un poco más adelante, unos pequeños escalones conducían a la casa.
El edificio de piedra de dos plantas tenía un aspecto deteriorado: paredes oscurecidas, mampostería irregular, ventanas cerradas sin luz tras ellas. Daba la sensación de estar abandonado, como si estuviera atrapado en aquel patio interior, sin apenas recibir luz.
—A juzgar por la disposición, este pasaje abovedado es la única entrada… —murmuró Kael pensativo.
Pero en ese momento, Kael sintió que Dorian casi se apretujaba a su lado, inclinándose hacia el hueco y mirando hacia adentro.
—Parece descuidado… —murmuró con leve compasión, arrugando ligeramente la nariz.
Kael, sin apartar la vista de la casa, esbozó una leve sonrisa.
“No me digas que ni siquiera tú podrías insuflarle vida a este edificio.”
La respuesta llegó de inmediato, sin dudarlo: «Si puedo vivir aquí en lugar de en la residencia estudiantil, gracias a ti…» Dorian se inclinó ligeramente hacia adelante, como si estuviera evaluando la magnitud del trabajo. «Estoy listo para convertirme en el mayordomo de nuestra pequeña residencia…»
Estelle gritó desde atrás: "¿Qué ven, muchachos?"
Casi simultáneamente, se apartaron del hueco y se enderezaron.
Kael esbozó una sonrisa torcida, pasándose una mano por la nuca.
“No hay luz en las ventanas. Eso significa que Bernabé está dormido o aún no ha vuelto a casa…”
Violet, sin esperar a que terminara, se acercó tranquilamente a la puerta y, sin dudarlo, pulsó el pomo. Este emitió un sordo chasquido, pero no se movió.
Kael le echó un vistazo rápido y luego dejó escapar un suspiro profundo.
—Me equivoqué en mis cálculos… —dijo, bajando la mirada hacia la superficie metálica de la puerta—. No pensé que no podríamos llamar a la puerta.
Guardó silencio por un momento, luego giró ligeramente la cabeza hacia los demás.
“Parece que lo único que podemos hacer es esperar… Lo siento, chicos.”
Pero justo en ese preciso instante, mientras las palabras salían de los labios de Kael, una voz ebria resonó cerca, tan fuerte que ahogó incluso el ruido de la calle.
La ceja de Kael se crispó casi imperceptiblemente.
Reconoció esa voz de inmediato, o mejor dicho, la manera de hablar despreocupada y un tanto descarada.
Al girar la cabeza, vio a Bernabé. El anciano, con la ropa arrugada y la gorra ladeada, caminaba tambaleándose por la calle, balanceándose de un lado a otro con una amplia sonrisa de satisfacción en el rostro. Caminaba sin prestar atención a nadie a su alrededor, cantando a todo pulmón:
“¡EH! ¡Llénalo! ¡No me detengas la mano!”
¡Esta noche soy un príncipe, mañana polvo y arena!
Tuve una chica—¡ja! Se calentó, luego corrió,
¡Tenía algo de oro, y me lo bebí con mis amigos!
Soltó una carcajada sonora, sacudiendo la mano mientras caminaba y ajustándose la gorra, que inmediatamente se le resbaló de nuevo hacia un lado.
“Pero esta botella, esta sí que se mantiene fiel,
No miente, no se va, ¡se queda toda la noche!
Oye, ojos bonitos, no me cortes así.
Te llevaría arriba... ¡pero estoy aquí bebiendo!
¡BEBE! ¡BEBE! ¡hasta que se te duerma la cabeza!
¡CANTA! ¡CANTA! ¡hasta que se te duerma la lengua!
Esta noche somos reyes, mañana nos arrastramos.
¡Así que ríanse, cabrones, no es nada!
Algunos transeúntes se rieron entre dientes, otros se dieron la vuelta irritados, pero Bernabé pareció sentirse aún más animado.
“¿Quién se ríe? ¡Ven a ahogarte en tu cerveza!”
¡He sobrevivido a noches peores, y aún así he podido contarlo!
Los sacerdotes pueden predicar y los altos señores fingen,
¡Pero al final, la botella es la única amiga verdadera!
“Así que vierte, mi dulce ruina, no apagues la llama,
Mientras la canción siga viva, ¡yo sigo en el juego!
Y cuando yazca frío, no desperdicies ni una lágrima por mí,
¡Brindemos por mi nombre… como si todavía estuviera aquí!
Tras pronunciar esas últimas palabras, estuvo a punto de resbalar, su pie se deslizó bajo él y dio unos pasos tambaleantes, luchando por mantener el equilibrio.
Y justo antes de caer, lanzó la mano hacia adelante en el momento preciso, golpeándola contra la pared, justo al lado de Kael y los demás.
Finalmente, Barnabas recuperó el equilibrio y sonrió con picardía al ver cómo su gorra se deslizaba completamente sobre su hombro.
Apoyado contra la pared y con la mirada fija en el suelo, el anciano soltó una carcajada de satisfacción, mientras le temblaban los hombros.
En ese instante, Kael solo esbozó una sonrisa torcida y cerró los ojos por un segundo. Esa sonrisa ya no reflejaba su anterior confianza, sino solo un atisbo de duda, como si él mismo hubiera empezado a reconsiderar su plan.
A juzgar por las expresiones de los demás, todos notaron la reacción de Kael.
Estelle lo miró con cautela, luego volvió a mirar al anciano, sin poder creer del todo lo que veía.
—Kael… —comenzó, con un tono un poco más bajo—. No me digas que esto es…
Ella no terminó de hablar, pero Kael asintió brevemente, con una leve contracción en la comisura de los labios.
"Tienes razón…"
Pero al instante siguiente, algo hizo que Estelle y Violet se giraran casi al unísono, sonrojándose al instante.
Bernabé, sin prestar la menor atención a quienes le rodeaban, comenzó a forcejear con su cinturón y a bajarse los pantalones.
“Maldita sea… me voy a orinar encima…” murmuró, balanceándose en el sitio.
Kael hizo una mueca de disgusto y se acercó, y por primera vez se notó una clara irritación en su voz: «Viejo, ten un poco de decencia. Estás prácticamente en la puerta de tu casa. Aguanta un poco más…»
Barnabás se quedó paralizado un segundo, luego giró lentamente la cabeza, intentando enfocar la vista. Sus ojos se desenfocaron ligeramente, pero obstinadamente entrecerró los ojos para mirar a Kael.
La pausa se prolongó durante un instante.
Entonces su mirada se posó más abajo, directamente en la gran botella que Kael sostenía en sus manos.
El rostro del anciano se iluminó con una amplia sonrisa, casi infantil.
—¡Eres tú, chico! —gritó, animándose de repente—. ¡Ni siquiera han pasado unos días y ya has decidido venir a visitarme!
Incluso se enderezó, olvidando lo que estaba a punto de hacer.
“¡Lo sabía, estamos unidos por el destino!”
Kael arqueó ligeramente una ceja, mirándolo.
“¿Unos días? Viejo, nos vimos hace unas horas.”
Bernabé no parecía avergonzado en lo más mínimo.
“La separación de ti es demasiado dolorosa. ¡Un minuto es como una hora!”, exclamó, soltando una carcajada mientras se subía los pantalones y, de alguna manera, lograba ajustarse el cinturón.
Girándose hacia la puerta, dio un par de pasos inestables, pero esta vez logró mantener el equilibrio.
“¡Ja, ni siquiera me había dado cuenta de que ya estaba en casa!”, añadió alegremente.
Barnabás sacó una llave del bolsillo y, sin siquiera buscar la cerradura, la clavó en la puerta. El metal brilló levemente por un instante, como si respondiera, e inmediatamente se oyó un clic claro.
Se volvió hacia Kael, entrecerrando los ojos.
“Entonces, ¿viniste a verme o es solo una coincidencia?”
Kael inclinó ligeramente la botella que tenía en la mano, y la cinta dorada crujió suavemente.
“Yo no me compraría un alcohol tan caro. Pero tú eres otra historia. No puedes ser tacaño cuando visitas al borracho más grande de la capital.”
Bernabé volvió a reír a carcajadas, golpeándose el pecho con satisfacción.
“¡No en la capital, sino en todo el Imperio!”
El anciano entrecerró los ojos, ladeando la cabeza.
“¿Así que, después de todo, te interesa mi oferta?”
—Tomaremos algo, charlaremos y luego veremos —respondió Kael con calma.
Bernabé sonrió con suficiencia, claramente satisfecho con la respuesta.
“Si quieres negociar, solo dilo; no hace falta que me hagas perder el tiempo.”
Haciéndoles señas para que se fueran, gritó con naturalidad: “¡Basta de estar parados en mi puerta! ¡Vamos a tomar algo!”
Con esas palabras, Bernabé abrió la puerta de golpe y, sin mirar atrás, entró a grandes zancadas, tambaleándose ligeramente pero con mucha más firmeza que un momento antes.
Al ver que los pasos de Barnabas se volvían más firmes, Kael pensó para sí mismo: «Parece que este anciano se está recuperando de la borrachera a una velocidad inhumana. Su cuerpo parece haber desarrollado resistencia al alcohol, como si fuera una especie de veneno…»
Con ese pensamiento, Kael asintió brevemente a sus compañeros, indicándoles que todo estaba bien, y los siguió. Los demás lo siguieron sin decir palabra.
En cuanto dieron unos pasos, la puerta tras ellos se cerró sola con un sonido sordo, como si cortara el ruido de la calle. El murmullo de la multitud se apagó de inmediato, quedando en algún lugar afuera.
Tras caminar unos pasos a través del pasaje abovedado, Kael entró en el patio interior y se detuvo un instante.
Lo que antes parecía un simple basurero ahora tenía un aspecto diferente. Las cajas y los montones de cosas estaban cuidadosamente cubiertos con telas gruesas, y sus bordes estaban sujetos con piedras para que el viento no se los llevara.
Kael entrecerró ligeramente los ojos, examinándolo con más detenimiento.
“Si nos haces un buen descuento, te ayudaremos a deshacerte de toda esta chatarra…”, dijo con calma.
Bernabé resopló sin siquiera darse la vuelta.
“No es basura. Esas cajas contienen mesas y sillas desmontadas.”
Kael aminoró el paso por un instante, y un destello de comprensión cruzó por su mirada.
—¿Sillas? —repitió, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Este lugar fue alguna vez una taberna?
Ante esas palabras, una cálida sonrisa se dibujó en el rostro de Bernabé, y por un breve instante, su despreocupación propia de la embriaguez pareció desvanecerse.
—Exactamente —respondió, asintiendo levemente—. Ya te lo dije: heredé este lugar…
Disminuyó el paso, dejó escapar un profundo suspiro y, por un instante, se pasó la mano por la barba.
—Era mi taberna favorita… —murmuró en voz más baja—. Y su dueña era una mujer excepcional.
Su voz se volvió más firme, desprovista de la bravuconería anterior.
“Tras su muerte, la taberna quedó en mis manos, pero por desgracia…”, dijo con una sonrisa torcida, “no se me da muy bien gestionar un negocio así…”.
Kael aprovechó el momento, sin interrumpir, y solo después de una breve pausa añadió con calma: "Lo entiendo... mis padres tienen un restaurante familiar, así que sé lo difícil que es ese tipo de trabajo".
Bernabé se volvió hacia Kael con sorpresa, incluso aminorando ligeramente el paso.
—Creía que eras de noble cuna… —dijo pensativo, entrecerrando los ojos y estudiando el rostro de Kael con más detenimiento.
—¿Por qué piensas eso? —respondió Kael con calma, sin cambiar su expresión.
El anciano sostuvo su mirada por un segundo, luego soltó una carcajada repentina, agitando una mano como si desestimara sus propias palabras.
“Eso me pareció a mí.”
Enseguida cambió de tema, se animó y su paso se volvió un poco más enérgico.
“Quizás no se me dé bien gestionar un negocio, pero cuando se trata de alcohol, ¡soy un maestro! ¡Las bodegas siguen en plena actividad!”
Kael le lanzó una mirada de reojo, notando el cambio repentino, y con una leve sonrisa preguntó: "¿Fabricas tu propio alcohol?".
Bernabé asintió con orgullo, enderezando los hombros como si estuviera creciendo en estatura.
“Sí, ¡y de excelente calidad! Los entendidos hacen cola solo para comprar una sola botella de mis licores.”
Mientras hablaba, incluso levantó un dedo, como para enfatizar la importancia de sus palabras, y luego infló el pecho con orgullo.
“¿Crees que bebo sin motivo? ¡Para nada! Todos los días voy probando bebidas…”, hizo una pausa, sacudiendo la cabeza con una sonrisa de satisfacción. “¡Para inspirarme en nuevas recetas!”
Kael solo esbozó una sonrisa torcida, sin interrumpir, aunque su mirada se tornó ligeramente condescendiente por un instante.
“Sí… claro. Solo eres un borracho…” pensó.
Sin embargo, casi de inmediato, ese pensamiento fue reemplazado por otro, y una breve chispa de interés brilló en lo profundo de sus ojos mientras observaba al anciano con más detenimiento.
“Por otro lado… esto podría jugar a mi favor…”
En ese momento, llegaron a la casa y, sin aminorar la marcha, Kael fue el primero en subir los escalones de piedra.
Los escalones de la entrada estaban desgastados y lisos, y al inclinarse hacia adelante, Kael lo notó: en otro tiempo, este lugar había estado repleto de visitantes.
Al alzar la mirada, Kael aminoró el paso involuntariamente, estudiando con más detenimiento el edificio que tenía delante.
La casa estaba tan encajada entre los edificios vecinos que apenas se veía un pequeño trozo del cielo nocturno, como si el espacio mismo hubiera sido aplastado. Casi no le llegaba la luz, y la fachada quedaba sumida en la sombra.
La piedra oscurecida estaba agrietada en algunos lugares, y el viejo yeso se desprendía dejando al descubierto una mampostería tosca e irregular. Sobre la entrada colgaba un letrero de madera descolorido; la inscripción se había reducido a tenues vestigios, como si el tiempo mismo la hubiera borrado.
Las ventanas del segundo piso estaban completamente cerradas, sin ninguna rendija, y los soportes de hierro forjado de las linternas permanecían vacíos.
La pesada puerta se abrió hacia adentro con un crujido.
El anciano entró primero sin siquiera mirar atrás, solo saludó con la mano despreocupadamente, y la lámpara de araña se iluminó.
Kael cruzó el umbral e inmediatamente le llegó un olor penetrante: madera vieja, alcohol rancio y una leve humedad que persistía en el espacio cerrado.
Ante él se abrió un amplio salón.
Justo enfrente de la entrada se extendía un largo mostrador, abarrotado de botellas, tazas y algún tipo de equipo de destilación. El cristal brillaba tenuemente y se podían ver viejas manchas en la madera, tan incrustadas que ya no se podían eliminar.
Detrás del mostrador había estantes: algunos vacíos, otros llenos de platos polvorientos, como si no se hubieran tocado en mucho tiempo.
Las mesas del salón estaban desniveladas; algunas habían sido empujadas contra las paredes, como si alguien hubiera empezado a recogerlas pero nunca hubiera terminado. Algunas se apoyaban torcidamente sobre una sola pata; otras estaban alineadas en filas muy juntas, dejando espacios demasiado estrechos entre ellas.
Faltaban algunas sillas, y Kael recordó involuntariamente las cajas en el patio, reconstruyendo mentalmente la escena.
A la izquierda, un pasaje que conducía a las bodegas permanecía en penumbra, por donde emanaba un aire fresco y ligeramente húmedo, mientras que a la derecha, una escalera de madera conducía al segundo piso; ligeramente deformada, con escalones desgastados, pero aún de aspecto robusto.
Bernabé, sin detenerse, chasqueó los dedos.
A lo largo de las paredes del salón, lámparas con cristales incrustados se encendieron una a una, proyectando una luz tenue sobre ellas. El tenue resplandor de la araña de cristal se fundió con la luz, y la habitación adquirió de repente una extraña y casi olvidada sensación de calidez.
Dorian miró a su alrededor, deteniéndose en el mostrador, luego en la escalera, y murmuró en voz baja: "Aún hay vida en este lugar... Solo necesita cuidado y atención..."
Barnabás pareció no haber oído esas palabras o simplemente optó por no responder. Se limitó a hacer un gesto con la mano y, sin aminorar el paso, se dirigió a la barra.
Agachándose, rebuscó debajo y pronto sacó varios vasos, sorprendentemente limpios, como si todavía se usaran con regularidad a pesar del estado general de abandono de la sala.
—Vengan, estudiantes —dijo riendo, y los sentó en el mostrador.
Con un gesto de la mano, activó un anillo espacial, y por un instante un tenue destello apareció en el aire. Al instante siguiente, con sordos golpes, trozos de carne seca, varias ruedas de queso y manojos de salchichas cayeron sobre una tabla de madera.
Bernabé clavó inmediatamente un cuchillo afilado en la tabla, dejándola en posición vertical.
“Toma lo que quieras. No seas tímido.”
Estelle y Violet dudaron un segundo, intercambiando miradas incómodas, como si no estuvieran acostumbradas a ello.
Kael lo captó de inmediato. Dio un paso al frente, colocó con cuidado la botella sobre el mostrador y, girando ligeramente la cabeza, dijo: «¿Te importaría cortar algo, Dorian? Las chicas se sienten un poco incómodas».
Dorian asintió brevemente, retiró el cuchillo de la tabla sin decir palabra y comenzó a cortar la carne en rebanadas finas y uniformes.
Bernabé observaba esto con una amplia sonrisa, sacudiendo la cabeza.
“Sois todos tan delicados…” murmuró con voz ebria.
Kael solo sonrió levemente en respuesta, retiró con calma el envoltorio de la botella y la descorchó.
—Tú también deberías cuidarte un poco, viejo —dijo con voz pausada—. Si sigues viviendo así, acabarás muerto. Y cuando te vayas, esta taberna se irá contigo.
Bernabé entrecerró los ojos, y una agudeza fugaz brilló en su mirada que no se correspondía en absoluto con su estado.
—No intentes engatusarme, chico —dijo con tono pausado—. Sé lo que buscas… No voy a perder mi dinero por nada.
Kael solo sonrió, vertiendo la bebida en cinco vasos pequeños; el líquido salpicó suavemente contra el cristal.
—No pienses que soy un estafador —dijo con calma, dejando el último vaso sobre la barra.
Tras sostener la mirada de Barnabas por un instante, añadió inmediatamente: «Para ser sincero, me interesa alquilar tu casa. Pero ahora mismo no tenemos dinero».
Barnabas solo sonrió con sorna, recogió su trago y, sin hacer más preguntas, asintió con la cabeza a los demás.
“¡A nuestra reunión!”
Se bebió el chupito de un trago, sin siquiera hacer una mueca, solo exhalando bruscamente por la nariz.
Kael y Dorian siguieron sin dudarlo, colocando sus tiros vacíos sobre el mostrador casi al mismo tiempo.
Estelle y Violet dudaron un instante, intercambiando miradas, pero aun así levantaron sus copas y bebieron. La reacción fue instantánea.
“¿Qué es esto…?” Estelle exhaló, haciendo una mueca de disgusto.
—Mi garganta… —murmuró Violet, llevándose una mano al cuello.
Ambos buscaron inmediatamente la comida, cogiendo lonchas de queso, intentando mitigar el ardor.
Barnabás, al ver esto, soltó un bufido de satisfacción y dejó su vaso vacío sobre el mostrador con un ligero tintineo.
—¿Y por qué me importaría que estuvieras en la ruina? —murmuró, enderezando ligeramente los hombros, como para recordarles que él era el dueño.
Lentamente, movió la mano en círculo, señalando la casa.
“Hay diez habitaciones en la planta de arriba. Hay una cocina, un pequeño baño con agua caliente. Parte del sótano está vacío y se puede usar para entrenamiento o cualquier otra cosa. Y la casa está cerca de la Academia.”
Cruzó los brazos sobre el pecho y levantó ligeramente la barbilla.
“Doscientas cincuenta monedas de plata al mes. Y eso solo porque me caes bien, chico.”
Dorian y Estelle arquearon las cejas casi al mismo tiempo.
“Kael… el precio es realmente…” comenzó Dorian, frunciendo el ceño.
Pero Kael levantó inmediatamente la mano, interrumpiéndolo con suavidad pero con firmeza.
Kael sonrió amablemente, sin bajar la mano que tenía levantada, e inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y si limpiáramos el lugar? —preguntó con calma—. ¿Y si estuviera limpio y siempre tuvieras comidas caseras?
Levantando la botella, sirvió otra a Barnabas sin prisa, y el fino chorro volvió a llenar el vaso de chupito.
“Eso es lo mismo que contratar a un cocinero y una limpiadora personales…”, continuó, como si estuviera razonando en voz alta. “Incluso a la mitad de la tarifa estándar por su trabajo, podrías ahorrarte unos cincuenta de plata del alquiler…”.
Alzando su copa, Bernabé se echó a reír de inmediato y dijo: "¿Por qué iba a pagar por cosas que no necesito? Estoy perfectamente bien así".
Kael no rebatió, como si ni siquiera hubiera oído la objeción, solo se encogió de hombros levemente y continuó con el mismo tono tranquilo: "Y también podría ofrecerle algo que nadie más en la Capital puede..."
Bernabé arqueó una ceja y le dirigió una mirada de reojo.
¿Qué clase de provocación infantil es esa?
Kael respondió de inmediato, sin dejar que la pausa se prolongara: "Ya te lo dije: mi familia tiene un restaurante".
Por un instante, sostuvo la mirada del anciano y luego añadió, como de pasada: «También tenemos muchas recetas de licores y vinos. Recetas que vienen directamente de más allá de las Montañas del Dragón Central, recetas que nadie en la Capital posee».
Las palabras fueron pronunciadas con calma, pero el efecto fue inmediato.
Los ojos de Barnabas parecieron brillar, se inclinó ligeramente hacia adelante y, sin darse cuenta, se lamió los labios, mirando ahora a Kael de una manera muy diferente.
Al percatarse de esto, Kael entrecerró los ojos, inclinándose ligeramente hacia el mostrador.
—Quién sabe… —añadió en voz baja—. Quizás podríamos reabrir esta taberna y empezar a vender alcohol que la capital jamás haya visto…
Tamborileó suavemente con los dedos sobre la madera del mostrador, sin apartar la vista de él.
“Puede que no se te dé bien gestionar un negocio, pero si nos mudamos contigo, no estarás solo.”
Y en el instante en que Kael expresó ese pensamiento, comprendió su atractivo. Al principio, lo había dicho solo para ganarse al anciano. Pero ahora…
“No es mala idea… Conozco muchas recetas de todo el Mundo Mortal…” murmuró Kael para sí mismo.
Barnabas levantó su vaso, echó un vistazo rápido al líquido y se lo bebió de un trago, sin siquiera tocarlo con la lengua. Ni siquiera había dejado el vaso vacío sobre la barra cuando Kael volvió a servir, sin darle tiempo a detenerse.
El anciano exhaló ruidosamente, pasándose la lengua por los labios, y otra emoción comenzó a aflorar en sus ojos: no solo la alegría de un borracho, sino algo vivo, agudo.
Era como si algo se hubiera removido en su interior.
—Si el «Borracho Alegre» volviera a la vida… —murmuró, mirando ligeramente hacia otro lado, como si no mirara al salón sino a algún lugar más profundo—. Y volviera a recibir huéspedes… Ella estaría encantada…
Por un instante, su voz se suavizó, casi serena.
Kael lo captó de inmediato.
Inclinándose ligeramente hacia adelante, habló ahora en voz más baja, pero con mayor deliberación, como si estuviera dirigiendo sus pensamientos en la dirección correcta.
“Piénsalo, viejo… Limpieza, comodidad, comida casera, nuevas recetas de licores…”, tamborileó con un dedo sobre el mostrador, marcando el ritmo de sus palabras. “E incluso el resurgimiento de la taberna”.
Hizo una pausa, asimilando las palabras, y añadió: «Por supuesto, si tenemos éxito, usted recibirá la mayor parte de los ingresos. Podrá ganar mucho más de lo que perderá al ofrecernos un descuento…»
Con esas palabras, recogió él mismo el proyectil de Barnabas y se lo tendió.
El anciano no lo tomó de inmediato, deteniéndose un segundo como si ya no estuviera allí, absorto en sus pensamientos. Luego, lentamente, lo rodeó con los dedos y esbozó una leve sonrisa.
—De acuerdo… —dijo arrastrando las palabras, balanceándose ligeramente—. Doscientas monedas de plata. Ni una moneda menos.
Entrecerró los ojos, volviendo a fijar la mirada en Kael, con una dureza que volvió a asomar en su mirada.
“Pero si me has engañado… y tus promesas resultan ser mentiras, ¡te echaré a la calle enseguida!”
Kael se animó al instante, como si eso fuera exactamente lo que había estado esperando.
—¡Trato hecho! —exclamó, extendiendo la mano.
Bernabé resopló, pero sin dudarlo lo estrechó con firmeza, con la fuerza de un anciano.
"Trato…"
Sin embargo, un instante después, notó que Kael no tenía prisa por aflojar el agarre. Los dedos del joven permanecían firmemente cerrados alrededor de su mano.
El anciano entrecerró los ojos, a punto de decir algo, pero no tuvo la oportunidad.
“Y también necesitaremos un mes de retraso en el pago”, añadió Kael con calma.
—¡Qué descaro tienes! —ladró Barnabas, sacudiendo la mano con tanta brusquedad que parte del alcohol del chupito que tenía en la otra mano salpicó la encimera.
Pero Kael seguía sin soltarlo.
Inclinándose ligeramente hacia adelante, habló con el mismo tono tranquilo, pero ahora con un matiz más severo: «Vendí todo lo que tenía para comprar este licor. Si quisiera estafarte, no estaría actuando con tanta sinceridad».
Mantuvo la mirada fija en el anciano por un instante, sin permitirle apartarla.
—¿No fuiste tú quien dijo que estábamos atados por el destino? —añadió en voz baja—. ¿Acaso las palabras del borracho más grande del Imperio valen menos que un mísero anticipo de doscientas monedas de plata?
Bernabé hizo una mueca, estremeciendo la comisura de sus labios, apenas disimulando su irritación.
Observó a Kael un instante más de lo necesario, como si estuviera sopesando no su decisión, sino a Kael mismo.
“¡Maldita sea… Eres un estafador aún mayor que yo!”, gritó finalmente. “¡Tomaste mi sinceridad y la usaste en mi contra!”
Pero al segundo siguiente, el anciano soltó una carcajada tan fuerte que incluso sus hombros se sacudieron.
“¡El alma realmente moldea el carácter de una persona!”, exclamó, apretando la mano de Kael con más fuerza y sacudiéndola varias veces.
Toda la tensión pareció desvanecerse en un instante.
—De acuerdo… —dijo arrastrando las palabras, aún con una sonrisa burlona—. Me gustas, así que confiaré en ti.
Al sentir que Kael finalmente le soltaba la mano, Barnabas hizo una mueca de autocrítica mientras se frotaba los dedos.
“Firmaremos el contrato mañana. Estoy tan borracho que ni siquiera puedo firmar…”
Volvió a reír, esta vez más fuerte, abriendo los brazos de par en par.
—¡Bienvenido a tu nuevo hogar! —gritó—. Pero si dentro de un mes no tengo doscientas monedas de plata más en el bolsillo, ¡te echaré igual de rápido!
Kael solo dejó escapar un suspiro de alivio y asintió agradecido.
—No te preocupes, viejo. El dinero llegará. —Al mismo tiempo, Kael esbozó una sonrisa pícara y añadió con una mueca maliciosa—: Quién sabe, tal vez gracias a mí seas famoso por algo más que solo hablar.
Barnabas le lanzó una mirada irritada, pero inmediatamente soltó una carcajada y respondió: "No te falta confianza, cachorro".
Detrás de ellos, Dorian y Estelle intercambiaron miradas, sin poder creer del todo que todo hubiera salido tan bien.
Dorian incluso se animó y dio un paso al frente. Mirando más detenidamente alrededor del pasillo, preguntó con entusiasmo: "¿Puedo empezar a limpiar ahora?".
Bernabé arqueó una ceja de inmediato, como si hubiera oído algo absurdo.
—¡Claro que no! —gritó—. Viniste a beber, ¡así que vamos a beber! Puedes ocuparte de tus tareas mañana.
Entrecerró los ojos con una mirada astuta hacia Kael, y las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba.
—Sírvete, Kael. Vamos a beber hasta la mañana. Unos cuantos chupitos no bastarán…

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Engañé a un Dios (Novela)
Capítulo 66
Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 65
Estás leyendo el capítulo 65 de Engañé a un Dios (Novela), un novela. Born with a soul mutation desired even by the Gods — perfect memory. Kael could recall every word, every book… yet not a single drop of mana. Mockery, beatings, a ruined family — and a desperate deal with the God of… Este capítulo tiene publicado el 12 de agosto de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Engañé a un Dios (Novela) tiene 84 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.