Leer Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 55 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Las calles de Lasthold bullían de noticias.
Los rumores sobre los forasteros persistían desde hacía varios días; se comentaban en tabernas, mercados e incluso talleres. La ciudad, acostumbrada desde hacía tiempo a un ritmo de vida constante y predecible, parecía haber despertado de golpe. Ahora, cada transeúnte sentía la obligación de contar lo que había oído, añadir sus propias especulaciones o expresar sus inquietudes.
En el centro de la ciudad, en un cruce de caminos, dos ancianos con túnicas grises observaban un edificio de dos plantas con tejado de tejas rojas. Una larga fila se extendía hacia la entrada. La gente se agolpaba hombro con hombro, y la fila desaparecía al doblar la esquina del edificio.
De vez en cuando, hombres y mujeres pálidos salían del edificio; algunos con una expresión de alivio en el rostro, otros con aspecto preocupado.
Los ancianos cruzaron los brazos sobre el pecho, sin hacer ningún intento por acercarse. El silencio entre ellos solo se rompía por el sonido de la nieve derretida que goteaba de los tejados y el murmullo de los transeúntes.
El primer anciano, con su escaso cabello lila ya salpicado de canas, hizo una mueca y murmuró en voz baja:
“Nos interrogan como si fuéramos sus subordinados… ¿Por qué el Consejo de Ancianos permite que esto suceda?”
El segundo, de complexión robusta, cabello ceniciento y mirada pesada, suspiró con cansancio.
—Conoces perfectamente el motivo —respondió—. Teniendo en cuenta la fuerza de los forasteros… no podemos permitirnos el lujo de ser orgullosos.
Se quedó en silencio un instante, observando cómo otro joven salía del edificio sonriendo mientras se secaba el sudor de la cara.
“Lo que más me preocupa es que estén revisando las listas y los registros de todos nuestros aprendices, incluso de algunos de los maestros más jóvenes.”
El anciano de cabello lila giró bruscamente la cabeza hacia él.
—No voy a dejar que se lleven a mi nieto —siseó con rabia—. No lo eduqué ni lo crié para que unos desconocidos se lo llevaran.
Aunque el segundo anciano se mantuvo sereno, era evidente que tampoco le gustaba lo que estaba sucediendo. Su labio superior se crispó de irritación, pero conteniéndose, respondió:
“Gilmesh tiene casi veinte años. Quizás se salve…”
No solo los ancianos estaban indignados. Conversaciones similares resonaban a su alrededor.
Lasthold, antaño unida en su aislamiento, ahora estaba dividida.
“¿Quieren ‘educarlos’? ¡Claro que sí!”, exclamó alguien enfadado desde una tienda cercana. “¡Eso no es educación, es secuestro!”.
“¡Así es!”, asintió alguien entre la multitud. “Hoy es ‘educación’, ¡y mañana dirán que nuestros hijos decidieron quedarse por voluntad propia!”.
A un lado, un hombre con el rostro enrojecido por el viento murmuró entre dientes apretados:
“¿Cómo vamos a entregarles a nuestros hijos? ¡Ni siquiera sabemos adónde se los llevarán! ¿Y si es una trampa? ¿Y si nadie regresa jamás?”
Pero, para sorpresa de muchos, otras voces también comenzaron a alzarse.
Un joven que estaba apoyado contra la pared de una tienda, escuchando la discusión, resopló y dijo en voz alta:
“Los viejos no pueden comprender las ambiciones de los jóvenes. Si los forasteros vienen de tierras que rivalizan con los antiguos imperios, ¡entonces esta es una gran oportunidad! ¡Un regreso a nuestras raíces!”
Sus palabras desataron instantáneamente una ola de indignación.
—¿Una oportunidad? —preguntó alguien bruscamente—. ¿Para quién? ¡Tal vez para ti! ¿Pensaste en sus padres?
—¡Simplemente le tienes miedo a todo lo nuevo! —replicó el joven.
La discusión rápidamente se convirtió en una acalorada discusión a gritos, y varias personas ya se habían adelantado con los puños cerrados cuando los guardias intervinieron. Un hombre corpulento invocó su poder mágico y ladró con severidad:
¡Basta ya! ¡Una palabra más y serás multado por perturbar el orden público!
En medio del murmullo de descontento, la multitud se fue calmando poco a poco. La gente guardó silencio, aunque seguían observando la fila con nerviosismo. Cada uno había venido a apoyar a alguien cercano.
Estos enfrentamientos ocurrían a diario. Algunos ya se habían acostumbrado a la nueva realidad, como si se tratara de una prueba más que soportar.
Cuando finalmente cesó el ruido y los guardias se apartaron, varias figuras discretas se movían silenciosamente entre la multitud. Sin llamar la atención, tomaban notas breves en pequeñas libretas.
Uno de ellos —un hombre de aspecto sencillo con una chaqueta desgastada— cerró su libreta y asintió levemente para sí mismo. Su mirada se desvió hacia los dos ancianos con túnicas grises que se habían estado quejando antes.
«Maestros herreros… influyentes dentro de su gremio», pensó para sí mismo. «Podrían convertirse en aliados útiles en el futuro…»
Con ese pensamiento, el hombre se desvaneció silenciosamente entre el flujo de transeúntes.
Eran miembros de la Hermandad de los Renegados y, por orden de la Rata Negra, ya se estaban preparando para el futuro que se acercaba rápidamente a Lasthold.
✦ ✦ ✦
En ese momento, mientras el bullicio de los habitantes del pueblo aún no había cesado, dentro del edificio de dos plantas reinaba una atmósfera muy diferente.
La fila se extendía a lo largo del amplio pasillo hasta las enormes puertas de madera roja, tras las cuales, como todos sabían, se encontraban los representantes del Imperio del Dragón de Sangre y los traductores del Salón de la Investigación Antigua. Las puertas estaban cerradas, pero de vez en cuando se oían voces amortiguadas desde detrás de ellas.
Nadie hablaba.
La gente permanecía en silencio, casi inmóvil, como si temiera que una palabra descuidada pudiera atraer una atención indeseada. Solo la tos ocasional y el roce de los zapatos sobre el suelo de piedra rompían el opresivo silencio.
Kael estaba justo al frente de la fila.
Su rostro conservaba su expresión habitual, ligeramente inexpresiva, que muchos confundieron con frialdad o irritación.
«No pensé que también llamarían a Violet», se recordó a sí mismo. «Ya sé mi veredicto y estoy preparado para él. Pero Violet…»
En ese momento sintió un ligero toque en el hombro.
Kael se giró lentamente.
Detrás de él se encontraba un joven bajito que aparentaba unos veinte años. A pesar de su modesta estatura, su cuerpo lucía inusualmente robusto y musculoso, como si hubiera estado cargando pesados sacos desde niño. Su cabello lila oscuro se erizaba en todas direcciones como púas rígidas, dándole un aspecto ligeramente salvaje.
Su mirada era severa, pero había un brillo amistoso en sus ojos.
Kael frunció levemente el ceño.
“¿Quién es este? Había alguien más detrás de mí…”
El joven sonrió ampliamente, como si no hubiera ni una fila tensa ni extraños imperiales detrás de las puertas.
—Oye, hermano, tengo prisa —dijo en voz baja, inclinándose un poco más cerca—. ¿Quieres que cambiemos de sitio?
Luego, con un guiño, añadió con una leve sonrisa: "Te daré unas monedas. Al fin y al cabo, soy un hombre honrado".
Kael se limitó a arquear una ceja, dejando que su mirada lo recorriera a modo de evaluación.
“Lo siento, pero tendré que…”
No terminó.
La enorme puerta de madera roja se abrió de golpe, haciendo que todos los que estaban en la fila se sobresaltaran ligeramente. Violet salió del umbral.
Sus ojos se encontraron con los de Kael.
Enseguida notó que estaba demasiado pálida; no la palidez leve habitual, sino una palidez enfermiza, como si hubiera perdido fuerzas en los últimos minutos. Tenía los labios apretados y la tensión se reflejaba en sus ojos.
Ella no se acercó.
Ella solo le dedicó un breve asentimiento y, tratando de mantener la voz firme, dijo: «Te esperaré en la entrada. Buena suerte…»
Dicho esto, se dio la vuelta y caminó por el pasillo sin mirar atrás, con una expresión sombría en el rostro.
Kael entrecerró los ojos, observándola marcharse.
“Esto no me gusta… Espero que no hayan elegido a Violeta…”
Un dolor punzante y desagradable le atravesó el pecho, pero no tuvo tiempo de pensar más.
Un hombre bajito y barrigón, con la frente sudorosa y expresión cansada, apareció tras la puerta. Llevaba un fajo de notas en las manos y, mirando hacia el pasillo, dijo casi con tono de disculpa: «Kael, es tu turno…»
Su voz sonaba como si estuviera pidiendo disculpas.
Kael asintió con calma, se arregló brevemente la ropa y, al dar un paso al frente, dijo en voz baja:
“Maestro Kunfil, no hay necesidad de culparse. Ninguno de nosotros tiene elección.”
El hombre de barriga prominente se estremeció ante sus palabras y desvió la mirada, como si esa simple frase solo hubiera intensificado su sentimiento de culpa. Era miembro del Salón de la Investigación Antigua, y por lo tanto, él y Kael se conocían indirectamente: se habían cruzado en los archivos e intercambiado breves comentarios sobre textos antiguos. Ahora, los miembros del Salón se encontraban en el papel de intermediarios entre el Imperio del Dragón de Sangre y los ciudadanos de Lasthold, traduciendo entre ambos idiomas.
Había varios puestos de evaluación juvenil de este tipo por toda la ciudad. Pero este era considerado el más prestigioso.
Allí invitaban a los jóvenes más talentosos, aquellos cuyos nombres ya eran conocidos en los gremios, las escuelas o entre los ancianos.
En cuanto Kael cruzó el umbral, se abrió ante él un pequeño salón con columnas de madera decoradas con tallas que recordaban vagamente a nubes.
El aire estaba impregnado del aroma del incienso quemado; finas volutas de humo se elevaban perezosamente, cruzando los rayos del sol naciente que entraban por una ventana del techo. La luz incidía directamente en el centro de la habitación, iluminando la larga mesa que se encontraba en el medio.
Tres personas estaban sentadas en esa mesa.
En el instante en que Kael vio al anciano en el centro, inclinó ligeramente la cabeza y pensó para sí mismo: "Es el mismo anciano... el anciano Cornelio".
El maestro Kunfil cerró las puertas, luego se apresuró a rodear la mesa y se colocó ligeramente detrás de Kael, con la clara intención de hacer una presentación formal. Ya había abierto la boca para hablar cuando el anciano que estaba en el centro lo interrumpió con un gesto de la mano.
Cornelius entrecerró ligeramente los ojos.
Sus ojos rojos, con pupilas estrechas, casi reptilianas, brillaban con un interés genuino, como si ante él no se encontrara simplemente un joven, sino un hallazgo excepcional.
Entonces, en el idioma del Imperio del Dragón de Sangre, dijo lenta y claramente: "¿Me entiendes, niño? ¿No es así?"
Kael no levantó la cabeza de inmediato.
Sus párpados apenas se entrecerraron. La pregunta no lo sorprendió. Antes, él y el magistrado Duran ya habían discutido la mejor manera de presentar su historia: lo suficientemente interesante como para despertar interés, pero no tan excepcional como para generar sospechas.
Los ajenos a su círculo ya sabían que era un genio en el estudio de las lenguas y un mago bastante talentoso.
Kael levantó lentamente la cabeza y, manteniendo un tono respetuoso mientras rompía deliberadamente la estructura de sus frases y hacía que su habla sonara un poco más áspera, respondió en su idioma:
“Mi respeto a los ancianos. Entiendo poco, pero comprendo el sentido de la conversación.”
Pronunció su discurso de forma grosera y las terminaciones fueron imprecisas a propósito.
Pero incluso eso fue suficiente.
Una sonrisa de satisfacción se dibujó de inmediato en el rostro de Cornelius. Un vivaz interés brilló en sus ojos, como si un valioso descubrimiento se hubiera presentado ante él.
“¡Magnífico!”, dijo con evidente entusiasmo.
Entonces, sin apartar la mirada de Kael, hizo un gesto con la mano hacia el Maestro Kunfil.
“Déjanos.”
Kunfil se estremeció.
Aunque no dominaba a la perfección el idioma del Imperio del Dragón de Sangre, la orden era demasiado simple como para malinterpretarla. Dudó un instante, sintiendo una desagradable sensación en su interior, como si estuviera a punto de traicionar a Kael.
Pero Kael giró la cabeza y dijo con calma: «Está bien. Puedo encargarme yo solo».
Kunfil apretó los labios.
—Lo siento… —dijo en voz baja.
Con esas palabras, se dirigió hacia la salida, sintiendo una opresión en el pecho y pensando para sí mismo: «Se llevarán a Kael. No hay duda… Qué gran pérdida para nuestro Salón…»
En cuanto la puerta se cerró suavemente tras él, el pasillo quedó en silencio.
Cornelius observó a Kael en silencio durante un rato, como si evaluara no solo sus palabras, sino también su postura, su respiración y sus sutiles movimientos.
Entonces dijo con calma: “Acércate. Muestra tu mana”.
Kael asintió respetuosamente, aceptando la orden sin dudarlo.
Al acercarse a la mesa, lanzó una breve mirada a las dos figuras sentadas a ambos lados de Cornelio. A la derecha se sentaba un hombre bastante joven, de pelo corto y pelirrojo, y rasgos afilados. A la izquierda, una mujer de unos cuarenta años, con el cabello blanco como la nieve recogido en un moño pulcro. Su postura era impecable y su mirada, fría y calculadora.
Pero la atención de Kael se centró en sus ojos.
“Comparten un linaje común”, pensó para sí mismo.
Sus pupilas eran estrechas, ligeramente alargadas, no del todo humanas. Incluso en reposo, reflejaban una mirada depredadora.
“Sus ojos son diferentes a los de los humanos comunes… Me pregunto por qué.”
Con ese pensamiento se detuvo a unos pasos de la mesa y, extendiendo el brazo hacia adelante, abrió la palma de la mano.
Su maná respondió de inmediato.
Una bruma gris comenzó a acumularse sobre su piel, arremolinándose lentamente como si tuviera vida propia. Las corrientes se entrelazaban suave y fluidamente, y su reflejo brillaba en los ojos de los tres observadores.
Cornelius arqueó las cejas con interés.
“Bueno… ¿qué tenemos aquí?”, murmuró.
Su mirada se hizo más profunda, más intensa.
Al principio estudió el maná en sí, analizando su estructura, densidad y pureza. Luego, su mirada se dirigió lentamente al cuerpo de Kael.
En ese instante, Kael tuvo la extraña sensación de que el anciano lo miraba fijamente a través de la piel, a través de la carne y la sangre, evaluando los cimientos mismos de su poder mágico.
Bajo esa mirada penetrante, Kael se sintió incómodo.
“¿Evaluar mi base sin siquiera tocarme?”, pensó para sí mismo. “Eso requeriría una percepción aterradora…”.
Un tenso silencio se apoderó de la sala.
Tras varios segundos, Cornelius asintió con aprobación.
—Por lo que puedo ver, tu alma es bastante singular —dijo con calma—. Es extraordinario que en un espacio tan reducido hayas logrado desarrollar una red completa de canales de maná.
Las palabras no contenían halagos, pero sí una clara aprobación, incluso elogios.
Kael, sin embargo, frunció ligeramente el ceño y, deliberadamente interrumpiendo su discurso, preguntó: "¿El tipo... de mi alma?"
Ante esas palabras, el pelirrojo dejó escapar un leve bufido despectivo, como si estuviera mirando a un provinciano. Su mirada denotaba una pizca de superioridad condescendiente.
Pero Cornelius le lanzó una mirada penetrante. El anciano ni siquiera alzó la voz; una sola mirada bastó.
El hombre pelirrojo se enderezó al instante como una cuerda tensa, y un leve rubor apareció en su rostro. La burla se desvaneció tan rápido como había surgido.
Cornelius volvió a dirigir su atención a Kael y dijo con calma: "Ya lo sabrás... más tarde".
Hizo una breve pausa, dejando que las palabras se asimilaran.
“El Imperio del Dragón de Sangre tiene grandes esperanzas puestas en ti, Kael.”
Ante esas palabras, Kael fingió confusión de inmediato. Sus hombros se tensaron ligeramente y su mirada vaciló como si no hubiera previsto tal giro. Con cierta torpeza, eligiendo cuidadosamente sus palabras, respondió:
“¿Qué… quiere decir el anciano con eso?”
La mujer de cabello blanco soltó inmediatamente una risita suave, cubriéndose la boca con la mano.
—Te dije que este viaje te había envejecido muchísimo —bromeó, aludiendo claramente al desliz de Kael.
Cornelius simplemente sonrió, sin darle importancia al error.
“Incluso sin haber recibido instrucción previa, ya puedes comunicarte con nosotros”, dijo con voz serena. “Tu habilidad podría resultar indispensable para ayudar a los demás jóvenes talentosos de Lasthold”.
Con esas palabras extendió la mano y tomó el antebrazo de Kael.
El agarre no era doloroso, sino firme: un gesto de confianza y autoridad. Un leve calor emanaba de su palma, como si su temperatura corporal fuera ligeramente superior a la normal.
—Ya veo que puedo confiar en ti —dijo Cornelius con seriedad—. Sirve al Imperio y te recompensará generosamente. Obtendrás un poder y una autoridad que jamás hubieras imaginado en Lasthold.
Aunque Kael parecía confundido por fuera, sus pensamientos eran perfectamente claros: "Todo está saliendo según lo planeado".
Inclinó lentamente la cabeza en una profunda reverencia, mostrando respeto, y, sin dejar de hablar entrecortadamente, dijo: «No entiendo mucho. Pero ayudar a Lasthold es mi deber».
Cornelius rió en voz baja, con una calidez condescendiente en su voz.
—Lasthold ya forma parte del Imperio del Dragón de Sangre —comentó con calma—. Así que ahora tu deber se extiende un poco más allá.
La mujer de cabello blanco asintió con aprobación.
“No temas, muchacho. Pronto te darás cuenta de que se han abierto ante ti muchas más oportunidades de las que jamás hubieras imaginado.”
Inclinó ligeramente la cabeza y añadió como de pasada:
“Ya hemos estudiado todos los registros sobre usted. Así que no tiene sentido interrogarlo. Lo hemos citado simplemente para reunirnos con usted.”
Cornelius asintió de nuevo, sin soltar el antebrazo de Kael.
—Créeme, sé lo que es irse de casa —dijo, con un tono inesperadamente más suave—. Pasa la próxima semana con tu familia. No los verás en mucho tiempo.
Las palabras no contenían ninguna amenaza, pero fueron pronunciadas con una certeza que no dejaba lugar a dudas.
Luego soltó el brazo de Kael y se incorporó, recuperando su postura digna.
—Que quede claro —dijo solemnemente— que desde este momento eres elegido por el Imperio y te encuentras bajo la protección del Dios de la Sangre y la Guerra. Depositamos grandes esperanzas en ti, Kael.
Su mirada se volvió fija.
Luego, en voz más baja, casi confidencial, añadió: "Y personalmente tengo grandes esperanzas puestas en ti...".
Kael hizo una profunda reverencia una vez más, dejando que sus hombros temblaran ligeramente, como si el peso de lo que había oído hubiera caído repentinamente sobre él. Luego, sin alzar la vista, se giró y se dirigió rápidamente hacia la salida, como si deseara abandonar aquel lugar cuanto antes. Había prisa en sus movimientos, casi una huida, justo lo que debían ver.
La puerta crujió suavemente al abrirla y desapareció por el pasillo.
En cuanto se cerró la puerta, un breve silencio se apoderó del pasillo.
Cornelius se recostó en su silla y, sin apartar la vista de la puerta cerrada, dijo: "¿Qué piensas, Yukina?".
La mujer de cabello blanco inclinó ligeramente la cabeza, pensativa.
—Hay algo en él —respondió ella con calma—. Para ser de un lugar tan remoto, es bastante impresionante… aunque un poco cobarde.
Cornelius sonrió con sorna, y las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente.
“No han visto a otras personas en quinientos años. Es comprensible el chico.”
Desde un lado se oyó la voz segura y severa del joven pelirrojo:
“No hay nada de qué preocuparse. Los reeducaremos a todos. Y se convertirán en magos ejemplares de nuestro Imperio.”
No había duda en sus palabras, solo convicción absoluta.
En ese momento la puerta se abrió de nuevo.
El maestro Kunfil regresó al salón, visiblemente nervioso, y condujo al mismo joven bajito de cabello lila oscuro que recientemente había intentado colarse delante de Kael en la fila.
El joven entró con la espalda recta y una mirada penetrante que no reflejaba ni miedo ni confusión. A diferencia de Kael, parecía no darle importancia a lo que sucedía y simplemente deseaba terminar con ello cuanto antes.
✦ ✦ ✦
En ese preciso instante, Kael ya bajaba las escaleras que conducían a la salida del edificio, manteniendo la misma expresión impasible en su rostro. Solo cuando estuvo fuera de la vista de los extraños se permitió respirar hondo y concentrarse en los siguientes pasos.
“Menos mal que Kris no logró demostrar su potencial. Si la hubieran seleccionado también… nuestros padres no lo habrían soportado.”
El pensamiento era frío y calculador, pero tras él se escondía una preocupación genuina. Por un instante, el recuerdo de la noche anterior le vino a la mente: la tenue luz de la lámpara, los rostros tensos de sus padres, su explicación tranquila, casi indiferente, de que probablemente tendría que irse con los extraños.
Decir que mis padres estaban asustados sería quedarse corto…
Su padre había permanecido en silencio durante un buen rato, y su madre había intentado mantener la compostura, aunque le temblaban las manos. Aun así, comprendían que no había nada que pudieran controlar. Lo único que les quedaba era confiar en las palabras de su hijo: que todo saldría bien.
Con estos pensamientos en mente, Kael abrió la puerta y salió.
El aire frío le golpeó la cara, devolviéndolo por completo a la realidad. Casi de inmediato, Violet lo miró. Ella estaba un poco apartada de los escalones, fingiendo observar a los transeúntes, aunque en realidad había estado mirando la puerta todo el tiempo.
“Todavía está nerviosa…”, pensó para sí mismo mientras descendía rápidamente hacia ella.
Sin darle la oportunidad de hablar primero, levantó ligeramente una ceja y, volviendo a su habitual tono formal, medio en broma, dijo:
“¿Cómo está, Maestro Violeta? ¿Qué le dijeron los forasteros?”
Tras lo sucedido con Zeiran, Violet le había pedido a Kael que se dirigiera a ella de forma informal. Ahora, él solo usaba el título de "maestra" para burlarse de ella.
Ella esbozó una sonrisa torcida, aunque carecía de la ligereza de antes.
—Gracias a ti, mi fuerza ha aumentado notablemente —respondió, cruzando los brazos sobre el pecho—. ¿Quién iba a pensar que esto nos llevaría a algo así…?
En su voz se percibía una mezcla de ironía y ansiedad subyacente.
Intuyendo ya el resultado de su interrogatorio, Kael abandonó de inmediato la formalidad juguetona y preguntó en voz baja: "¿También te eligieron a ti?".
Violet asintió.
Queriendo aliviar aunque sea un poco la tensión que existía entre ellos, Kael puso una expresión exageradamente melancólica y suspiró profundamente.
“Y yo que esperaba que no se llevaran a mujeres adultas como tú…”
Violet se quedó paralizada un instante, y luego, sin dudarlo, le dio un golpe en la cabeza con los nudillos.
“¡Oye! ¡Solo tengo veintiún años!”
Se frotó la frente de forma teatral, fingiendo sufrir, y la miró con falso reproche.
Un breve silencio se instaló entre ellos, de esos en los que ambos intentan mantener la compostura… y fracasan. Casi simultáneamente, sus labios se curvaron en sonrisas torcidas.
Kael negó con la cabeza y dijo con más calma:
“Lamento que las cosas hayan terminado así. Pero, sinceramente… me alegra un poco que vayas a estar ahí.”
Violet miró hacia un lado, como si observara a los transeúntes, y murmuró en voz baja:
“La incertidumbre me asusta. Mucho. Pero sabía que iba a pasar.”
Respiró hondo, ordenando sus pensamientos.
“Y aun así… como investigador de historia antigua, no puedo evitar ver una oportunidad en esto. El Imperio del Dragón de Sangre nos supera claramente en conocimiento y crónicas históricas.”
Entrecerrando ligeramente los ojos, añadió con un leve tono burlón:
“Teniendo en cuenta tu extraña suerte, podrías convertirte en un talismán que aleja la desgracia. Así que te mantendré cerca.”
Kael suspiró suavemente.
“Diría que soy yo quien atrae esa desgracia…”
Pero en voz alta dijo algo más:
¿Te gustaría venir a visitarnos? Si mamá y Kris se enteran de que también te van a llevar, tal vez se sientan un poco mejor.
Violet asintió sin dudarlo y, comenzando a caminar a su lado, respondió:
“Con mucho gusto. Definitivamente no trabajaré hoy… y prometí visitarte hace mucho tiempo.”
Juntos se dirigieron calle abajo, desapareciendo entre el familiar murmullo de Lasthold. A pesar de la inquietud que sentían y el miedo a lo desconocido, sus pasos eran firmes.
Incluso antes de hablar con personas ajenas al caso, ninguno de los dos tenía muchas dudas sobre el resultado.
Solo quedaba aceptar la nueva realidad y aprender a desenvolverse en ella.
✦ ✦ ✦
En ese preciso instante, mientras Kael y Violet desaparecían al doblar la esquina de la calle, una atmósfera muy diferente se cernía en las profundidades de las bóvedas de piedra de Lasthold.
La prisión subterránea era húmeda y fría. Gotas de agua caían lentamente del techo, golpeando el suelo de piedra con un eco sordo. El olor a humedad estancada y hierro flotaba en el aire como una espesa cortina.
Durimar y Vulnar estaban de pie frente a la puerta abierta de una de las celdas de élite.
En el interior, sobre el suelo de piedra, yacía el cuerpo mutilado de Zeiran, cubierto de sangre seca.
La escena era espantosa, demasiado espantosa incluso para ellos, que habían visto mucho en su vida. Ambos ancianos permanecieron en silencio durante varios segundos, contemplando lo que quedaba del hombre que una vez había sido su compañero.
Vulnar frunció el ceño, apretando la mandíbula.
“¿Cómo pudo pasar esto…?”, dijo en voz baja. “¿Cómo se hizo esto a sí mismo?”
En su voz no solo había confusión, sino también una leve irritación, como si lo sucedido simplemente se negara a encajar en el orden habitual de las cosas.
Durimar permanecía inmóvil, con las manos entrelazadas a la espalda. Su mirada era profunda y atenta.
—No encontré rastros extraños —murmuró—. Ninguna interferencia de maná. Ningún veneno en la sangre. El cuerpo no presenta signos de influencia externa.
Hizo una pausa, exhalando lentamente.
“Y sin embargo… me cuesta creer que Zeiran se haya hecho esto a sí mismo.”
Vulnar negó con la cabeza.
“Primero los forasteros. Ahora esto…”, apretó los puños. “Se avecinan tiempos difíciles.”
Sus palabras resonaron apagadas en los muros de piedra.
Durimar siguió mirando el cuerpo y dijo pensativo: "La muerte de Zeiran debe permanecer oculta por el momento".
Dirigió su mirada hacia Vulnar.
“Si esto se supiera ahora, empezarían a circular rumores. Dirían que aprovechamos el caos para eliminarlo. La gente de Lasthold ya está nerviosa; no podemos asustarlos más.”
Vulnar asintió a regañadientes.
“Esperaremos a que los forasteros abandonen la ciudad. Entonces investigaremos el asunto con calma.”
Pero Durimar negó lentamente con la cabeza.
“Me temo que pronto será inútil.”
Apartó la mirada y, por primera vez, el cansancio —casi la desesperanza— se reflejó en su voz.
“¿Cómo se supone que vamos a tranquilizar a la gente? ¿Cómo los preparamos para lo que se avecina?”
Otra gota de agua cayó del techo y se estrelló contra el suelo de piedra.
Ambos ancianos estaban desconcertados, al igual que todo Lasthold.

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Engañé a un Dios (Novela)
Capítulo 56
Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 55
Estás leyendo el capítulo 55 de Engañé a un Dios (Novela), un novela. Born with a soul mutation desired even by the Gods — perfect memory. Kael could recall every word, every book… yet not a single drop of mana. Mockery, beatings, a ruined family — and a desperate deal with the God of… Este capítulo tiene publicado el 30 de marzo de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Engañé a un Dios (Novela) tiene 84 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.