Leer Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 54 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Los rayos del sol naciente apenas comenzaban a filtrarse a través de los altos vitrales, pintando el espacioso Salón de los Magos con suaves franjas doradas y carmesí. El polvo flotaba perezosamente en el aire, y las columnas de piedra se calentaban lentamente.
Pero no había paz.
La magistrada Priscilla estaba sentada en su escritorio, con la espalda un poco más recta de lo necesario, tamborileando nerviosamente con la uña sobre la madera oscura. El sonido era tenue, pero en el silencio del salón parecía especialmente nítido.
Cerca de allí se encontraban Kael, la Rata Negra y Riada.
El escritorio de Duran seguía vacío.
Últimamente había actuado más como Anciano que como Magister del Salón de la Investigación Antigua, pero aun así seguía viniendo aquí. Este lugar era para él mucho más que un simple lugar de trabajo. Tan solo unas horas antes, le había enviado a Priscilla un breve mensaje pidiéndole que lo esperara allí.
La tensa espera parecía distorsionar su percepción del tiempo. Para ellos, era como si hubieran estado esperando durante días.
Priscilla alzó la mirada hacia los demás, notando la tensión en sus rostros, y dijo en voz baja:
“Duran llega tarde… Espero que todo esté bien…”
Kael, manteniéndose un poco apartado, respondió pensativo: «El objetivo de los forasteros es subyugarnos, no destruirnos. Duran no corre peligro de muerte».
Habló con calma, casi con indiferencia, pero sentía cómo la tensión aumentaba lentamente en su pecho.
“Si optan por un enfoque más conciliador, entonces las negociaciones están en marcha. Y si las negociaciones están en marcha… entonces Lasthold ya no es completamente libre.”
Riada se apartó el pelo verde de la frente y dejó escapar un suspiro de nerviosismo.
“Eso todavía no me tranquiliza…”
Y justo cuando Kael estaba a punto de añadir algo, la pesada puerta del salón tembló levemente.
Las bisagras crujieron, con un sonido sorprendentemente fuerte en el silencio de la mañana.
Priscilla se levantó de su asiento de inmediato, y su silla se arrastró bruscamente hacia atrás. La Rata Negra se movió ligeramente hacia un lado, adoptando instintivamente una posición más ventajosa, mientras Riada se tensaba, apretando los dedos hasta que se le pusieron los nudillos blancos.
La puerta cedió lentamente y una figura familiar apareció en el umbral.
Duran entró y cerró la puerta con cuidado tras de sí, como si intentara aislar del pasillo lo que ocurría fuera. Mantuvo la postura erguida, la mirada severa y concentrada. Pero su rostro… su rostro estaba anormalmente pálido.
Como si hubiera envejecido varios años de la noche a la mañana.
—¿Qué está pasando? —exclamó Priscilla, incapaz de contenerse.
Duran guardó silencio durante varios segundos, como si estuviera eligiendo sus palabras. Luego negó lentamente con la cabeza.
“No estoy seguro de que tengamos alguna posibilidad de resistir…”
Las palabras fueron susurradas, pero provocaron un escalofrío en todos.
Nadie lo interrumpió ni le hizo preguntas; la tensión en la sala era tan palpable que cualquier palabra habría sido superflua.
Sin mirar a nadie, Duran caminó lentamente hacia la vitrina junto a la pared. La abrió, sacó una botella de vino y, sin siquiera intentar buscar una copa, arrancó el corcho de un tirón brusco.
Llevando el cuello de la botella a los labios, dio varios tragos largos seguidos, como si intentara ahogar la amargura de sus palabras. Al tragar, tosió y un poco de vino le resbaló por la barbilla, pero no se molestó en limpiárselo.
Volviéndose hacia los demás, Duran exhaló lentamente y dijo:
“Por lo que entiendo, se hacen llamar el Imperio del Dragón de Sangre. Su fuerza supera con creces la nuestra. Ese hombre calvo con el tatuaje de la serpiente… ni siquiera es el más fuerte de ellos.”
Duran se acercó a la mesa y apoyó la palma de la mano contra ella, como si necesitara ese apoyo.
“Gobiernan sobre varias docenas de ciudades como Lasthold, y cientos de ciudades más pequeñas.”
Sacudió la cabeza, como si aún no pudiera creer sus propias palabras.
“Yo… ni siquiera puedo comprender la magnitud de su poder. Según sus propias afirmaciones, rivaliza con el de los antiguos imperios.”
Al oír esto, todos en la sala sintieron una extraña sensación de vacío, casi física, como si algo en su interior se hubiera roto. Como si la última y tenue esperanza de resistencia o incluso de protesta se hubiera extinguido por completo.
Priscilla se hundió lentamente en su silla. Riada palideció, con la mirada fija en un punto. Incluso el ambiente parecía volverse denso.
La Rata Negra fue la primera en enderezarse. Apretó los dientes, reprimiendo la emoción, y dijo con firmeza:
“Olvídate de los sentimientos. ¿Qué significa esto para Lasthold?”
Kael asintió con gesto sombrío. Había estado pensando lo mismo, aunque en su mente ya estaba imaginando las consecuencias, que iban mucho más allá de lo que se había dicho en voz alta.
Duran dio otro sorbo de vino, esta vez más despacio, como si estuviera ordenando sus pensamientos.
—Por ahora, aún no vemos el alcance total del problema —comenzó, frotándose la frente con cansancio—. Pero una cosa es evidente…
Hizo una breve pausa, y esa pausa solo empeoró las cosas.
«Enviarán a sus magos aquí para establecer el control. Formalmente, para nuestro desarrollo y unificación. En realidad, para que no demos ni un solo paso sin su conocimiento. También construirán un templo a su dios y enseñarán a nuestra gente a adorarlo».
Ante esas palabras, la expresión de Duran cambió. Guardó silencio y miró a Kael, como si dudara en decir el resto.
Kael captó ese momento.
—Supongo que eso no es todo —dijo con calma.
Duran asintió profundamente.
“No. Esto es solo el principio.”
Cerró los ojos por un segundo y luego terminó:
“Antes de poder afianzar su control aquí, tendrán que regresar a su Imperio. Y al marcharse… se llevarán consigo a todos los jóvenes talentosos. Como ellos mismos dicen: ‘Bajo nuestra supervisión, lograrán lo que sería imposible en su ciudad’”.
“¡¿Qué?!” Riada fue la primera en exclamar. Su voz se quebró y apretó los puños. “¡¿Cómo se atreven?!”
La indignación la hizo temblar, y por un instante una verdadera furia estalló en el pasillo.
La Rata Negra dejó escapar un suspiro oscuro, sin alzar la voz:
“Saben perfectamente lo que están haciendo…”
Se cruzó de brazos sobre el pecho y añadió con frialdad:
“Si lo mejor de la generación joven cae en sus manos, la gente de Lasthold no se rebelará. Tendrán nuestro futuro entero en peligro.”
Todos lo entendieron sin necesidad de más explicaciones. Llévense a los niños, tomen la iniciativa. Cualquier movimiento contra el Imperio pondría en peligro a quienes estaban en sus manos.
Pero Kael habló en voz baja, con un tono mucho más grave:
“Ese no es su verdadero objetivo.”
Todas las miradas se posaron en él.
Continuó, eligiendo cuidadosamente sus palabras:
“No se limitarán a llevarse a los niños talentosos. Reformarán a la élite. Les darán poder, conocimiento, estatus… y los enviarán de vuelta. No serán forasteros. Serán de los nuestros, promoviendo las ideas y la fe del Imperio.”
Tras esas palabras, la sala se sintió aún más fría.
Ninguno de ellos siquiera había considerado tal posibilidad. Lasthold había vivido aislado durante quinientos años, olvidando cómo piensan las grandes potencias: hasta dónde planean y hasta dónde están dispuestos a mirar hacia el futuro.
Sin embargo, Kael lo entendió perfectamente.
“Así actuaban los imperios antiguos. Así actúan los estados cuando pretenden gobernar durante siglos.”
Un denso silencio se cernió en el aire, pero después de unos segundos Duran miró a Kael y dijo con gravedad: "Seré honesto, Kael. No sé cómo protegerte".
Desvió la mirada hacia Priscilla y, sacudiendo la cabeza, continuó:
“Los forasteros han solicitado ayuda al Salón de la Investigación Antigua. Quieren que actuemos como traductores. Que les ayudemos a interrogar a los residentes y a los Ancianos. Necesitan información sobre cada joven mago talentoso. Sobre cada habilidad.”
Al oír esto, Kael sintió que todo encajaba, demasiado claro como para ignorarlo. Se mordió el labio inferior con irritación y murmuró en voz baja: «La probabilidad de que nadie me mencione es prácticamente nula».
Duran asintió sin la menor vacilación.
“Ni mucho menos. No hay ninguna posibilidad. Algunos de los Ancianos menores ya han empezado a congraciarse con los forasteros, viendo un beneficio personal en todo esto. Una simple insinuación bastaría para que se ganaran su favor.”
En la voz de Duran no había condena, solo una decepción cansada.
La rata negra levantó la cabeza bruscamente.
“Podemos esconder a Kael. Que lo busquen ellos.”
Pero Kael negó con la cabeza de inmediato.
“Es inútil. Eso solo despertaría más sospechas.”
Guardó silencio por un instante y luego añadió con mayor seriedad: «Y una vez que los forasteros envíen a sus magos aquí, estaré atrapado. No puedo esconderme el resto de mi vida. Y mi familia podría sufrir de nuevo».
Priscilla frunció el ceño y sugirió con cautela: «Si nuestra gente actúa como traductores e intermediarios, podemos ordenarles simplemente que te omitan. Que no incluyan tu nombre en las listas».
Kael la miró con calma, pero con firmeza.
“Si tan solo una persona comete un error, levantará serias sospechas. Y una vez que empiecen a revisar listas y comparar información… la situación solo empeorará.”
Desvió la mirada hacia Duran, luego hacia los demás, y añadió sin dudarlo:
“En esta situación, huir no va a solucionar nada. Quizás sea mejor que les siga el juego.”
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire.
Tal franqueza y casi fría disposición a aceptar lo inevitable sorprendieron a los demás. Incluso la Rata Negra guardó silencio por un instante, observándolo fijamente. Riada parecía querer objetar, pero no encontraba argumentos.
Priscilla entrecerró los ojos lentamente.
—Parece que ya te has decidido —dijo en voz baja—. ¿De verdad piensas ir con ellos?
Kael no respondió de inmediato.
Permaneció inmóvil, pero en su interior sus pensamientos corrían a una velocidad aterradora.
“Huir o esconderme no es una opción para mí. Eso significa que realmente no tengo elección. De hecho, ya está decidido.”
Exhaló lentamente.
“Si ese es el caso, necesito pensar de otra manera. Cómo sacar el máximo provecho de esta situación. Cómo protegerme. Y cómo proteger el talento de Lasthold.”
Sus ideas se ordenaron con una claridad asombrosa.
“Ayudé a Roselle, Girren y Lissandra. Su progreso es demasiado evidente. Si los de afuera empiezan a poner a prueba a la gente, casi con seguridad los contratarán.”
Su mirada se endureció.
“Dejarlos sin supervisión es una mala idea. Eso significaría que tendría que entregarlos yo mismo.”
Pero tras la ansiedad surgió otro pensamiento, más frío y calculador.
“Esto no tiene por qué ser solo una amenaza. Podría ser una oportunidad para mí. Una oportunidad para descubrir qué está sucediendo en la Dimensión Humana. Para comprender cuán poderoso es realmente el Imperio del Dragón de Sangre. Y para abandonar Lasthold mucho antes de lo que había planeado.”
En sus ojos ya no quedaba rastro de confusión, solo cálculo.
“Si de todas formas voy a acabar en sus listas”, pensó con calma, “es mejor estar dentro del proceso que quedar excluido”.
“Al menos así podré influir en lo que suceda. La cuestión no es si ir o no. La cuestión es… cómo sacar provecho de la situación.”
Al ver que aún no respondía, Priscilla lo llamó con más suavidad, pero con insistencia. "¿Kael?"
Al oír su nombre, se estremeció, como si volviera de las profundidades de sus propios pensamientos al pasillo bañado por la luz de la mañana.
—Si me uno al Imperio del Dragón de Sangre… —comenzó—, incluso podría ser para mejor. Entiendo bastante bien su idioma. Podría ser útil para los talentos de Lasthold.
Entrecerró los ojos y un tono de firmeza se apoderó de su voz: «No podemos escapar de la realidad. Pero podemos adaptarnos a ella y encontrar la manera de sacarle provecho».
Riada negó con la cabeza inmediatamente.
“No me gusta esta idea…”
La Rata Negra asintió también con gesto sombrío, sin ocultar sus dudas.
—Yo tampoco —añadió—. Hay demasiadas incógnitas.
Duran se pasó la mano por la cara con cansancio, pero en su mirada se reflejaba comprensión.
“Me disgusta todo lo relacionado con la llegada de los forasteros”, admitió. “Pero, lamentablemente, ya no podemos influir en eso”.
Dirigió su mirada hacia Kael y añadió: "Su razonamiento tiene sentido".
Kael, que seguía dándole vueltas a los posibles escenarios, murmuró en voz baja: «Quizás no sea tan malo como pensamos. Pero es mejor tomar precauciones…»
—¿Qué quieres decir? —preguntó Priscilla con cautela.
Kael alzó la vista y respondió sin dudarlo:
«Que la Hermandad de los Renegados permanezca en la clandestinidad y reclute a aquellos que no deseen someterse a los forasteros. Hasta que comprendamos qué es realmente el Imperio del Dragón de Sangre, es importante preservar la esencia ideológica de Lasthold. De lo contrario, nosotros —y nuestra cultura— seremos simplemente borrados en dos generaciones.»
La Rata Negra reaccionó al instante. Un destello de desafío brilló en sus ojos.
—Una tarea hecha a nuestra medida —asintió brevemente—. No es la primera vez que trabajamos en la sombra. Y la gente común sabe poco de nosotros. Es poco probable que a los de afuera les interese algo así.
Ella sonrió con sorna, aunque la sonrisa era forzada.
“Y si lo hacen… mucho más interesante.”
Duran negó lentamente con la cabeza, se acercó a Kael y le dio una palmada paternal en la espalda.
“Lo siento, Kael. Las dificultades te han alcanzado de nuevo.”
Kael mantuvo la mirada fija con calma y respondió con una leve sonrisa: "Las pruebas son algo bueno, si decides aceptarlas".
Lo dijo sin bravuconería, simplemente como un hecho.
Pero en su interior, sus pensamientos eran mucho más fríos: «En mi posición, la cooperación es más sensata que la resistencia. Necesito ganarme su confianza. Demostrar mi utilidad».
Su mirada se oscureció casi imperceptiblemente.
“Y a la primera oportunidad, crea el Amuleto del Velo del Alma.”
En lo más profundo de su conciencia, el recuerdo de su antiguo voto resurgió con fuerza: un voto que no había olvidado ni por un instante: "Mi verdadero objetivo es hacer que el Dios del Conocimiento y la Locura pague".
Dicho esto, continuó sus cálculos interiormente:
“Un gran imperio podría ser un instrumento más adecuado para mí. Allí hay más recursos. Más conocimiento. Más disciplinas. Y muchas más oportunidades de crecimiento como mago…”
✦ ✦ ✦
En ese preciso instante, mientras Kael discutía con sus aliados cómo actuar en una situación que apenas el día anterior había parecido imposible, en otra parte de la ciudad, en una espaciosa finca con un patio interior bien cuidado, el ambiente era completamente diferente.
Las capas rojas de los forasteros estaban cuidadosamente dobladas junto a la entrada, y sus armaduras parcialmente retiradas. En el centro de la sala había mesas bajas con refrigerios. Desde donde estaban sentados, se podía ver claramente el patio interior, donde una pequeña fuente murmuraba suavemente.
En una de esas mesas estaban sentados Cornelio y el hombre calvo con el tatuaje de la cara de serpiente. Delante de ellos había bandejas de comida y una jarra de vino tinto.
Una joven criada se acercó rápidamente y colocó con cuidado un plato de carne recién cocinada delante de ellos. Inclinándose lo más profundamente que pudo, se alejó apresuradamente sin mirarlos a los ojos.
Cornelius la siguió con una mirada serena y, tomando su cuchillo, dijo sin prisa:
“La arquitectura de este lugar recuerda muchísimo al Imperio del Elemento Primordial. Los mismos patios interiores, las mismas proporciones de las columnas… Parece que la mayoría de los habitantes de la ciudad son sus descendientes.”
El hombre tatuado asintió brevemente, pero no profundizó en el tema.
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte aquí, anciano Cornelio? —preguntó, volviendo al asunto que les ocupaba.
Cornelius cortó un trozo de carne y respondió como si estuviera hablando de una cuestión logística común:
“Interrogaremos a los residentes. Estudiaremos los registros de su escuela, sus gremios de artesanos y sus magistrados. Tan pronto como reunamos a todos los jóvenes prometedores, regresaremos a la capital.”
El hombre calvo tomó un sorbo de vino y añadió pensativo: "Si esta ciudad existe... entonces otras también deberían existir".
Cornelio asintió lentamente.
—Tienes razón, Severus. Precisamente por eso debemos someter Lasthold rápidamente y sin llamar la atención. Si la convertimos en nuestro puesto avanzado en este lado de las Montañas del Dragón Central, la exploración de la parte perdida del continente será mucho más sencilla.
Severo asintió con la cabeza en señal de comprensión y, reclinándose en su silla, comentó con calma:
“Para ser justos, somos muy afortunados. Lasthold está a solo dos horas a pie del sendero que abrimos a través de las montañas. Es, literalmente, un regalo de Dios.”
Cornelio sonrió satisfecho y alzó su copa, dejando que el vino color rubí reflejara la luz del sol.
«El dios de la sangre y la guerra estará complacido con el nuevo rebaño», dijo con suave convicción. «Y el Emperador, con los nuevos guerreros y artesanos. Si todo va bien, pronto reforzaremos nuestras legiones con sangre fresca».
Severus se limitó a gruñir, sin ver motivo para dudar.
“No habrá complicaciones. Son demasiado débiles para resistir.”
Cornelius negó lentamente con la cabeza mientras ensartaba otro trozo de carne.
“No los subestimes. En las comunidades cerradas, a veces surgen verdaderas joyas. Y el aislamiento puede dar lugar a ideas inesperadas.”
Sus ojos brillaban levemente.
“Ya me he fijado en un chico interesante…”
Severus arqueó una ceja en señal de curiosidad.
Cornelius sonrió con sorna.
Cuando estábamos en las puertas, había entre la multitud un joven con una sólida base mágica. Extraordinariamente pura y profunda para su edad. Y me pareció que entendía nuestro idioma en cierta medida. Cada palabra que pronuncié no le provocó confusión, como a los demás, sino asombro… y reflexión.
El anciano entrecerró los ojos, como si reviviera aquel breve instante en su memoria.
“Si no me equivoco, algún día podría convertirse en un peón muy útil en nuestras manos.”
Con esas palabras, Cornelius se llevó un trozo de carne a la boca, trazando ya en su mente los movimientos futuros, movimientos en los que Lasthold era simplemente una pieza más en el tablero.

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Engañé a un Dios (Novela)
Capítulo 55
Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 54
Estás leyendo el capítulo 54 de Engañé a un Dios (Novela), un novela. Born with a soul mutation desired even by the Gods — perfect memory. Kael could recall every word, every book… yet not a single drop of mana. Mockery, beatings, a ruined family — and a desperate deal with the God of… Este capítulo tiene publicado el 30 de marzo de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Engañé a un Dios (Novela) tiene 84 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.