Leer Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 53 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
La ruidosa taberna bullía de voces y gritos.
Una barra en forma de anillo ocupaba el centro mismo del salón, rodeada por una multitud de clientes, con otros tantos sentados en las mesas que la rodeaban.
Las risas, el tintineo de las tazas y las conversaciones animadas se entrelazaban en un murmullo constante en el que las frases individuales se perdían fácilmente. Los clientes habituales, tras haberse quitado sus batas y guantes de trabajo, se relajaban después de jornadas agotadoras: algunos discutían sobre los precios del mineral, otros alardeaban de un negocio lucrativo y otros simplemente bebían sin participar en las conversaciones ajenas.
Detrás de la barra, la entrada a una escalera de caracol conducía al piso inferior. Cada vez que se vaciaba un barril, hombres robustos subían esos escalones con barriles nuevos colgados al hombro.
Pero abajo no solo había un sótano.
Debajo del salón principal había otra habitación, más pequeña y silenciosa, un lugar exclusivo para los miembros de la Hermandad de los Renegados. Sin letreros, sin miradas indiscretas, sin visitas inesperadas.
Allí, en una de las enormes mesas de madera, Kael y la Rata Negra estaban sentados, bebiendo en un tranquilo silencio.
Kael dio un sorbo, dejando que el fuerte licor le quemara la garganta, y exhaló con satisfacción.
“Así está mejor… Mis pensamientos empiezan a aclararse.”
Aunque era demasiado joven para beber, la Rata Negra comprendía perfectamente que no estaba en posición de sermonearlo ni de prohibirle nada. Sobre todo después de lo que habían hecho hacía poco.
Ella sonrió con picardía, haciendo girar la taza entre sus manos.
“Te recuperaste rápido. A mí me costó mucho más conseguir mi primera victoria.”
Kael alzó la mirada hacia ella, con un poco más de atención que antes, y preguntó: "¿Puedo preguntarle sobre los detalles? ¿O prefiere no volver a hablar de ello?".
La Rata Negra resopló, recostándose en su silla.
“No soy de las que huyen del pasado. Es parte de mi historia. Y parte de mí.”
Levantando la taza, la sostuvo a la altura de los ojos. En lo profundo de sus pupilas, una luz fría parpadeó por un instante.
“Durante la crisis de los huérfanos, Lasthold era mucho menos seguro que ahora. Cuando tenía catorce años, un anciano se interesó por mí…”
Tomó un sorbo lento y continuó con el mismo tono uniforme:
“Me atrajo a su casa con promesas de comida y calor. Pero al caer la noche… mostró su verdadera cara.”
Kael hizo una mueca de inmediato.
“¡Qué pedazo de mierda…!”
La Rata Negra esbozó una breve sonrisa burlona.
“Por suerte, me subestimó. Antes de que pudiera hacerme nada, usé el cuchillo casero que siempre llevaba conmigo.”
Se quedó en silencio un instante, inmóvil con la taza en alto. Pero después de unos segundos, añadió:
“Para ser sincera, ahora puedo hablar de ello con calma. Cuando huí de la casa de ese desgraciado, tardé muchos meses en recuperarme.”
Durante varios segundos, se quedó mirando la mesa, como si no viera la veta de la madera, sino recuerdos.
—Me pregunto —añadió en voz baja—, ¿está enfermo nuestro mundo... o el problema reside en Lasthold mismo y en su gente?
Kael permaneció en silencio durante unos segundos.
Un pensamiento cruzó por su mente: “Esto sucede en todas partes, en todas las dimensiones mortales. Ni siquiera los dioses son mejores… Pero, ¿se puede culpar al mundo mismo de ello?”.
Giró lentamente la taza, observando cómo las gotas de alcohol se deslizaban por sus lados.
—Preferiría decir que el mundo está enfermo, no nosotros —dijo finalmente pensativo—. Pero esa respuesta es demasiado fácil. Permite que cualquier canalla se libre de su responsabilidad.
Alzó la mirada hacia la Rata Negra.
“Si la culpa es del mundo, entonces nadie en particular es culpable. Y eso es mentira.”
Tras una breve pausa, continuó:
“Yo diría que el problema reside en los propios conceptos de bien y mal, correcto e incorrecto. Quizás todos estos conceptos se inventaron simplemente para tranquilizar la mente. Para evitar una amarga verdad: que el mundo es un caos y que todo en él carece esencialmente de sentido.”
Tomó un pequeño sorbo y sonrió con ironía.
“Quizás el bien y el mal simplemente no existen. Los inventamos nosotros… y ahora, por alguna razón, esperamos que el mundo nos siga el juego.”
Por un instante, el silencio se instaló entre ellos. El murmullo de la taberna no se había desvanecido, pero en su mesa se mantuvo una breve pausa.
La Rata Negra dejó que su mirada se detuviera en el rostro de Kael y pensó, sin atreverse a decirlo en voz alta: "¿Cuántos años tienes realmente, Kael?".
Pero de repente fueron interrumpidos por una voz alegre y resonante proveniente de una mesa vecina.
“Jefe, ¿quiere unirse a nosotros? Parece que le vendría bien un cambio de humor.”
La oradora era una mujer hermosa y esbelta, con el cabello violeta recogido en una larga coleta. Estaba sentada a una mesa donde siete personas jugaban a las cartas, haciendo apuestas mientras jugaban. Delante de ellos yacían monedas, varias fichas de la Hermandad y jarras ya vacías.
La rata negra se rió, claramente a punto de responder.
Pero justo en el momento en que abrió la boca, un sonido agudo resonó desde la dirección de la escalera de caracol.
Un hombre apareció en lo alto de la escalera. En lugar de bajar corriendo, saltó por encima de la barandilla y aterrizó pesadamente en el suelo del pasillo inferior.
Las tablas crujieron bajo sus botas y las conversaciones a su alrededor se apagaron al instante.
Todos los rostros en la habitación, incluido el de Kael, se volvieron hacia él. Una mezcla de horror e incredulidad ardía en los ojos del hombre, como si acabara de presenciar algo imposible.
Respiraba con dificultad, como si hubiera estado corriendo sin parar.
La Rata Negra estaba a punto de hablar, pero él se le adelantó, soltando de un solo aliento:
“Jefe, usted… ¡tiene que llegar a la puerta sur inmediatamente! ¡Es… es una locura!”
Al ver su estado, se levantó de inmediato, con la mente ya repasando posibilidades: "¿Una filtración de información? ¿Uno de los miembros de la Hermandad asesinado?"
Por un instante, se preguntó si alguien habría descubierto el asesinato de Zeiran. Pero al no ver la conexión, respondió bruscamente:
“¿Qué tienen que ver las puertas del sur con esto?”
Y al instante siguiente llegaron las palabras que hicieron que Kael se pusiera de pie de un salto.
El hombre negó con la cabeza y, aún sin creerse sus propias palabras, gritó:
“¡Hay gente allí! ¡No son de Lasthold!”
—¿Qué dijiste? —espetó Kael, con la tensión acumulándose en su interior.
El hombre se volvió inmediatamente hacia él y le informó rápidamente, claramente consciente de su estatus: “Hay alrededor de dos docenas de forasteros. Y a juzgar por sus auras… son increíblemente fuertes. Casi todos son magos dorados. ¡E incluso hay un mago de jade entre ellos!”.
Él tragó.
“¡Los Ancianos están siendo convocados urgentemente ahora mismo!”
En el momento en que dijo eso, Kael y la Rata Negra intercambiaron una mirada y dijeron al mismo tiempo:
¡Tenemos que darnos prisa!
Sin perder un segundo, corrieron hacia la escalera de caracol. Kael saltó los últimos escalones, apoyándose en la barandilla solo para mantener el equilibrio, y mientras corría, sus pensamientos se volvían cada vez más intensos.
«Los forasteros... eso es malo. Sobre todo si son más fuertes que Lasthold. Esos encuentros rara vez terminan bien…»
Irrumpieron en el salón principal de la taberna y, sin aminorar la marcha, lo cruzaron corriendo, atrayendo la atención de los clientes. Algunos retrocedieron, otros los maldijeron y otros simplemente se quedaron paralizados con sus jarras en mano, sin comprender lo que sucedía.
La puerta se abrió de golpe, dejando entrar el frío aire nocturno, y un instante después habían desaparecido.
✦ ✦ ✦
Mientras corrían por las calles nocturnas, la Rata Negra le dirigió a Kael una mirada sospechosa y le preguntó con tono incisivo: "Kael... ¿sabes algo sobre estos sucesos?".
Giró la cabeza bruscamente hacia ella, incluso entreabrió los labios con sorpresa por un instante.
“¿Crees que puedo ver el futuro o algo así?”
La rata negra sostuvo su mirada.
“Ese pensamiento me pasó por la cabeza.”
Kael negó rápidamente con la cabeza.
“Créeme, esto también me sorprende muchísimo.”
Interiormente, añadió: “Tal vez sí conozco ciertos acontecimientos que aún no han ocurrido… Pero mi conocimiento del destino de Lasthold y de la Dimensión Humana terminó en el momento en que caí bajo la esclavitud del Amo”.
Continuaron corriendo en silencio. Cada uno intentaba comprender lo que estaba sucediendo.
En la parte central de la ciudad, casi nada había cambiado: las mismas luces, risas, conversaciones y algún que otro grupo de personas algo ebrias. Pero cuanto más se acercaban a la puerta sur, más notorio se hacía el alboroto.
La gente se agrupaba, murmurando; algunos ya se apresuraban en la misma dirección. Los rumores se extendieron como la pólvora, y la multitud creció casi ante sus propios ojos.
Ver a alguien que no fuera de Lasthold después de quinientos años de aislamiento fue casi como presenciar un milagro.
Al doblar otra esquina, apareció ante sus ojos una densa multitud reunida en semicírculo junto a la puerta sur.
—Vamos —dijo la Rata Negra secamente.
Agarró a Kael y lo atrajo hacia sí, como protegiéndolo de empujones inesperados, y en unos pocos pasos rápidos acortó la distancia con la multitud. Apartando suavemente a la gente con su maná, abrió un estrecho corredor frente a ellos, abriéndose paso rápidamente, con Kael siguiéndola de cerca.
La gente ni siquiera se dio cuenta de inmediato de que los estaban moviendo; solo sintieron que sus pies daban un paso hacia un lado por sí solos.
En menos de veinte segundos, Kael y la Rata Negra llegaron a la primera línea, donde los guardias de Lasthold permanecían hombro con hombro, conteniendo a la multitud.
Un denso murmullo llenaba el aire: jadeos, susurros apagados, respiraciones nerviosas.
Y por fin, Kael vio la escena.
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Las puertas del sur ya estaban cerradas.
En la plaza, frente a las puertas, se alzaban figuras con capas y armaduras rojas. Sus capas apenas se mecían con el viento, sus armaduras reflejaban la luz de las antorchas y se mantenían erguidas, sin rastro de agitación.
Mientras la mirada de Kael los recorría, un pensamiento cruzó por su mente: "¿Qué...? Esas no son las túnicas de ninguno de los tres imperios antiguos".
Varias docenas de ancianos de Lasthold ya se habían reunido cerca de los forasteros.
Pero lo extraño era que no hablaban.
Y al instante siguiente, quedó claro el motivo. Uno de los forasteros cambió de postura. Su armadura tintineó suavemente al enderezarse y habló con voz firme y segura:
“Va mire se enmora haliven no thirean moras… Elar sena mire lanor valeth magea”.
El sonido de su voz resonó por toda la plaza; el idioma era extranjero, pero su ritmo resultaba extrañamente familiar.
Pero en el momento en que lo oyó, Kael se estremeció.
Él desconocía ese idioma. Ni en Lasthold ni en ningún registro que él conociera se utilizaba tal idioma. Y, sin embargo, comprendió su significado casi a la perfección.
“Suena como una fusión del idioma del Imperio del Elemento Primordial y el del Imperio del Mago Lunar…”, pensó fugazmente.
Repasó rápidamente lo que había oído, analizando las entonaciones y las raíces de las palabras que le resultaban familiares.
“Le sorprende el tamaño de nuestra ciudad… y la fuerza de algunos de nuestros magos…”
Fragmentos de crónicas antiguas que describían los dialectos de los dos imperios afloraron en su memoria, y Kael añadió para sí mismo: «Y mencionó algo así como "el otro lado de las montañas"».
Los puños de Kael se apretaron sutilmente, y una punzada de presentimiento lo atravesó.
“Si cruzaron las Montañas del Dragón Central… entonces sin duda son más fuertes que Lasthold.”
En ese preciso instante, un anciano de cabellos grises, barba bien recortada y un aura verdaderamente imponente, se adelantó y se dirigió al guerrero. Este respondió en el mismo idioma, pero con más calma y mesura:
"Na lumer varos ria senel minor capitalae provira sena. Valora felian... va valora pastanar."
La mente de Kael iba a toda velocidad.
Las palabras se fragmentaron en raíces familiares, y las terminaciones cambiaron a medida que se entrelazaban dos dialectos antiguos.
Su mandíbula se desencajó ligeramente mientras una traducción aproximada se formaba en su mente: “Su ciudad no tiene nada que envidiar a algunas de nuestras capitales de provincia… Esto es una gran fortuna… y un gran…”
El corazón de Kael dio un vuelco brusco e inquietante. Fue la última palabra la que lo perturbó. La raíz «pastenar» resonó con demasiada claridad en su mente.
Al comprender el significado de la palabra, susurró casi inaudiblemente: "¿Nos llamó un nuevo rebaño?".
En ese momento, los murmullos se extendieron entre la multitud.
“¿Oíste eso? Creo que alcancé a oír la palabra ‘capital’. O tal vez me la imaginé.”
“No, tienes razón… yo también recogí algo.”
Sin apartar la vista de los forasteros, la Rata Negra preguntó en voz baja: «Kael… ¿por qué algunas de sus palabras me suenan familiares?».
Se quedó mirando al frente, como en trance, y respondió casi inconscientemente:
“Porque parte de su idioma se basa en la lengua del antiguo Imperio del Elemento Primordial. Y gran parte del idioma de Lasthold desciende de él.”
Al oír su susurro, la Rata Negra se giró bruscamente hacia él.
“¿Los entiendes?”
Kael le dirigió una mirada, y no había ni rastro de alegría en sus ojos.
“Solo a grandes rasgos. Y no me gusta lo que oigo…”
—¿Por qué? —insistió, con la tensión aumentando en su interior.
Una fría constatación se instaló en la mente de Kael: «Si habla de un nuevo rebaño… entonces adoran a uno de los dioses. Y ningún dios tomaría bajo su protección a un ser débil o insignificante».
Exhaló lentamente y respondió en voz alta, con tono sombrío:
“Somos mucho más débiles que el lugar de donde vienen. Me temo que esto no augura nada bueno para nosotros.”
Y como para confirmar sus palabras, otro murmullo recorrió la multitud.
—¡Abran paso! —resonó una voz severa y grave.
La gente se apartó apresuradamente, abriendo paso.
Tres figuras emergieron entre la multitud: Durimar, Vulnar y Duran.
Su aparición cambió instantáneamente el ambiente. Los guardias se enderezaron y los susurros cesaron.
Al verlos, Kael pensó: "El viejo Duran está aquí... Con sus conocimientos, debería poder entender también lo que dicen".
Los tres ancianos más poderosos de Lasthold dieron un paso al frente y se detuvieron a varios pasos de los forasteros.
Se mantuvieron erguidos, serenos, dignos. Pero incluso desde la distancia, la conmoción en sus ojos era visible. Ni siquiera ellos podían creer del todo lo que estaba sucediendo.
Durimar dio un paso al frente e inclinó la cabeza en una reverencia respetuosa, dijo: "Los saludo en nombre de Lasthold".
Colocó la palma de la mano sobre su pecho.
“Me llamo Durimar.”
Por un instante, un silencio denso y resonante se apoderó de la plaza.
Los forasteros intercambiaron miradas, y el mismo anciano de cabellos grises, barba cuidada y aura imponente y segura de sí misma, dio un paso al frente de nuevo. Al igual que Durimar, se llevó la palma de la mano al pecho —un gesto sorprendentemente similar al signo local de respeto— y dijo:
"Va thal se no Impera Seryth Dravonar. Nomar se Cornelius".
En cuanto los forasteros respondieron, Durimar alzó la cabeza y se puso visiblemente tenso. No entendió nada de lo que se había dicho, salvo el nombre del anciano y la palabra «imperio».
Instintivamente, se volvió hacia Duran y, sin decir palabra, pareció preguntarle con la mirada: "¿Los entiendes?".
Y en ese instante, vio un destello de sorpresa en el rostro de Duran.
Pero un segundo después, Duran se recompuso. Enderezó la espalda y aguzó la mirada. Dio un paso al frente, adelantándose ligeramente a los demás Ancianos, y para asombro de la multitud, comenzó a hablar en el idioma desconocido.
Elegía sus palabras lentamente. Con una notable incertidumbre en los finales. Sin embargo, habló.
"Nomar se Duran... Lo shae se lingora antira... Imperia vethera. Va... ria senal... dedescendienter du Impera antira?"
Un leve murmullo recorrió la plaza; nadie comprendió su significado, pero el mero hecho de que uno de los Ancianos respondiera en una lengua extranjera ya parecía increíble.
En el instante en que terminó de hablar, el viejo forastero que se hacía llamar Cornelius arqueó las cejas con sorpresa.
Evidentemente, no esperaba encontrarse allí con alguien capaz de hablar con él. Ante este giro inesperado, una rara y radiante sonrisa se dibujó en su rostro.
Al oír las palabras de Duran, Kael pensó para sí mismo: "Buena pregunta... Sabía que el viejo captaría las raíces de su idioma".
A pesar de la estructura entrecortada de sus frases, Duran había dejado dos cosas claras: que había estudiado lenguas antiguas y que comprendía los fundamentos de su lenguaje.
Lo más importante es que les preguntó directamente si eran descendientes de los dos antiguos imperios.
Tras la larga tensión, incluso se percibía un leve atisbo de reconciliación. Como si dos ramas del mismo árbol ancestral se hubieran reconocido repentinamente después de siglos.
La sonrisa de Cornelius duró solo un instante.
Entonces su expresión cambió. Su mirada se tornó solemne, casi exaltada, y su voz se hizo más fuerte y clara. Dio un paso al frente, como si se dirigiera no solo a Durán sino a toda la plaza, y declaró:
"Valora mirath... ¡enmora vera! Va elar ria shae lingora antira—ira venath ria no Impera Seryth Dravonar lumer thalen!"
Las palabras resonaron en la plaza, haciendo eco en los muros de piedra.
Y casi de inmediato, con aún mayor convicción —casi fanáticamente— añadió:
“¡Devar Varyn et Seryth thalir ria no servanar!”
La confusión se apoderó de la multitud. La gente intercambiaba miradas; algunos intentaban comprender raíces de palabras familiares, pero para la mayoría no era más que un habla extraña y sonora.
Pero las expresiones de Kael y Duran se ensombrecieron casi simultáneamente.
La Rata Negra, al notar cómo Kael se había tensado, se volvió bruscamente hacia él.
“Kael, ¿qué te dijo? ¿Por qué te pusiste pálido?”
Apretó los dientes con tanta fuerza que los músculos de su mandíbula se tensaron, y acercándose a ella, siseó, tratando de no ser escuchado:
“Dijo… que los milagros son posibles. Y puesto que algunos de nosotros entendemos su idioma, unirnos a su Imperio será más fácil.”
Vaciló, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo.
Luego, con un tono más sombrío, añadió: «Y entonces declaró… que el Dios de la Sangre y la Guerra nos acepta en su servicio».
La Rata Negra simplemente arqueó una ceja, y una sonrisa escéptica asomó en sus labios.
“¿El dios de la sangre y la guerra? ¿Qué clase de tontería es esa?”, resopló en voz baja. “¿Más fanáticos ofreciendo sacrificios a su dios?”
Y entonces, con menos seguridad pero con su habitual terquedad, añadió: "Los dioses son cuentos de hadas para tontos".
Kael no respondió.
Siguió mirando al frente, a Cornelio y a su gente, pero sus pensamientos ya se habían desviado mucho más allá de la plaza.
«El Dios de la Sangre y la Guerra…» El nombre resonó una vez más en su mente. «No sé casi nada de Él… Incluso en la Biblioteca Divina, se le consideraba uno de los dioses más jóvenes, pues había ascendido hacía poco tiempo.»
Un resfriado desagradable se instaló en su pecho.
“¿Podría ser que durante setecientos años la Dimensión Humana haya estado a Su servicio?”
Y casi de inmediato, surgió otro pensamiento, mucho más práctico e inquietante:
“Maldita sea… Puede que necesite el Amuleto del Velo del Alma mucho antes de lo que pensaba.”
En ese momento, Durimar notó la expresión de Duran y preguntó en voz baja: "¿Qué pasó?".
Duran dirigió lentamente su mirada hacia él. Permaneció en silencio durante varios segundos, como si no quisiera pronunciar en voz alta lo que había oído, y finalmente dijo: «Ellos… Quieren absorbernos en su Imperio».
Las palabras se pronunciaron en voz baja, pero la tensión a su alrededor se intensificó de inmediato.
Mientras la multitud se tensaba, Vulnar estalló de ira. Lenguas de maná ardiente recorrieron sus hombros y antebrazos, y hasta los guardias más cercanos sintieron el calor. No era un ataque, sino una demostración de poder.
Dio un paso al frente y ladró, sin ocultar su furia:
“¡Dígales que nuestra hospitalidad tiene límites! ¡No nos inclinamos ante nadie, y nunca lo haremos!”
Pero antes de que el maná de Vulnar pudiera desplegarse por completo, sucedió algo mucho más aterrador.
El hombre calvo con el tatuaje de las fauces de una serpiente en la cara dio un único paso corto, casi perezoso, hacia adelante.
Y en el siguiente instante—¡DUUUM!
Una oleada de presión de maná brotó de él, y el aire mismo pareció volverse denso y viscoso. El aire mismo pareció temblar, y un peso invisible pareció rodar por la plaza.
La gente se desplomó de rodillas, como si el aire mismo se hubiera vuelto varias veces más denso. El pavimento de piedra tembló, varias antorchas se apagaron, alguien gritó, pero el grito se convirtió en un susurro ronco al negarse sus pulmones a respirar profundamente.
Solo tres permanecieron en pie: Duran, Vulnar y Durimar.
Aun así, les temblaban las rodillas.
La Rata Negra, por su parte, no dudó en seguir el ejemplo de la multitud y ya estaba arrodillada junto con los demás. Pero ahora, en su rostro, al igual que en los rostros de quienes la rodeaban, se reflejaba un terror genuino.
Vulnar, mirando al frente y sin poder creer lo que sentía, murmuró: "¿Q-qué demonios es esto…?"
Kael, apretando los dientes con tanta fuerza que le palpitaban las sienes, sintió la presión que lo hundía en el suelo. Alzó la mirada hacia el hombre calvo y pensó con claridad: «Maldita sea… Es un mago del dominio…»
La Rata Negra, temblando de auténtico miedo por primera vez en mucho tiempo, dijo en voz baja: "Kael... ¿qué clase de poder es este?"
Se inclinó más cerca, apenas manteniendo el equilibrio bajo la monstruosa presión, y susurró entre dientes apretados:
“Está a otro nivel por encima de ti… Nadie en Lasthold puede hacerle frente.”
Su mirada permaneció fija en el forastero, y añadió con frialdad: "Estamos en una situación mucho peor de lo que suponía".
Y en ese tenso momento, Cornelio volvió a hablar.
Con calma, alzó la mano y posó la palma sobre el hombro del hombre calvo, como si le hiciera una señal sutil. La presión del maná se desvaneció tan repentinamente como había llegado. El aire se aligeró y la gente respiró hondo, tosiendo ante el repentino alivio.
El hombre calvo dio un pequeño paso atrás, volviendo a su sitio, como si nada hubiera pasado.
Un murmullo recorrió la plaza; algunos temían levantarse del suelo y miraban a su alrededor con confusión. Otros seguían temblando, incapaces de creer que la presión hubiera desaparecido.
Cornelio recorrió lentamente con la mirada a la multitud. No había irritación en sus ojos, solo una evaluación serena del resultado. Satisfecho de que la demostración de poder hubiera logrado el efecto deseado, volvió a sonreír. Y con un tono amable, casi paternal, dijo:
"Na thare sena ria. Va lumer halir sena venath ria miren... na varak, na sanguen valeth".
Las palabras sonaban suaves, pero bajo ellas se escondía una frialdad impenetrable.
Casi de inmediato, la traducción surgió en la mente de Kael: «No somos vuestros enemigos. Y preferiríamos someteros pacíficamente… sin guerra, sin derramamiento de sangre».
Apretó los dientes y susurró apenas audiblemente: "Sí... claro".
Pero la cruda realidad era evidente: Lasthold no tenía otra opción.
Duran se inclinó hacia adelante y susurró algo a Durimar y Vulnar. Intercambiaron unas palabras tensas, pero sin mostrar demasiada emoción. La ira de Vulnar ya no ardía con tanta fuerza; después de lo que había presenciado, comprendía el equilibrio de poder tan bien como los demás.
Finalmente, Duran se enderezó y, señalando con la mano hacia el centro de Lasthold, habló con cuidado —un tanto torpemente, pero con suficiente claridad—:
"Elar venira... na shador enmora. Halir se, thalen ria no lumer saleth, no valora domera".
Su acento era marcado, sus terminaciones imprecisas, pero el significado era claro.
Kael dirigió su mirada hacia la Rata Negra y, sin siquiera esperar su pregunta, explicó en voz baja:
“Durán se disculpó y los invitó a un lugar más apropiado y digno para la discusión.”
Los forasteros intercambiaron miradas y asintieron casi al unísono. En varios de sus rostros se reflejaba una serena confianza. Parecían acostumbrados a que los demás siguieran sus reglas.
Cornelius asintió a sus subordinados, y el grupo vestido de rojo comenzó a avanzar, siguiendo a Durimar, Vulnar y Duran.
La multitud, aún sin comprender del todo lo sucedido, se apartó ante ellos. El terror y el asombro se reflejaban en sus miradas. Algunos veían a los forasteros como testigos de un milagro, otros como presagios de desgracia. Los murmullos no cesaban, extendiéndose por la plaza en oleadas.
La Rata Negra, observando cómo los Ancianos los conducían hacia el centro de la ciudad, apretó los dientes y dijo en voz baja:
“¿De verdad van a doblegarse ante los forasteros?”
Kael frunció el ceño con expresión sombría, sin apartar la vista de las figuras que se alejaban.
“No quiero admitirlo… pero ahora mismo es la mejor opción.”
Sintió cómo todo su ser se estremecía al oír esas palabras. Sin embargo, la fría lógica era implacable: tras esa demostración de poder, cualquier negativa abierta acarrearía consecuencias mucho peores.
La mirada de Kael se ensombreció y murmuró para sí mismo: "Maldita sea... Y yo que pensaba que con la muerte de Zeiran mi vida sería mucho más sencilla".
En la mente de muchos de los presentes, una sola pregunta, llena de ansiedad, permanecía latente: "¿Qué sucederá ahora?".

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Engañé a un Dios (Novela)
Capítulo 54
Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 53
Estás leyendo el capítulo 53 de Engañé a un Dios (Novela), un novela. Born with a soul mutation desired even by the Gods — perfect memory. Kael could recall every word, every book… yet not a single drop of mana. Mockery, beatings, a ruined family — and a desperate deal with the God of… Este capítulo tiene publicado el 30 de marzo de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Engañé a un Dios (Novela) tiene 84 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.