Leer Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 52 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
En medio de un oscuro pasillo subterráneo, dos figuras charlaban perezosamente, cambiando de pie de vez en cuando para entrar en calor. Las paredes de piedra de la prisión estaban húmedas y el aire era frío, con un ligero olor a moho. La luz de los cristales mágicos incrustados en el techo proyectaba sombras tenues que se extendían a lo largo del pasillo.
Una mujer de pelo corto y plateado, ajustándose el cuello de la camisa y bostezando, murmuró:
“Si siguen condenando a traidores de la Familia Trueno Vengativo a este ritmo, pronto nos quedaremos sin espacio.”
Un hombre alto y pelirrojo, apoyado contra la pared, resopló y bromeó:
“Está bien. Siempre queda la prisión de los plebeyos. Será divertido ver a los nobles peleando por las celdas más cómodas.”
La mujer soltó una risita y le dio un ligero codazo en las costillas.
“Bajen el volumen. O nos regañarán.”
El hombre dejó escapar un profundo suspiro, estremeciéndose por la humedad.
“Odio los turnos en la cárcel. Sobre todo en invierno…”
—Vamos —dijo, ladeando la cabeza mientras escuchaba un sonido lejano—. Ya hace un poco más de calor.
Entrecerró ligeramente los ojos.
"Escuchar…"
Ambos guardaron silencio.
En el silencio de la mazmorra, a lo lejos, resonaba el claro goteo del agua. Constante y tranquilo, como el agua de deshielo que se filtra por las grietas de la piedra, abriéndose paso hacia abajo.
El hombre ladeó la cabeza, intentando localizar la fuente del sonido.
En ese preciso instante, mientras su atención estaba fija en el eco de las gotas, dos ratones negros se deslizaron sigilosamente por el suelo cerca de la esquina del pasillo. Sus pequeños cuerpos casi se fundían con las sombras, y sus patas no producían el más mínimo sonido.
Los ratones se escabulleron detrás de los guardias y se detuvieron.
Por una fracción de segundo, sus siluetas vacilaron.
En el instante siguiente, se disolvieron en una humareda negra que se elevó silenciosamente y, como si estuvieran vivas, se deslizaron directamente hacia los cuerpos de los dos magos.
Al instante, tanto el hombre como la mujer se quedaron inmóviles, como si sus cuerpos se hubieran rígido en un instante y sus mentes se hubieran quedado en blanco. Sus miradas se volvieron vidriosas, su respiración uniforme y superficial, y sus brazos colgaban flácidos a los costados. Desde fuera, podría haber parecido que simplemente se habían sumido en sus pensamientos, pero en su postura no quedaba ni rastro de vida.
En ese momento, Kael y la Rata Negra salieron sigilosamente de la esquina.
Se movían en perfecta sincronía y sin hacer ruido, sus pasos eran tan suaves que ni siquiera el suelo de piedra húmeda producía sonido alguno.
Al pasar junto a los guardias inmóviles, Kael les lanzó una rápida mirada y pensó para sí mismo: "Magia conveniente...".
La Rata Negra no se detuvo ni un segundo. Acercándose con destreza, pasó las manos por la ropa del hombre, luego por la de la mujer; los movimientos fueron tan precisos y rápidos que Kael ni siquiera se percató del momento en que un manojo de llaves apareció en la palma de su mano.
Ella esbozó una sonrisa pícara, arqueando ligeramente una ceja, e hizo un gesto con la cabeza hacia adelante para indicar que el camino estaba libre.
Sin decir una palabra, continuaron adentrándose en la prisión.
Avanzando silenciosamente por el pasillo, entraron en una sección lateral que albergaba varias celdas de élite; las puertas aquí eran más gruesas y los cristales de iluminación ardían de forma constante, sin parpadear.
Sin disminuir el paso, la Rata Negra introdujo una llave en la primera puerta con barrotes de la sección y la giró con cuidado. La cerradura se abrió sin hacer ruido.
Cuando la puerta se abrió silenciosamente, reveló a tres guardias más en el interior. Uno estaba de pie junto a la pared, mientras que los otros dos estaban sentados a una mesa más cerca del pasillo central, jugando a las cartas; o eso parecía a primera vista. En realidad, ellos también estaban paralizados, con la mirada perdida y el cuerpo inmóvil, como si sus mentes se hubieran desvanecido en un instante.
Sin intercambiar palabra, la Rata Negra y Kael pasaron junto a ellos y se detuvieron en la puerta que buscaban.
La Rata Negra se arrodilló y apoyó la palma de la mano contra la puerta, deteniéndose un instante. Frunció ligeramente el ceño, como si se enfrentara a un intrigante enigma que requería un enfoque cuidadoso.
Luego, con un movimiento fluido, extrajo un extraño disco plateado de su anillo espacial.
Las cejas de Kael se alzaron casi imperceptiblemente, y murmuró para sí mismo: "Oh... nunca he visto uno en acción..."
También arrodillado, observó atentamente.
La Rata Negra presionó el disco de plata contra la puerta, e inmediatamente aparecieron runas en su superficie, dispuestas en espiral desde el centro hasta el borde. La luz fluía a través de los símbolos de forma irregular: algunas runas brillaban con intensidad y constancia, otras con debilidad, parpadeando como si se resistieran.
Apoyó la otra palma de la mano contra la puerta de metal y comenzó a canalizar su maná hacia el círculo protector, controlando el flujo con precisión constante.
En ese preciso instante, varias runas del disco se oscurecieron, como si hubieran sido apagadas o suprimidas.
La expresión de la Rata Negra se endureció, frunciendo el ceño: la sala era más compleja de lo que había previsto.
Deslizó ligeramente la palma de la mano, alterando sutilmente el ángulo de contacto, y ajustó con ella el flujo de su maná, guiándolo a lo largo del circuito del escudo de manera diferente a como lo había hecho antes: con más delicadeza, pero con mayor densidad en ciertos puntos.
Las runas del disco de plata cambiaron de repente. Aquellas que brillaban intensamente se atenuaron, mientras que varias de las más tenues resplandecieron con mayor intensidad, como si respondieran a la nueva configuración.
Al observar esto, Kael recordó fragmentos de sus antiguas notas y, ladeando ligeramente la cabeza, murmuró para sí mismo: "Para abrir un sello mágico, debes formar un patrón de maná preciso dentro de la puerta, con la densidad correcta".
Calculó el volumen de maná que se vertía, evaluando su estabilidad y densidad.
“Probablemente fue Durimar o Vulnar quien colocó este sello. Está diseñado para que solo un Mago Jade pueda suministrar la densidad de maná necesaria. Realmente se esforzaron al máximo…”
Una sonrisa maliciosa y depredadora se dibujó lentamente en su rostro.
“Pero ni siquiera eso es suficiente.”
Transcurrieron unos segundos más de tensión. La Rata Negra mantuvo el ritmo, ajustándolo gradualmente, como si buscara la llave correcta para una cerradura compleja.
Y entonces las runas del disco de plata temblaron.
En el instante siguiente, todos los símbolos brillaron a la vez con una luz constante, formando una espiral perfecta sin el menor parpadeo.
Una sonrisa de satisfacción se dibujó de inmediato en el rostro de la Rata Negra. Le dirigió una breve mirada a Kael y asintió.
Con un movimiento de su mano, un maná negro brotó de su cuerpo, formando al instante una densa barrera esférica alrededor de la puerta. Una fina capa de oscuridad envolvió la piedra y el metal, bloqueando cualquier conexión con el mundo exterior.
Solo entonces habló con libertad.
“Ahora nadie nos oirá. Podemos continuar.”
En cuanto ella terminó de hablar, Kael se puso de pie y, colocando las manos a la espalda, empujó tranquilamente la puerta hacia adentro con el pie, entrando en la celda.
Las bisagras crujieron suavemente, pero gracias a la barrera, nadie en la prisión lo oyó.
Frente a la entrada, sentado en el frío suelo de piedra, se encontraba Zeiran con los ojos cerrados. Sus muñecas, tobillos y cuello estaban atados con extraños anillos de metal rojo. En su torso desnudo, justo sobre su corazón, un intrincado dibujo estaba grabado a fuego en su piel: un sello que aprisionaba su maná.
Kael aún no había dado un solo paso dentro de la celda cuando, en el silencio, una voz vieja, ronca y venenosa resonó: "Ya te dije que no tengo hambre".
Habló sin abrir los ojos, como si esperara a otro guardia.
Pero al instante siguiente, una voz resonó y Zeiran se estremeció.
—¿Ni siquiera te atreves a mirar a la muerte a los ojos? —dijo Kael con calma.
Los ojos de Zeiran se abrieron de golpe.
Por un instante, la confusión se apoderó de ellos, y luego el reconocimiento. Vio a Kael de pie en la entrada y, junto a él, a la Rata Negra.
La conmoción fue tan intensa que el anciano pareció perder la voz. Sus labios se crisparon, pero las palabras no le salieron de inmediato.
Sin embargo, al instante siguiente, el entumecimiento dio paso a la furia.
Se puso de pie de un salto, y su voz se convirtió en un rugido.
“¡Ven aquí, mocoso maldito!”
Pero no logró dar ni un paso.
La Rata Negra agitó la mano y su maná inmediatamente agarró el cuerpo de Zeiran, levantándolo del suelo. Sus brazos y piernas fueron estirados como si estuvieran sujetos por hilos invisibles tensados al máximo.
Solo ahora, suspendido en el aire y sintiendo cómo una fuerza invisible le tensaba las extremidades, Zeiran comprendió la verdad: la mujer que estaba junto a Kael era una maga de jade.
Su mirada se dirigió rápidamente hacia ella, deteniéndose en el aura densa y constante de su maná, y la confusión brilló en sus ojos.
Apretando los dientes, ladró:
“¿Quién te dejó entrar aquí? ¡Me destituyeron del poder hace poco y Lasthold ya se ha degradado tanto!?”
Su voz temblaba de rabia y un atisbo de locura. Parecía que, durante su encarcelamiento, la mente del anciano había comenzado a flaquear. Sus palabras reflejaban un intento desesperado por aferrarse a los vestigios de su antigua grandeza.
Al ver esto, Kael simplemente negó con la cabeza lentamente.
Historia robada; por favor, denúncienla.
“Respetado anciano, usted sufre tanto.”
Una sonrisa cruel, desprovista de calidez, apareció en su rostro.
“Y como estudiante obediente, he venido a aliviar ese sufrimiento.”
Ante esas palabras —y la mirada fría y asesina en los ojos de Kael— Zeiran pareció recobrar la compostura por un instante. Por primera vez, un miedo genuino se reflejó en su mirada.
“¿Qué eres... ¿Por qué estás aquí?!” gritó, forcejeando contra el agarre. “¿Saben Durimar y Vulnar de esta visita?”
Kael ni siquiera se dignó a responderle.
Simplemente giró ligeramente la cabeza hacia la Rata Negra y dijo con calma: "Abre la boca de este bastardo; asegúrate de que no pueda cerrarla".
La rata negra asintió brevemente.
En el instante siguiente, su maná fluyó con fuerza hacia la boca de Zeiran, separándole las mandíbulas y aprisionándole la lengua. La mandíbula del anciano crujió bajo la presión antinatural. Sus músculos faciales se contrajeron, pero no pudo resistir.
Intentó rugir, pero solo salieron de su garganta gemidos ahogados e indignados y sonidos ásperos: una muestra de impotencia y humillación.
Kael se acercó con calma a Zeiran, deteniéndose tan cerca que apenas los separaba un palmo de distancia. Los ojos del anciano indefenso estaban ligeramente por encima de los de Kael, pero en ese instante no dio la impresión de que Zeiran lo estuviera mirando con desprecio.
Por el contrario, ahora Kael se alzaba por encima del orgulloso Zeiran.
Por una fracción de segundo, el pensamiento lo atormentó. Un recuerdo afloró: una mirada fría desde arriba, la presión aplastante de la voluntad ajena. Se recordó a sí mismo en el lugar de Zeiran. Su propia impotencia ante el Dios del Conocimiento y la Locura.
El rostro de Kael se torció casi imperceptiblemente. Pero inmediatamente apartó esos recuerdos y volvió al presente.
—¿De verdad creías que te dejaría vivir? —dijo con calma.
El puro horror se reflejó en los ojos de Zeiran.
Kael hizo un gesto lento con la mano, y una píldora negra apareció en su palma, con la superficie grabada de extrañas y brillantes espirales violetas. Estas brillaban tenuemente bajo la luz cristalina, creando una atmósfera ominosa.
Lo levantó hasta la altura de los ojos del anciano.
“Lo preparé personalmente para ti.”
Los dedos de Kael se acercaron lentamente y colocó la pastilla con cuidado sobre la lengua de Zeiran.
“En cuanto entre en tu cuerpo, empezarás a perder la cabeza”, continuó con voz firme. “Y entonces sentirás como si insectos se arrastraran bajo tu piel, insectos que querrás arrancar desesperadamente”.
Se inclinó un poco más cerca.
“Según las descripciones, la víctima se desangra rápidamente.”
Incluso la Rata Negra, que estaba de pie detrás de él, se tensó por un instante al oír la frialdad con la que hablaba.
Zeiran comenzó a gemir de inmediato, retorciéndose desesperadamente entre sus brazos, como si intentara implorar clemencia solo con sonidos. Sus ojos se abrieron de par en par y, de repente, las lágrimas brotaron de ellos: negación, rabia, súplica y terror animal, todo mezclado.
Ya no veía a Kael como un enemigo, sino como una condena.
Pero la expresión de Kael no cambió.
Con calma, empujó la pastilla más adentro con el dedo y, liberando un leve pulso de su maná, la forzó directamente por la garganta del anciano, sin darle oportunidad de escupirla. La pastilla desapareció, deslizándose en su interior.
Al instante siguiente, Zeiran lanzó un grito tan agudo que casi le quebró la voz. El sonido era áspero y entrecortado, pero la barrera lo absorbió, manteniéndolo dentro de la celda.
Kael sonrió con frialdad.
“¡Qué asombrosa voluntad de vivir…!”
Y, ladeando ligeramente la cabeza, añadió: «No menos de lo que sentí cuando quisiste matarme. Irónico, ¿no?».
Zeiran intentó gritar de nuevo, pero en lugar de un rugido, solo un ronco susurro salió de su garganta. Sus ojos perdieron repentinamente su brillo, sus pupilas temblaban mientras su cuerpo se estremecía de pies a cabeza.
“Parece que la pastilla está empezando a hacer efecto…”, pensó Kael para sí mismo.
Un espasmo recorrió el cuerpo del anciano, sus dedos se apretaron mientras su respiración se volvía entrecortada.
Kael se volvió hacia la Rata Negra y dijo:
“Puedes liberarlo.”
Mantuvo la mirada fija en Zeiran por un instante y preguntó con duda: "¿Estás seguro?".
—Todo su maná está bloqueado ahora mismo —respondió Kael con calma—. No puede resistir el efecto del veneno.
Tras una breve pausa, Kael añadió: «En circunstancias normales, una pastilla como esta no le habría afectado en absoluto. Este veneno no fue diseñado para un asesinato secreto…»
La Rata Negra, intentando aliviar la tensión, bromeó:
“Eso está bien. Entonces estoy a salvo.”
—Sí —asintió Kael brevemente—. Y pronto lo agradecerás aún más.
La Rata Negra disipó lentamente su maná.
La fuerza invisible se desvaneció, y Zeiran se desplomó inmediatamente sobre el suelo de piedra. En lugar de levantarse, su cuerpo comenzó a temblar y convulsionar, como si algo bajo su piel se retorciera, intentando abrirse paso a la fuerza.
Mirándolo desde arriba, Kael dijo con voz firme:
“Es un veneno bastante insidioso. Se utilizaba para torturar: se ataba a la víctima y se la obligaba a soportar sensaciones horribles…”
Hizo una breve pausa y añadió con un tono más sombrío:
“Los ataron porque, de lo contrario, el mago simplemente se suicidaría.”
Como si confirmara sus palabras, Zeiran rugió repentinamente con voz quebrada:
“¡No! ¿Qué es esto? ¡Aléjate! ¡Aléjate!”
Sus manos comenzaron a golpear frenéticamente su pecho y hombros, su cuello y estómago, como si intentara espantar insectos invisibles que se arrastraban bajo su piel. Sus uñas dejaban marcas sangrientas en su carne, y su respiración se convirtió en sollozos roncos.
Pero lo que sucedió a continuación hizo estremecer incluso a Kael.
De repente, Zeiran se inclinó y se clavó los dientes en la muñeca, arrancándose salvajemente un trozo de carne. La sangre salpicó el suelo de piedra y su pecho, pero parecía que el dolor ya no existía para él, o que la locura lo había ahogado.
Casi de inmediato, comenzó a arañar la herida con las uñas, como si intentara arrancarse algo de debajo de la piel.
Por un instante, Kael sintió náuseas. Se dio la vuelta de inmediato, murmurando una maldición. «Maldita sea…»
Un pensamiento cruzó por su mente: "¿Me habré excedido con la dosis? Esto podría ser demasiado..."
La Rata Negra, observando lo que sucedía, dijo en voz baja: "Eres bastante vengativo, Kael. No me gustaría ser tu enemigo".
Kael, sin apartar la mirada, respondió rápidamente: "Las descripciones de los efectos de este veneno eran mucho menos vívidas".
Tras echar un breve vistazo por encima del hombro a Zeiran, que se infligía heridas cada vez más graves, y a la sangre que ya se extendía por el suelo en oscuros arroyos, Kael sintió un desagradable escalofrío recorrerle la espalda.
—Si hubiera sabido que el efecto sería tan brutal —dijo en voz baja, reprimiendo las náuseas—, no me habría atrevido a usarlo.
La Rata Negra dirigió su mirada hacia él, y luego volvió a mirar al anciano que se retorcía.
“Tal vez deberíamos matarlo, para que no sufra.”
Kael negó lentamente con la cabeza.
“No. Eso dejaría claros indicios de asesinato. Y una vez que este veneno sea absorbido por completo por el cuerpo, nadie en Lasthold podrá detectarlo.”
La Rata Negra alzó una ceja ligeramente en tono burlón, observando cómo Zeiran gruñía y se retorcía por el suelo, dejando manchas carmesí sobre la piedra.
“¿Crees que alguien se creerá que Zeiran hizo esto voluntariamente?”
Kael respondió fríamente: "¿Acaso tendrán otra opción? Tendrán que creer que el anciano no pudo soportar la pérdida de poder y se volvió loco".
Durante varios segundos, la Rata Negra observó en silencio la agonía del antiguo Anciano. Luego, su rostro se endureció, como si recordara a muchos camaradas caídos.
—Una muerte rápida es un final demasiado fácil para él… —dijo con voz firme—. Que sufra antes de morir. En su época, ese viejo torturó y mató a cientos de personas. Se lo merece.
Kael permaneció en silencio durante varios minutos, escuchando los horribles sonidos y sintiendo cómo las náuseas disminuían gradualmente. Lentamente, volvió a mirar a Zeiran.
El anciano apenas respiraba.
Se había llevado a tal estado que en cuestión de segundos perdió casi toda la sangre. Las convulsiones se volvieron raras y débiles, sus movimientos inconscientes, como si su cuerpo se contrajera por puro reflejo.
Por un instante, Kael sintió un atisbo de compasión hacia su enemigo. Pero luego, al recordar cómo ese hombre había querido matarlo a él y a todos sus seres queridos, Kael apartó rápidamente ese pensamiento.
Con expresión impasible, reprimiendo sus emociones, dijo con firmeza:
“Zeiran sin duda se lo merecía. Pero quizás… en el futuro, optaré por métodos de venganza más rápidos y menos violentos.”
Para entonces, Zeiran apenas se movía. El charco de sangre se había extendido por el suelo y avanzaba lentamente hacia las botas de Kael y la Rata Negra.
Un último y doloroso gemido escapó de la garganta del anciano.
Un instante después, su cuerpo se sacudió por última vez y quedó flácido.
Un profundo silencio se apoderó de la celda.
La Rata Negra fue la primera en apartar la mirada, volviéndose hacia la puerta.
“En mi opinión, es una muerte apropiada para semejante escoria.”
Kael asintió, sin demorarse ni un instante más, y también se giró.
“Hemos hecho lo que vinimos a hacer. No hay razón para quedarnos.”
Con esas palabras, abandonaron rápidamente la celda. La Rata Negra apoyó la palma de la mano contra la puerta, restaurando el sello mágico, pues ya conocía la "llave" correcta. El mecanismo protector se cerró suavemente en cuestión de segundos, como si nadie lo hubiera tocado.
Acto seguido, cerraron silenciosamente la entrada al ala donde se encontraban las celdas de élite y, a continuación, devolvieron el llavero a la ropa de la mujer de cabello plateado, colocándolo cuidadosamente exactamente donde había estado antes.
De principio a fin, no transcurrieron más de quince minutos.
En cuanto se escabulleron de la prisión sin ser vistos y desaparecieron entre las calles nocturnas de Lasthold, el estupor de los guardias se disipó.
El hombre pelirrojo parpadeó, como si se hubiera distraído solo por un segundo, y se estremeció por la humedad.
—Menos mal que estás aquí —continuó, como si la conversación nunca se hubiera interrumpido—. De lo contrario, el sonido de esas gotitas me habría vuelto loco.
La mujer de cabello plateado rió suavemente mientras se ajustaba los guantes.
“Ten cuidado, o pensaré que estás intentando cortejarme.”
El hombre sonrió con sorna, frotándose ligeramente la nariz.
“¿Y si lo soy?”
Sus voces resonaban con calma por el pasillo, mezclándose con el eco constante de las gotas de agua. En la sección de élite, se oían risas cuando uno de los guardias perdió tontamente una partida de cartas. Ni un solo guardia, ni un solo mago en la prisión se percató de que, en los últimos quince minutos, algo terrible había ocurrido.
En la celda de élite e intocable donde el orgulloso e inflexible Anciano Zeiran se había sentado apenas unos instantes antes, yacía ahora su cadáver mutilado.
Nadie había entrado ni salido. El precinto de seguridad estaba intacto y la puerta no había sufrido daños.
Aparentemente, el anciano había sido el artífice de esta cruel locura. Y, en efecto, así fue. Zeiran se suicidó. No se encontraron rastros de otros magos.
✦ ✦ ✦
En ese momento, Kael y la Rata Negra ya caminaban tranquilamente por una calle nocturna de Lasthold. La nieve bajo sus pies se había derretido en algunos lugares, dejando manchas oscuras y húmedas en el pavimento de piedra, y voces apagadas y risas llegaban desde las tabernas.
Tras observar a Kael en silencio durante un rato, la Rata Negra finalmente preguntó: "¿Te sientes mejor?".
Kael giró lentamente la mirada hacia ella, como si estuviera absorto en sus pensamientos. En sus ojos no había ni alegría, ni alivio, ni tristeza.
Tras reflexionar un momento sobre su pregunta, respondió con calma:
“Esta situación no justifica emociones. Hicimos lo que teníamos que hacer. No podemos dejar con vida a personas como él.”
Alzando la vista hacia el cielo estrellado y rememorando historias de crónicas y anales antiguos, añadió:
Nunca se sabe qué giro dará la vida, ni qué canalla podría tener una segunda oportunidad. Si surge la oportunidad de eliminar a un enemigo irreconciliable, hay que aprovecharla sin dudarlo.
Ante esas palabras, la Rata Negra aminoró el paso por un instante. En su mirada volvió a asomar la sensación de que quien caminaba a su lado distaba mucho de ser un chico de dieciséis años, sino alguien que había visto mucho más de lo que debería.
Reflexionando sobre sus palabras, dijo en voz baja: «Tu razonamiento suena sanguinario. Pero eso no lo hace menos cierto».
Kael esbozó una sonrisa torcida.
“No hablemos más de sangre y sed de sangre. Todavía me siento un poco mal.”
Por un instante, en la mente de Kael afloraron imágenes de cómo el Dios del Conocimiento y la Locura lo había torturado, sometiéndolo a innumerables horrores sin concederle siquiera la posibilidad de morir.
—La crueldad desmedida no es nueva ni aterradora para mí —murmuró—. Pensaba que matar sería simplemente otra manifestación de ella.
Guardó silencio por un momento y luego añadió con sinceridad: "Pero resulta que... matar es algo completamente diferente".
Kael exhaló, como si se deshiciera de los últimos vestigios de tensión, y con una sonrisa torcida dijo: "Para ser honesto, no me vendría mal una buena copa ahora mismo".
La Rata Negra sonrió con sorna y, como queriendo animarlo, dijo: "¿Te apetece compañía? Con mucho gusto celebraría la muerte de ese pedazo de basura".
Kael soltó una risita suave, intentando disipar la persistente melancolía.
—Sería un honor —respondió asintiendo con la cabeza.
Tras esas palabras, la Rata Negra le dio de repente una palmada en la espalda y un ligero empujón, guiándolo con seguridad.
—Hay algunas tabernas que pertenecen a la Hermandad de los Renegados —dijo—. Vayamos allí. No nos molestarán.
Kael sonrió con picardía mientras caminaba a su lado.
“Excelente elección. Y ni siquiera tendremos que pagar por ello.”
La Rata Negra se detuvo un instante, arqueó una ceja y lo miró con fingida indignación.
“¿Y quién te dijo eso?”, resopló. “¡Pagarás hasta el último centavo!”
Kael se rió, y con ello la pesadez de los últimos minutos finalmente se desvaneció.
“Entonces espero que ofrezcas buenos descuentos a tus buenos amigos.”
—Ya veremos cómo te comportas —replicó ella, acelerando el paso—. ¿Y si te emborrachas y empiezas a romper platos?
Entre risas, los dos continuaron su camino por las animadas calles de Lasthold. Las estrellas brillaban sobre la ciudad, una luz cálida emanaba de las puertas abiertas de la taberna y, para la mayoría de sus habitantes, aquella noche no era diferente de cualquier otra: una noche cualquiera, conversaciones normales, risas normales.
Nadie tenía conocimiento del horror que se vivía en la célula de élite, ni de la amenaza desconocida que se acercaba desde el sur.

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Engañé a un Dios (Novela)
Capítulo 53
Engañé a un Dios (Novela) Capítulo 52
Estás leyendo el capítulo 52 de Engañé a un Dios (Novela), un novela. Born with a soul mutation desired even by the Gods — perfect memory. Kael could recall every word, every book… yet not a single drop of mana. Mockery, beatings, a ruined family — and a desperate deal with the God of… Este capítulo tiene publicado el 30 de marzo de 2026, Traducido por el grupo Crowli. Engañé a un Dios (Novela) tiene 84 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.