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Leer Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela) Capítulo 56 online gratis en español

🏴 Grupo: Alejey✍️ Traducción: Alejey
El vuelo privado de retorno por la Asociación acortó las distancias geográficas con una eficiencia quirúrgica. Contemplar las luces de la metrópoli oriental expandiéndose bajo el ala del jet en mitad de la noche me ahorró largas jornadas de carretera y desgaste innecesario. Los plazos logísticos que el alto mando había fijado para la incursión amazónica corrían en mi contra: la ventana de despliegue hacia la nueva Zona de Integración estaba programada para las próximas horas y no podía permitirme abordar ese transporte sin asegurar la respuesta de Vicky. Al aterrizar y recuperar mi vehículo en el aeródromo, la medianoche ya había caído sobre las calles desiertas. Dudé un instante frente a la pantalla de mi teléfono sobre si llamarla o no; a esas horas intempestivas, en la calma austera de un claustro religioso, una llamada imprevista solo serviría para alterar la paz del recinto. Opté por la vía más sobria y redacté un breve mensaje de texto informándole que pasaría por el convento a primera hora de la mañana para escuchar su decisión. Apenas cinco segundos después de enviar el texto, la pantalla parpadeó: \[Aquí lo estaré esperando, señor Alwyn. Buenas noches.\] La inmediatez de su respuesta delataba que la joven novicia seguía despierta en su habitación o en los bancos de la capilla. Al menos, el hecho de que no rehusara el encuentro confirmaba que el dilema no había sido sepultado bajo el silencio. ... Al día siguiente, el sol apenas despuntaba sobre el horizonte cuando estacioné el vehículo frente a la verja del Convento de la Sagrada Merced. A través de las rejas de hierro forjado divisé una estampa inusual: el patio de piedra estaba desierto, desprovisto de los gritos y las carreras infantiles que solían llenar el aire matutino. En el centro del empedrado, Vicky barría las hojas secas con movimientos pausados y mecánicos, absorta en sus pensamientos. Descendí del auto y crucé el umbral. El eco seco de mis botas sobre los adoquines rompió el murmullo del viento. Vicky se detuvo en seco, giró sobre sus talones y, al reconocerme, bajó la escoba y dio unos pasos hacia mí con una leve sonrisa en los labios: —Buenos días, señor Alwyn. Lo estuve esperando. Al clavar la mirada en su rostro noté de inmediato una transformación sutil pero profunda. Sus rasgos conservaban esa belleza pura y cristalina, enmarcada por la melena platinada y la silueta voluptuosa bajo el hábito austero; sin embargo, en sus ojos azules ya no habitaba la timidez virginal ni la indecisión temerosa de nuestra charla en la cafetería. Había una gravedad templada en sus facciones, la serenidad de quien ha cruzado un puente sin retorno. —Buenos días, Vicky —respondí, sosteniéndole la mirada con firmeza—. Vine a conocer tu respuesta definitiva. —Sí. He reflexionado profundamente sobre cada una de sus palabras —declaró con una voz suave pero carente de cualquier titubeo—. Acepto su propuesta. Me uniré a usted. —Me alegra que hayas tomado esa decisión —dije, asintiendo con aprobación—. Te daré un par de horas para que empaques lo necesario y te despidas formalmente de la Madre Superiora y de los niños. Volveré por ti antes del mediodía. Eché un vistazo involuntario hacia los arcos vacíos del claustro, extrañado por la ausencia del bullicio infantil. —Ah... no hace falta que se retire, señor Alwyn —intervino Vicky con una calma teñida de melancolía—. Ya me he despedido de todos. No tengo nada más que empacar ni trámites pendientes en este lugar; solo lo estaba esperando a usted. Si no tiene inconveniente, podemos marcharnos ahora mismo. La firmeza con la que cortaba sus lazos inmediatos me tomó por sorpresa, considerando su naturaleza sensible y maternal. Sin embargo, no hice preguntas innecesarias. El pragmatismo dictaba no perder un solo minuto. —Entendido. En marcha entonces. Caminamos hacia la salida y le abrí la puerta del copiloto. Una vez a bordo y con el motor en marcha, la interfaz de mi teléfono emitió una vibración cifrada: la secretaría de Arthur acababa de remitir el itinerario oficial. La inserción aérea se ejecutaría al caer la tarde, otorgándonos una ventana de varias horas para prepararnos en el complejo regional de la Asociación antes de despegar. Giré el volante y enfilé hacia la avenida principal. —Antes de explicarte los detalles operativos de lo que enfrentaremos —expliqué mientras aceleraba entre el tráfico—, debemos deshacernos de esa ropa de novicia y equiparte con indumentaria de combate adecuada. Nos dirigimos a la filial metropolitana de la Asociación de Despertados. Vicky ladeó la cabeza, mirándome con genuina confusión: —¿La Asociación de Despertados? Jamás había escuchado mencionar ese nombre en las noticias. —No te preocupes por eso; en cuestión de semanas su nombre estará en boca de todo el continente —respondí con una media sonrisa irónica, pisando el acelerador a fondo. Quince minutos después, el vehículo ingresó a la rampa subterránea de un imponente rascacielos corporativo de fachada acristalada y seguridad privada. Aunque no alcanzaba las colosales dimensiones de la sede central de la capital, el complejo regional imponía respeto por su arquitectura sobria y sus medidas de aislamiento. Acompañé a Vicky hacia el vestíbulo principal. La joven contemplaba los techos de doble altura, los escáneres de seguridad y las pantallas con ojos abiertos de par en par, intimidada por un entorno corporativo que distaba años luz de la austeridad de su convento. Al cruzar los torniquetes, una recepcionista ataviada con un impecable traje sastre negro se acercó con una tableta en mano: —Buenos días, señor Alwyn. Tenemos instrucciones directas de la dirección general para asistirle en todo el aprovisionamiento previo a su despliegue internacional. La analista desvió la mirada hacia Vicky, evaluando con disimulada perplejidad el contraste entre mi porte de mercenario y el hábito religioso de mi acompañante: —¿Puedo consultar la identidad y el registro de la señorita? —Es mi compañera de escuadrón. Se desplegará conmigo en la incursión —corté en seco, sin dar explicaciones superfluas. —Comprendido —asintió la mujer con profesionalismo impecable—. Por favor, acompáñenme al elevador. Los guiaré directamente al sector de armería y equipo táctico. Subimos a la cuarta planta subterránea. Al abrirse las puertas metálicas, un rótulo luminoso resaltaba: DIVISIÓN DE EQUIPAMIENTO Y LOGÍSTICA DE CAMPO. El recinto era un despliegue masivo de tecnología militar y manufactura de vanguardia: hileras de maniquíes vestidos con trajes de polímero balístico, vitrinas con chalecos reforzados, gabinetes con visores de visión nocturna e infrarroja, arneses de escalada, radios satelitales y mochilas herméticas de camuflaje urbano y selvático. —¡Cielos...! —se le escapó a Vicky en un susurro impresionado, juntando las manos sobre el pecho al contemplar el arsenal. —Tienen autorización para seleccionar cualquier conjunto de protección y pertrechos de campaña sin límite de presupuesto —anunció la asistente, haciéndose a un lado—. Son prerrogativas exclusivas de su estatus con la firma, señor Alwyn. La variedad de atuendos estaba dividida por categorías funcionales: cotas semipesadas con placas de aramida pensadas para vanguardias de clase Guerrero o Caballero, pantalones tácticos de peso medio y trajes ultraligeros de polímero elástico de alta densidad diseñados para clases de apoyo, exploradores o magos. Recorrí los exhibidores examinando las costuras y los pesos con criterio de combate. Descarté de inmediato las protecciones pesadas que limitarían mi agilidad y elegí un conjunto táctico de dos piezas: un mono de tejido reforzado con kevlar flexible en torso y extremidades, coderas y rodilleras de bajo perfil y correajes modulares que permitían desenfundar la espada sin fricción. —Vicky, tú también debes elegir un equipo. No te contengas ni mires el costo —le indiqué, señalando los estantes—. No puedes internarte en una zona asimilada vistiendo capas de tela monástica que se engancharán en cada rama y te empaparán en el primer lodazal. La novicia asintió con timidez y comenzó a caminar entre los maniquíes, mirando las etiquetas con absoluta desorientación. Me giré hacia la asistente de la Asociación: —Preparará mi conjunto en color negro mate integral. Además, requiero una mochila de asalto impermeable con suministros de campaña: pastillas purificadoras de agua, mecheros de magnesio, raciones hipercalóricas, bengalas térmicas, visores infrarrojos compactos y un par de intercomunicadores de frecuencia cerrada para cascos o clips de oreja. La empleada digitaba cada orden a toda velocidad en su tableta: —Registrado. Procesaremos las tallas de inmediato. Al voltear hacia la sección femenina, divisé a Vicky completamente paralizada frente a un estante. Tenía los hombros caídos y una expresión de angustia palpable mientras miraba un chaleco antibalas con decenas de placas metálicas. Me acerqué en silencio por detrás: —¿Todavía no te decides? —¡Ah! —soltó un gritito ahogado, dando un respingo y llevándose las manos al cuello al notar mi cercanía—. P-Perdón... me asustó. Es que... no entiendo nada de esto. Jamás he usado ropa que no sea mi hábito y no tengo idea de cuál de estas cosas me servirá para no ser un estorbo. —Déjame ayudarte —dije, escaneando los maniquíes con fría lógica táctica. Mis ojos se posaron en un conjunto específico: un mono de combate ultraligero confeccionado en nanofibra sintética negra, de corte pegado al cuerpo y ergonómico, diseñado originalmente para unidades de infiltración y reconocimiento. En mi mente, la elección era puramente matemática: al ser una Clérigo de Nivel 1, Vicky carecía de fuerza física y agilidad para cargar blindajes pesados; un tejido transpirable, repelente al agua y pegado al cuerpo maximizaría su movilidad en la maleza amazónica, reduciría el ruido de sus pasos y evitaría que la humedad de la selva le provocara hipotermia o llagas por roce. Era, por mucho, la opción tácticamente superior para mantenerla con vida. Señalé el maniquí con el índice: —Ese es el traje perfecto para ti. Vicky clavó la mirada en la prenda señalada y se congeló. El mono de combate era tan delgado y anatómico que, una vez colocado, se amoldaría como una segunda piel a cada contorno de su figura, resaltando inevitablemente su busto generoso, la estrechez de su cintura y la pronunciada curva de sus caderas. Un rubor violento y carmesí brotó desde la base de su cuello hasta la punta de sus orejas. La novicia abrió los ojos con pánico virginal, juntando las manos frente a su pecho mientras su respiración se entrecortaba, procesando que el frío y calculador Alwyn la estaba instando a enfundarse en lo que ella interpretaba como un atuendo escandalosamente provocativo y revelador: —¿E... ese traje? —balbuceó con la voz temblorosa, sin atreverse a mirarme a la cara. —Sí. Te sentará perfecto y se adaptará a lo que necesitamos —afirmé con total naturalidad y convicción, sosteniéndole la mirada sin comprender la causa de su bochorno. El rubor en sus mejillas pareció intensificarse aún más ante mi insistencia directa. Vicky bajó la cabeza avergonzada, apretando los labios con resignación piadosa mientras aceptaba el destino: —E-Entiendo... Si usted dice que es lo mejor para la misión... elegiré ese. La encargada de logística tomó las medidas de Vicky y anotó la solicitud del traje en color negro, retirándose a los talleres para preparar los ajustes finales de las prendas. Nos acomodamos en los sillones de espera de la antesala. Con los pertrechos en confección y la logística resuelta, era momento de desplegar los mapas de la cuenca amazónica y explicarle a la futura Santa de Elysium las brutales reglas de supervivencia que regían en una Zona Roja antes de abordar el transporte aéreo.
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Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela) Capítulo 56

Estás leyendo el capítulo 56 de Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela), un novela. La humanidad enfrentaba la extinción. La aparición de bestias y monstruos de fantasía azotó el mundo, pero con ellos vino una esperanza: los Despertados, personas que recibieron la facultad de usar el Sistema para… Este capítulo tiene publicado el 11 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Alejey. Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela) tiene 60 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.