Leer Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela) Capítulo 55 online gratis en español
🏴 Grupo: Alejey✍️ Traducción: Alejey
En el Convento de la Sagrada Merced, el paso de las horas se había transformado en un peso silencioso y asfixiante. Habían transcurrido dos días completos desde la conversación en la cafetería con Alwyn, y la mente de Vicky no había dejado de dar vueltas a la oferta del misterioso joven de mirada gélida.
A pesar de la tentación económica, el temor a romper la paz de sus votos y la aversión a la violencia del nuevo mundo la habían frenado de contactar a Alwyn. La joven novicia intentaba ahogar sus dudas en la rutina monástica: fregando los pisos de piedra, lavando sábanas ajadas y cosiendo prendas de abrigo para los huérfanos que el convento albergaba. Cuidar de una docena de niños sin hogar era una batalla diaria que agotaba los cuerpos y las almas.
En la pequeña oficina parroquial, la Madre Superiora —una religiosa anciana de rostro surcado de arrugas y hombros vencidos por el cansancio— revisaba las facturas de servicios y las listas de alimentos con un suspiro amargo:
—Ay, Vicky, hija mía... La situación ya no da para más —murmuró la anciana con la voz quebrada por el pesar—. Las donaciones de la diócesis se han reducido a cero tras el inicio de las evacuaciones en el sur. Apenas tenemos reservas de harina y leche para tres días. Si esto continúa una semana más, no tendremos otra alternativa que entregar a los niños a la custodia del orfanato estatal.
Vicky se detuvo en seco con el paño entre las manos, sintiendo un nudo helado en la boca del estómago:
—Madre Superiora, por favor... no podemos hacerles eso. Esos pequeños han encontrado aquí su único hogar; se han encariñado con nosotras y con esta casa. Sería un golpe devastador arrancarlos de sus camas para enviarlos a una institución pública saturada.
—Lo sé en lo más profundo de mi corazón, pequeña —respondió la monja mayor, bajando la mirada con impotencia—. Pero la compasión no llena los platos vacíos. El convento ya no tiene la solvencia mínima para garantizarles salud y alimento digno. Por ahora, transferirlos al orfanato estatal es la única medida responsable para evitar que caigan en la desnutrición extrema. Cuando las cosas se calmen y logremos estabilizarnos económicamente, podremos tramitar su regreso.
A través del ventanal del despacho, los rayos del sol iluminaban el patio interior. En él, los niños corrían tras una pelota de trapo deshilachada, riendo y jugando ajenos a la miseria que amenazaba su techo. Vicky contempló las siluetas infantiles con los ojos empañados por la tristeza. Sabía que la promesa de un retorno futuro era una ilusión frágil: en un mundo donde el orden social se desmoronaba día a día, los niños entregados a la burocracia estatal rara vez volvían a sus hogares de acogida.
Podía evitarlo. Tenía el poder y la oferta en sus manos para impedirlo, pero el miedo a internarse en los campos de sangre la había paralizado.
—Comprendo, Madre Superiora... —susurró Vicky tras un largo silencio, tragando saliva para contener el temblor de su voz—. Yo misma hablaré con los pequeños para explicarles la situación.
Salió del claustro con paso lento y caminó hacia el patio de adoquines. Apenas sus pisadas tocaron la gravilla, los niños abandonaron sus juegos y corrieron en tropel hacia ella, rodeándola en un torbellino de risas y abrazos apretados:
—¡Hermana Vicky! ¡Venga a jugar a las escondidas con nosotros!
—¡Hermana, mire el dibujo que hice de la capilla!
—¡Hermana Vicky, cuéntenos otra historia de los paladines!
Al agacharse para abrazarlos, la cruda realidad física la golpeó con una fuerza lacerante: las mejillas de los niños estaban pálidas, sus brazos delgados acusaban una pérdida evidente de masa muscular y las ropas que vestían estaban llenas de remiendos y costuras gastadas. Algunos, incluso, corrían descalzos sobre la piedra fría por falta de calzado.
El dolor en el pecho de Vicky fue tan agudo que las dudas que la atormentaban se evaporaron al instante. Lo que estaba viviendo no era una prueba de fe abstracta; era la miseria descarnada devorando a los seres que amaba.
—¿Eh...? ¿Hermana Vicky, por qué tiene los ojos mojados?
—¿Le duele algo, hermana? ¿Por qué está llorando?
Sin que ella misma lo hubiera notado, dos lágrimas gruesas habían rodado por sus mejillas. Con una sonrisa forzada, se secó el rostro con la manga del hábito y respiró hondo para serenar los latidos desbocados de su corazón.
—No me duele nada, mis pequeños... —dijo, arrodillándose sobre los adoquines para quedar exactamente a la altura de sus miradas—. Vengan, siéntense en círculo a mi alrededor. Hay una noticia muy importante que la Madre Superiora y yo debemos comunicarles.
Los niños, intuyendo por la solemnidad de su tono que no se trataba de un juego, guardaron silencio y se acomodaron sobre la hierba seca del patio.
—Como algunos de ustedes ya habrán notado —comenzó Vicky, acariciando la cabeza de la más pequeña con ternura infinita—, el convento está atravesando un momento muy difícil. No nos alcanza el dinero para comprar las raciones de comida necesarias ni para comprarles ropa nueva de invierno... Yo he estado trabajando horas extras fuera del claustro, pero mis fuerzas no son suficientes para sostener a toda nuestra gran familia.
Los pequeños la miraban con los ojos muy abiertos, asimilando la pesadumbre en sus palabras.
—Por esa razón, y solo por un tiempo breve, la Madre Superiora ha dispuesto que vayan a pasar una temporada en el orfanato central de la ciudad. Allí tendrán camas abrigadas, médicos y tres comidas calientes al día.
La reacción fue un estallido instantáneo de angustia y pánico infantil:
—¡No! ¡Yo no me quiero ir del convento!
—¡Hermana Vicky, prométeme que no nos dejará!
—¡Yo puedo comer menos, se lo juro! ¡Solo una tostada al día!
—¡Yo puedo ayudar a limpiar las calles para ganar monedas! ¡Por favor, no nos mande con extraños!
Cada súplica era una puñalada directa al corazón de la novicia. Ella misma había sido una niña abandonada en el umbral de ese mismo convento veinte años atrás; conocía con exactitud milimétrica el terror cerval al abandono, la sensación de no pertenecer a ningún lugar y el miedo atroz a ser olvidada por el mundo.
—Escúchenme bien, pequeños míos —dijo Vicky con voz firme, atrayéndolos a todos en un abrazo protector mientras las lágrimas empapaban sus hombros—. Esto no es un abandono. Jamás los dejaría desamparados. Se los prometo por lo más sagrado: esto es solo una separación temporal. Sean valientes, cuídense los unos a los otros y esperen por mí. Trabajaré sin descanso, conseguiré los recursos necesarios y vendré a buscarlos a cada uno de ustedes para traerlos de vuelta a casa.
Pasó el resto de la tarde y parte de la noche entregada por completo a ellos: les cantó himnos antiguos, les relató crónicas heroicas y jugó hasta que el último de los huérfanos cayó rendido en sus literas.
Al filo de la medianoche, Vicky se arrodilló frente al altar de la capilla iluminada por la luz vacilante de los cirios. Con las manos unidas sobre el pecho, oraba en silencio buscando templanza en su espíritu cuando la vibración de su teléfono celular rompió la quietud del templo.
Desbloqueó la pantalla y leyó el mensaje de texto entrante:
\[Mañana iré al convento a verte. Espero que hayas meditado tu respuesta. Buenas noches. —Alwyn\]
Era el ultimátum del destino. Vicky contempló el crucifijo de madera en el ábside de la iglesia y luego su teléfono. Ya no había espacio para la cobardía. Tecleó una respuesta corta:
\[Aquí lo estaré esperando, señor Alwyn. Buenas noches.\]
...
A la mañana siguiente, un minibús blanco con el emblema de la dirección de asistencia social municipal se estacionó frente a las puertas del convento.
Vicky y la Madre Superiora acompañaron a los niños hacia el patio exterior. Los pequeños caminaban en fila india, cabizbajos y aferrando sus pequeños hatillos de ropa con resignación.
Una trabajadora social de aspecto amable descendió del vehículo con una carpeta en mano:
—Buenos días, hermanas. Soy la coordinadora del servicio de acogida temporal. No se preocupen en lo más mínimo; en las instalaciones nos aseguraremos de que reciban atención médica y alimentación balanceada.
—Dios bendiga su labor, señorita. Les encomendamos a nuestros pequeños —respondió la Madre Superiora con una reverencia solemne.
Los huérfanos fueron subiendo uno a uno a la unidad. Justo cuando la última niña —una pequeña de siete años de grandes ojos oscuros y trenzas castañas— ponía el pie en el estribo, se detuvo en seco, giró sobre sus talones y corrió desesperadamente a arrojarse a los brazos de Vicky.
—¡Hermana Vicky! ¡Prométeme que vendrás por nosotros! ¡Prométemelo! —sollozó la pequeña, hundiendo el rostro contra su hábito.
—Te lo juro por mi vida, mi niña hermosa. Sean fuertes y obedezcan a sus cuidadores; volveré muy pronto —respondió Vicky, acariciándole las mejillas mientras le secaba el llanto con el pulgar.
La niña metió su manita en el bolsillo del delantal y extrajo dos pulseras artesanales trenzadas con hilo rojo. En el centro de cada una colgaba la mitad metálica de un dije con forma de corazón partido, diseñado con muescas que encajaban de manera perfecta al unirse.
—Toma... Esta mitad es para ti —dijo la pequeña, extendiéndole una de las cintas con voz temblorosa—. Cuando vuelvas a buscarnos, uniremos las dos partes. Será nuestra promesa sagrada.
Vicky contempló el colgante con un sobresalto en el pecho:
—Pero, cielo... este relicario era el único recuerdo que dejaron tus padres cuando te encomendaron a nosotras...
—Lo sé —sonrió la niña con una pureza conmovedora, mientras un par de lágrimas brillaban en sus pestañas—. Pero tú eres mi verdadera madre, hermana Vicky.
El impacto emocional caló hondo en el alma de la novicia. Una mezcla de risa y llanto escapó de sus labios mientras se colocaba la pulsera de hilo en la muñeca derecha, ajustando el nudo con firmeza:
—Trato hecho, mi amor. Cuando regrese a buscarte, traeré la otra mitad conmigo.
La niña sonrió aliviada, subió al vehículo y tomó asiento junto a la ventanilla, agitando la mano con una despedida infantil. El motor arrancó y el minibús se alejó por la calle empedrada hasta perderse tras el recodo del distrito norte.
Vicky permaneció inmóvil en el umbral, contemplando el asfalto vacío con la pulsera roja apretada contra su pulso.
La Madre Superiora se acercó por detrás y le posó una mano cálida sobre el hombro:
—Has forjado un lazo indestructible con esos niños, Vicky. Su fe descansa enteramente en ti. No dejemos que la tristeza nos consuma; entremos y confiemos en la providencia.
—Así será, Madre —respondió la joven novicia con un tono completamente transformado.
Al girar para ingresar al convento, la mirada cristalina de Vicky ya no albergaba la timidez ni la indecisión de los días pasados. La fragilidad había dado paso a una determinación de acero: rompería cualquier límite, empuñaría su fe como un escudo inexpugnable y marcharía junto a Alwyn hacia los confines de la tierra si eso garantizaba el retorno y la salvación de sus pequeños.

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Estás leyendo el capítulo 55 de Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela), un novela. La humanidad enfrentaba la extinción. La aparición de bestias y monstruos de fantasía azotó el mundo, pero con ellos vino una esperanza: los Despertados, personas que recibieron la facultad de usar el Sistema para… Este capítulo tiene publicado el 10 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Alejey. Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela) tiene 59 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.