Leer Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela) Capítulo 20 online gratis en español
🏴 Grupo: Alejey✍️ Traducción: Alejey
Elizabeth y los demás se abrieron paso hacia el andén central del refugio, donde se agolpaba la masa de sobrevivientes.
Antes de doblar el último pasillo de concreto, los gritos desordenados, reclamos y murmullos histéricos ya retumbaban contra las paredes húmedas del subterráneo. Múltiples civiles se encaraban contra los guardias del refugio, exigiendo explicaciones por la reducción de las raciones.
—¡Queremos que la comida se reparta de forma equitativa! —rugió un hombre demacrado, encarando a uno de ellos.
—¡A algunos les están robando las latas en sus propios vagones! ¡Exigimos orden y seguridad! —vociferó una mujer a su lado, agitando los puños con rabia.
El caos social se propagaba como un incendio forestal y la autoridad de los guardias se desgastaba a pasos agigantados.
—¡Atrás! ¡Mantengan la distancia! —ordenó un guardia sujetando su fusil ineficaz contra el pecho—. La comida se distribuirá según la planilla oficial. Nadie tendrá prioridad sobre los demás.
En ese instante, el hombre con chaleco táctico que ejercía como líder del refugio —el mismo que había recibido a Alwyn en su primera llegada— se percató de la presencia del escuadrón de Despertados y se aproximó a paso apresurado.
—Elizabeth... chicos. ¿Qué hacen aquí? —preguntó con el rostro desencajado por el estrés.
—Tenemos un anuncio importante que hacerle a toda la comunidad —respondió Elizabeth con voz serena y postura erguida.
El encargado echó un vistazo de reojo a la masa alborotada y soltó una mueca amarga:
—Como verás, la gente no está de humor para escuchar más comunicados o malas noticias...
—No te preocupes. Seremos breves y no nos tomaremos demasiado tiempo —decretó ella sin dar paso a objeciones.
Sin dudarlo, Elizabeth avanzó con paso firme hasta situarse en una plataforma sobreelevada de ladrillos, justo frente a la multitud enardecida. La presencia del grupo no tardó en atraer miradas de resentimiento y expectativa.
—Miren... son ellos, los Despertados —murmuró un sujeto en la segunda fila.
—¿Qué hacen perdiendo el tiempo aquí? Deberían estar allá afuera saqueando supermercados para traernos comida —refunfuñó una mujer con desprecio.
Elizabeth ignoró los comentarios despectivos con una frialdad ensayada. Aclaró su garganta y proyectó la voz con la autoridad de quien sostiene la única arma real del recinto:
—¡Escúchenme todos durante un minuto! Tenemos algo crucial que anunciarles.
El tono decidido de la joven logró acallar los murmullos de las primeras filas.
—Como todos aquí ya deben saber por las transmisiones de radio, las fuerzas armadas han sido repelidas en la periferia y no podrán penetrar la Zona de Integración para rescatarnos —declaró sin paños calientes—. Permanecer encerrados en este túnel esperando una evacuación milagrosa es una fantasía. En pocas semanas, las raciones de comida se agotarán por completo y el hambre los matará a todos.
Un murmullo de pánico helado corrió entre la gente. Todos conocían esa verdad, pero escucharla dicha en voz alta por la maga del refugio cayó como una losa sobre sus cabezas.
—Mi grupo y yo poseemos la categoría de Despertados —continuó Elizabeth, barriendo a la multitud con la mirada—. Durante este mes hemos salido diariamente a la superficie, arriesgando la vida contra los Lobos Degolladores para traer suministros a este refugio.
Algunos sobrevivientes bajaron la mirada avergonzados; otros continuaron observándola con la exigencia parásita de quien se siente con derecho a ser servido.
—Pero las avenidas adyacentes han sido saqueadas por completo —sentenció Elizabeth. Los grandes centros comerciales están tomados por jaurías masivas que mi grupo no arriesgará la vida en combatir. Por lo tanto, hemos tomado una decisión definitiva: abandonaremos el refugio y saldremos de la Zona de Integración.
La multitud estalló en conmoción y gritos de indignación:
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo que se van?! —vociferó un hombre encarando el estrado.
—¡Si ustedes se marchan, ¿quién nos traerá comida?! —exclamó una mujer fuera de sí.
—¡Son unos egoístas desalmados! ¡Su deber con sus poderes es protegernos y servir a los ciudadanos! —gritó otro sujeto entre la masa.
El egoísmo de la multitud afloró en su estado más puro: exigían la vida y el esfuerzo de los Despertados para garantizar su propia comodidad, ignorando por completo la seguridad de quienes salían a sangrar a la superficie.
—No es realista ni lógico quedarnos a morir de hambre en este agujero—replicó Elizabeth con helada compostura—. Si nos quedamos aquí, todos pereceremos. La única alternativa de supervivencia es marchar hacia las afueras por nuestros propios medios.
Los guardias del refugio la miraron con aprensión y enojo disimulado; sabían perfectamente que si los cuatro Despertados se marchaban, el peso de la recolección de víveres recaería sobre sus hombros.
—Aun así, no planeamos dejarlos a su suerte —añadió Elizabeth, elevando el tono para acallar las protestas—. Todo aquel que desee acompañarnos y asumir el riesgo de marchar por la superficie, puede dirigirse a nuestra tienda de campaña. Quienes prefieran quedarse a esperar al ejército en este túnel, son libres de hacerlo.
Sin añadir una sola palabra más, dio media vuelta y encabezó la retirada del grupo de vuelta hacia el sector de las vías.
Mientras caminaban por el túnel, Will se acercó a su costado con el rostro preocupado:
—Elizabeth... movernos por la superficie con un contingente grande de civiles indefensos atraerá a las jaurías como un imán. Será imposible proteger a todos si nos embosca un grupo masivo de Lobos Degolladores.
—Lo sé. Es casi seguro que habrá bajas en el trayecto... —admitió Elizabeth en voz muy baja, murmurando la última frase para sí misma—... aunque en el fondo, que el número se reduzca durante la Marcha facilitará la gestión de los víveres restantes.
Jhon, que caminaba por delante ajustándose el broche del escudo, se giró hacia ellos con tono firme y resuelto, habiendo pasado por alto el susurro de la maga:
—Haremos lo imposible por proteger a la mayor cantidad de gente que podamos y sacarlos con vida de esta pesadilla.
Alcanzaron la carpa de comunicaciones. Elizabeth comenzó a empaquetar los mapas y transmisores de radio.
—Partiremos al amanecer de mañana —instruyó mirando a Jhon y a Will—. Dependiendo de cuánta gente se presente en la salida, ustedes dos irán al almacén central del refugio y reclamarán nuestra tajada de víveres. Hemos arriesgado la vida durante un mes por este refugio; exijan raciones suficientes para varios días de marcha.
Con los roles definidos, cada integrante se retiró a su saco de dormir para descansar y preparar el equipo antes del amanecer.
...
A la mañana siguiente, las primeras luces del alba apenas comenzaban a filtrarse por las rejillas de ventilación del subterráneo.
Al salir de la carpa, el grupo se encontró con una pequeña multitud reunida en el andén. No más de treinta personas en total: familias jóvenes, algunos adultos corpulentos y un par de niños sujetando las manos de sus madres, todos cargando mochilas de viaje listas.
—Son bastantes más de los que esperaba... —comentó Will en voz baja, aproximándose al lado de Elizabeth con el arco ajustado.
—Pudieron ser cientos si Elizabeth hubiese anunciado abiertamente la hora exacta de la partida ayer por la tarde —observó Jhon, cargando su enorme mochila militar.
—Una masa de más de cien civiles aterrados habría sido un desastre incontrolable en la superficie —reveló Elizabeth con fría perspicacia—. No habríamos podido protegerlos y solo habríamos servido como cebo. Treinta personas es el límite de lo que nuestra vanguardia puede gestionar.
Jhon la miró sorprendido durante un segundo, asimilando la lógica táctica detrás de la omisión, y terminó asintiendo en silencio. Comprendía que en la realidad del Apocalipsis, los milagros no existían.
Elizabeth avanzó hasta colocarse frente al pequeño grupo de evacuados:
—Escuchen con atención —les habló sin rodeos—. Esta marcha por la superficie será extremadamente peligrosa. No podemos garantizarles que todos saldrán con vida. Lo único que les prometemos es que daremos nuestro máximo esfuerzo como Despertados para proteger la formación.
Ninguno de los treinta civiles objetó. Habían tomado la decisión sabiendo a lo que se exponían y prefirieron arriesgarse afuera antes que morir despacio en la penumbra del túnel.
—Keyla y yo guiaremos al contingente hacia la escotilla de salida —ordenó Elizabeth—. Will, Jhon: vayan al almacén y traigan la cuota de suministros que nos corresponde.
El escuadrón se dividió temporalmente. Mientras Elizabeth y Keyla conducían a las treinta personas por los andenes principales, los demás sobrevivientes que decidieron quedarse los observaban desde la penumbra. Algunos con miradas de desprecio, otros con burla sorda y unos pocos con la duda mordiéndoles la conciencia. Ninguno de los evacuados bajó la cabeza.
Veinte minutos después, Will y Jhon alcanzaron la escotilla de salida cargando varias mochilas pesadas atiborradas de latas de conserva y botellas de agua.
—¿Tuvieron inconvenientes con los encargados del almacén? —preguntó Elizabeth al ver el rostro ensombrecido de Jhon.
—Se negaban a entregarnos las raciones aduciendo que pertenecían a la reserva del refugio —respondió Will secamente, dando una palmada en el hombro de Jhon—. Tuvimos que usar la fuerza y desenfrenar el acero para que entendieran razón.
Jhon apretó los labios con una mueca de pesar; herir o amenazar a otros humanos para arrebatar comida iba en contra de sus principios, pero entendía que sin esos víveres el grupo de treinta civiles no sobreviviría tres días en el bosque.
—No te sientas culpable, Jhon —le dijo Elizabeth mirándolo a los ojos—. Ellos tomaron la decisión de quedarse en el túnel; nosotros tomamos la decisión de vivir.
Jhon asintió en silencio, reajustándose la correa de su espada larga.
Con el contingente reunido y las mochilas de suministros aseguradas, las pesadas compuertas blindadas del subterráneo se abrieron lentamente hacia la superficie. El aire helado de la mañana y la vasta ruina de la ciudad asimilada los recibieron.
Nadie sabía con certeza qué horrores aguardaban en la espesura del bosque, pero el grupo de evacuación avanzó hacia la luz, resuelto a abrirse paso a cualquier precio.

Continúa leyendo
Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela)
Capítulo 21
Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela) Capítulo 20
Estás leyendo el capítulo 20 de Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela), un novela. La humanidad enfrentaba la extinción. La aparición de bestias y monstruos de fantasía azotó el mundo, pero con ellos vino una esperanza: los Despertados, personas que recibieron la facultad de usar el Sistema para… Este capítulo tiene publicado el 18 de agosto de 2026, Traducido por el grupo Alejey. Elysium: El Regreso al Fin del Mundo (Novela) tiene 59 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.