Leer El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) Capítulo 9 online gratis en español
La noche había caído sobre Lux Aeterna. El cielo gris se había vuelto negro. Las antorchas de fuego azul del pasillo del Ala Este ardían en silencio. El suelo de piedra desgastada crujía bajo las botas rotas de Adrian. La luna, pálida y fría, se filtraba por las ventanas estrechas del castillo.
Alguien lo agarró del brazo y lo empujó contra la pared. Iris. Piel canela, ojos violeta ardiendo, bata transparente. Olía a jazmín y a ira contenida.
—Me humillaste en mi propio sueño —siseó—. Me usaste.
Adrian mantuvo la expresión de cordero, aunque el agarre le dolió en el costado todavía magullado.
—N-no sé de qué me hablas, señorita Iris.
—No mientas.
La miró un segundo más de lo necesario. La máscara se resquebrajó solo un instante. Su mirada bajó al escote. La bata se abría con cada respiración agitada. Los pechos subían y bajaban.
Iris notó la mirada. Sonrió despacio.
—¿Te gusta lo que ves, corderito?
Adrian levantó la vista. Ya no había máscara.
—La verdad, sí. Pero no es eso lo que me tiene pensando.
—¿Y qué es?
—Que estás aquí, en un pasillo vacío, con esa bata, pegada a mí… y no me estás haciendo nada. Solo amenazando.
Iris parpadeó.
—No es lo que quería decir.
—Lo sé. Porque si quisieras vengarte de verdad, ya lo habrías hecho. Pero no lo haces. Sabes que no puedes.
Iris lo soltó y dio un paso atrás. La sonrisa se torció.
—¿Y por qué no?
Adrian se apartó de la pared y se ajustó la camisa.
—Porque en el sueño te gustó. Lo sé. Lo sentí. Tu cuerpo no mentía.
El rubor le subió al cuello a Iris.
—No… no fue nada.
—Fue todo. Y por eso estás aquí. No para vengarte. Para repetirlo.
Iris apretó los puños. No gritó. No lo empujó. No se fue.
—No sabes lo que dices —susurró.
—Entonces dime que me equivoqué. Dime que no quieres.
Silencio.
Adrian sonrió apenas.
—Eso pensé.
Se giró. Empezó a caminar. Pero esta vez, Iris no se quedó quieta. Lo siguió. Un paso. Dos. Se detuvo. Y su mano se levantó. No para golpearlo. Para tocarlo. Los dedos le rozaron la mejilla. Adrian se detuvo. No se giró.
—No debería… —susurró Iris.
—No lo hagas —dijo Adrian.
—¿Por qué no?
—Porque si lo haces, ya no podrás fingir que me odias.
Iris retiró la mano. Como si le quemara. Adrian siguió caminando. Iris se quedó sola en el pasillo. El corazón desbocado. Las manos temblando. Y una sola pregunta en la cabeza.
¿Por qué no puedo dejar de pensar en él?
\[IRIS NOCTURNA\]
Deseo 55% | Odio 15% | Obsesión 40% | Confundida
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Habitación 205 – Noche
Adrian llegó a la habitación 205. La puerta estaba entreabierta. La luz de la luna entraba por la ventana, tiñendo la piedra de un gris plateado. El aire olía a polvo y a madera vieja. Y a algo más. Algo que era solo de Freya. Bosque y lluvia.
Las antorchas del pasillo se apagaban a lo lejos. Solo quedaba el silencio.
Adrian cerró la puerta despacio. Sin ruido. Miró la habitación.
Freya estaba dormida. De espaldas. El cabello rojo fuego suelto sobre la almohada. La sábana le cubría hasta la cintura. Una pierna desnuda asomaba por debajo. La piel morena brillaba bajo la luz de la luna.
Lyra también dormía. En su litera. Con un libro abierto sobre el pecho. El cabello castaño claro recogido en una coleta despeinada. La respiración suave. Regular.
No se movían. Solo respiraban.
Adrian se sentó en su cama. Se quitó las botas. El costado le dolía. Pero no era eso lo que le ocupaba la mente. Era Freya. La loba herida. La que lo odiaba y lo deseaba a partes iguales. La que no cedía. La que peleaba contra sí misma. Incluso dormida. Incluso en sueños.
Es hora de usar el Sueño Lúcido.
Se recostó. Cerró los ojos. Esperó. La respiración de Freya se volvió más profunda. Más lenta. Adrian activó la habilidad.
\[SUEÑO LÚCIDO ACTIVADO – Coste: 1 Esfera\]
\[Esferas restantes: 5/10\]
Entrando en el sueño de Freya Varg.
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Sueño de Freya
Un bosque. Oscuro. Frío. Los árboles eran altos. De corteza negra. Las hojas, plateadas. No había luna. Solo sombras. Y en el centro, Freya.
Estaba de espaldas. Desnuda. El cabello rojo fuego le caía sobre los hombros. La piel morena brillaba bajo una luz que no venía de ningún sitio. No se movía. Solo temblaba.
Adrian apareció a unos metros. No se acercó de inmediato. La observó. Está soñando con la manada. Con el momento en que la echaron.
Freya se giró. Despacio. Cuando lo vio, se tensó. Los ojos verdes se encendieron con una mezcla de rabia y miedo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, con voz ronca—. ¿Cómo…?
—Es un sueño —dijo Adrian—. Tu sueño.
—No. No quiero que estés aquí. Vete.
—No.
Freya lo miró. Los ojos verdes brillaban. Húmedos. Llenos de rabia. Pero también de miedo.
—¿Por qué no me dejas en paz?
—Porque no quiero.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Adrian se acercó. Despacio. Un paso. Freya retrocedió. Otro paso. Freya retrocedió otra vez. Pero sus pies no se movían. Estaba paralizada.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó Adrian—. En este bosque. Sola.
—No es asunto tuyo.
—Lo es. Porque estás llorando.
Freya se secó las mejillas. Rápido. Con rabia.
—No estoy llorando.
—Mientes.
Adrian se detuvo frente a ella. La miró. Directo. Sin máscara. Sin sonrisa. Solo él.
—Freya. ¿Qué pasó?
Freya lo miró. Largo. Como si buscara algo. Una mentira. Una trampa. Pero no encontró nada. Solo la pregunta. Desnuda.
—Me echaron —dijo, finalmente. La voz se le quebró—. De la manada. Me marcaron como omega. Me humillaron delante de todos. Y yo… no pude hacer nada.
Adrian no dijo nada. Solo la escuchó.
—Era la más fuerte. La más rápida. Pero no importó. Porque no era de sangre pura. Porque mi madre era una mestiza. Porque no era digna.
Freya cerró los ojos. Las lágrimas le corrían por las mejillas.
—Y ahora estoy aquí. En un internado de monstruos. Rodeada de gente que me ve como basura. Y lo peor… lo peor es que a veces les creo.
Adrian se acercó. Un paso más. Freya abrió los ojos. Lo miró. Esperando burla. Esperando desprecio. Pero no encontró nada de eso.
—No eres basura —dijo Adrian.
—No sabes nada de mí.
—Sé que peleas. Sé que no te rindes. Sé que eres la persona más orgullosa que he conocido. Y sé que eso no es debilidad. Es fuerza.
Freya lo miró. Los ojos verdes brillaban. Ya no de rabia. De otra cosa.
—¿Por qué haces esto? —preguntó, la voz rota.
—Porque puedo.
—No es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Adrian levantó una mano. Despacio. Se la puso en la mejilla. Freya no se apartó. Tembló. Pero no se apartó.
—No estás sola —dijo él—. Aunque te empeñes en estarlo.
Freya cerró los ojos. Las lágrimas seguían cayendo. Pero ya no era tristeza. Era otra cosa. Alivio. Rabia. Confusión.
—No debería… —susurró.
—No deberías qué.
—Esto. No debería sentir esto. Por ti. Por un humano.
—Pero lo sientes.
Freya abrió los ojos. Lo miró. Y en ese instante, algo se rompió dentro de ella. Algo que había estado conteniendo. Algo que ya no podía contener.
Adrian se inclinó. Despacio. Le dio tiempo a apartarse. A decir que no. Pero no lo hizo. Solo cerró los ojos. Y cuando sus labios se encontraron, Freya no se apartó. Lo besó. Con rabia. Con deseo. Con todo lo que había estado guardando.
El beso fue intenso. Salvaje. Como si Freya estuviera peleando contra sí misma. Como si al besarlo estuviera perdiendo algo. Y ganando algo. Al mismo tiempo.
Adrian le puso las manos en la cintura. Freya se estremeció. El bosque oscuro desapareció. Las sombras se desvanecieron. Solo quedaron ellos dos. En un claro. Con una luz que venía de ninguna parte.
—No pares —susurró Freya, contra sus labios.
Adrian no paró. La besó más profundo. Las manos le subieron por la espalda. Freya arqueó la espalda. Un gemido ahogado se le escapó.
—Adrian…
—¿Sí?
—No… no pares.
Adrian sonrió contra sus labios. Siguió besándola. El aceite no estaba ahí. No había poción. No había sistema. Solo él y ella. Y el calor que crecía entre los dos.
Freya le clavó las uñas en los hombros. No para apartarlo. Para acercarlo más. Adrian sintió el escozor de la piel rasgada. Le gustó. Le gustó que ella no supiera contenerse. Que fuera tan salvaje como él.
El beso se volvió más urgente. Más desesperado. Como si ambos tuvieran miedo de que el otro desapareciera.
Adrian le mordió el labio inferior. Suave. Freya gimió. Le devolvió la mordida. Más fuerte. Adrian rio. Bajo. Contra su boca.
—Eres salvaje —murmuró.
—Y tú no sabes lo que haces.
—Sí lo sé.
La besó otra vez. Más lento. Más profundo. Freya se derritió. O eso pareció. Porque su cuerpo se relajó. Se pegó al de él. Sin rabia. Sin orgullo. Solo deseo. Solo necesidad.
Freya se apartó. Un centímetro. Solo un centímetro. Los labios le brillaban. La respiración agitada.
—No debería… —susurró.
—No lo hagas.
—¿Qué?
—No te arrepientas. Todavía no.
Freya lo miró. Los ojos verdes brillaban. Húmedos. Pero ya no de tristeza. De deseo. De algo más. Algo que no quería nombrar.
Sabía a lluvia. A bosque. A algo salvaje que no se podía domar. Adrian se hundió en ese sabor. En ese olor. En el calor de su piel morena bajo sus manos.
Freya lo empujó contra un árbol. El impacto le sacó el aire de los pulmones. Pero no le importó. Porque ella estaba encima. Con los ojos verdes brillando. Con los labios entreabiertos.
—No eres mi dueño —siseó.
—Nunca dije que lo fuera.
—Pero actúas como si lo fueras.
—Actúo como alguien a quien le gustas. Nada más.
Freya lo besó. Con rabia. Como si quisiera hacerle daño. Como si quisiera borrar sus palabras de su boca.
Adrian le acarició la espalda. Despacio. Hasta la cintura. Hasta la curva de sus caderas. Freya tembló. Se pegó más a él. Sin rabia. Sin orgullo. Solo necesidad.
—No pares —susurró.
—No pienso hacerlo.
Freya le mordió el cuello. Suave. Adrian gimió. Le devolvió el mordisco. En el hombro. Más fuerte. Freya jadeó. Le clavó las uñas en la espalda. Adrian sintió el dolor. Y le gustó. Le gustó que ella no supiera contenerse. Que fuera tan salvaje como él.
—No entiendo —susurró Freya, cuando el beso terminó—. No entiendo qué me haces.
—No te hago nada. Solo estoy aquí.
—Y eso es lo que me vuelve loca.
Adrian sonrió. Le acarició la mejilla. Freya cerró los ojos. Se apoyó en su mano.
—Mañana —dijo Adrian—. Cuando despiertes. No vas a recordar esto. No del todo. Pero va a quedar algo. Un eco.
—¿Por qué?
—Porque los sueños son así. Se desvanecen. Pero dejan huella.
Freya abrió los ojos. Lo miró. Y en ese instante, sus ojos ya no brillaban de deseo. Brillaban de algo más. Algo más profundo.
—No quiero que te vayas.
—No me voy.
Adrian la besó otra vez. Suave. Tierno. Freya respondió. Con menos urgencia. Con más calma. Como si estuviera aprendiendo a confiar en él. Poco a poco.
El bosque desapareció. Las sombras se fueron. Solo quedó el claro. La luz. Y ellos dos. Abrazados.
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Habitación 205 – Madrugada
Freya abrió los ojos. Sudorosa. El corazón desbocado. La habitación estaba en silencio. La luz de la luna seguía entrando por la ventana. Miró hacia la cama de Adrian. Él dormía. Plácidamente. Como si nada hubiera pasado.
Lyra seguía dormida. En su litera. Con el libro abierto sobre el pecho. Sin moverse. Sin sospechar nada.
Freya se tocó los labios. Todavía sentía el sabor de su boca. El calor de sus manos. El eco del sueño.
¿Fue real?
Miró a Adrian otra vez. Él seguía durmiendo. Freya se recostó. Pero no durmió. Pasó el resto de la noche mirando el techo. Tocándose los labios. Y preguntándose si lo que había sentido era real o solo un sueño.
¿Lo sabe? ¿Sabe lo que hizo?
No lo sabía. No podía saberlo.
Pero una parte de ella quería que lo supiera. Quería que él supiera que ella lo había sentido. Que no había sido solo un sueño.
Pero en el fondo, ya lo sabía. Era real. Y eso la asustaba más que cualquier otra cosa.
\[FREYA VARG\]
Confianza 15% | Miedo 10% | Deseo 70% | Orgullo 20%
La loba ha cedido. Pero no del todo. Todavía no.
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Habitación 205 – Amanecer
La luz gris del amanecer entró por la ventana. Adrian abrió los ojos. Miró la cama de Freya. Estaba vacía. Pero las sábanas estaban revueltas. Como si alguien hubiera pasado la noche dándose vueltas.
Funcionó.
Se levantó. Se vistió. Salió de la habitación.
En el pasillo, Lyra estaba esperándolo. Con un libro bajo el brazo. Y una expresión que no le gustó.
—Adrian —dijo ella—. Tenemos que hablar.
—¿De qué?
—De Ren. Y de los sótanos. Y de lo que hay ahí abajo.
Adrian se detuvo. La miró. Esta chica sabe más de lo que dice.
—¿Qué sabes?
—Ren no fue el primero —dijo Lyra—. Y no será el último. Pero hay algo en los sótanos. Algo que Morgana esconde. Algo que los humanos anteriores encontraron. Y que los mató.
Adrian sintió un frío en la nuca.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo leí. En un libro que no debería existir. En una sección de la biblioteca que no debería estar ahí.
—¿Y qué dice?
—Dice que los humanos que desaparecen no mueren. Se los llevan. A los sótanos. A algo que vive ahí abajo. Algo que Morgana alimenta.
Adrian se quedó quieto. Mierda.
—¿Por qué me dices esto?
—Porque eres el siguiente. Y porque… —Lyra dudó—. Porque no quiero que desaparezcas.
Se fue. Sin darle tiempo a responder. Adrian se quedó solo en el pasillo.
El sistema parpadeó.
\[NUEVA MISIÓN DIARIA: USA EL SUEÑO LÚCIDO EN ALGUIEN QUE NO SEA IRIS NI FREYA\]
\[RECOMPENSA: +1 ESFERA DE ANCLA\]
\[TIEMPO LÍMITE: 24 HORAS\]
Nota: El sistema quiere medir tu capacidad de influencia. Los sueños son el camino. Domina los sueños, domina la realidad.
Adrian sonrió.
Una misión diaria. Perfecto.

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El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela)
Capítulo 10
El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) Capítulo 9
Estás leyendo el capítulo 9 de El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela), un novela. Adrian Cole llegó a Lux Aeterna como el único humano de un internado lleno de monstruos. Los vampiros lo desprecian. Los hombres lobo se burlan de él. Los nigromantes quieren estudiarlo. Y las súcubos... bueno, ellas… Este capítulo tiene publicado el 6 de octubre de 2026. El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) tiene 19 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.