arrow_back

Leer El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) Capítulo 8 online gratis en español

“este Capitulo es un poco largo” Lux Aeterna – Internado de Élite – Pasillo Prohibido – Atardecer El pasillo prohibido olía a polvo viejo y a magia estancada. Las antorchas de fuego azul ardían en silencio, proyectando sombras que se retorcían sobre la piedra negra. Adrian caminaba despacio, con las manos en los bolsillos, los ojos recorriendo cada rincón. No debía estar ahí. El collar se lo recordaba con cada latido: un peso frío contra la garganta. Se detuvo al oír voces. Se pegó a la sombra de una columna. La piedra estaba húmeda. Olía a musgo y a algo metálico. Como sangre vieja. —…¿viste la pelea? —decía Hela. —La vi —respondió Severus—. El humano hizo caer a Kael. Sorprendente. —Los otros humanos no eran así. Lloraban. Rogaban. Este es diferente. —Habrá que ver cuánto dura. —Los otros duraron meses. Este lleva días. Y ya tiene a medio internado hablando de él. Severus soltó una risa corta. Sin humor. —¿Crees que Morgana lo sabe? —Lady Morgana lo sabe todo. Solo que todavía no ha decidido qué hacer con él. —¿Y qué crees que hará? —Lo mismo que hizo con los otros. Observar. Esperar. Y luego… No terminó la frase. No hacía falta. Las voces se alejaron. Adrian esperó varios segundos antes de moverse. La columna le dejó una marca fría en el hombro. Se apartó despacio. Miró hacia el pasillo vacío. Luego siguió caminando. Lo mismo que hizo con los otros. Observar. Esperar. Y luego… Sonrió con frialdad. Bien. Que observen. Que esperen. Pero yo no voy a desaparecer. \--- Lux Aeterna – Jardín Interior – Atardecer El jardín interior estaba en silencio. El viento movía las hojas de los árboles de corteza negra. El cielo gris se reflejaba en los charcos de agua estancada. Olía a tierra húmeda, a flores de luz y a algo más. Algo antiguo. Algo que llevaba siglos en ese lugar. Y al fondo, junto a la fuente de mármol blanco, estaba Caspia. Adrian la vio de lejos. Estaba sentada en el banco de piedra. A su lado, dos vampiresas de Sangre Alta. Una rubia de ojos grises. Otra pelirroja de colmillos prominentes. Las reconoció. Las había visto en el comedor. Siempre juntas. Siempre riendo. Siempre mirando a los demás por encima del hombro. Pero algo llamó su atención. Las dos vampiresas no estaban sentadas al lado de Caspia. Estaban abajo. En el suelo. Sentadas sobre la hierba húmeda. Como si Caspia fuera realeza y ellas sus damas de compañía. Como si no merecieran el mismo banco. Interesante. Adrian se acercó. Despacio. Con los hombros encorvados. Con la cara de tonto en su sitio. Las tres lo vieron al mismo tiempo. Giraron la cabeza a la vez. Como si fueran un solo organismo. La rubia fue la primera en hablar. Tenía una ceja levantada. Una expresión que quizás ella no sabía que hacía. Una expresión de superioridad. —Mira —dijo, casi con naturalidad—. Es el humano. El de la prueba de combate. La pelirroja lo miró con una mezcla de sorpresa y enojo. —¿Qué quieres, humano? Adrian bajó la mirada. Tartamudeó. —N-nada. Solo… pasaba por aquí. Vi a la señorita Caspia. Y quería… saludar. Nada más. La rubia soltó una risa corta. —¿Saludar? ¿Un humano con collar quiere saludar a una Sangre Pura? —¿Te perdiste? —añadió la pelirroja—. Las cocinas están al otro lado. Adrian se encogió de hombros. Hizo como que se rascaba la nuca. Como si estuviera nervioso. —S-solo pasaba por aquí. De verdad. No molesto más. Caspia no decía nada. Solo lo miraba. Con superioridad. Como si fuera un insecto fácil de aplastar. Adrian levantó la vista un segundo. Sus ojos se cruzaron con los de ella. Fue solo un instante. Pero en ese instante, la mirada de Adrian cambió. Ya no era la de un cordero asustado. Era otra cosa. Una mirada de rebeldía. De desafío. Caspia se quedó quieta. ¿Qué…? Esa mirada la descolocó. No era odio. No era miedo. Era… algo más. —Ganado —dijo Caspia, con voz fría—. ¿Qué fue eso? Adrian parpadeó. La máscara volvió. —¿Q-qué? No sé a qué se refiere, señorita Caspia. Caspia entrecerró los ojos. Esa mirada. La he visto antes. Sintió ira. Una ira antigua. Un humano no debería mirarla así. No debería hacerla sentir que no tenía el control. Adrian habló. Con voz tímida. Pero firme. —Señorita Caspia. Me gustaría hablar con usted. A solas. La rubia se giró. Los ojos grises brillaban. —¿Con qué derecho pides eso, humano? ¿En serio piensas que por haber ganado en el combate puedes hacer lo que se te dé la gana? Adrian la miró. Por dentro, tenía ganas de tirarle un lapo. Cállate. Nadie te preguntó. Pero mantuvo la máscara. —No… no es por eso. Solo quiero hablar de otra cosa. Algo… importante. La pelirroja resopló. —¿Importante? ¿Tú? ¿Con la señorita Caspia? Caspia levantó una mano. Un gesto displicente. Las dos vampiresas se callaron. —Déjenos. La rubia dudó. —Señorita, no debería estar a solas con este humano. —Dije que nos dejen —repitió Caspia, más cortante. La pelirroja abrió la boca. La cerró. Las dos se miraron. Luego se levantaron. Despacio. Sin prisa. Pero se fueron. Antes de irse, la rubia lanzó una advertencia a Adrian. —No hagas nada raro, humano. O te arrancamos la cabeza. Adrian asintió. Con la cabeza gacha. Pero notó algo. En las dos. Una sonrisa. Una mirada de satisfacción. Como si estuvieran agradecidas de que él hubiera aparecido. Como si les hubiera dado una excusa para irse. Lo anotó en su mente. Las dos desaparecieron entre los árboles. Adrian se quedó solo con Caspia. Caspia lo miró. Con arrogancia. —Ahora dime, ganado. ¿De qué querías hablar conmigo? Adrian no respondió. Se enderezó. Los hombros se le relajaron. La cara de tonto se fue. Y en su lugar apareció la otra. La real. La sonrisa torcida. La mirada segura. Caspia lo notó. No se sorprendió. Ya lo sabía. Ya sabía que estaba fingiendo. Pero también sabía que la mayoría no lo sabía. Adrian la miró. Luego miró hacia donde se habían ido las vampiresas. Y con voz seca, dijo: —¿Ellas son tus amigas? Caspia parpadeó. ¿Qué? —Sí. ¿Por qué? Adrian no respondió de inmediato. Se sentó en el banco. A su lado. Sin pedir permiso. Caspia frunció el ceño. ¿Qué se cree? —No lo parecen —dijo él, finalmente. Caspia se tensó. Lo miró. Directo. A los ojos. —¿No parecen? ¿Por qué dices eso? ¿Con qué derecho? Adrian la miró. Sin máscara. Pero no dijo nada. Solo la miró. Con esa calma que la sacaba de quicio. Y el silencio se alargó. Incómodo. Para ella. —Si fueran tus amigas —dijo él, al fin, sin apuro—, se habrían resistido más. Caspia abrió la boca. La cerró. —Se fueron en cuanto se lo pediste —continuó Adrian—. Casi con ganas. —No hables como si supieras. No sabes nada de ellas. Ellas se fueron porque yo les di esa orden. —Ya. —Adrian asintió. Despacio. Como si le diera la razón—. Por eso lo digo. Caspia lo miró. Furiosa. ¿Por eso lo dices? ¿Qué se supone que significa eso? Pero no preguntó. Porque una parte de ella ya lo sabía. Y no quería oírlo en voz alta. —¿Viniste a decirme solo esto? —dijo, y esta vez la voz le salió más cortante. En un instante, Caspia apareció al lado de Adrian. Su mano se cerró alrededor de su brazo. Con fuerza sobrenatural. Adrian no la vio moverse. No pudo reaccionar. El agarre era brutal. Los dedos se le clavaron en la piel. Casi hasta el hueso. —Cálmate —dijo Adrian, con dificultad—. Solo digo la verdad. Caspia apretó más fuerte. Se acercó. Con una sonrisa. —Solo sabes hablar, ganado. —Hizo una pausa—. Ellas dos son mis amigas. No. No son solo mis amigas. Son mis mejores amigas. Son casi como mi hermana. —Lo miró con rabia—. No tienes derecho a hablar así de ellas. Adrian la miró. A pesar del dolor. Recordó su mundo anterior. Las mujeres y hombres de alto estatus. Se rodeaban de gente que no los quería. Pero no lo veían. O no querían verlo. —Caspia —dijo él, con voz calmada—. Lo sabes. Caspia se quedó quieta. ¿Qué? —Lo sabes —repitió Adrian—. No necesito decírtelo. Ya lo sabes. Caspia apretó los dientes. No. No lo sé. No sé nada. Pero no dijo eso. Porque sería mentira. Y ambos lo sabían. —No sabes nada de lo que dices —dijo, finalmente. Soltó su agarre. Se volteó. Se preparó para irse. Adrian habló. Sin levantar la voz. —Te dejarán. Caspia se quedó quieta. —Cuando ya no les sirvas —continuó él—. Cuando encuentren a alguien con más sangre. Más rango. Más poder. Te dejarán. Caspia volteó. Con una mirada seria. Furiosa. Pero también… dolida. —Aun así, si fuera verdad, a ti no debería importarte, humano. Será mejor que te mantengas como un ganado. Adrian la miró. Y por un momento, se sintió mal. Mierda. Esto es más real de lo que esperaba. Pero no lo demostró. —Lo siento —dijo—. No era mi intención. Casi se rio. Pero mantuvo la compostura. Luego añadió: —¿A la pequeña vampirita no le dan suficiente atención en casa? ¿Y la busca aquí? Caspia volteó rápidamente. Se acercó con una velocidad brutal. Apareció delante de él. Sus ojos rojos brillaban de furia. Alzó la mano. Se preparó para darle un golpe. Adrian lo vio venir. Un instante. Solo un instante. En ese instante, supo que si no decía algo, iba a terminar con la mandíbula rota. O peor. —Eres hermosa —dijo. La mano de Caspia se detuvo en el aire. Silencio. Un segundo. Dos. Tres. Caspia lo miró. Confundida. Los ojos rojos entrecerrados. La mano todavía levantada. —¿Qué? —Eres hermosa —repitió Adrian. Con voz baja. Sin sonrisa. Sin burla. Solo la frase. Desnuda. Caspia bajó la mano. Despacio. Muy despacio. Y lo miró. Largo. Como si buscara la mentira. El truco. La trampa. —¿Qué tratas de hacer? —preguntó, y la voz le salió ronca. —Nada. Solo digo la verdad. —¿Por qué? ¿Por qué dices eso de la nada? Adrian no respondió. Solo la miró. Y Caspia sintió algo. Algo que no quería sentir. Algo que la descolocó más que cualquier amenaza. Y entonces se rio. Pero no fue una risa histérica. No fue inmediata. Fue una risa que empezó baja. Que subió despacio. Como si ella misma no pudiera creer lo que estaba pasando. Como si se le escapara de dentro. ¿Por qué me río? Esto no es gracioso. Es absurdo. Un humano con collar. Declarándose a mí. A mí. Es lo más ridículo que he oído en siglos. Pero… ¿por qué no puedo parar? Se rio. Se rio hasta agarrarse la barriga. Se rio hasta que se le saltaron las lágrimas. Y cuando finalmente se calmó, lo miró. Todavía con una sonrisa en los labios. ¿Por qué una parte de mí quiere que lo repita? —Eres absurdo —dijo—. Un humano con collar. Declarándote a mí. Adrian no dijo nada. Solo la observó. Caspia se sentó otra vez en el banco. Secándose una lágrima con el dorso de la mano. Aún sonriendo. Pero ya no era la misma sonrisa. Era otra cosa. Algo más cercano a… no supo nombrarlo. Y no quiso. Adrian esperó. La dejó reír. La dejó calmarse. Cuando su respiración se volvió regular, él se levantó. Caminó. Despacio. Se puso detrás de ella. Miró sus hombros. Tensos. Muy tensos. Sacó el Aceite de Masaje Sensorial del sistema. Lo usó en sus manos. Y las puso sobre sus hombros. Caspia se levantó de golpe. Volteó. Lo miró con confusión e irritación. —¡¿Cómo te atreves a tocarme?! ¿Quieres que te mate aquí mismo? ¡Imbécil! Adrian se disculpó. Con una mirada inocente. Con voz temblorosa. —L-lo siento. Me di cuenta de que sus hombros están muy tensos. Y quería darle un masaje. Solo eso. Nada más. Caspia lo miró. ¿En serio? No supo qué decir. Nadie le había ofrecido un masaje. Nunca. Nadie se había atrevido a tocarla sin permiso. Pero… sus hombros sí estaban tensos. Y ese olor. Ese olor dulce que salía de sus manos. —No necesito ningún masaje —dijo, con voz cortante—. Mucho menos de un humano. No me vuelvas a tocar. Adrian no se movió. No se acercó. Solo la miró. —No he dicho que lo necesites. He dicho que lo mereces. Caspia se quedó quieta. ¿Mereces? —Eres Sangre Pura —dijo él, con voz baja—. Y estás aquí. Sola. Con los hombros tensos. Y nadie te lo ha notado. Nadie te lo ha dicho. Hasta ahora. Caspia lo miró. Los ojos rojos brillaban. ¿Qué eres? —Solo es un masaje —dijo Adrian—. Nada más. Nada menos. Si no te gusta, me voy. Caspia abrió la boca. La cerró. No voy a aceptar. Se sentó otra vez. De espaldas a él. No dijo nada. Pero no se fue. Y no lo echó. Adrian lo tomó como un sí. Se puso detrás de ella. Le puso una mano en el hombro. Suave. Firme. Los dedos se deslizaron por la tela del corsé. El contacto fue eléctrico. Caspia sintió un calor inmediato. Un calor que no venía del aceite. Venía de dentro. Y se tensó. Apretó los dientes. No. No voy a permitir esto. Pero no lo apartó. Adrian lo sintió. La tensión bajo sus dedos. El cuerpo de Caspia, rígido, listo para huir o atacar. Pero no se movió. Y eso era una victoria. —Tienes los hombros muy tensos —murmuró Adrian—. ¿Cuánto tiempo llevas así? —No… no lo sé. —Demasiado. Se nota. Adrian presionó. Los dedos se movieron en círculos. Lentos. Precisos. El aceite se filtró por la tela. Cálido. Resbaladizo. El olor a lavanda y algo más se elevó. Un aroma dulce, casi embriagador. Caspia sintió un escalofrío. Mierda. Mierda. Mierda. Cerró los ojos. Apretó los labios. Solo es un masaje. Nada más. Nada menos. No significa nada. —Eres Sangre Pura —dijo Adrian, sin dejar de masajear—. Tienes poder. Tienes rango. Tienes todo lo que se puede tener. Caspia cerró los ojos con más fuerza. Sí. Sí. Tengo todo. —Pero no tienes esto. Los dedos bajaron. Hasta la base del cuello. Hasta la clavícula. El aceite brillaba en la piel. Caspia respiró hondo. El corazón le latía rápido. La piel se le erizó bajo el toque. Sintió los dedos de Adrian deslizarse sobre la tela del corsé. El calor de sus manos. La presión justa. Ni demasiado fuerte. Ni demasiado suave. Justo lo que necesitaba. Y eso la asustó. —Nadie te toca así. Nadie te toca de verdad. Y lo sabes. Caspia abrió los ojos. Lo miró por encima del hombro. ¿Qué eres? —¿Por qué haces esto? —preguntó, la voz ronca. —Porque puedo. —No es una respuesta. —Es la única que tengo. Adrian siguió masajeando. Los dedos se deslizaron por el cuello de Caspia. Sintió el pulso acelerado bajo su piel. Rápido. Desbocado. A pesar de su arrogancia. A pesar de su rango. Su cuerpo respondía. Y no podía controlarlo. Caspia cerró los ojos. Su respiración se volvió más profunda. Más lenta. El calor se extendió por sus hombros. Por su espalda. Por todo su cuerpo. Sintió los dedos de Adrian presionar un punto especialmente tenso. Un nudo que llevaba meses ahí. Quizás años. Y gimió. Un sonido suave. Bajo. Casi inaudible. Adrian lo escuchó. Sonrió por dentro. Ahí está. La primera grieta. —¿Duele? —preguntó, con voz baja. —No… no. Sigue. Adrian siguió. Los dedos se movieron con más confianza. Presionando. Amasando. Deshaciendo los nudos de tensión que se acumulaban bajo la piel de Caspia. El aceite se extendió por su cuello. Por sus hombros. Por la parte superior de su espalda. El olor a lavanda y a algo más se intensificó. Un aroma cálido, casi animal. Que despertaba algo en Caspia. Algo que no quería despertar. Sintió los dedos de Adrian deslizarse más abajo. Por la columna. Por la curva de su espalda. La tela del corsé se tensó. El aceite se filtró. Caspia arqueó la espalda, instintivamente. Presionando contra sus manos. —Relájate —murmuró Adrian—. Déjame hacer esto. —No… no debería. —¿Por qué no? —Porque… —Caspia no terminó la frase. No sabía cómo terminarla. Porque no quería que parara. Porque no quería que se fuera. Porque quería más. Adrian lo sabía. Lo sentía. En la forma en que su cuerpo se inclinaba hacia él. En la forma en que su respiración se aceleraba. En la forma en que su piel se erizaba bajo su toque. —No tienes que decidir nada —dijo él, con voz baja—. Solo cierra los ojos. Y déjame cuidarte. Caspia cerró los ojos. Y por primera vez en doscientos años, se dejó cuidar. Adrian siguió masajeando. Los dedos se movían con una precisión que no había aprendido en este mundo. Era de su mundo anterior. De su vida como gigoló. Sabía exactamente dónde presionar. Cómo presionar. Cuánta presión usar. Sabía cómo hacer que una mujer se derritiera bajo sus manos. Y Caspia se estaba derritiendo. Su respiración era cada vez más rápida. Sus labios entreabiertos. Sus manos, que habían estado apretadas en los puños, ahora se relajaban. Se apoyaban en el banco. Se aferraban al borde de piedra. —Adrian… —susurró, sin darse cuenta. —¿Sí? —No… no pares. Adrian sonrió. Siguió masajeando. Los dedos bajaron más. Por la curva de la cintura. Por el borde del corsé. Sintió la piel desnuda de Caspia bajo sus dedos. Caliente. Suave. Temblorosa. Caspia jadeó. Su cuerpo se arqueó contra sus manos. Sintió el calor de sus dedos en su piel. Sintió el aceite deslizarse. Sintió algo más. Algo que no quería sentir. Pero que no podía evitar. —Adrian… —su voz era un susurro ronco—. Esto… esto no está bien. —¿Por qué no? —Porque… porque eres un humano. Porque eres ganado. Porque… —Porque te gusta. Caspia se quedó en silencio. No pudo negarlo. No pudo decir nada. Porque era verdad. Le gustaba. Le gustaba el calor de sus manos. Le gustaba la presión de sus dedos. Le gustaba el olor del aceite. Le gustaba la forma en que la hacía sentir. Viva. Deseada. Real. Adrian retiró las manos. Despacio. Muy despacio. Caspia sintió el frío de golpe. No. No te vayas. No pares. Se inclinó hacia atrás, apenas. Un movimiento instintivo. Luego se detuvo. Se odió por ello. —Eso es todo —dijo él. —¿Eso es todo? —Por ahora. Adrian dio la vuelta al banco. Se puso delante de ella otra vez. La miró. Directo. Y entonces, sonrió. Una sonrisa lenta. Casi divertida. —Oye, pequeña vampirita. Caspia frunció el ceño. ¿Pequeña vampirita? —¿Qué has dicho? —Que si nadie te da atención en casa, no hace falta que vengas aquí a buscarla. Puedes pedírmela a mí. Caspia se quedó helada. ¿Qué? El rostro le cambió. La furia le subió a los ojos. Pero debajo de la furia, había algo más. Algo que no quería admitir. Algo que dolía. —No sabes nada de mi casa —siseó—. No sabes nada de mí. —Lo sé. —Adrian no se inmutó—. Por eso lo digo. Caspia apretó los puños. Quería golpearlo. Quería gritarle. Quería llamar a los guardias. Pero no hizo nada de eso. Solo se quedó ahí. De pie. Temblando. Adrian se giró. Empezó a caminar. —Cuando quieras más, ya sabes dónde encontrarme —dijo, sin mirar atrás. Se fue. Caminando despacio. Sin prisa. Caspia se quedó en el banco. Sola. Con la piel ardiendo. Con el corazón desbocado. Con una sensación nueva en el pecho. Algo que no sabía nombrar. No. No deseo a un humano. No a él. No a él. Pero el calor no se iba. Y el olor del aceite seguía en su piel. Y las palabras de Adrian rebotaban en su cabeza. Pequeña vampirita. Nadie la había llamado así. Nunca. Nadie se había atrevido. Caspia se llevó una mano al cuello. Donde Adrian la había tocado. La piel todavía ardía. El olor a lavanda y a algo más se aferraba a ella. Y no quería que se fuera. ¿Qué me estás haciendo, humano? Adrian, mientras caminaba de vuelta al castillo, sonrió por dentro. Esto es mejor que mi mundo anterior. Mucho mejor. Allí tenía que fingir. Aquí… aquí es real. Y me gusta. El Sistema de Adrian registró el intercambio. \[CASPIA DRACUL\] Confianza 10% | Miedo 10% | Deseo 45% | Rabia 10% | Confusión 35% | Curiosidad 50% Ha aceptado el masaje. No ha dicho que no. Está confundida. Y furiosa. Pero no se ha ido. Su cuerpo responde. Su mente se resiste. Pero su cuerpo… su cuerpo ya es tuyo. Adrian sonrió. 45%. Casi la mitad. Y solo he usado mis manos. Espera a que use todo lo demás.
El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela)

Continúa leyendo

El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela)

Capítulo 9

Siguiente Capítulo ›

El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) Capítulo 8

Estás leyendo el capítulo 8 de El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela), un novela. Adrian Cole llegó a Lux Aeterna como el único humano de un internado lleno de monstruos. Los vampiros lo desprecian. Los hombres lobo se burlan de él. Los nigromantes quieren estudiarlo. Y las súcubos... bueno, ellas… Este capítulo tiene publicado el 6 de octubre de 2026. El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) tiene 19 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.