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Leer El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) Capítulo 3 online gratis en español

Adrian empujó la puerta de la habitación 205 con el hombro. La clase había terminado hacía más de una hora. El pasillo del ala este todavía olía a piedra húmeda y a incienso barato. Entró, dejó la bolsa sobre la litera inferior derecha —la única que parecía libre— y se dirigió al baño sin mirar alrededor. Necesitaba agua fría en la cara. El collar de plata le rozaba la garganta cada vez que tragaba. Se lavó. Se secó con la manga. Salió. Y la habitación ya no estaba vacía. Tres mujeres lo miraban. \--- La primera ocupaba la litera superior derecha, justo encima de la suya. Piel canela, cabello morado con mechas rosas que le caían sobre un hombro, ojos violeta que no parpadeaban. Vestía una bata de encaje tan fina que la luz de la lámpara del techo marcaba el contorno de sus pechos, la curva de sus caderas y el triángulo oscuro entre sus muslos. Sonreía como quien ya ha decidido el final de la conversación. —Así que tú eres el nuevo —dijo, voz aterciopelada, casi perezosa—. Un humano. En nuestra guarida. Qué mono. Adrian mantuvo la espalda ligeramente encorvada, la mirada baja, la expresión de quien no sabe si debe hablar o huir. —S-sí, señorita. Soy Adrian Cole. Ella se rió y se presentó con una reverencia exagerada que hizo que la bata se abriera un poco más. —Iris Nocturna. Súcubo. —Guiñó un ojo—. Y sí, puedo leer algunas cosas… las que tienen que ver con sexo, sobre todo. Los tuyos son interesantes, corderito. Muy interesantes. Adrian sintió un frío en la nuca. \*¿Puede leer pensamientos?\* Iris arqueó una ceja, como si hubiera captado el eco de esa duda, pero no dijo nada más. Solo lo miró con una curiosidad que no era del todo amable. —Me gustas —añadió—. Eres divertido. Adrian bajó la mirada otra vez. El corazón le latía rápido, pero no solo por miedo. \--- La segunda estaba en la litera inferior izquierda. Piel morena, cabello rojo fuego suelto y salvaje, ojos verdes que no pedían permiso. Vestía una camiseta de entrenamiento que marcaba los hombros y los brazos, y unos pantalones cortos que dejaban ver piernas llenas de cicatrices viejas. Una cicatriz le cruzaba la ceja izquierda. Se levantó de un salto. Antes de que Adrian pudiera dar un paso atrás, ya lo tenía agarrado de la camisa y lo empujaba contra el marco de la puerta. —¿Quién te ha mandado aquí, humano? —gruñó, cerca, demasiado cerca—. Esto es territorio de lobas. Si te quedas, te arranco un brazo. El agarre era fuerte. El olor a bosque, sudor y algo animal le llenó la nariz. Adrian levantó la mirada despacio. Por un segundo, solo un segundo, la máscara de miedo se resquebrajó lo suficiente como para que se viera algo más debajo. —Qué violenta —dijo, voz baja, casi divertida—. ¿Y si mejor me das un beso, loba? Freya parpadeó. El agarre no se aflojó, pero sí cambió. Como si no hubiera esperado esa respuesta. —¿Qué mierda acabas de decir? Adrian parpadeó también, y la expresión de cordero asustado volvió a su sitio con una naturalidad casi ensayada. —L-lo siento, señorita. Me puse nervioso. Dije una tontería. No quise ofender. Freya lo soltó de golpe, como si le quemara las manos. Dio un paso atrás, frunciendo el ceño. —Freya. Freya Varg. Loba omega de la manada Greyback. Si tocas mis cosas, te como los dedos. ¿Entendido? —Entendido, señorita Freya. Cuando ella se dio la vuelta para volver a su cama, Adrian inclinó apenas la cabeza e inhaló. El olor a bosque y a piel caliente se le quedó pegado a la garganta. Se relamió los labios sin que ella lo viera. Freya se giró de golpe. —¿Qué estás haciendo? Adrian señaló una camiseta arrugada en el suelo, con la expresión más inocente que pudo reunir. —Nada, señorita. Solo… había una prenda en el suelo. Freya lo miró un segundo más. Después bufó y se sentó de nuevo, pero no dejó de observar. \--- La tercera ocupaba la litera superior izquierda. Piel pálida, cabello castaño claro recogido en una coleta imperfecta, ojos avellana que evitaban el contacto directo. Vestía un camisón de seda blanca, sencillo, y tenía un libro abierto sobre las rodillas. Los dedos le temblaban un poco al pasar la página. —¿Tú eres el humano que llegó esta mañana? —preguntó en voz baja, sin levantar del todo la vista—. La directora dijo que compartiríamos habitación… pero no pensé que volvieras tan pronto. Adrian se inclinó ligeramente, manteniendo la distancia. —L-lo siento, señorita. No sabía que ustedes ya estaban aquí. Fui al baño y… —Nosotras llegamos hace poco —lo interrumpió ella, todavía mirando el libro—. Estuvimos en clase todo el día. Yo soy Lyra. Lyra Vântoare. Vampira… de sangre baja. —Encantado, Lyra. Y… gracias por no gritarme. Ella levantó la mirada un instante. Se encontraron. Lyra se sonrojó y volvió a bajar los ojos casi de inmediato. —No… no hay problema. Adrian sonrió por dentro. \*Vampira mestiza. Tímida. Huele a papel viejo y a algo triste. Una biblioteca andante. Útil.\* Iris soltó una carcajada desde su litera y saltó al suelo con una agilidad que no parecía humana. La bata se movió con ella. Un pezón oscuro quedó a la vista un segundo antes de que se acomodara la tela. Se acercó a Adrian y le acarició el cabello como quien acaricia a un animal doméstico. —No tengas miedo, corderito —susurró, el aliento cálido contra su oreja—. Aquí no te vamos a comer… todavía. Adrian levantó la mirada. La sostuvo un segundo más de lo que un humano asustado debería. Un destello pasó por sus ojos. —¿Seguro? Porque yo sí tengo hambre. Iris parpadeó. La seguridad de su sonrisa se resquebrajó solo un instante. —¿Qué… has dicho? —Oh, nada, señorita —Adrian recuperó la voz temblorosa y se rascó la nuca—. Solo que tengo hambre. De verdad. ¿Hay algo de comer por aquí? Freya soltó una risa corta, amarga, desde su cama. —Eres un puto bicho raro, humano. —Gracias, señorita Freya. Lo tomaré como un cumplido. Freya abrió la boca, la cerró, y finalmente se limitó a mirarlo con una mezcla de irritación y algo que aún no sabía nombrar. \--- Pasó la siguiente hora ordenando lo poco que tenía: tres camisas, dos pantalones, un par de zapatos rotos. Mientras doblaba la ropa, notó que Freya no dejaba de observarlo. Los ojos verdes no se apartaban. —¿Qué miras, loba? —preguntó Adrian, sin levantar del todo la vista—. ¿Nunca has visto a un humano doblar camisas? Freya se levantó de un salto. —Eres demasiado confiado para llevar un collar. ¿Qué te pasa? —Nada, señorita. Solo soy un humano asustado. —No te creo. Antes de que pudiera moverse, Freya ya lo tenía contra la pared. Un brazo le presionaba la garganta, las piernas enredaban las suyas. Era una llave limpia, de lucha real. Adrian no podía moverse. El cuerpo de ella estaba pegado al suyo: pechos firmes, muslo entre sus piernas, calor animal. La sangre se le fue directa a la entrepierna. —Ahora vas a decirme qué estás planeando —gruñó Freya, el rostro a centímetros del suyo. Adrian tragó saliva. La voz le salió temblorosa, pero no del todo asustada. —Señorita Freya… si sigue así, voy a tener una erección. Y va a ser muy incómodo… para las dos. Freya se quedó quieta. El sonrojo le subió por el cuello hasta las mejillas. El agarre se aflojó un segundo —solo un segundo— y Adrian aprovechó para sonreír, pequeño, descarado. —¿Sueles hacerle llaves a todos los humanos… o solo a los que te caen bien? Freya lo soltó como si le hubiera quemado las manos. Dio dos pasos atrás, confusa y furiosa al mismo tiempo. —¡Eres un enfermo! —Y usted es una loba muy guapa, señorita Freya. No es mi culpa que el cuerpo reaccione a su… cercanía. Freya abrió la boca. La cerró. No encontró respuesta. Iris se reía a carcajadas desde su litera. Lyra se había tapado la cara con el libro, las orejas rojas. Adrian se ajustó la camisa, se sentó en su cama y fingió que nada había pasado. Por dentro, el corazón le latía rápido. No solo por el peligro. También por el placer de haber empujado un límite y salir ileso… por ahora. \--- La noche cayó sobre el castillo. Una por una, las chicas se fueron a dormir. Iris se durmió primero. Se metió en su litera, se acomodó y, en menos de cinco minutos, su respiración se volvió profunda y regular. Lyra se acostó después, con el libro aún abierto sobre el pecho. Al rato empezó a roncar suavemente. Freya fue la última. No se acostó de inmediato. Se sentó en el borde de su litera, mirando la ventana. Adrian fingió dormir, pero por el rabillo del ojo la observó. Al cabo de un rato, Freya se levantó. Se quitó la camiseta de entrenamiento. La espalda musculosa, llena de cicatrices viejas, quedó a la vista bajo la luz tenue. Después se bajó los pantalones cortos. Quedó solo en ropa interior. Tomó una toalla blanca, se la enrolló alrededor del cuerpo y salió de la habitación sin hacer casi ruido. Adrian abrió los ojos del todo. \*¿Por qué sale con una toalla? Hay ducha aquí.\* La curiosidad pudo más que la prudencia. Se levantó, se puso los zapatos rotos y salió tras ella. El castillo era un laberinto de pasillos de piedra y escaleras estrechas. Siguió el rastro por el olor: bosque, sudor limpio, algo salvaje. Llegó a un patio interior. Una fuente de mármol blanco, seca en apariencia, pero con una llave que Freya había abierto. La luna llena iluminaba todo con una luz plateada y fría. Y allí estaba ella. Se había quitado la toalla. Estaba completamente desnuda bajo la luna. El cabello rojo fuego, mojado, le pegaba a la espalda. El agua resbalaba por sus hombros, por los brazos llenos de cicatrices, por la curva de la espalda, por las nalgas firmes y redondas. Cuando se inclinó para mojarse el cabello, arqueó la espalda y el agua corrió por la línea de su columna hasta desaparecer entre sus piernas. Adrian se quedó inmóvil detrás de una columna. El corazón le golpeaba la garganta. Sintió cómo se le endurecía dentro de los pantalones, lento y pesado. Apoyó la frente contra la piedra fría y apretó la mandíbula. La mano se le cerró en un puño a un costado. Quiso bajarla. Quiso tocarlo. El impulso era fuerte, casi doloroso. No lo hizo. Se obligó a quedarse quieto. Solo mirando. Respirando por la boca para no hacer ruido. El olor a agua fría, a piel mojada y a algo animal le llenaba los pulmones. Cada movimiento de Freya le tensaba más el cuerpo. Ella giró la cabeza de golpe. Adrian se congeló. Pero Freya miró hacia el otro lado del patio, como si hubiera escuchado un ruido lejano. Se encogió de hombros y volvió a lavarse. Él no esperó más. Se obligó a dar un paso atrás, después otro. El deseo le quemaba entre las piernas, sin alivio. Dio media vuelta y se escabulló por el pasillo, con el corazón todavía disparado y la excitación sin resolver. Antes de perderla de vista del todo, miró atrás una última vez. Freya ya no se estaba lavando. Estaba quieta. Mirando exactamente hacia la columna donde él había estado escondido. Sus ojos verdes brillaban bajo la luna. La expresión era ilegible. Adrian se apresuró a volver a la habitación. Se metió en la cama, cerró los ojos y fingió dormir con todas sus fuerzas. El cuerpo todavía le pedía más. Se obligó a ignorarlo. Minutos después oyó la puerta. Pasos suaves. Freya se acostó sin hacer ruido. Pero antes de que su respiración se volviera regular, Adrian la escuchó inhalar profundamente. Como si estuviera olfateando el aire de la habitación. \*Mierda. ¿Me huele?\* Se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. Freya no dijo nada. Solo se dio la vuelta en la cama. Al rato, su respiración se hizo profunda y constante. Adrian exhaló muy despacio. Cerca. Demasiado cerca. Tendría que tener mucho más cuidado con la loba. Su olfato no era un detalle. Era un peligro. Y con ese pensamiento —y con el cuerpo todavía tenso y sin alivio—, finalmente el sueño lo alcanzó.
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El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) Capítulo 3

Estás leyendo el capítulo 3 de El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela), un novela. Adrian Cole llegó a Lux Aeterna como el único humano de un internado lleno de monstruos. Los vampiros lo desprecian. Los hombres lobo se burlan de él. Los nigromantes quieren estudiarlo. Y las súcubos... bueno, ellas… Este capítulo tiene publicado el 1 de octubre de 2026. El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) tiene 19 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.