Leer El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) Capítulo 14 online gratis en español
Entonces ella lo besó.
No fue un beso suave. Fue un choque. Dientes. Lengua. Urgencia. Le clavó las manos en la camisa y lo empujó hacia atrás hasta que su espalda golpeó una pila de cajas. La madera crujió. Adrian no se resistió. Dejó que ella tomara.
En mi mundo anterior, yo siempre era el que tomaba. El que controlaba. El que decidía. Pero esto… esto es diferente. Esto es ella. Y ella necesita tomar.
Freya le mordió el labio inferior con fuerza suficiente para saborear sangre. Gruñó contra su boca. Un sonido bajo, gutural, que le vibró en el pecho. Sus manos bajaron, agarraron el borde de la camisa de él y la tiraron hacia arriba. Adrian levantó los brazos. La tela desapareció.
La piel de él estaba caliente. Freya pasó las palmas por su pecho, por las costillas, por los músculos tensos. Luego le clavó las uñas. Dejando marcas rojas que arderían después.
Adrian siseó, pero no la detuvo.
—Más fuerte —murmuró ella contra su cuello, la voz ronca—. Si vas a tocarme… hazlo como si de verdad quisieras.
Él la giró de golpe. Ahora era Freya quien tenía la espalda contra las cajas. Adrian le sujetó la nuca con una mano y la besó con la misma intensidad. La otra mano bajó por su costado, subió por debajo de la camiseta de entrenamiento y encontró piel desnuda. Caliente. Temblorosa. El olor de ella se intensificó: bosque y lluvia y algo más dulce, más húmedo.
Freya arqueó la espalda. Un sonido gutural se le escapó.
Adrian le quitó la camiseta con calma deliberada. Luego el sostén. Los pechos de Freya quedaron expuestos a la luz rojiza. Firmes, pesados, de forma perfecta, los pezones ya duros y oscuros contra la piel morena. Él se detuvo un segundo solo para mirarla. El cuerpo esbelto y musculoso de una guerrera. Cintura estrecha. Caderas marcadas. Cicatrices plateadas que contaban historias de combates ganados. El triángulo de vello rojizo entre las piernas ya brillaba con humedad.
En mi mundo las mujeres eran suaves. Previsibles. Esto… esto es otra cosa.
Se inclinó y tomó un pezón en la boca. Lengua. Dientes. Succionó con fuerza controlada. Freya le clavó las manos en el cabello y tiró.
—Mierda… —jadeó.
Esto no debería sentirse tan bien.
Mientras la besaba el cuello, justo debajo de la oreja, donde el pulso le latía fuerte, Adrian sacó el frasco del Aceite de Sensibilidad Profunda. Un movimiento discreto. Vertió unas gotas en las yemas de los dedos. El aceite era inodoro, casi invisible. Caliente al contacto.
Cuando sus manos volvieron a la piel de Freya, ella lo notó de inmediato.
Un escalofrío le recorrió toda la espalda. Cada roce se sintió el doble de intenso. Cada presión. Cada caricia. Como si la piel se le hubiera vuelto demasiado sensible de repente.
—¿Qué…? —susurró, confusa.
—Shhh —murmuró Adrian contra su cuello—. Solo siente.
Bajó la boca al otro pecho mientras sus dedos, ahora impregnados de aceite, desabrochaban el pantalón de ella. Freya levantó una pierna. El pantalón y la ropa interior cayeron. Quedó completamente desnuda.
Adrian se apartó solo lo suficiente para mirarla otra vez.
Piel morena iluminada por el atardecer. Cicatrices plateadas. Los labios externos del coño hinchados, más oscuros. Entre ellos, los pliegues internos se veían rosados, brillantes, entreabiertos. Una gota espesa de deseo resbalaba lentamente por el interior de un muslo.
—Estás empapada —dijo en voz baja.
—Cállate.
—No.
La levantó y la sentó sobre una de las cajas más bajas. Le abrió las piernas. Se arrodilló entre ellas. El olor de ella lo envolvió por completo: bosque, lluvia y ese aroma caliente, salado y dulce.
Freya lo miró desde arriba, respirando agitada.
—¿Qué crees que haces?
—Lo que tú elegiste.
Bajó la cabeza y pasó la lengua de abajo hacia arriba, lenta, firme, recogiendo el sabor de ella. Freya soltó un grito ahogado y le agarró el cabello. El aceite hacía que cada roce de la lengua se sintiera como fuego. Adrian separó los pliegues hinchados con los pulgares. Estaban resbaladizos, calientes. Chupó el clítoris con precisión, metió dos dedos dentro de ella y los curvó hacia adelante, buscando el punto exacto.
Lo encontró.
Freya arqueó la espalda de golpe. Un gemido largo, roto, le salió de la garganta. Las paredes internas estaban apretadas, calientes, empapadas. Se cerraron alrededor de sus dedos con un espasmo involuntario. Cada movimiento de los dedos impregnados de aceite se sentía multiplicado.
En mi mundo ninguna mujer apretaba así. Ninguna succionaba así desde dentro.
Freya tembló. El olor a bosque y sexo se intensificó. El sonido húmedo de su coño llenó el almacén. Cada vez que Adrian movía los dedos, un nuevo hilo de humedad resbalaba hacia su muñeca.
—Adrian… —fue la primera vez que decía su nombre en ese tono. La voz le salió rota.
Él no contestó con palabras. Aceleró el ritmo de la lengua y de los dedos. Freya empezó a mover las caderas contra su cara, buscando más presión. Las uñas se le clavaron en el cuero cabelludo. Un gruñido animal le vibró en el pecho.
Estaba cerca.
Adrian lo sintió. Retiró la boca y los dedos de golpe.
Freya soltó un sonido de frustración pura.
—Hijo de…
Él volvió a tocarla. Esta vez más lento. Dos dedos entrando y saliendo con deliberada lentitud, el pulgar rozando el clítoris en círculos imperfectos. El aceite hacía que cada movimiento fuera un incendio. Freya arqueó la espalda y maldijo entre dientes. Él la llevó otra vez al borde. La detuvo. Volvió. La detuvo otra vez.
Lo odio. Lo odio y no quiero que pare. Está controlando todo. Cada respiración. Cada gemido. Y yo… yo lo dejé.
Freya le clavó las uñas en el hombro.
—Si no… si no terminas esto…
—Terminaré cuando yo diga —respondió él, sin subir el tono.
La llevó al borde una tercera vez. Freya temblaba. El orgullo le apretaba la garganta. No iba a suplicar. No iba a pedirlo. Pero su cuerpo ya no le pertenecía del todo. El aceite había convertido cada roce en algo casi insoportable.
Solo entonces Adrian se detuvo por completo.
Se puso de pie. Se desabrochó el pantalón. Su polla quedó libre: casi veintidós centímetros, gruesa, venuda, la punta ya brillante de precum. Las venas se marcaban a lo largo del tronco, gruesas y visibles bajo la piel tensa.
Adrian la miró desde arriba. La polla dura, brillante.
Freya levantó la vista. Los ojos verdes, húmedos, furiosos.
Por un segundo, ninguno de los dos se movió.
Luego, Freya se deslizó de la caja. Sin decir nada. Se arrodilló.
Le temblaban un poco las manos. No de miedo. De algo más. De la intensidad que aún le recorría el cuerpo. De la decisión que ya había tomado.
Le rodeó la base con una mano. Pasó la lengua por la cabeza. Lenta. Saboreando el precum. Luego abrió la boca y lo tomó. Solo la punta primero. Luego más. La mandíbula se le tensó por el grosor. Es demasiado grande. Demasiado grueso. Las venas se sienten contra la lengua. Bajó todo lo que pudo. Chupó con fuerza, la lengua presionando la vena gruesa de abajo, una mano masturbando lo que no cabía en su boca.
Adrian le sujetó el cabello. No empujó. Solo sostuvo.
Freya subió la mirada. Los ojos verdes brillaban, húmedos, salvajes. La saliva le resbalaba por la comisura de los labios en hilos brillantes que le caían hacia el pecho. El sonido húmedo de su boca trabajando llenaba el silencio del almacén. Cada vez que bajaba, un nuevo hilo de saliva se acumulaba. Cada vez que subía, lo miraba a los ojos.
No era sumisión. Era elección. Y lo sabía.
Sacó la polla de su boca con un sonido húmedo.
—Dentro —ordenó, la voz ronca.
Adrian la levantó, la sentó otra vez en la caja y la penetró de un solo empujón profundo.
Ambos gimieron.
Freya era apretada. Caliente. Empapada. Las paredes se le cerraron alrededor de los casi veintidós centímetros como si no quisieran soltarlo. Cada vena se sentía. Ninguna mujer de mi mundo apretaba así. Ninguna succionaba desde dentro con esta fuerza. Adrian se quedó quieto un momento, dejando que ella se acostumbrara, sintiendo cómo los pliegues internos lo abrazaban y se contraían alrededor de él.
Es demasiado. Y no quiero que se detenga.
Ella no esperó.
Envolvió las piernas alrededor de su cintura y lo empujó más adentro con un movimiento de cadera salvaje.
—Muévete —gruñó.
Adrian obedeció.
Empezó profundo. Fuerte. Cada embestida hacía que las cajas crujieran. Freya le clavaba las uñas en la espalda, le mordía el hombro, le gruñía al oído. Él le sujetaba las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas. El sonido de piel contra piel se mezclaba con los jadeos y los gruñidos. El olor a sexo, sudor y bosque llenaba el aire. El aceite hacía que cada roce de su polla contra las paredes internas se sintiera multiplicado para ella.
El ritmo se aceleró.
Freya lo empujó hacia atrás sin sacarlo de dentro. Lo obligó a sentarse en el suelo polvoriento. Se montó encima de él con un movimiento deliberado, dejándose caer hasta el fondo. Empezó a cabalgarlo con fuerza, las manos apoyadas en su pecho, el cabello rojo suelto cayéndole sobre los hombros. Los pechos rebotaban con cada movimiento. Los pliegues hinchados se abrían y se cerraban alrededor de la base de su polla cada vez que bajaba. La polla venuda desaparecía y reaparecía, brillante de su humedad.
Adrian le agarró las caderas y la ayudó a bajar más fuerte, más profundo. Usó todo lo que sabía. El ángulo exacto. La presión en el clítoris. El ritmo que la desarmaba.
—Mírame —dijo él.
Freya abrió los ojos. Verdes. Brillantes. Salvajes. El orgullo todavía estaba ahí, pero ahora se mezclaba con algo más crudo. Más honesto. Y con la certeza de que él estaba dominando cada reacción de su cuerpo… y de que ella lo había permitido.
—Esta noche… te elijo —repitió, casi sin aliento. Ya no sonaba a declaración. Sonaba a confesión.
Adrian la sentó más profundo y empezó a empujar hacia arriba al mismo tiempo que ella bajaba. El ángulo era perfecto. Freya arqueó la espalda. Los ojos se le pusieron en blanco un segundo. La lengua se le asomó un poco. Un gemido largo, roto, le salió de la garganta. Él le subió una mano al pecho, le pellizcó el pezón, luego bajó esa misma mano hasta el clítoris y lo frotó en círculos firmes. Los pliegues estaban empapados. Resbaladizos. Cada roce hacía que ella se contrajera alrededor de él.
Freya empezó a temblar.
—No… todavía…
—Sí —murmuró Adrian—. Ahora.
La presión aumentó. Freya le clavó las uñas en el pecho. La cabeza se le echó hacia atrás. Los ojos se le pusieron en blanco otra vez. Un grito gutural, animal, le salió de la garganta mientras el primer orgasmo la atravesaba. Las paredes internas se le contrajeron con fuerza alrededor de la polla venuda, una y otra vez, rítmicas, intensas. Un hilo espeso de humedad le resbaló por los muslos hasta el suelo.
He perdido. Y no me importa.
Adrian no se detuvo.
La giró con cuidado pero con firmeza. La puso de rodillas sobre las cajas, el pecho apoyado contra la madera, el culo en alto. La penetró de nuevo desde atrás, más profundo todavía. Freya gritó. Las uñas se le clavaron en la madera. Cada embestida hacía que los pechos le rebotaran y que un nuevo hilo de jugos le resbalara por los muslos. El aceite seguía haciendo que cada centímetro se sintiera demasiado.
—Otra vez —dijo Adrian, la voz baja y controlada—. Quiero sentirte correrte otra vez.
Freya soltó un sonido entre el gruñido y el gemido. El segundo orgasmo la golpeó más fuerte que el primero. Los ojos se le pusieron en blanco. La lengua se le salió. Un ahegao completo, salvaje, mientras las paredes se le cerraban alrededor de él con fuerza casi dolorosa.
Ya no puedo más. Y quiero más.
Solo entonces Adrian se permitió terminar. Se hundió hasta el fondo y se corrió dentro de ella, llenándola mientras el poder empezaba a fluir.
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\[DRENAJE COMPLETADO\]
Has adquirido:
• Fuerza de Licántropo (Parcial)
• Velocidad de Licántropo (Parcial)
• Instinto de Lucha (Parcial)
\[MISIÓN ESPECIAL COMPLETADA: DOMINAR A FREYA VARG\]
Recompensa: +5 Esferas de Ancla + Poder de Licántropo (Permanente) + Vínculo de Sombra (Parcial)
Esferas de Ancla: 1/20 → 6/20
\[VÍNCULO DE SOMBRA: ACTIVO\]
Sentirás las emociones de Freya.
Freya sentirá tus emociones.
Las sensaciones físicas se comparten.
Los pensamientos y secretos permanecen privados.
El vínculo es permanente.
El vínculo es peligroso.
\[PODER DE LICÁNTROPO: ADQUIRIDO\]
• Fuerza: +8
• Velocidad: +7
• Resistencia: +7
• Instinto de Lucha: Nuevo
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Freya se derrumbó sobre las cajas, jadeando, temblando, todavía contrayéndose a su alrededor. Adrian la sostuvo. La abrazó desde atrás.
Se quedaron así varios minutos. Sin hablar. Solo respirando. El vínculo latía entre los dos como un segundo corazón. Freya tenía la frente apoyada contra la madera. Adrian le acariciaba el cabello. Ninguno de los dos quería moverse. Pero sabían que tenían que hacerlo.
A través del vínculo, Adrian sintió el eco de su propio placer reflejado en ella. Un segundo latido que ya no era solo suyo. Y supo, sin que nadie se lo dijera, que Freya sentía lo mismo. Que el vínculo ya estaba haciendo su trabajo. Que las emociones ya no podían ocultarse. Pero los pensamientos… los pensamientos seguían siendo suyos. Y eso era lo único que le quedaba.
Esto es más que dominación. Esto es… conexión. Y no sé si eso es bueno o malo.
Adrian la ayudó a vestirse. Ella no se resistió. Cuando salieron del almacén, el cielo ya era negro. Freya caminaba más despacio de lo habitual. Adrian notaba cada paso a través del vínculo.
Volvieron a la habitación 205 en silencio.
Freya se metió en su cama. Adrian la cubrió con la sábana. Ella lo miró un momento, los ojos verdes más suaves de lo que él le había visto nunca.
—Esto no significa que confíe en ti —murmuró Freya, con los ojos ya cerrados.
—Lo sé.
—Y no significa que vaya a repetirlo.
—Lo sé.
—Y no significa…
—Freya.
—¿Qué?
—Cállate y duerme.
Freya abrió un ojo. Lo miró con rabia. Pero el vínculo le dijo a Adrian que debajo de esa rabia había alivio. Alivio de que él no hubiera intentado suavizarlo. De que no le hubiera dicho que todo estaba bien. De que la dejara mantener su orgullo intacto.
—Te odio —murmuró ella.
—Lo sé.
Freya cerró el ojo. Y a través del vínculo, Adrian sintió cómo su mente se hundía en un sueño profundo. Una mezcla de agotamiento, satisfacción y algo más que no supo nombrar. Pero que estaba ahí. En su pecho. Como un segundo latido.
Adrian se recostó. Antes de cerrar los ojos, miró hacia la litera de Lyra. Lyra estaba de espaldas. Inmóvil. Pero a través del vínculo—o de algo más, algo más antiguo que el vínculo—Adrian sintió que Lyra no dormía. Que los había estado observando. Que sabía. O que sospechaba. Y que eso era peligroso.
Lyra no dijo nada. No se movió. Pero Adrian sintió su presencia como se siente una piedra en el zapato. Pequeña. Silenciosa. Pero imposible de ignorar.
Cerró los ojos. El nuevo poder de licántropo latía bajo la piel. El vínculo latía más profundo todavía.
Y en algún lugar, en el fondo de su mente, una voz que no era suya le susurró que Freya algún día descubriría lo del aceite. No a través del vínculo. El vínculo no revelaba secretos. Pero de alguna otra forma. De alguna manera que aún no podía prever.
Adrian no tenía respuesta para eso. Así que hizo lo único que podía hacer.
Durmió.
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Al día siguiente – Habitación 205 – Amanecer
Adrian despertó antes que Freya.
La luz gris del amanecer entraba por la ventana. Freya seguía dormida, de espaldas, con el cabello rojo desparramado sobre la almohada. El vínculo latía entre los dos, suave, constante. Como una respiración compartida.
Adrian la observó. Por un momento, se permitió imaginar que todo podía ser diferente. Que no había Kael. Que no había Morgana. Que no había sótanos. Que no había Sistema. Solo ellos dos. Y el vínculo. Y el silencio.
Pero entonces el Sistema parpadeó.
\[RECORDATORIO: DUELO CONTRA KAEL – HOY\]
Lugar: Patio de Armas
Condiciones: Sin reglas. Sin intervención. Hasta que uno caiga.
Adrian cerró los ojos. La fantasía se desvaneció.
Se levantó. Se vistió. Antes de salir, miró a Freya una última vez. A través del vínculo, sintió que ella estaba soñando. Con algo tranquilo. Algo que no tenía nombre. Algo que, por un momento, le hizo doler el pecho.
Salió de la habitación.
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Patio de Armas – Mediodía
Adrian estaba practicando cuando la sombra de Kael cayó sobre la arena.
El demonio se detuvo a unos metros. Detrás de él, los dos secuaces de siempre. Kael sonrió. Lenta. Cruel.
—Humano.
Adrian bajó el Cuchillo de Sombra, pero no lo desvaneció.
—Kael.
—Ya es hora —dijo el demonio—. Del duelo. Sin reglas. Sin profesora. Sin "sin magia". Solo tú y yo.
—¿Cuándo?
—Hoy. Al atardecer. En este mismo patio. Delante de todos.
Kael dio un paso más cerca. El olor a azufre se intensificó.
—Si no vienes… iré a buscarte. Y no será tan divertido.
Se giró y se fue sin esperar respuesta.
Adrian se quedó quieto en el centro del círculo. El Cuchillo de Sombra pesaba en su mano. El nuevo poder de licántropo latía bajo la piel. El vínculo con Freya latía más profundo todavía.
Hoy.
Sonrió. Pero no era la misma sonrisa. Había algo más. Algo que no era solo poder. Algo que no supo nombrar. Y no quiso. Miró en dirección a la habitación 205, aunque no podía verla. A través del vínculo sintió su respiración. Su sueño. Su debilidad. Y algo más. Algo que no estaba antes. Algo que era suyo. Y de ella.
Esta vez no sería un golpe de suerte.
Esta vez sería una masacre.
Y no sería él quien cayera.

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El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela)
Capítulo 15
El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) Capítulo 14
Estás leyendo el capítulo 14 de El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela), un novela. Adrian Cole llegó a Lux Aeterna como el único humano de un internado lleno de monstruos. Los vampiros lo desprecian. Los hombres lobo se burlan de él. Los nigromantes quieren estudiarlo. Y las súcubos... bueno, ellas… Este capítulo tiene publicado el 7 de octubre de 2026. El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) tiene 19 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.