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Leer El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) Capítulo 12 online gratis en español

La noche había caído sobre Lux Aeterna. El cielo gris se había vuelto negro, y las antorchas de fuego azul del pasillo ardían en silencio. Freya no podía dormir. Llevaba horas de espaldas, con el cabello rojo desparramado sobre la almohada y la sábana enredada en una pierna. Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentirlo: esa calma que no debía estar ahí, ese olor que no debería reconocer. Se giró hacia la pared. Después hacia la puerta. Después se quedó mirando las grietas del techo hasta que dejó de fingir. Se levantó sin hacer ruido, se anudó una toalla blanca alrededor del cuerpo y salió. En la cama de enfrente, Adrian esperó tres segundos. Luego se puso las botas y la siguió. El pasillo estaba casi vacío. Freya caminaba con paso firme, pero había algo tenso en sus hombros que no era vigilancia. Adrian la siguió a distancia, pisando solo donde la piedra no crujía. El collar le rozaba la garganta sin reaccionar: seguía dentro de los límites. Ella giró por un corredor lateral, pasó junto a una ventana estrecha por donde la luna entraba plateada y siguió hasta el patio interior. \--- El patio La fuente de mármol blanco ocupaba el centro, con la estatua rota de una mujer con alas: un brazo perdido, el rostro gastado por los años. Alrededor, columnas de piedra negra, algunas caídas, otras en pie, cubiertas de hiedra y musgo. Entre los adoquines crecía hierba. El viento soplaba en ráfagas cortas, frío, húmedo. Movía las hojas de la hiedra. Hacía temblar la llama de las antorchas lejanas. Y colaba entre las columnas con un silbido bajo, casi un susurro. Freya abrió la llave de bronce. El agua salió delgada y fría, un hilo de plata bajo la luna, y cayó en el cuenco con un sonido constante que las columnas devolvían multiplicado. El viento lo arrastraba. Lo esparcía. Lo mezclaba con el olor a tierra mojada y a piedra vieja. Dejó caer la toalla. Adrian la observó desde la sombra de una columna. La luna le daba de lleno. La piel morena brillaba. Las cicatrices de los brazos y los muslos se veían plateadas, como si fueran parte de la luz. El cabello rojo fuego le caía suelto por la espalda, pegado a los hombros por el sudor. La curva de la cintura. La redondez de las caderas. Los pechos, pesados, con los pezones ya duros por el frío de la noche. Entre los muslos, el triángulo de vello rojizo. Todo él. Adrian sintió el calor subirle por el pecho. Por la garganta. Por la boca del estómago. Se obligó a respirar. Pero no apartó la mirada. Freya metió las manos bajo el chorro y se frotó los antebrazos, el cuello, la parte interna de las muñecas, con rabia, hasta que la piel se le puso roja. Como quien intenta quitarse algo que ya está debajo. El agua resbalaba por sus pechos, por el vientre, por el interior de los muslos. Y desaparecía entre ellos. Un escalofrío le recorrió la espalda. No era solo el frío. Adrian lo sintió como un golpe. Se quedó quieto. Pensó en salir con la cara de cordero, en tartamudear alguna excusa. Todavía estaba decidiendo cuando ella habló sin darse la vuelta. —Llevas un rato detrás de esa columna. Respiras demasiado bajo para alguien que no tiene nada que ocultar. Adrian no se movió. —No te estaba siguiendo. —Tu corazón va a doscientos. —Retiró las manos del agua—. Yo oigo corazones, humano. No me mientas con esa cara. La máscara de cordero no servía de nada contra alguien que le oía el pulso. Así que salió de la sombra sin ella. —Te seguía. —Mejor. —Freya se giró. No se cubrió. Se quedó de pie bajo la luna, con el cabello rojo pegado a los hombros y el agua resbalándole por las cicatrices, y lo miró como se mira a alguien al que se pone a prueba: para ver adónde van sus ojos. Adrian mantuvo los ojos en los de ella. Le costó más de lo que dejó ver. Pero no bajó la mirada. No la recorrió. No le dio eso. El viento volvió a soplar. Una ráfaga más fuerte esta vez. Le levantó el cabello a Freya. Le erizó la piel de los brazos. Le hizo cerrar los ojos un instante. Y a Adrian le llegó el olor de ella: bosque, lluvia, y algo más caliente debajo. El eco. —¿Qué me hiciste? —preguntó ella. La voz le salió más ronca de lo que quería. —¿Qué? —Adrian frunció el ceño. Una arruga leve entre las cejas. Como si no entendiera—. ¿De qué hablas? —No te hagas el tonto. —No me estoy haciendo el tonto. —Sí. Lo haces. —Freya dio un paso hacia él. El agua le goteaba por los muslos. Le caía sobre los adoquines. Hacía un sonido pequeño, casi imperceptible, bajo el sonido del agua de la fuente. Se pasó una mano por el brazo, quitándose una gota que le resbalaba. Un gesto nervioso. Rápido. Como si no quisiera que él la viera dudar—. Desde aquella noche te huelo en los pasillos. Te siento al otro lado de la pared aunque duermas. Me despierto con el cuerpo ardiendo y la cabeza llena de ti. —La voz le tembló una sola vez y la aplastó. Apretó los labios. Tragó saliva—. No soy idiota. Esto no es normal. ¿Qué me hiciste? Adrian la miró. Por un momento, pareció que iba a decir algo. Algo ensayado. Algo calculado. Abrió la boca. La cerró. Pero no lo hizo. —No sé de qué me hablas —dijo, pero esta vez la voz le salió menos segura. Menos suya. —Mientes. —No miento. —Tu corazón dice lo contrario. Adrian apretó la mandíbula. Ella lo oía. Lo oía todo. El corazón. La respiración. El silencio. Todo. —Está bien —dijo al fin. Se pasó una mano por la nuca. Un gesto cansado. Humano—. Yo también lo siento. Freya parpadeó. No esperaba eso. Se le abrieron los labios un poco. Los cerró. Entrecerró los ojos. Como si buscara la mentira en su cara. —¿Qué? —Que yo también lo siento. —Adrian tragó saliva. Se miró las manos. Luego a ella—. Desde aquella noche. No sé qué es. No sé qué pasó. Pero lo siento. Y no sé qué hacer con eso. Freya lo estudió. El latido: lento. Sin saltos. Verdad. —¿Y eso es todo lo que tienes? ¿"No sé"? —No. —Adrian soltó una risa corta. Sin humor. Se le curvó un lado de la boca. Pero no era una sonrisa. Era algo más amargo—. Podría decirte que es el destino. Que estaba escrito. Que el universo nos juntó por alguna razón. —¿Y lo crees? —No. —Entonces, ¿por qué lo dices? —Porque es más fácil que decir la verdad. Freya se quedó quieta. El agua seguía cayendo. El patio entero parecía contener la respiración. El viento se detuvo. Como si también estuviera escuchando. —¿Y cuál es la verdad? Adrian la miró. Directo. Sin máscara. Sin cálculo. Solo él. —Que no lo sé del todo. Que esa noche pasó algo. Que yo también lo sentí. Y que no sé hasta dónde llega. —Hizo una pausa. Se le tensó la mandíbula. Luego se relajó—. Hay cosas que no puedo explicarte. Eso sí lo sé. Ella lo estudió. Escuchó, sin duda, el latido: lento, sin saltos. Verdad. —¿Y se supone que eso me tranquiliza? —No. Es lo que hay. El agua seguía cayendo. Freya apretó la mandíbula. El agua le resbalaba por el cuello. Por el hueco entre los pechos. Por el vientre. Adrian lo veía. Y ella sabía que él lo veía. Y no hizo nada por evitarlo. Un mechón de pelo se le pegó a la mejilla. Se lo apartó con un dedo. Despacio. Sin apartar los ojos de él. —No quiero que me tengas miedo —añadió Adrian, bajo. Fue lo peor que pudo decir. —No te tengo miedo. Se lanzó sobre él. No para besarlo: para demostrarlo. Lo estampó contra la columna. La piedra le golpeó la espalda a Adrian. El aire se le escapó de los pulmones. Freya le clavó las uñas en los hombros, lo inmovilizó con la fuerza de una licántropa, y le gruñó en la cara. Cerca. Demasiado cerca. Su cuerpo estaba pegado al suyo. Los pechos desnudos contra la tela de su camisa. El muslo entre sus piernas. El calor. El olor. El agua de su piel empapándole la ropa. Adrian sintió la erección subirle, inevitable, y supo que ella también la sentía, porque su respiración cambió. Un jadeo corto. Un temblor que le recorrió las piernas. —No eres mi dueño. —Nunca dije que lo fuera —respondió él, sin forcejear. —Pero actúas como si lo fueras. —Actúo como alguien al que no le eres indiferente. Nada más. No forcejeó. Freya apretó más las uñas. Dolía. Adrian no se quejó. Solo la miró a los ojos. Ella sintió el calor del cuerpo de él a través de la camisa, el pulso en su garganta bajo el collar, y entonces lo percibió de golpe, sin barreras, a esa distancia: el olor. Humo frío. Tinta. Algo antiguo y tibio debajo, como una cocina en invierno. Se le aflojó la fuerza en las manos. —Ahí está —murmuró, con rabia—. Ese olor. —¿A qué huelo? Ella dudó. Le ardían los ojos. Se le humedecieron. Parpadeó rápido para que no se le notara. —A casa —dijo al fin, como quien confiesa un delito—. Y yo no tengo casa. Lo soltó de golpe y retrocedió dos pasos. Respiraba rápido. Casi lo había mordido. Casi. En el último segundo se había contenido, y eso la humillaba más que haberlo hecho. Se pasó la lengua por los labios. Se secó las manos en los muslos. Un gesto rápido. Nervioso. En los hombros de Adrian, la tela de la camisa tenía tres manchas oscuras. Freya las vio. Y algo en su cara cambió. Se le suavizó la mandíbula. Se le abrieron un poco los ojos. Como si acabara de darse cuenta de lo que había hecho. —Podrías haberte defendido. —Me habrías ganado. —Probablemente. —Entonces no valía la pena. Freya bufó, casi una risa, y se detestó por ello. Se agachó, recogió la toalla y se la anudó con movimientos secos. Cuando habló, no lo miraba. —En mi manada los fuertes eligen y los débiles obedecen. Yo era la más rápida. La más fuerte. —Tragó. Le tembló la nuez—. Me marcaron omega de todas formas. —¿Quién? —Los que decidían. Adrian asintió despacio. —Nadie le pone esa marca a un débil. Se la pone a lo que le da miedo. Freya se quedó muda. Los ojos verdes le brillaron, furiosos, húmedos. No contestó. Se sentó en el borde de la fuente, de espaldas a él, con los hombros todavía tensos, y se quedó mirando el agua. El viento volvió. Más suave esta vez. Le movió el cabello. Le puso la piel de gallina en los brazos. Freya se abrazó a sí misma. Sin darse cuenta. Adrian no se acercó. Pasaron varios segundos. —Si quieres que me vaya, dilo —dijo él—. Me voy. Freya no dijo nada. El agua llenó el silencio. Por fin estiró el brazo y cerró la llave de bronce. El patio quedó en una quietud tan completa que Adrian oyó su propia respiración devuelta por las columnas. Y el viento. Y el eco lejano de sus propios latidos. —Vete. Adrian se dio la vuelta y echó a andar hacia la salida. Pero antes de desaparecer por la esquina, se detuvo. Solo un segundo. Las manos le temblaban. No de miedo. De algo más. Algo que no supo nombrar. Y no quiso. —Adrian. Se detuvo. Era la primera vez que lo llamaba por su nombre. —Dijiste que si te quería, te buscaría. —Sí. —No te hagas ilusiones. —Seguía de espaldas. Se le movió un hombro. Un gesto pequeño. Como si quisiera girarse. No lo hizo—. Si algún día te busco, no será porque tú me lo pediste. —Entendido. Se fue. Freya se quedó sola con la luna, con la fuente muda y con las manos sobre las rodillas. Se llevó una al pecho, donde el calor no cedía. El olor seguía ahí, pegado a la piel. Ya no intentó quitárselo. \--- Habitación 205 – Madrugada Adrian volvió a la habitación. Lyra seguía dormida, con el libro abierto sobre el pecho, sin sospechar nada. Se sentó en su cama y se quitó las botas. Miró hacia la de Freya: vacía, con las sábanas revueltas. El Sistema parpadeó. \--- \[ACTUALIZACIÓN DEL SISTEMA: FREYA VARG\] Deseo: 74% Orgullo: 31% Confusión: 42% Miedo a ceder: 28% Confianza: 9% (NUEVO) \[DRENAJE PROFUNDO: PENDIENTE\] No puedes completarlo todavía. Ella aún no te ha buscado. Ella aún no ha elegido. \--- Adrian leyó la interfaz. El descenso del Orgullo era esperable. El Deseo, también. Pero se quedó mirando la última línea mucho más de lo necesario: Confianza: 9%. La única cifra que no le pedía nada. Ni deseo. Ni sumisión. Ni poder. Solo confianza. Y eso, más que cualquier otra cosa, lo desarmó. Esa noche había dicho no lo sé y ella le había creído. Hacía mucho que decir la verdad no le salía tan caro. Y hacía más tiempo aún que no valía algo. No supo qué hacer con eso. Cerró la interfaz. Se recostó. Esta vez no soñó con cuchillos ni con tronos. Soñó con el sonido del agua, y con una voz que decía su nombre.
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El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) Capítulo 12

Estás leyendo el capítulo 12 de El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela), un novela. Adrian Cole llegó a Lux Aeterna como el único humano de un internado lleno de monstruos. Los vampiros lo desprecian. Los hombres lobo se burlan de él. Los nigromantes quieren estudiarlo. Y las súcubos... bueno, ellas… Este capítulo tiene publicado el 7 de octubre de 2026. El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) tiene 19 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.