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Leer El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) Capítulo 11 online gratis en español

Salón 307 – Clase de Historia – 10:10 AM El profesor entró. Maestre Corvus. Un nigromante viejo. Pálido. Ojos blancos. Túnica oscura. Caminaba despacio. Como si cada paso le costara. Se sentó en su escritorio. Miró a los estudiantes. Sus ojos blancos no parpadearon. —Hoy hablaremos de la Santa Inquisición. El silencio en el salón fue inmediato. Pero no fue un silencio de sorpresa. Fue un silencio de reconocimiento. Los estudiantes se miraron entre sí. Algunos asintieron. Otros se tensaron. Pero nadie pareció sorprendido. Nadie preguntó qué era la Inquisición. Ya lo sabían. Adrian notó eso. Todos saben de qué habla. Menos yo. Y entonces sintió una mirada. A su izquierda. Lyra. Estaba en su pupitre, con un libro abierto que no estaba leyendo. Sus ojos avellana se posaron en él. Corvus continuó. Su voz era grave. Antigua. Como si arrastrara siglos de historia en cada palabra. —La Santa Inquisición no es un mito. Es una organización. Antigua. Poderosa. Y peligrosa. Existe desde antes de que Lux Aeterna fuera fundada. Su objetivo es simple: eliminar a todo ser sobrenatural. Vampiros. Licántropos. Súcubos. Demonios. Nigromantes. Híbridos. No importa la especie. No importa la edad. No importa si nunca has hecho daño a un humano. Para ellos, todos somos monstruos. Todos debemos morir. Adrian escuchó en silencio. La Santa Inquisición. Cazadores de sobrenaturales. Humanos que matan monstruos. —Hace doscientos años —continuó Corvus—, se firmó un tratado de paz. La Inquisición acordó dejar de cazar a los sobrenaturales. A cambio, nosotros nos esconderíamos. Viviríamos en lugares como Lux Aeterna. Lejos de los humanos. Lejos de sus ciudades. Lejos de sus vidas. Hizo una pausa. Miró a los estudiantes. Sus ojos blancos brillaban. —Pero el tratado es frágil. Siempre lo ha sido. La Inquisición no lo respeta. Solo espera el momento adecuado. El momento en que seamos débiles. El momento en que podamos ser eliminados de una vez por todas. Un estudiante levantó la mano. Un vampiro de Sangre Alta. —¿Y por qué no los atacamos nosotros? ¿Por qué no acabamos con ellos? Corvus lo miró. Largo. —Porque son muchos. Además, la Santa Inquisición tiene cazadores formidables. Cazadores que podrían acabar con muchos de nosotros sin despeinarse. Y porque si los atacamos, les damos la excusa que necesitan para declarar la guerra. Una guerra que no podemos ganar. Hizo una pausa. —No ahora. Adrian sintió un frío en la nuca. Humanos que cazan monstruos. Y yo soy humano. Pero estoy aquí. Con los monstruos. ¿Qué significa eso? Corvus siguió hablando. Su voz se volvió más pausada. Más grave. —Pero debéis entender algo. Este territorio. Lux Aeterna y todo lo que lo rodea. Es nuestro refugio. Durante siglos, hemos construido un santuario. Un lugar donde los sobrenaturales podemos vivir en paz. Donde podemos ser nosotros mismos. Sin miedo. Sin persecución. Hizo un gesto amplio con la mano. Como si abarcara todo el castillo. Todo el bosque. Todas las tierras que se extendían más allá de las murallas. —Este territorio está protegido. Por magia antigua. Por pactos que la Inquisición no puede romper. Por siglos de trabajo. Aquí, estamos seguros. Los estudiantes asintieron. Algunos sonrieron. Otros se relajaron. Como si les hubieran recordado algo que ya sabían. Algo que les daba consuelo. —Pero no todo es Lux Aeterna —continuó Corvus—. Más allá de las murallas, más allá del Bosque de las Sombras, hay pueblos. Pueblos humanos. Miles de humanos que viven bajo nuestra protección. Que han vivido aquí durante generaciones. Que nos ven no como monstruos. Sino como vecinos. Como protectores. Adrian asintió. —La Inquisición no puede entrar en nuestro territorio —dijo Corvus, y su voz se volvió más firme—. El tratado lo prohíbe. Y aunque quisieran romperlo, no podrían. Las protecciones son demasiado fuertes. Los pactos demasiado antiguos. Los humanos que viven aquí están a salvo. Y nosotros también. Hizo una pausa. Miró a Adrian. Directo. Sus ojos blancos se posaron en él. Y por un momento, Adrian sintió que el nigromante podía ver a través de él. A través de su máscara. A través de su sistema. A través de todo. —Pero eso no significa que no haya peligros —continuó Corvus—. La Inquisición tiene espías. Infiltrados. Humanos que se hacen pasar por refugiados. Por aliados. Por amigos. Y luego atacan. Desde dentro. Cuando menos te lo esperas. Los estudiantes cuchichearon. Incómodos. Asustados. Pero no sorprendidos. Ya lo sabían. Ya lo habían oído antes. Adrian se quedó quieto. Espías. Infiltrados. Humanos que se hacen pasar por refugiados. ¿Y si hay alguno aquí? ¿Y si hay alguno en Lux Aeterna? Y entonces, Lyra habló. En voz baja. Tan baja que solo él pudo oírla. —Ahora entiendes por qué te dije lo de los sótanos. Adrian se giró. Lyra estaba mirando al frente. Como si no hubiera dicho nada. Pero sus dedos jugueteaban con el borde de su libro. Nerviosa. Adrian no respondió. No podía. Corvus seguía hablando. —Los humanos que vienen aquí —dijo Corvus, y esta vez su voz sonó más grave. Más lenta—. Los que desaparecen. Adrian se tensó. —No todos son lo que parecen. Algunos son enviados por la Inquisición. Espías. Asesinos. Saboteadores. Se infiltran. Aprenden. Y luego atacan. Adrian asintió. En silencio. —Pero otros —continuó Corvus— son diferentes. Son enviados por razones que no entendemos. Por fuerzas que no controlamos. Hizo una pausa. —Y algunos… algunos simplemente desaparecen. Sin explicación. Sin rastro. Como si el castillo se los tragara. Adrian sintió un frío en la nuca. El castillo se los traga. Como Ren. Como los humanos anteriores. Corvus siguió hablando. De la historia. De los fundadores. De las reglas. Pero cuando estaba a punto de terminar, hizo una pausa. Miró a Adrian. Directo. Y dijo, casi como un susurro: —Tú. El humano. Ten cuidado con lo que buscas. Adrian se quedó quieto. Corvus no esperó respuesta. Se giró. Volvió a su escritorio. Y siguió con la clase como si nada hubiera pasado. Adrian no dijo nada. Pero sintió el peso de esas palabras. Ten cuidado con lo que buscas. No era una amenaza. Era una advertencia. Y eso era peor. —La Cacería de la Luna Llena —dijo Corvus, cambiando de tema— es en dos semanas. Los estudiantes comenzaron a cuchichear. Emocionados. Asustados. Corvus levantó una mano. El silencio volvió. —Cada grupo tendrá un objetivo. Un objeto. Un artefacto. Algo que deberán encontrar en el bosque. Sin magia. Sin armas. Solo instinto. El primer grupo que lo encuentre y regrese, gana. Un licántropo levantó la mano. —¿Y qué pasa si no lo encontramos? Corvus lo miró. —Entonces no ganáis. Y el bosque os devora. El silencio fue total. —No es una exageración —continuó Corvus—. El Bosque de las Sombras no es un lugar normal. Está vivo. Está hambriento. Y cada año, se cobra al menos una vida. El año pasado, un estudiante de tercero no regresó. Su cuerpo nunca fue encontrado. Los estudiantes se miraron. Algunos palidecieron. Otros tragaron saliva. Adrian sintió un peso en el estómago. Una vida al año. Y yo tengo que ir. —Los grupos serán elegidos al azar. No podréis elegir a vuestros compañeros. Y habrá una recompensa para el grupo ganador. La recompensa no la revelaré hasta el día del evento. Pero os aseguro que vale la pena. Adrian lo escuchó. En silencio. Una cacería. En el bosque. Sin magia. Sin armas. Solo instinto. Y con un monstruo que se cobra una vida al año. Corvus siguió hablando. De la historia. De los fundadores. De las reglas. Pero Adrian ya no escuchaba. Estaba pensando. En la Cacería. En Kael. En Freya. En el Drenaje Profundo. En la Inquisición. En los humanos que desaparecen. Y en Corvus. Y en la advertencia que le había dado. "Ten cuidado con lo que buscas." Sabe algo. Sabe que soy diferente. Y me está advirtiendo. Cuando la clase terminó, Adrian se levantó. Recogió sus cosas. Y antes de salir, Lyra lo alcanzó. Le puso una mano en el brazo. Un toque breve. Pero firme. —Ten cuidado —susurró—. Corvus no dice esas cosas por casualidad. —¿Qué sabes de él? —Sé que es el único que ha sobrevivido a los sótanos. Y que nunca habla de lo que vio. Se fue. Sin darle tiempo a responder. Adrian se quedó quieto un segundo. Luego salió del salón. Pero antes de dar tres pasos, alguien lo detuvo. —Humano. Era Elara. La rubia del séquito de Caspia. Estaba apoyada contra la pared. Los brazos cruzados. Los ojos grises fijos en él. No había miedo en su mirada. Había otra cosa. Algo más frío. Más calculador. —¿Qué quieres? —Vi lo que hiciste. En el sueño. Adrian se tensó. Mierda. —No sé de qué hablas. —Sí, sí lo sabes. —Elara se acercó. Un paso. Solo uno—. No sé cómo lo hiciste. Pero lo hiciste. Y no me gusta. —No te hice nada. —Me usaste. —La voz le tembló. Pero no se apartó—. Me usaste para tu misión. Para tu sistema. Para lo que sea que tengas. Adrian no respondió. No tenía respuesta. —Escúchame bien —continuó Elara, y esta vez su voz sonó más firme—. No sé qué eres. No sé qué quieres. Pero si vuelves a meterme en uno de tus sueños, te juro que lo pagarás. Se giró. Se fue. Caminando rápido. Sin mirar atrás. Adrian la observó alejarse. Luego exhaló. Despacio. Una enemiga más. Genial.
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El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) Capítulo 11

Estás leyendo el capítulo 11 de El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela), un novela. Adrian Cole llegó a Lux Aeterna como el único humano de un internado lleno de monstruos. Los vampiros lo desprecian. Los hombres lobo se burlan de él. Los nigromantes quieren estudiarlo. Y las súcubos... bueno, ellas… Este capítulo tiene publicado el 6 de octubre de 2026. El Sistema de Ancla: Dominación y Venganza en Lux Aeterna (Novela) tiene 19 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.