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Leer El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 9 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
He Jiaqing le había advertido con extrema insistencia que cumpliera a rajatabla todas las normas de seguridad del tren. Sin perder un instante, Li Banfeng corrió bien las cortinas de la ventanilla y echó el pestillo a la puerta del compartimento. Acto seguido, extrajo dos vasos de fideos instantáneos, los llenó de agua hirviendo del calentador de té empotrado en la pared del vagón y se los zampó con apetito voraz. Parecía una suerte de impronta grabada a fuego en el alma humana: a bordo de un tren en marcha, los fideos instantáneos sabían infinitamente más deliciosos que en cualquier otro rincón del mundo. Con el estómago satisfecho, Li Banfeng se acomodó en el asiento corrido y le envió un mensaje a He Jiaqing: "Ahora cuéntamelo todo. ¿Qué demonios está pasando aquí?". He Jiaqing contestó: "Estoy atrapado en el Barranco del Rey de la Medicina. Cuando llegues a mi casa, hablaremos cara a cara". "Dime primero dónde queda exactamente ese barranco. ¿Acaso sigue estando dentro de la Provincia de Yuedong?". "No está en Yuedong; está en la Provincia de Puluo. Sin el paquete que llevas contigo, me resulta imposible zafarme de esta trampa". "¿Y qué clase de lugar es esa Provincia de Puluo?". "Hermano, he exprimido mis energías al límite; estoy a punto de perder el conocimiento. Aguardemos a vernos en persona". "¿Qué hay dentro del paquete?". "Déjame descansar un rato... Te lo contaré todo sin falta, pero grábate esto a fuego en la cabeza: ¡por nada del mundo abras el paquete!". He Jiaqing no volvió a enviar ningún mensaje. Li Banfeng sacó el bulto de la mochila, lo posó sobre la mesita fija y se quedó contemplándolo en silencio durante un buen rato. Decir que no sentía curiosidad sería mentir descaradamente. Y asegurar que no pensaba abrirlo en todo el trayecto era sencillamente imposible. La cuestión no era si lo abriría, sino en qué momento exacto le quitaría la cinta adhesiva. Li Banfeng tenía la firme certeza de que en su interior se ocultaba un tesoro de incalculable valor. No obstante, al recordar la conversación telefónica que había escuchado a escondidas en el supermercado, cuando aquel individuo llamado vicecapitán Xiao aseguró que ese objeto causaría la muerte de incontables personas... ¿acaso se trataba de algún veneno mortífero, una toxina letal o un arma bacteriológica desarrollada en laboratorio? He Jiaqing no volvió a dar señales de vida; era evidente que sus fuerzas se habían agotado por completo. Li Banfeng también arrastraba un cansancio atroz. En el dormitorio de la universidad no había manera de conciliar el sueño, pero allí dentro, mecido por el vaivén del convoy, una somnolencia pesada y abrumadora se abatió sobre sus párpados sin darle tregua. Sacó el teléfono para buscar información sobre la Provincia de Puluo, el Barranco del Rey de la Medicina o la Bahía de Aguas Verdes. En la red aparecían resultados inconexos y dispersos; tras una búsqueda infructuosa, no logró hallar nada de utilidad. La bombilla del techo era mortecina, resguardada tras una tulipa anticuada de las que ya ni siquiera se veían en su infancia, y arrojaba un resplandor amarillento que invitaba al sopor. Las cortinas estaban perfectamente corridas, sin dejar una sola rendija, de modo que solo se adivinaba el veloz retroceso de las sombras del paisaje exterior. El jadeo constante de la máquina de vapor, el golpeteo rítmico de las ruedas contra los rieles de hierro y el lamento esporádico del silbato componían un ruido blanco altamente hipnótico. Casi sin darse cuenta, Li Banfeng caminó hacia el dormitorio interior, se dejó caer sobre la litera y se quedó profundamente dormido. No supo cuánto tiempo permaneció sumido en el sueño. Recordaba haberse levantado a tientas a beber agua y haber ido al aseo en algún momento, hasta que unos golpes secos y violentos contra la puerta del compartimento lo despertaron sobresaltado. "¡Hermano mayor, hermano mayor! ¡Le suplico que abra la puerta y nos deje entrar un momento! ¡Solo un momento, por favor!". Al otro lado de la madera resonaba la voz de una mujer: atropellada, angustiada y quebrada por el llanto. Casi al mismo tiempo, la voz de un niño imploró entre sollozos: "Tío, se lo ruego... abra la puerta, por favor...". El niño rompió a llorar desconsoladamente. Li Banfeng no abrió. El anuncio de megafonía lo había dejado meridianamente claro: salvo caso de absoluta necesidad, no se debía permitir el acceso a personas desconocidas. Y había un detalle todavía más inquietante: ¿Cómo sabía esa mujer que él era un hombre adulto? ¿Y cómo sabía ese chiquillo que quien estaba dentro era un "tío"? Desde que embarcó en el tren, Li Banfeng no había asomado la cabeza fuera del compartimento, y salvo el revisor que picó su billete en el andén, nadie lo había visto entrar. "¡Se lo suplico, hermano mayor! ¡Solo déjenos resguardarnos un ratito y enseguida nos marchamos!". "Tío, abra, por favor...". ¡Pum, pum, pum! Los golpes contra la puerta se volvieron cada vez más apremiantes y los lamentos adquirieron un tono desgarrador. Li Banfeng guardó silencio absoluto. En ese instante, la locomotora de vapor comenzó a aminorar la velocidad. Los altavoces del techo carraspearon: "Atención, señores pasajeros: nos aproximamos a la estación de Santoucha. Se ruega a los viajeros que deban descender que recojan sus pertenencias personales y se preparen para bajar del tren". "¡Se lo ruego, hermano mayor, al menos deje que entre mi hijo a esconderse un momento, yo me quedo fuera!", chilló la mujer con voz enloquecida y ronca. ¿Qué demonios estaba sucediendo allá afuera para que tuvieran semejante empeño en meterse dentro de su habitación? Li Banfeng se aproximó a la puerta con la intención de echar un vistazo a través de la rendija, cuando de pronto creyó percibir la voz grave de un hombre: "¡Echa la puerta abajo de una patada! ¡Ese infeliz no va a abrir por las buenas!". Li Banfeng retrocedió un paso de inmediato, buscando a su alrededor cualquier objeto contundente que pudiera servirle de defensa. ¿Había tres personas al otro lado? ¡Resultaba que también había un hombre con ellos! Había subestimado por completo los peligros que entrañaba aquel convoy. "¡Revienta la puerta ya, que si no se nos echa el tiempo encima!", insistió de nuevo la voz masculina. ¿Se atreverían de verdad a tirar la puerta abajo? Li Banfeng apostaba a que no; de haber tenido el valor, ya lo habrían hecho hacía rato. Ambas partes permanecieron en un tenso punto muerto a uno y otro lado del tablón de madera. ¡Chssssshhh! Con una prolongada exhalación de vapor a presión, el convoy se detuvo por completo en los andenes. ¡Clac, clan! Li Banfeng escuchó el mecanismo de apertura de las puertas exteriores del vagón y el sonido metálico de la escalerilla siendo desplegada por el revisor. "¡Abre la puerta! ¡Abre de una maldita vez! ¡Te he dicho que abras, pedazo de cabrón! ¿Vas a abrir o no?...", la mujer comenzó a proferir alaridos desquiciados. La hoja de la puerta se sacudió con violencia: ¡la mujer estaba propinando patadas brutales contra el cerrojo! Qué cosa tan extraña: ¿por qué era la mujer la que se liaba a patadas? Aunque Li Banfeng no podía ver lo que ocurría en el pasillo, por la cadencia y la dirección de los impactos se notaba a las claras que quien pateaba y quien insultaba era la misma persona: ¡la mujer! El marco de la puerta crujía peligrosamente; amenazaba con ceder en cualquier momento. Li Banfeng empuñó una tira de gluten picante en una mano y aferró con la otra el termo de agua hirviendo del compartimento: eran las dos únicas armas arrojadizas y de choque que tenía a su alcance. De repente, un picor punzante e insoportable le brotó en el cuello. ¡No tenía una mano libre para rascarse! El picor se volvió feroz, abrasador. ¿Cómo demonios le venía a picar el cuello en un momento tan crítico? Li Banfeng apoyó el termo sobre la mesita durante dos segundos, se rascó el cuello con rabia clavándose las uñas y volvió a empuñar el termo al instante. ¡Bang! ¡Bang! La puerta estaba a punto de reventar cuando una voz severa resonó desde el corredor exterior: "Ha llegado a su destino. Le ruego que descienda del tren de inmediato". ¡Era el revisor! El empleado ferroviario estaba intimando a la mujer a apearse. El corazón de Li Banfeng se desahogó un poco. Dejó el termo y volvió a rascarse con desesperación el cuello enrojecido. La mujer chilló fuera de sí: "¡No me voy a bajar! ¡Encontraré la manera de pagar el suplemento del billete! ¡No puedo bajarme en Santoucha! El vendedor ambulante ya se ha marchado; ¡tengo que apearme en la próxima estación, tengo que llegar a Haichiling a toda costa!". '¿Qué vendedor ambulante? Y si ese vendedor ya se marchó, ¿por qué demonios necesita ir a Haichiling?'. Li Banfeng seguía aturdido cuando, en el pasillo exterior, se desató un violento forcejeo a base de golpes, empujones y zancadillas. La mujer berreaba: "¡Que no me bajo!". El niño chillaba: "¡No nos bajamos, no nos da la gana!". Y la voz del hombre bramaba al unísono: "¡Pagaremos el billete enseguida, déjenos en paz!". Las voces de la mujer, del niño y del hombre se solapaban en un coro frenético. El ruido de los golpes contra los paneles metálicos no cesó en ningún instante, pero fue alejándose paulatinamente hacia el exterior; daba la impresión de que el revisor los había ido empujando a trompicones escaleras abajo hasta echarlos al andén. Al cabo de unos minutos, el revisor replegó la escalerilla metálica y atrancó las puertas del vagón. Li Banfeng se dejó caer en el asiento corrido, se enjugó el sudor frío de la frente y, mientras continuaba rascándose el cuello con desespero, comenzó a encajar las piezas de lo sucedido. Aquellos tres querían colarse en su compartimento privado para viajar gratis eludiendo el control del revisor. Y si les hubiera abierto la puerta, lo más probable es que se hubieran adueñado de la estancia por las malas, y eso en el mejor de los escenarios. Eran capaces de patear puertas, de liarse a puñetazos con el personal ferroviario y no tenían dinero para pagar el pasaje: de haber entrado, era seguro que le habrían robado todas sus pertenencias. Si no hubiera podido defenderse, su dinero en efectivo, los fideos instantáneos, las patatas fritas y el misterioso paquete de He Jiaqing se habrían perdido para siempre. Cualquier otra cosa tenía arreglo, pero los fideos... ¡los fideos no se los podía arrebatar nadie! ¡Sin comida, no habría sobrevivido a dos días de viaje! Sentado junto a la mesita, Li Banfeng dio varios tragos largos de agua para templar los nervios. ¡Chuff, chuff! Tras una parada de casi un cuarto de hora, la locomotora de vapor reanudó la marcha. El picor en su cuello se intensificó hasta volverse intolerable, como si le hubiera brotado una erupción cutánea virulenta. Sacó el móvil para mirar la hora cuando, de repente, un chasquido sordo golpeó el cristal de la ventanilla desde fuera. ¿Quién estaba aporreando el cristal? ¿Acaso eran los tres sujetos de antes? ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Los impactos sordos se sucedían sin tregua. El tren aceleraba por momentos, pero los golpes contra la ventanilla no se detenían. ¿Alguien venía corriendo a la par de la locomotora para golpearle el cristal? ¡¿A qué velocidad endiablada tendría que estar corriendo ese individuo?! Li Banfeng se quedó estupefacto y se apartó de la ventana como si quemara. Tuvo la tentación de levantar la cortina para mirar hacia el exterior, pero recordando las tajantes advertencias de la megafonía, contuvo el impulso de inmediato. El convoy pasó bajo la luz de una farola del tendido ferroviario y, bajo aquel resplandor fugaz, la sombra del intruso se proyectó con absoluta nitidez sobre la tela de la cortina. Li Banfeng vio unas manos gigantescas, unos brazos de musculatura formidable, un pecho descomunal y unos hombros todavía más anchos que el propio torso. Y sobre aquellos hombros colosales... ¡había tres cabezas! Aunque la imagen apenas duró una fracción de segundo antes de desvanecerse en la sombra, Li Banfeng tuvo la certeza absoluta de no haberse equivocado. '¿Acaso era ese el individuo que pateaba la puerta hace un momento?'. ¡Por supuesto que sí! Li Banfeng había creído que en el pasillo había tres personas distintas, cuando en realidad ¡solo había una sola persona dotada de tres cabezas! Aquella supuesta conversación entre una mujer, un niño y un hombre adulto... ¡no era más que las tres cabezas de un mismo ser hablando por turnos! Esta parada se llamaba Santoucha: la Bifurcación de Tres Cabezas. ¿Acaso aquel engendro de tres cabezas guardaba una relación directa con el nombre del lugar? El tren cruzó una hilera de luminarias y la silueta del ser de tres cabezas se proyectó de forma intermitente sobre la cortina opaca. Con una mano se aferraba con fuerza sobrehumana al marco exterior de la ventanilla, llevando el cuerpo suspendido en el vacío del aire, mientras con la otra continuaba golpeando el cristal sin descanso. El vidrio amenazaba con estallar en pedazos de un momento a otro. Li Banfeng volvió a empuñar la tira de gluten picante y el termo de agua hirviendo, disponiéndose a luchar a vida o muerte si el monstruo quebraba la ventana. De pronto, desde el techo del vagón descendió una larga vara metálica que arremetió con furia una docena de veces contra el cuerpo del engendro, desprendiéndolo del marco y arrojándolo al vacío de las vías. ¡Era el revisor! El empleado ferroviario había desalojado al ser de tres cabezas a base de estacazos desde el tejado del convoy. Acto seguido recogió la vara con total parsimonia, saltó con asombrosa agilidad hacia la plataforma de acople entre vagones y regresó al interior del tren. Li Banfeng permaneció plantado en el centro del compartimento, sin atreverse a acercarse ni a la puerta ni a la ventana. Los altavoces del techo carraspearon de nuevo: "Estimados pasajeros, les damos la bienvenida a bordo del tren mil ciento sesenta. Se ruega a los viajeros que ya han embarcado que no deambulen libremente por los pasillos...". El picor en el cuello de Li Banfeng se volvió tan salvaje que, al rascarse con desesperación, comprobó que se había levantado la piel y sangraba profusamente. '¿Pero qué demonios me pasa? ¿Por qué me pica únicamente el cuello de esta manera tan espantosa? ¿Acaso a mí también me van a brotar dos cabezas más? Si de verdad me crecen... ¿qué voy a hacer?'. "¡Pues si crecen, que crezcan! ¡Estar solo en este mundo es demasiado triste!". "¡Nosotros hemos estado siempre a tu lado, justo a tiempo para hacerte compañía y charlar!". Aterrorizado, Li Banfeng creyó escuchar con total nitidez cómo dos voces desconocidas le susurraban directamente dentro de sus propios oídos. \----- • Novela: El Señor de Puluo / 普罗之主 (Pǔluó Zhī Zhǔ) • Autor: Salagusi (沙拉古斯) • Traductor: Inmensurable 🚂 ¡Pasajero, deja tu reacción y comentario para alimentar las calderas del tren 1160! ¡Tu apoyo mantiene la presión de vapor al máximo para acelerar los próximos capítulos! ⚙️
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El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 9

Estás leyendo el capítulo 9 de El Señor de Puluo (Novela), un novela. Para salvar la vida de un amigo, Li Banfeng —cuyo nombre se escribe con el carácter de "cumbre" y no de "locura", pues el médico aseguró que no está loco— aborda el tren de vapor 1160 con destino a la Provincia de… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Señor de Puluo (Novela) tiene 56 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.