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Leer El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 10 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Li Banfeng no terminó desarrollando tres cabezas; menos de una hora después de que el tren abandonara la estación de Santoucha, el picor insoportable del cuello fue remitiendo poco a poco. Se había rascado con tanta saña que ambos lados del cuello le quedaron surcados de laceraciones sanguinolentas. Si bien las cabezas no habían llegado a brotar físicamente, eso no significaba que no hubiese existido una clarísima predisposición a que lo hicieran. De haber permanecido un rato más en Santoucha, Li Banfeng sospechaba que de verdad le habrían crecido tres cabezas. Hacía un momento había escuchado con total nitidez dos voces hablándole al oído; de ninguna manera se trataba de él hablando solo. Él no era ningún loco. El médico del hospital se lo había dicho con total certeza: de verdad no estaba loco. '¿Entonces qué demonios fue lo de antes? ¿Por qué escuché a dos personas hablarme?'. '¿Acaso he desarrollado esquizofrenia?'. 'Bueno, si ya tengo esquizofrenia, ¡al menos ya no tendré que preocuparme nunca más por volverme esquizofrénico!'. '¡Eso es algo bueno!'. Al llegar a esa conclusión, Li Banfeng sintió un notable alivio en el pecho. Sin embargo, aún quedaba algo imposible de explicar: ¿por qué diablos existiría en este mundo una persona con tres cabezas? 'Digamos que se trataba de siameses unidos al nacer; esa explicación entra dentro de lo razonable'. 'Pero entonces, ¿por qué sentí yo la clara tendencia a que me brotaran dos cabezas más?'. Tras meditarlo largamente, Li Banfeng encontró dos explicaciones plausibles. La primera: '¡Yo también soy un siamés, solo que jamás me había enterado hasta ahora!'. La segunda: el lugar llamado Santoucha inducía mutaciones o transformaciones extraordinarias en las personas. La primera hipótesis era imposible de verificar por el momento, pero la segunda presentaba un grave fallo de lógica. Si Santoucha provocaba semejantes alteraciones anómalas en la gente, ¿por qué el tren hacía una parada reglamentaria allí? ¿Acaso aquel sitio alteraba a cualquier individuo sin excepción, o únicamente afectaba a personas con características especiales? Por ahora, ese enigma solo podía intentar corroborarse en internet. Li Banfeng se acurrucó en la litera del compartimento y, al compás del traqueteo rítmico y los balanceos de las ruedas sobre los rieles, sacó el teléfono para buscar datos sobre la estación de Santoucha. No obstante, lo único que arrojó el buscador fue una pila interminable de resultados sobre dragones de tres cabezas. Resultaba que el término "dragón de tres cabezas" no aludía únicamente a un monstruo mitológico, sino también a cierto tipo de herramienta... '¡¿Y a mí qué demonios me importa eso ahora mismo como para ponerme a leer semejantes tonterías?!'. Li Banfeng cambió de rumbo y se puso a rastrear noticias relacionadas con el tren 1160. No halló nada en absoluto; en toda la red no existía el menor registro ni información sobre aquel convoy número 1160. Ni siquiera figuraba la menor noticia sobre el presunto descarrilamiento ocurrido días atrás. '¡Eso es imposible!'. Un accidente tan grave como el descarrilamiento de un tren de pasajeros, ¿cómo no iba a salir en un solo periódico digital o telediario? '¿Acaso nunca existió ningún accidente ferroviario y todo fue otra patraña del viejo Chen para tenderme una trampa y sacarme información?'. Cuando Li Banfeng se dispuso a seguir indagando, la cobertura del móvil desapareció por completo. Dejó escapar un suspiro de resignación, abrió las novelas que guardaba en la memoria caché del teléfono y aguardó en silencio a que volviera la señal. La verdad sea dicha: sumergirse en la lectura al compás acompasado del vapor y los engranajes mecánicos tenía un encanto literario muy particular. Li Banfeng leyó durante varias horas seguidas y, cuando las primeras luces del alba despuntaron, volvió a quedarse profundamente dormido. Al despertar, ya era el mediodía del día siguiente. El tren acababa de entrar en una estación y la megafonía anunció por los altavoces: "Atención, señores pasajeros: hemos llegado a la estación de Haichiling". Esta parada no se parecía en nada a la tétrica Santoucha: el andén rebosaba de bullicio y animación. Incluso a través del grueso cristal de la ventanilla se escuchaban pregones callejeros de toda índole: "¡Mahuas recién fritos y crujientes!". "¡Leche de soja caliente, churros fritos y pastelillos de arroz!". "¡Gachas de mijo! ¡Huevos cocidos al té!". A través de las cortinas, Li Banfeng distinguía siluetas difusas y apretadas que desfilaban frente a la ventana; debían de ser los vendedores ambulantes empujando sus carritos de comida de un lado a otro del andén. Aquellos pregones insistentes se le filtraron por los conductos auditivos directos al cerebro, y desde el cerebro descendieron en picado hasta su estómago. A Li Banfeng le rugieron las tripas de hambre. Le entraron unas ganas irreprimibles de descorrer la ventana y comprar algo de comida, en especial un par de aquellos sabrosos huevos cocidos al té. Sin embargo, conteniéndose una y otra vez, resistió la tentación de abrir la ventanilla y preparó dos vasos de fideos instantáneos con agua hirviendo. Tras despachar los dos vasos, seguía sintiendo un hambre canina. Incapaz de contenerse, preparó un tercer tazón. Tras engullirlo entero, el apetito no hizo más que recrudecerse de forma voraz. '¿Preparo otro más?'. '¡No, no puedo esperar a que hierva el agua!'. En el fondo de su estómago era como si cien manos famélicas arañaran desesperadas, deseando treparle por la garganta para salir a buscar comida por su cuenta. Arrancó el envoltorio de plástico, sacó el bloque de fideos deshidratados y comenzó a masticarlo en seco, untándolo directamente en el polvo del sobre de condimentos. En la estación de Haichiling el tren permaneció detenido más de veinte minutos. No fue hasta que el convoy reanudó la marcha y avanzó durante más de una hora que Li Banfeng logró soltar el pedazo de fideo reseco que sostenía en la mano. Aquel apetito monstruoso e incontrolable por fin comenzó a menguar; señal indiscutible de que acababan de abandonar la jurisdicción de Haichiling. Sobre la mesita fija había ocho envases de fideos, todos completamente vacíos; cinco de ellos se los había zampado crudos, a base de mordiscos secos. Li Banfeng sintió el estómago hinchado a reventar; le sobrevinieron intensas arcadas e intentó vomitar durante un buen rato, pero no logró expulsar absolutamente nada. La pesadez extrema provocada por semejante atracón lo obligó a tumbarse de nuevo en la litera. ¡Clac-clac-clac! El tono de notificación del móvil sonó a su lado. La cobertura telefónica había regresado y Li Banfeng se encontró con un nuevo mensaje de He Jiaqing: "Barranco del Rey de la Medicina, Barranco Interior, Calle del Arco Conmemorativo, Callejón Xianchuanzi, número veintiuno". He Jiaqing le había enviado la dirección exacta de su domicilio familiar. "Hermano, en cuanto te bajes del tren ven directo a mi casa; mañana no podré ir a recogerte a la estación". "¡¿Pero dónde demonios queda tu casa?! ¡¿Y cómo es que en este trayecto hay sujetos con tres cabezas?!". He Jiaqing no respondió. Barranco del Rey de la Medicina, Haichiling... Ni uno solo de esos topónimos arrojaba el menor resultado en internet. Li Banfeng abrió la aplicación de mapas en el teléfono para intentar fijar sus coordenadas, o al menos averiguar hacia qué punto cardinal se dirigían. La pantalla mostraba una cuadrícula vacía; el GPS era incapaz de situarlo. Invadido por la irritación, tiró el móvil sobre el colchón. La batería estaba en las últimas; aunque junto a la litera había una toma de corriente, Li Banfeng no tuvo humor ni para enchufar el cargador, se dio la vuelta y se sumió de nuevo en el sopor. Al caer el crepúsculo, una fragancia empalagosa y dulce comenzó a filtrarse en el ambiente. Aquel aroma dulzón destilaba una extraña incitación sensual que espabiló de golpe a Li Banfeng en mitad del sueño. '¡Qué dulzura tan densa!'. Era una dulzura casi palpable, con textura, elástica y embriagadoramente cálida. Li Banfeng sacó el billete de tren y revisó el itinerario de paradas. '¿Acaso hemos llegado a la Bahía de Aguas Verdes?'. '¿El agua de la Bahía de Aguas Verdes es dulce?'. Consultó la hora prevista de llegada en el boleto. No cuadraba. La hora fijada para la Bahía de Aguas Verdes eran las tres de la tarde. Aunque las locomotoras de vapor sufrían retrasos frecuentes, ya pasaban de las seis. Debía de tratarse de la estación posterior a la Bahía de Aguas Verdes: Kudaikan. Era un nombre de lo más ordinario y poco refinado. Li Banfeng no alcanzaba a concebir por qué un paraje llamado "El Umbral del Cinturón" desprendía un perfume tan almibarado y sensual. Se acercó a la ventanilla con la intención de atisbar el exterior a través del cortinaje, cuando de pronto alguien dio unos golpecitos en el cristal: "Caballero, ¿desea algún servicio?". "¿Qué clase de servicio?". El cuerpo de Li Banfeng se estremeció de pies a cabeza. "Servicio ferroviario especial: veinte minutos por doscientos yuanes. Diseñado exclusivamente para aliviarle todo el agotamiento del viaje". '¡Solo doscientos!'. '¡Menuda ganga, un precio honrado a más no poder!'. Los últimos destellos del ocaso recortaban sobre la tela de la cortina la esbelta y seductora silueta de una mujer. Una voz dulce y melosa, un dulce perfume de maquillaje y colorete, sumado a la más dulce y entregada sinceridad de la muchacha... Li Banfeng acababa de dar con la auténtica fuente del dulzor que impregnaba el vagón. Sofocando la agitación de sus instintos, respondió hacia el cristal: "No, muchas gracias". La fémina tras la ventana no se dio por vencida; a su dulce candor se unía una paciencia todavía más embaucadora: "Señor, ¿es su primera vez por aquí, verdad? Descuide, no hace falta que entre en su compartimento". "Si no entras al compartimento, ¿cómo pretendes prestar el servicio?". La imaginación de Li Banfeng andaba algo corta de recursos. "Basta con que abra la ventana una rendijita y me pase únicamente la parte que requiera atención". 'La parte que requiera atención...'. Li Banfeng se imaginó vívidamente la escena. Él allí plantado frente a la ventana, asomando hacia la rendija la parte en cuestión... "No creo que sea muy apropiado...". "¡Si el servicio no queda a su entera satisfacción, no le cobro un solo céntimo!". La muchacha había llegado a semejante extremo de garantía comercial... Poniéndose la mano en el pecho, ¿cómo demonios pretendían que Li Banfeng la rechazara? Mientras libraba una encarnizada batalla contra sus propios impulsos, a través del tupido tejido de la cortina creía vislumbrar a una recatada jovencita de barrio, mirándolo con grandes ojos brillantes e inocentes como el agua clara. Desde el exterior llegó de nuevo aquella voz cantarina y cristalina: "Hermano mayor, de verdad que voy con toda sinceridad. Si siente que no he estado a la altura, ¡esta humilde hermana no le cobrará nada!". Li Banfeng asintió compulsivamente y dijo: "¡Este hermano lo sabe, sé de sobra que vas de buena fe! ¡Y me parece que eres maravillosa!". Estaba a punto de perder los estribos por completo. Pero justo en la milésima de segundo previa a desatrancar la ventana, el recuerdo del engendro de tres cabezas cruzó como un rayo por su mente. '¿Y si esta señorita también tiene tres cabezas?'. '¿Triple placer?'. ¿Una cabeza encargándose de la labor mientras las otras dos preguntan al unísono: "Caballero, ¿está satisfecho?". "Hermano mayor, a esta humilde hermana se le da muy bien"? '¡Señorita, de verdad que mi imaginación no da para concebir semejante escena!'. Tras sopesarlo en agonía, declinó la vehemente oferta. Carraspeó para engolar la voz, haciéndola sonar deliberadamente ronca, áspera y desgastada por los años: "Creo que no encajamos bien, jovencita. Eres demasiado joven para mí. Si el destino lo quiere, ya nos cruzaremos en otra ocasión". La chica no insistió más. El tiempo de parada en el andén era escaso y debía encontrar apresuradamente a su siguiente cliente. Apenas Li Banfeng lograba calmar los latidos de su pecho cuando otra mujer comenzó a golpear el cristal. A juzgar por el tono, sonaba notablemente más madura: "Caballero, conmigo sí encaja a la perfección: edad adecuada y tarifa inmejorable. Quince minutos por solo cien yuanes, servicio garantizado al cien por cien". "Señora, poseo una educación universitaria superior; un intercambio tan vulgar y prosaico no va con mi moralidad". Li Banfeng oponía su última línea de defensa. "¿Educación superior...? ¡Ah, ya le he pillado el punto!". La mujer tras la ventana moduló de inmediato el tono de su voz: "Alumnos, silencio: la clase va a comenzar". Aquel timbre maduro, impregnado de un rigor intelectual y una autoridad incuestionable, provocó que el cuerpo de Li Banfeng se estremeciera de nuevo. Por un instante creyó ver al otro lado del cristal a una profesora joven y distinguida, ataviada con un traje sastre gris y gafas de montura fina, señalando las fórmulas de la pizarra mientras instruía con paciente dulzura a sus alumnos ávidos de saber. La profesora al otro lado de la ventana alzó la voz con firmeza pedagógica: "¡A ver, alumnos, repitan todos conmigo: ¡servicio!". Y un coro de estudiantes declamó al unísono: "¡Servicio!". La docente no pareció muy satisfecha: "Alumnos, no los oigo con suficiente entusiasmo. ¡Repitamos una vez más: ¡servicio!". "¡Servicio!", corearon esta vez las voces con energía rotunda y perfecta sincronía. Aquel clamor estudiantil recitando la lección retumbaba contra el cristal, haciendo que Li Banfeng retrocediera paso a paso, anonadado y abrumado. Li Banfeng estaba al borde del colapso emocional. Desde fuera llegó de nuevo la sabia y persuasiva invitación: "Querido alumno, la calidad de mi enseñanza es de primer nivel. Si no te fías, basta con que abras un poco la ventana y le eches un vistazo a los minuciosos apuntes y planes de estudio que he preparado para ti". ¡La profesora había vuelto a dar una instrucción! '¡Hay que obedecer siempre a los profesores!'. Con la mano temblorosa, Li Banfeng posó los dedos sobre el pestillo del ventanal. Temblando de pies a cabeza y apretando los dientes con rabia, logró sofocar la tentación en el último suspiro, modulando las cuerdas vocales para impostar un timbre femenino: "Hermana, te has equivocado de cliente... en realidad soy una mujer". Imitar y alterar voces era una de las habilidades más consumadas de Li Banfeng. En sus tiempos de estudiante incluso se había hecho pasar por streamer femenina en plataformas de emisión en directo, embolsándose una generosa cantidad de propinas. La mujer fuera del tren soltó un bufido de desdén y se alejó con paso firme. Li Banfeng corrió a lavarse la cara con agua fría del lavabo, desesperado por apagar la hoguera que le ardía en las entrañas. 'No se puede abrir la ventanilla; hay que cumplir estrictamente las normas del tren'. Pero por más agua gélida que se arrojara sobre la piel, aquella llamarada continuaba crepitando en medio de la atmósfera empalagosa y tibia, ardiendo cada vez con mayor furia. Li Banfeng había perdido el dominio de sí mismo. ¡La letalidad corrosiva de Kudaikan era sencillamente devastadora! Si una sola persona más se acercaba a la ventanilla a proponerle un precio, Li Banfeng no lo dudaría ni un instante: desatrancaría el cristal y cerraría el trato allí mismo. ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! En efecto, unos nudillos volvieron a golpear la luna de vidrio. Con los ojos inyectados en sangre, Li Banfeng aferró el cerrojo de la ventana con ambas manos. '¡Venga quien venga, este negocio se hace sí o sí!'. '¡Aunque me cueste la mismísima vida, tengo que cerrar este trato ya!'. La voz desde el exterior le acarició los oídos: "Señorita, ¿desea algún servicio? Veinte centímetros de calibre, el tiempo lo fija usted. Quedará plenamente satisfecha antes de que el tren se ponga en marcha... por solo ochenta yuanes". Li Banfeng retiró las manos como si hubiera tocado hierro al rojo vivo. 'Este negocio definitivamente no se puede hacer'. Al escuchar cómo aquel hombre continuaba dando toques rítmicos contra el cristal, a Li Banfeng le dio la repentina impresión de que el ambiente ya no olía tan dulce ni embriagador. Extrajo el billete de tren y volvió a cotejar el itinerario. No cabía duda: la estación se llamaba verdaderamente Kudaikan. Un topónimo tan descaradamente directo para un lugar tan rematadamente bizarro... 'Jiaqing, en cuanto te resuelva tu embrollo, creo que me vendré a vivir directamente a este sitio'. 'La próxima parada ya es el Barranco del Rey de la Medicina. Jiaqing, falta muy poco para que nos veamos las caras'. \----- • Novela: El Señor de Puluo / 普罗之主 (Pǔluó Zhī Zhǔ) • Autor: Salagusi (沙拉古斯) • Traductor: Inmensurable 🚂 ¡Pasajero, deja tu reacción y comentario para alimentar las calderas del tren 1160! ¡Tu apoyo mantiene la presión de vapor al máximo para acelerar los próximos capítulos! ⚙️
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Estás leyendo el capítulo 10 de El Señor de Puluo (Novela), un novela. Para salvar la vida de un amigo, Li Banfeng —cuyo nombre se escribe con el carácter de "cumbre" y no de "locura", pues el médico aseguró que no está loco— aborda el tren de vapor 1160 con destino a la Provincia de… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Señor de Puluo (Novela) tiene 56 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.