Leer El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 8 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Provincia de Yuedong, Ciudad de Yuezhou, Estación de Trenes del Este.
La Estación Este era la terminal ferroviaria más antigua de Yuezhou. Contaba con seis salas de espera y por sus andenes transitaban convoyes de alta velocidad, trenes expresos y los vetustos trenes convencionales de color verde.
Li Banfeng cotejó con minuciosidad los datos de su billete digital: tren número mil ciento sesenta.
'¿Cómo es posible que sea otra vez este mismo tren?'.
Li Banfeng escribió un mensaje: "¿Acaso este tren no había descarrilado?".
¡Tin-tin!
He Jiaqing contestó de inmediato: "El accidente ya fue solventado; el servicio de la línea está totalmente restablecido".
'¿Solventado? Un siniestro de tal magnitud... ¿y lo resuelven en cuestión de horas?'.
En el código del billete no figuraba ni siquiera la letra "K" delante de los números. Aquello significaba que ni tan siquiera calificaba como un tren rápido convencional: pertenecía a la categoría más lenta y pesada del sistema ferroviario.
'Ojalá su pueblo natal no quede demasiado lejos'.
En la información del pasaje figuraba la puerta de embarque número noventa y seis.
Li Banfeng dio una vuelta completa por las distintas zonas de espera. Vio a no pocos hombres de mediana edad impecablemente vestidos de traje y corbata, así como a grupos de jóvenes con atuendos desenfadados.
Sin embargo, los que le causaron una impresión más honda fueron los ancianos de vestimentas humildes. Llevaban un equipaje descomunal: bultos a la espalda, paquetes en las manos e incluso hatillos cargados al hombro. Muchos de ellos llevaban atada a sus fardos una taza metálica esmaltada de gran tamaño; aquella era la estampa más cotidiana y a la vez más singular de las viejas estaciones de trenes.
No obstante, tras recorrer la terminal de punta a punta, Li Banfeng no encontró por ninguna parte la puerta de embarque noventa y seis.
"¿En qué rincón está la puerta noventa y seis?", le escribió a He Jiaqing.
"No tiene una ubicación fija; pregúntale al personal de la estación".
Li Banfeng consultó sucesivamente a cinco empleados ferroviarios. Los cuatro primeros le aseguraron con extrañeza que en toda la estación no existía ninguna puerta noventa y seis.
El quinto empleado, tras examinar con detenimiento el billete en la pantalla del móvil, le hizo una seña y lo guio hacia la Segunda Sala de Espera. Junto a los aseos públicos cruzaron un pasillo lateral, el empleado abrió con llave una cancela de hierro macizo y ambos se adentraron en un corredor subterráneo.
En las terminales de trenes los pasos subterráneos eran comunes, pero aquel resultaba sumamente anómalo: era un pasadizo larguísimo en el que, bajo la tenue luz de unas bombillas moribundas, flotaba un hedor nauseabundo a humedad y podredumbre.
El suelo estaba plagado de socavones y en los charcos de agua estancada pululaban cochinillas de la humedad. Un túnel subterráneo en condiciones tan degradadas solo existía en los recuerdos de la infancia de Li Banfeng, cuando de niño frecuentaba una estación ferroviaria abandonada; no para viajar, sino para acompañar a la anciana Wu a recolectar y robar chatarra.
Tras recorrer el interminable corredor, el empleado condujo a Li Banfeng directamente hasta el andén.
Allí sacó una caja metálica de color negro azabache, cuya forma recordaba a la de un buzón postal de pared. En el costado derecho del aparato había una manivela; el empleado comenzó a girar la manivela y, por una ranura superior, emergió una tira de papel.
Era un billete de tren físico: una tira de papel flexible de unos diez centímetros de largo, muy distinta de los billetes rígidos plastificados a los que Li Banfeng estaba acostumbrado.
El operario estampó un sello de tinta sobre el billete y se lo entregó a Li Banfeng.
En el anverso del documento figuraban impresas las paradas del trayecto y sus respectivas horas de llegada:
Santoucha, Haichiling, Lüshuiwan, Kudaikan...
Li Banfeng no reconocía ni un solo nombre geográfico de la lista. En la parte inferior del billete figuraba el destino final de su viaje; la parada se llamaba Barranco del Rey de la Medicina.
'¿El Barranco del Rey de la Medicina es el pueblo natal de He Jiaqing?'.
Li Banfeng jamás había estado allí, ni había oído mentar semejante lugar en toda su vida.
Consultó la hora de partida: veintiocho de junio, a la una y cincuenta y tres de la tarde. Apenas quedaban unos quince minutos para la salida.
Luego miró la hora prevista de llegada: treinta de junio, a las siete en punto de la mañana.
¡Casi dos días enteros de viaje!
¡Aquella travesía iba a ser interminable!
Comprobó entonces los datos del asiento:
Vagón número siete, compartimento número siete, billete de coche cama de primera clase.
'Bueno, al menos se trata de un compartimento de primera clase; eso se puede tolerar'.
Al pie del billete había una pequeña inscripción en letra menuda. Li Banfeng aguzó la vista para leerla:
«El presente convoy suministra agua caliente, pero no proporciona ningún tipo de alimento a bordo. Se ruega a los señores pasajeros que provean sus propios víveres».
¡Un viaje de dos días y en el tren no vendían comida!
¿Dónde estaban las pipas, las bebidas embotelladas y el agua mineral? ¿Acaso no pasaban ni el elemental carrito de aperitivos por los pasillos?
'¡Maldita sea, estas cosas se avisan antes! ¿Qué demonios voy a comer durante el trayecto?'.
En el vestíbulo principal de la estación había tiendas de ultramarinos. ¿Valdría la pena desandar todo el camino subterráneo hasta allí? Faltaban quince minutos escasos para la salida, era imposible llegar a tiempo. La ruta era demasiado enrevesada y de por medio había que franquear la puerta de hierro con llave. Además, si se topaba de nuevo con el tipo de los ojos saltones, le dispararían en el acto.
¿Comprar algo a otros viajeros en el andén?
En aquel andén ruinoso y sombrío, el único pasajero que aguardaba era Li Banfeng.
¿Buscar a alguien a bordo del tren que quisiera venderle comida? ¿Habría alguien dispuesto a compartir sus víveres?
...
En ese momento crítico, el móvil vibró en su bolsillo. Entró un mensaje de He Jiaqing: "Hermano, ¿compraste algo de comida?".
"¡¿Y te acuerdas de preguntarlo ahora?! ¡¿Por qué diablos no me lo recordaste cuando estaba dentro del supermercado?!".
"La situación era muy tensa y se me pasó por completo. En cuanto subas al convoy, pase lo que pase, ¡no salgas jamás de tu compartimento!".
'¿Por qué no puedo salir del compartimento? ¿Ir al servicio cuenta como salir? ¡No pretenderás que me aguante las ganas durante dos días enteros!'.
Mientras Li Banfeng se devanaba los sesos perplejo, vio aparecer a lo lejos, caminando por el andén desierto, a una anciana que cargaba una caja de cartón entre los brazos.
"Muchacho, ¿quieres comprar fideos instantáneos?".
Li Banfeng la observó con evidente recelo. ¡Había una vendedora ambulante en aquel andén tan apartado!
En realidad, en los andenes donde paraban los viejos trenes de color verde solía haber personas vendiendo aperitivos; Li Banfeng ya había viajado en esa clase de convoyes en el pasado, así que no era algo del todo insólito. Pero, ¿cómo era posible que no hubiera visto a esa anciana hacía un momento?
La anciana continuó con voz temblorosa: "El tren está a punto de llegar y a bordo no sirven comida; ¡llévate unos cuantos vasos para el camino!".
"¿A cuánto el vaso?".
"A cuatro yuanes".
¡Solo cuatro yuanes!
Ya no solo en una estación ferroviaria, sino en cualquier supermercado de la ciudad de Yuezhou, aquel precio resultaba sumamente honrado y generoso.
"¡Deme diez vasos!".
Para dos días de viaje, diez vasos de fideos serían más que suficientes.
Li Banfeng sacó el teléfono dispuesto a escanear el código de pago cuando, de pronto, un hombre alto y fornido vestido con uniforme de seguridad irrumpió en el andén y le arrebató de un tirón la caja de fideos a la anciana.
"¿Quién te dio permiso para vender porquerías aquí?", increpó el vigilante con brusquedad.
"Yo... yo se lo avisé al jefe de estación...", respondió la anciana temblando de pies a cabeza.
"¡A mí el jefe de estación no me ha dicho nada! ¡La mercancía queda confiscada!". El uniforme se echó la caja al hombro y dio media vuelta para marcharse. La anciana contemplaba la escena acongojada, doliéndose en el alma por su caja de fideos pero sin atreverse a rechistar.
Li Banfeng dio un paso al frente y tiró de la caja con fuerza directamente desde el hombro del guardia, haciéndolo trastabillar hacia atrás.
El vigilante lo miró pasmado: "¿Qué demonios pretendes?".
"¿Qué pretendes tú?", replicó Li Banfeng plantándole cara. "A plena luz del día, ¿te dedicas a robarle a la gente por las buenas?".
El guardia frunció el ceño: "Soy personal de seguridad de la estación; esta mujer practica el comercio clandestino y yo estoy cumpliendo el reglamento".
"¿Qué comercio ni qué niño muerto?", Li Banfeng se volvió hacia la anciana. "Esta señora es mi tía segunda, que ha venido a despedirme al tren y me ha traído una caja de fideos de regalo. ¿Acaso está prohibido que mi tía me traiga comida?".
El guardia se quedó sin palabras durante unos segundos. Li Banfeng se giró hacia la mujer: "Tía, con acompañarme hasta aquí es más que suficiente; enseguida subo al tren".
Mientras hablaba, Li Banfeng deslizó con disimulo un billete de cien yuanes en la palma arrugada de la anciana.
La anciana clavó la mirada en Li Banfeng y permaneció en silencio durante un largo instante.
La caja entera contenía veinticuatro raciones de fideos; era bastante más de lo que necesitaba.
'¡Da igual, mejor que sobre! Me llevaré la caja entera a casa de Jiaqing y comeremos juntos allí'.
¡Chuff, chuff, chuff!
¿Qué sonido era aquel?
Li Banfeng siguió con la mirada el trazado de los rieles hacia el horizonte.
Lo primero que divisó fue una densa humareda blanca. Para ser exactos, no era humo: era vapor de agua blanco y espeso. Y entremezcladas con el vapor, flotaban volutas de hollín negruzco procedentes de la combustión de carbón mineral.
¡Clin-clac! ¡Clin-clac! ¡Clin-clac!
Era el chasquido metálico inconfundible producido por el empuje de las bielas y los cigüeñales sobre las ruedas de hierro.
¡Uuu-huuu!
¡El bramido atronador de un silbato accionado por vapor auténtico!
Eso era...
¿Una locomotora de vapor?
A Li Banfeng se le desencajó la mandíbula del asombro.
¡¿Cómo era posible que en pleno siglo veintiuno aún circularan trenes de vapor?!
La locomotora de un negro azabache, resoplando chorros de vapor hirviente, redujo la marcha paulatinamente y entró en el andén. Las puertas de los vagones verdes se abrieron una tras otra y los revisores desplegaron las escalerillas metálicas de acceso.
Li Banfeng cargó con la caja de fideos y enfiló el paso hacia el vagón número siete.
En el extremo del andén, ocultos tras una columna, Xiao Zhenggong y Foco observaban la silueta del muchacho a punto de embarcar.
"¡Foco, actúa ahora mismo!", ordenó Xiao Zhenggong en voz baja.
A Foco le dio un vuelco el corazón. No esperaba que el vicecapitán Xiao, estando presente en persona, no diera la cara para liquidarlo él mismo.
'¿Acaso es una prueba que el vicecapitán me está imponiendo? No, no es una prueba; es mi última oportunidad para redimirme'.
En realidad, Xiao Zhenggong también había considerado intervenir personalmente, pero sus ojos se habían posado en la anciana del andén; la vieja que vendía fideos.
Aquella anciana no apartaba los ojos de Li Banfeng, y ese simple detalle aterraba a Xiao Zhenggong hasta la médula.
Él conocía la verdadera identidad de esa anciana. Si aquella mujer guardaba algún vínculo con Li Banfeng, ponerle un dedo encima al muchacho en este lugar acarrearía consecuencias devastadoras.
Sin embargo, dejar escapar a Li Banfeng con el paquete le quemaba las entrañas.
'¿De verdad esa vieja está prestando atención a Li Banfeng? Quizá ni se conocen... Antes que dejarlo huir sin más, prefiero que Foco sirva de conejillo de indias'.
"¡Abate al sospechoso de inmediato, es tu última oportunidad!", repitió Xiao Zhenggong con frialdad.
Al escuchar la orden, Foco apretó los dientes y se dispuso a saltar al andén, pero una mano lo sujetó con firmeza por el hombro desde atrás.
Foco volvió la cabeza: quien lo retenía era nada menos que el capitán Chen.
¿En qué momento había llegado el viejo Chen?
Foco se cuadró con respeto, mientras Xiao Zhenggong señalaba a Li Banfeng, que ya ponía un pie en el vagón, y le decía al capitán: "Capitán Chen, Li Banfeng pretende fugarse de la ciudad; es muy probable que lleve encima el paquete. Esta es la única ocasión que tenemos para interceptarlo".
El viejo Chen asintió con parsimonia y miró de frente a Xiao Zhenggong: "Tienes toda la razón del mundo. Ve tú a por él; yo me quedo aquí esperándote".
La mejilla de Xiao Zhenggong sufrió un temblor espasmódico, pero no movió ni un músculo.
Foco se quedó estupefacto. No comprendía por qué Xiao Zhenggong se negaba en redondo a dar un paso al frente. ¿De verdad todo había sido una treta para ponerlo a prueba a él?
El viejo Chen miró a Xiao Zhenggong con una sonrisa burlona: "¿Tienes miedo?".
Xiao Zhenggong no abrió la boca para justificarse: en efecto, estaba aterrado.
El desconcierto de Foco iba en aumento. ¿De qué tenía miedo Xiao Zhenggong? ¿Por qué motivo un pez gordo de su categoría le temería a un simple cordero blanco como Li Banfeng?
El viejo Chen contempló a la anciana en el andén y sentenció en voz baja: "Li Banfeng ha recibido mercancía de la Estrella de la Fortuna; está predestinado a gozar de tres golpes de buena suerte consecutivos. Mandar a Foco a detener a Li Banfeng delante de las mismas narices de la Estrella de la Fortuna, ¿no equivale a mandarlo al matadero?".
Aquellas palabras dejaron a Foco en un estado de shock absoluto.
¿Quién era la Estrella de la Fortuna?
¿Aquella anciana desarrapada?
¿Si salía a disparar moriría en el acto?
Entonces... ¿por qué el vicecapitán Xiao insistía tanto en que fuera él?
Foco miró a Xiao Zhenggong con los ojos desorbitados. El vicecapitán no mostró la menor alteración en el rostro, ni el más mínimo rastro de culpabilidad: "Yo no tenía la certeza de que esa mujer fuera la Estrella de la Fortuna, ni tampoco puedo asegurar que guarde relación con Li Banfeng".
'¿No tenía la certeza?... ¡¿Y por no tener la certeza pretendía usarme como carne de cañón?!'.
El rostro de Foco palideció por completo; la imagen que tenía de su superior se derrumbó en mil pedazos.
Xiao Zhenggong prosiguió sin inmutarse: "El bulto que custodia Li Banfeng es crucial; no podemos permitir que se lo lleve. ¡Para cumplir la misión es necesario asumir ciertos riesgos!".
"¿Asumir los riesgos yo solo?", espetó Foco clavándole una mirada cargada de rencor.
Xiao Zhenggong respondió con una frialdad glacial: "Al fin y al cabo, era tu responsabilidad; ¡fuiste tú quien lo perdió de vista en primer lugar!".
El capitán Chen le dio unas palmadas reconfortantes a Foco en la espalda para calmar la agitación del muchacho. Una vez que el joven respiró hondo, el viejo Chen encaró a Xiao Zhenggong: "Que ese objeto vaya al lugar al que le corresponde pertenecer, ¿no es acaso lo mejor que podría pasar?".
Xiao Zhenggong endureció la mirada: "Li Banfeng no es un Usuario de Energía Oscura. Llevar un artefacto de semejante calibre a la Provincia de Puluo equivale a firmar su sentencia de muerte; casi sería más piadoso que aquí mismo...".
"Repito lo que te dije antes: si tantas ganas tienes, ve tú mismo a buscarlo", la sonrisa del capitán Chen no decayó un ápice. "Hace un instante ordenabas abatirlo a tiros, ¿verdad? ¡Adelante, ve! ¡Yo no te voy a detener!".
Xiao Zhenggong apretó los labios y guardó silencio. Jamás arriesgaría su propia vida desafiando el poder de la Estrella de la Fortuna.
El viejo Chen clavó la mirada en la espalda de Li Banfeng, murmurando para sus adentros:
'Muchacho... con la bendición de la Estrella de la Fortuna, deberías alcanzar la Provincia de Puluo sano y salvo. Solo me pregunto si, cuando llegue el día de tu regreso, seguirás siendo la misma persona que eres hoy'.
¡Uuu-huuu! ¡Uuu-huuu!
El silbato de vapor bramó con insistencia, como si apremiara a los rezagados a subir de inmediato.
Li Banfeng llegó frente al vagón verde. El revisor examinó su pasaje, le practicó una muesca en el borde con unas tenazas de metal y le permitió el acceso a bordo.
Al adentrarse por el estrecho corredor del convoy, Li Banfeng localizó la puerta correspondiente al número siete.
'¿Esto es... un asiento?'.
Li Banfeng empujó la portezuela del número siete.
Tras la puerta se abría una pequeña estancia privada.
'¿Un compartimento individual? ¿Viajando en tren por el Estado de Huan te dan una habitación privada?'.
En el interior había un banco corrido alargado, de los mismos que solían verse en los viejos trenes verdes, aunque en su memoria esos asientos iban emparejados frente a frente y aquí solo había uno. Delante del asiento se alzaba una mesita fija, el equipamiento estándar de aquellos convoyes.
Junto a la mesa quedaba la ventanilla, provista de dos tiradores inferiores para abrirla hacia arriba. Li Banfeng se disponía a abrir el cristal para que entrara aire fresco cuando se percató de que aquella pequeña sala disponía de dos puertas interiores adicionales.
Empujó la primera puerta y una bofetada de olor familiar le dio la bienvenida.
Era un aseo privado: a través del orificio del retrete de pedal se alcanzaba a ver directamente el balasto y las traviesas de las vías de tren. Al lado había un lavamanos metálico. Era el baño estándar de los trenes verdes.
'Un billete de primera clase... ¡¿y cuenta con baño privado exclusivo?!'.
Li Banfeng se dio la vuelta y abrió la segunda puerta interior. Al otro lado había otra estancia; para ser precisos, un dormitorio, pues solo contenía una cama perfectamente dispuesta.
Un salón, un dormitorio y un baño privado.
'¿Todo este conjunto es para el uso exclusivo de un solo viajero?'.
Li Banfeng temió haberse equivocado de compartimento. Se disponía a salir al pasillo para consultar al revisor cuando, de repente, los altavoces del techo de la salita emitieron un chirrido estridente:
"Estimados pasajeros, les damos la bienvenida a bordo del tren mil ciento sesenta. Se ruega a los viajeros que ya han embarcado que no deambulen libremente por los pasillos. A aquellos que viajan por primera vez en este convoy, les recordamos que deben correr bien las cortinas, no asomarse al exterior bajo ningún pretexto y abstenerse estrictamente de abrir las ventanillas.
El personal de a bordo únicamente se encarga de la verificación de billetes durante el acceso y de los avisos de llegada a estación; durante el resto del trayecto no molestarán a los señores pasajeros. Salvo caso de absoluta necesidad, eviten permitir la entrada de personas desconocidas en su compartimento.
Les deseamos un feliz viaje".
El altavoz enmudeció con un zumbido seco.
Li Banfeng se quedó estupefacto ante tan estrafalarias normas de seguridad: ¿por qué no se podía abrir la ventana? ¿Por qué era obligatorio correr las cortinas opacas?
El teléfono móvil vibró en su palma: era un mensaje de He Jiaqing.
"Hermano, cumple a rajatabla todas las normas de ese tren".
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• Novela: El Señor de Puluo / 普罗之主 (Pǔluó Zhī Zhǔ)
• Autor: Salagusi (沙拉古斯)
• Traductor: Inmensurable
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El Señor de Puluo (Novela)
Capítulo 9
El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 8
Estás leyendo el capítulo 8 de El Señor de Puluo (Novela), un novela. Para salvar la vida de un amigo, Li Banfeng —cuyo nombre se escribe con el carácter de "cumbre" y no de "locura", pues el médico aseguró que no está loco— aborda el tren de vapor 1160 con destino a la Provincia de… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Señor de Puluo (Novela) tiene 56 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.