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Leer El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 55 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Al caer la noche, apenas quedaban transeúntes en el Callejón de la Cola. Que Qin el Gordo pudiera probar o no su primer bocado del día dependía por entero de la merced del hombre del magua. El hombre del magua se estaba comiendo un tazón de fideos con cordero; en el cuenco, la mitad era caldo de carne y la otra mitad, grasa de cordero saturada de guindillas de un rojo vivo, que le hacían sudar a chorros mientras devoraba. El aroma del cordero y del picante flotaba hasta la nariz de Qin el Gordo, erosionando poco a poco los últimos resquicios de su dignidad. "Hazme una reverencia y toca el suelo con la cabeza. Con una sola genuflexión que me hagas, te daré un trago de caldo", dijo el hombre del magua con el cuenco en la mano, plantándose frente a Qin el Gordo. Postrarse ante él estaba fuera de toda consideración. El hombre del magua sorbió un trago del caldo hirviendo: "Llevas arrodillado aquí todo el santo día. ¿Tanto te asusta inclinar la cabeza una sola vez?". La razón por la que permanecía arrodillado era que Qin el Gordo había caído bajo un conjuro: la mitad inferior de su cuerpo estaba paralizada por completo, y de cintura para arriba apenas podía mover unas cuantas articulaciones; de no haber sido por eso, aun quedándole un solo aliento de vida, habría luchado a muerte contra ese canalla. El hombre del magua suspiró y prosiguió: "Sé bien cómo son ustedes, los Cultivadores de la Comida. Si pasan un día entero sin comer, las entrañas se les encienden en llamas; el fuego les sube directo hasta la garganta y les abrasa, pulgada a pulgada, el corazón, el hígado, el bazo y el estómago. Solo de imaginar semejante martirio, ya da repelús". Mientras hablaba, el hombre del magua sorbió otro bocado de fideos: "De verdad me das lástima. Si te inclinas con sinceridad y tocas el suelo con la frente, te daré de inmediato un trago de caldo; te garantizo que con eso aguantarás un día más. Vamos, inclínate, hazlo de una vez. Y no te creas que, si buscas la muerte, hoy voy a dejarte morir. Si no te bebes este caldo, te haré tragar alguna otra cosa. ¿Ves aquella letrina de allá? En un momento voy a sacar un cuenco de inmundicias; si no te lo comes por las buenas, te lo embutiré por el gaznate. El joven señor ordenó que debes seguir con vida al menos tres días". Qin el Gordo cerró los ojos. Lo que decía el hombre del magua era verdad: sus intestinos ardían en llamas, devorándole las entrañas y los órganos internos. Ese malnacido era plenamente capaz de ir a la letrina a recoger porquería para cebarlo; a semejante bastardo no le temblaba el pulso para nada. Aun así, jamás se postraría ante él. En ese momento, un hombre cruzó el callejón. Vestía un traje occidental rojo, llevaba un sombrero de copa baja a juego en la cabeza y sostenía una bolsa de trenzas de masa frita crujiente. Al pasar, dirigió la mirada hacia Qin el Gordo. Sacó una de las trenzas doradas y se la ofreció al muchacho: "Toma, come esto". El apetitoso aroma de la masa frita obligó a Qin el Gordo a abrir los ojos. Levantó la cabeza y miró al individuo que tenía delante. Al tener la luz a sus espaldas, no lograba distinguirle el rostro, pero la complexión de aquel hombre le resultaba extrañamente familiar. Cuando Qin el Gordo extendió la mano para coger la trenza, el hombre del magua levantó el brazo con violencia y la lanzó por los aires de un manotazo. Era un desenlace que el muchacho ya esperaba, por lo que volvió a cerrar los ojos. Sin embargo, el hombre del traje rojo pareció desconcertado: "¿Pero qué demonios estás haciendo? Solo le daba un bocado a un mendigo...". "¿Quién te dio permiso para alimentarlo?", replicó el hombre del magua mirándolo con una sonrisa burlona, luciendo su característica mueca de maleante. El hombre del traje rojo parpadeó, perplejo y visiblemente asustado: "¿Qué ocurre? Es un pordiosero, solo le daba algo de comer, ¿qué tiene de malo?". "No quiero que le des nada, ¿acaso no puedo?". La sonrisa del hombre del magua se desvaneció de golpe. "Yo... yo solo le estaba dando un poco de comida... Darle algo a un mendigo, ¿en qué me he equivocado? Tenemos que razonar las cosas...", balbuceó el del traje rojo, tan intimidado que apenas articulaba las palabras; pese a estar muerto de miedo, todavía insistía en apelar a la sensatez. El hombre del magua detestaba con fervor a la gente de esa ralea. "¡Mira nada más a don Razonable! ¿Acaso crees que en este mundo sobran las razones? ¿De qué cojones te crees con derecho a razonar conmigo? ¡Te voy a reventar a golpes hasta sacarte la mierda y luego se la haré tragar a él, a ver si eso te parece razonable!". El hombre del magua comenzó a ponerse en pie con lentitud, dispuesto a propinarle un buen escarmiento al tipo del traje. Pasando de estar acuclillado a erguirse, se quedó a medio camino. Su centro de gravedad era sumamente inestable, y la altura de su cabeza había quedado en una posición inmejorable. Li Banfeng había supuesto que tendría que provocarlo un poco más antes de conseguir que se levantara; jamás esperó que colaborara con tanta docilidad, poniéndose de pie tras apenas un par de frases vacías. Era la oportunidad exacta que Li Banfeng estaba esperando. Alzó una pierna y lanzó una patada fulminante que impactó de lleno en el cuenco de sopa. El caldo hirviendo de los fideos, rebosante de aceite picante, se estampó de lleno contra la cara del hombre del magua. El matón había creído toparse con un papanatas aficionado a discutir y al que era facilísimo someter. Un blanco idóneo para desahogar las frustraciones. No había tomado la más mínima precaución; incluso cuando la sopa ardiente le salpicó el rostro, todavía no comprendía qué estaba ocurriendo. "¡Aaaahhh!". La quemazón del líquido hirviendo le arrancó un alarido desgarrador. El aceite de chile se le coló directo en los ojos, haciéndole brotar un raudal de lágrimas de puro dolor. Pese al ataque por sorpresa, no perdió del todo el control: de inmediato, una densa capa de grasa brotó por toda la superficie de su piel. Sin embargo, los ojos le seguían ardiendo con una punzada atroz provocada por el picante. Al verlo retorcerse y enseñar los dientes por la agonía, el propio Li Banfeng sintió una punzada de congoja en el corazón. '¿Y ahora qué se puede hacer? Con picante en los ojos no cabe frotarse, y por los alrededores no hay agua limpia para enjuagárselos... ¿Acaso voy a quedarme de brazos cruzados viendo cómo se consume en semejante tormento?'. Li Banfeng dejó caer la hoz que ocultaba en la manga, dio un paso al frente y de un limpio tajo le vació el ojo izquierdo al hombre del magua, añadiendo con tono consolador: "Ahora ya no te duele, ¿a que no?". Puesto que le había arrancado el ojo, Li Banfeng consideró con toda lógica que el dolor ya debía de haberse disipado. Al ser un cultivador de Primer Nivel, el hombre del magua poseía una constitución robusta y no llegó a perder el conocimiento. Con el único ojo que le quedaba, miró fijamente a Li Banfeng, incapaz de comprender cómo su adversario conocía con tanta precisión su punto débil. Asestarle un tajo en cualquier otra parte del cuerpo habría sido inútil: la película de grasa que lo envolvía era extraordinariamente resbaladiza; el filo de una hoja ordinaria patinaría sobre ella al instante sin llegar a dejarle la menor incisión. En el Buró Estrella Oscura, el agente Foco también era capaz de segregar grasa corporal; en su momento, había recurrido a esa misma técnica para guardarse de Li Banfeng. A esta clase de practicantes se los conocía como Cultivadores del Aceite, dependientes de las artes resbaladizas y viscosas de su senda para someter a sus adversarios. Podía exudar grasa por todo el cuerpo, pero en los ojos tardaba más en manifestarse; sumado a la quemazón provocada por las guindillas, sus artes místicas perdieron fluidez, lo que permitió a Li Banfeng vaciarle el ojo izquierdo de un solo tajo. Cuando Li Banfeng arremetió de nuevo para arrancarle el ojo derecho, el hombre interpuso el antebrazo para bloquearlo. La hoz golpeó su extremidad y resbaló de inmediato hacia un lado sin dejar, tal como se esperaba, la menor herida. Si las armas blancas resultaban inútiles, ¿servirían los puñetazos y las patadas? Golpearlo con el cuerpo era aún más inútil: cualquier impacto a mano vacía resbalaba por completo sobre la piel de un Cultivador del Aceite. En eso radicaba lo endiablado de lidiar con ellos: quien se cruzara con uno por primera vez no sabría por dónde meterle mano ni cómo atacarlo. No obstante, ¿de qué modo atacaba el propio cultivador? Si tenía las manos cubiertas de grasa, ¿acaso sus propios golpes no patinarían también? ¿Acaso él mismo no sería incapaz de empuñar un arma sin que se le escurriera? La sustancia viscosa de los Cultivadores del Aceite podía reabsorberse y expulsarse a voluntad. El hombre del magua retiró la película oleosa de su mano derecha, desenvainó un machete y descargó un tajo feroz directo hacia la frente de Li Banfeng. Prevenido de antemano ante la maniobra, Li Banfeng esquivó el golpe con absoluta soltura. Aprovechando el instante en que Li Banfeng esquivaba la acometida, el hombre del magua emprendió la huida a toda prisa. Perder un ojo era una herida de extrema gravedad; ya no estaba en condiciones de seguir luchando. Hizo brotar aceite de las suelas de sus zapatos y se lanzó hacia adelante, deslizándose como si patinara sobre hielo. Li Banfeng alargó las zancadas para perseguirlo de cerca. Al hombre de la chaquetilla se le encogió el corazón al percatarse de que Li Banfeng muy probablemente era un Cultivador del Viaje. Al toparse con un Cultivador del Viaje no convenía chocar de frente; debía aguardar una oportunidad para emboscarlo. Li Banfeng no tardó en alcanzarlo. Sin embargo, no lo atacó; se limitó a correr pegado a él, sin concederle el menor resquicio para tomarlo por sorpresa. El de la chaquetilla entró en pánico y cambió de táctica a toda prisa. Mientras corría, comenzó a negociar: "¡Hermano de camino! ¿De qué senda vienes? Yo soy un custodio de la Botica Geng; te convendría averiguar qué respaldo tiene nuestra botica. Ya que estamos en el Barranco del Rey de la Medicina, si no nos vemos en la noche oscura, veámonos bajo la luz del día: nos sentamos a la mesa en un restaurante y zanjamos el asunto, ¿te parece?". Lo que pretendía decir en jerga era que no pelearan esa noche y que al día siguiente se vieran en un restaurante; él invitaría a comer y así resolverían el altercado. Aquello no era más que una estratagema para ganar tiempo. Li Banfeng le había arrancado un ojo entero; semejante rencor no se disipaba con tanta facilidad. No obstante, dado que Li Banfeng había venido a rescatar a alguien, el hombre de la chaquetilla dio por sentado que no pretendía matarlo. Bastaba con ablandar el tono para sortear aquella calamidad; ya tendría tiempo de cobrarse su venganza contra ese tipo de traje en el futuro. "¡Hermano, se puede o no? ¡Dame una palabra!", apremió, esperando la respuesta de Li Banfeng. Li Banfeng contestó llanamente: "No te entiendo ni una palabra". El de la chaquetilla por poco resbala y se estrella contra el suelo. "¿No eres hombre del gremio?". "¿De qué gremio me hablas?", preguntó Li Banfeng con cara de absoluto desconcierto. "Te lo pondré así: soy gente de la Botica Geng, y nuestro administrador es de la Banda Jiangxiang. Si pretendes enemistarte con nosotros, será mejor que lo pienses con cuidado. ¿Qué tal si te llevas a ese gordo y damos por zanjado lo ocurrido esta noche? ¿Crees que podamos negociarlo?". Li Banfeng asintió: "Se puede negociar. ¿Qué dices, lo negociamos parados o lo negociamos corriendo?". El de la chaquetilla se quedó sin habla. ¡Li Banfeng pretendía desgastarlo! Tanto de pie como corriendo, prolongar la persecución era algo que no podía permitirse. Su verdadera intención era dar el asunto por concluido allí mismo y que Li Banfeng dejara de perseguirlo. Deslizarse por el suelo parecía requerir menos esfuerzo que la carrera de Li Banfeng, pero mantener el cuerpo entero recubierto de aceite consumía en realidad una cantidad abrumadora de energía física. Con el nivel de cultivo actual del hombre de la chaquetilla, a lo sumo podía mantener ese estado durante poco más de cinco minutos; estaba rozando su límite. Por el contrario, los Cultivadores del Viaje poseían una resistencia portentosa; el límite de Li Banfeng todavía estaba muy lejos. Ya fuera parados o corriendo, en dos o tres minutos más sus fuerzas tocarían fondo y la capa de grasa desaparecería por completo de su piel. Un Cultivador del Aceite desprovisto de aceite ante un Cultivador del Viaje solo podía esperar la muerte. Para economizar energías, el de la chaquetilla replegó en secreto la grasa de su cuerpo, conservando únicamente una delgada película bajo las suelas de los zapatos. En esas condiciones podría aguantar más de media hora, tiempo más que suficiente para llegar de vuelta a la botica. Una vez allí, rodeado de refuerzos, no le cabía duda de que podría despachar a Li Banfeng. Al retirar la sustancia, el brillo aceitoso sobre su cuerpo se disipó y el lustre de su piel perdió intensidad. Había supuesto que Li Banfeng jamás repararía en un cambio tan insignificante. Jamás imaginó que Li Banfeng de verdad se daría cuenta. El joven no había apartado los ojos del destello oleoso en el rostro de su adversario. En cuanto vio que el brillo menguaba, lanzó de inmediato un tajo con el gancho de la hoz y le atravesó la mejilla de parte a parte. "¡Aaaagh!", soltó el hombre un alarido de dolor. Apresuró el flujo de grasa para hacer resbalar la carne de su mejilla fuera del filo de la hoja. '¿Qué le pasa a este mocoso? ¡Conoce a la perfección los secretos de la Vía del Aceite!'. Con un boquete abierto en la cara, el dolor era insoportable y el viento helado de la carrera se le colaba sin tregua en la boca. El sufrimiento del hombre de la chaquetilla era indecible, pero algo aún más amargo lo aguardaba más adelante. Al frente se extendía el paso obligado de regreso a la botica: una recta de más de tres li de largo, sin una sola bifurcación ni callejón. En semejante terreno era imposible sacudirse a Li Banfeng de encima, pero no tomar esa ruta tampoco era una opción; la grasa sobre su cuerpo se adelgazaba por momentos y ya casi no podía resistir. Al ver que Li Banfeng volvía a levantar la hoz para asestar otro golpe, el de la chaquetilla frenó en seco, resuelto a jugarse la vida. "¡Maldito bastardo! Si tantas ganas tienes de morir, ¡tu abuelo te va a conceder el deseo hoy mismo!". Habiendo dicho esto, replegó por completo hasta la última gota de aceite de su cuerpo y desenvainó un machete ancho de su cintura. "¡Ven aquí! ¡Dejémonos de trucos sucios y vayamos a darnos de frente!". Pretendía forzar un choque frontal sin rodeos. Aquella maniobra parecía carecer por completo de sentido. Sin la protección del aceite, un Cultivador del Aceite en combate cuerpo a cuerpo jamás podría ser rival para un Cultivador del Viaje. ¿De qué le servía recurrir a una táctica tan desesperada? Li Banfeng levantó la hoz y bramó con fiereza: "¡Ven, pues! ¡Vamos de frente!". Dicho esto, Li Banfeng arremetió hacia él. De pronto, un chorro de aceite brotó de las plantas de los pies del hombre de la chaquetilla, haciéndolo girar sobre su propio eje a una velocidad pasmosa. Al girar con tal frenesí, más de un centenar de dardos arrojadizos ocultos entre sus ropas salieron disparados en todas direcciones como balas por la fuerza centrífuga. Esta era la técnica definitiva del hombre de la chaquetilla para salvar el pellejo. En una situación límite, primero retiraba el aceite y fingía una postura desesperada para incitar al oponente a entrar en combate cuerpo a cuerpo. Y una vez que el adversario acortaba distancias, liberaba el aceite a toda prisa y, mediante un giro a gran velocidad, descargaba todos los dardos que portaba. Aunque el truco no sonara refinado, en combates reales el de la chaquetilla había cobrado la vida de numerosos expertos gracias a él. En el instante supremo en que la vida y la muerte pendían de un hilo, ¿quién era capaz de mirar tan lejos? Las oportunidades se esfumaban en un parpadeo; nadie lograba sopesarlo todo con tanta lucidez. Pero Li Banfeng lo tenía clarísimo. La actuación del hombre de la chaquetilla había sido impecable al clamar que se batiría a muerte. Sin embargo, la de Li Banfeng era infinitamente superior: cargó como si fuera a matarse contra él, pero tras apenas dar dos pasos viró de golpe con pasmosa agilidad y se agazapó tras la esquina distante de un muro. ¡Clang, cling, ting, tan! De una sola tirada, el de la chaquetilla agotó todos los proyectiles que llevaba encima. Al detener su rotación buscó el cadáver de Li Banfeng, pero tras escudriñar los alrededores no divisó ni su sombra. '¿Adónde se fue Li Banfeng?'. '¿Acaso los dardos no consiguieron matarlo?'. Alarmado, hizo brotar de inmediato una densa capa de grasa sobre su cuerpo para preparar la defensa. '¿De dónde salió este maldito bastardo?'. '¿Cómo pudo anticipar mi técnica mortal?'. 'No resistiré... el aceite no va a aguantar; ¡tengo que volver a la botica de inmediato!'. Apenas se dispuso a huir para salvar el pellejo, percibió repentinamente el olor penetrante del tabaco; alguien ya se había anticipado a su jugada. Aquel era el camino obligado hacia la botica. Y alguien llevaba largo rato esperándolo allí. Yu Nan dio una profunda calada a su pipa y exhaló el humo directamente hacia él. El humo onduló en el aire y envolvió por completo al fugitivo. Cubierto de aceite de pies a cabeza, el hombre estalló en llamas en el acto. \----- • Novela: El Señor de Puluo / 普罗之主 (Pǔluó Zhī Zhǔ) • Autor: Salagusi (沙拉古斯) • Traductor: Inmensurable 🚂 ¡Pasajero, deja tu reacción y comentario para alimentar las calderas del tren 1160! ¡Tu apoyo mantiene la presión de vapor al máximo para acelerar los próximos capítulos! ⚙️
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El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 55

Estás leyendo el capítulo 55 de El Señor de Puluo (Novela), un novela. Para salvar la vida de un amigo, Li Banfeng —cuyo nombre se escribe con el carácter de "cumbre" y no de "locura", pues el médico aseguró que no está loco— aborda el tren de vapor 1160 con destino a la Provincia de… Este capítulo tiene publicado el 18 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Señor de Puluo (Novela) tiene 56 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.