Leer El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 46 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Li Banfeng arrojó la píldora herrumbrosa directo a la garganta de la anciana.
Coincidió con que la mujer acababa de recibir una patada suya en el vientre y, en pleno espasmo, aspiraba aire con desesperación; con esa misma bocanada, se tragó la píldora herrumbrosa.
Una abrasadora sensación de ardor la asaltó al instante. La anciana comprendió que había sido envenenada e intentó provocarse el vómito a toda prisa.
Li Banfeng no le dio la menor oportunidad de devolverla. Aprovechó el momento para colocarse detrás de Decai, desenvainó la daga corta y arremetió contra la cabeza de la anciana, asestando un tajo tras otro.
Al principio, la anciana conseguía esquivar los golpes con cierta soltura. Sin embargo, en cuanto la toxicidad comenzó a surtir efecto vertiginosamente, sintió la garganta como si ardiera en llamas; un reflujo ácido con hedor a hierro herrumbroso empezó a brotarle sin cesar, lo que no solo le producía un tormento insoportable, sino que además le obstruía de gravedad la respiración.
En medio del encarnizado combate, la anciana comenzó a sudar a mares. Aquel sudor era de un color marrón rojizo, y su rostro se cubrió de manchas dispersas, exactamente igual que una chapa de hierro al oxidarse.
¡Aquel proceso le resultaba sumamente familiar a Li Banfeng!
¡La anciana estaba purgando el veneno!
Aunque no pudiera vomitar, disponía de otros medios para expulsar las toxinas, y ese método guardaba un enorme parecido con el suyo.
¡Era una Cultivadora del Hogar!
Los Cultivadores del Hogar poseían la facultad de ocultar su propia presencia y hacer que sus adversarios pasaran inadvertida su existencia. El cochero ya le había advertido una vez que un Cultivador del Viaje era incapaz de presentir el peligro procedente de un Cultivador del Hogar, y por esa razón Li Banfeng jamás había captado la malicia de la anciana.
Pero los dos hijos no pertenecían a la Vía del Hogar. Cuando vertieron el veneno en la comida, ¿por qué Li Banfeng tampoco había sido capaz de percibirlo?
Li Banfeng no tardó en descifrar la clave de la cuestión.
Había que remontarse al lugar de los hechos.
El escenario donde todo ocurría era esta misma residencia.
¡Esta casa constituía el núcleo de todo el misterio!
Esta era la morada de la anciana, la propiedad de una Cultivadora del Hogar.
Un Cultivador del Hogar, dentro de su propia residencia, gozaba de la protección del Espíritu del Hogar.
La anciana se había percatado a primera vista de que Li Banfeng era un Cultivador del Viaje y, recurriendo al poder de la Vía del Hogar, no solo había bloqueado su propia malicia, sino que también había encubierto la de sus dos hijos.
¿Acaso poseía un peldaño de cultivo tan elevado?
¿Tenía un poder suficiente para extender su influencia sobre sus dos hijos?
No, su nivel no era tan alto; no pasaba de ser una Cultivadora del Hogar de Primer Nivel. Si hubiera alcanzado el Segundo Nivel, Li Banfeng jamás habría sobrevivido hasta ese momento.
Con la fuerza que poseía, fuera de la vivienda le habría resultado del todo imposible influir en sus dos hijos.
No obstante, en el interior de la casa y con el respaldo del Espíritu del Hogar, las técnicas de la anciana se habían potenciado de forma drástica. Eso explicaba por qué se movía más rápido que un Cultivador del Viaje, atacaba con más saña que un Cultivador Marcial y aguantaba los golpes mejor que un Cultivador del Cuerpo.
¡Qué maravilla era contar con un Espíritu del Hogar!
Aquello despertó una envidia incontenible en Li Banfeng.
'Si acabo con esta vieja, ¿el Espíritu del Hogar pasará a ser mío?'
El buhonero ambulante le había dicho en su momento que un Espíritu del Hogar que quedara sin dueño podía ser reclamado por el siguiente amo.
Cuanto más lo pensaba Li Banfeng, más se encendía su entusiasmo, y se entregó con todas sus fuerzas al intercambio de golpes contra la anciana.
Amparada por el Espíritu del Hogar, la mujer sudaba sin parar para expulsar las toxinas, pero la letalidad de la píldora herrumbrosa era demasiado abrumadora y la eficacia de la sudoración resultaba excesivamente baja.
Li Banfeng tenía curiosidad por comprobar con sus propios ojos si un Cultivador del Hogar, refugiado en su propia residencia, era capaz de resistir la corrosión de una píldora herrumbrosa.
Por supuesto, realizar un experimento en persona no significaba utilizarse a sí mismo como sujeto de prueba; lo primordial era la actitud: había que adoptar un riguroso criterio científico para examinar los resultados.
A juzgar por las pruebas obtenidas esta noche, si se le impedía vomitar con normalidad, un Cultivador del Hogar de Primer Nivel era incapaz de contrarrestar los estragos de la píldora herrumbrosa.
Según los cálculos de Li Banfeng, en un lapso de apenas dos minutos, la capacidad combativa de la anciana se había reducido a más de la mitad.
Pasaron otros dos minutos y las destrezas de la mujer se volvieron aún más torpes y lentas, hasta el punto de que su velocidad ya ni siquiera igualaba la de una persona común, mientras entre sus articulaciones resonaba un crujido chirriante sumamente extraño.
Li Banfeng esquivó la horquilla de la anciana y descargó una patada certera en su vientre.
La anciana tosió con un estertor entrecortado y escupió una gran bocanada de polvo granulado de color marrón rojizo.
Se estaba oxidando; todo su cuerpo se caía a pedazos por el herrumbre.
Li Banfeng retrocedió con rapidez para poner distancia entre los dos.
No tenía la certeza de si aquella plaga de óxido resultaba contagiosa.
La anciana avanzó hacia Li Banfeng paso a paso, arrastrando los pies mientras soltaba maldiciones ponzoñosas:
"¡Maldito bastardo, no huyas! ¡Ven aquí! Con que no corras, esta vieja te concederá una muerte rápida. ¡Pero como te atrevas a dar un solo paso más, juro que te arrancaré la piel a tiras y te cortaré en mil pedazos! ¡No vas a escapar! ¡Esta es mi casa! ¡Je, je, je! ¡Ahora que entraste, ni sueñes con marcharte! ¡De aquí no saldrás en toda tu maldita vida!".
Sus palabras sonaban cargadas de saña, pero en el fondo de su corazón reinaba el pavor.
En cada rincón de su cuerpo sentía como si le hubieran vertido encima un torrente de hierro fundido, derritiéndole la piel y la carne capa por capa, filtrándose sin tregua hacia lo más profundo de sus entrañas.
Su hijo era un Cultivador del Veneno y ella había visto infinidad de ponzoñas, pero jamás se había topado con una tan espantosa.
Aunque el dolor agudo era insoportable, eso ni siquiera constituía lo más aterrador.
Lo más espeluznante era el entumecimiento que sobrevenía tras el dolor.
Sentía cómo su cuerpo, en medio de aquel tormento, perdía la sensibilidad con una rapidez abrumadora.
Aparte de la espuma herrumbrosa, áspera y con sabor a sangre vieja que le llenaba la boca, apenas podía percibir la existencia de sus propios miembros; provocarse el vómito a esas alturas ya no servía de absolutamente nada.
Deseaba regresar a su habitación; anhelaba escuchar las campanadas del viejo reloj de mesa.
Pero si entraba en la recámara en ese instante, su hijo quedaría condenado a una muerte segura.
La anciana dio unos cuantos pasos al frente, cada vez más despacio, arrastrando los pies con infinito sufrimiento.
De su cuerpo se desprendía polvo de óxido y por la nariz y la boca expulsaba grumos sanguinolentos; sus cabellos canosos amarilleaban uno tras otro, quebrándose centímetro a centímetro hasta desintegrarse en virutas herrumbrosas que se dispersaban con el viento.
\*¡Crac!\*
La anciana dio un traspié y se desplomó contra el suelo.
Volvió la cabeza y vio sobre la tierra la mitad inferior de una de sus pantorrillas, con el hueso carcomido por el óxido y la carne reducida a una masa calcinada y purulenta.
Ese hueso pudo verlo con sus propios ojos.
Pero había muchos otros huesos fracturados que no alcanzaba a divisar, aunque sí los sentía desgarrarse por dentro.
Su cuerpo estaba a punto de desmoronarse.
Clavó la mirada con desesperación en su aposento, la estancia más grande de todo el patio.
Esperaba con angustia que el reloj tañera, aunque solo fuera una mísera campanada.
Sin embargo, el sonido jamás resonó.
Vio a Decai tirado en el suelo, retorciéndose entre espasmos y convulsiones, y recordó a Demao, de quien ignoraba el paradero.
¿Cómo había podido suceder semejante desgracia?
¿Cómo era posible que estuviera muriendo a manos de un simple novato?
No, la culpa no era únicamente de aquel maldito forastero, sino también de ese par de zorras desvergonzadas.
Desde el mismo instante en que cruzaron el umbral, debió degollarlas; jamás debió consentir que esas golfas engatusaran a sus hijos.
Sus hijos eran suyos, le pertenecían solo a ella, y serían suyos para toda la eternidad...
"Tú... perdona a mi hijo... Yo... te daré un tesoro magnífico...", suplicó la anciana mirando a Li Banfeng, con un hilo de voz teñido de humillación.
Li Banfeng observó a Decai, que seguía convulsionando en el suelo, y dejó escapar un hondo suspiro: "Yo tampoco tengo ganas de matar a nadie, pero de verdad no tengo corazón para verlo sufrir".
La anciana negó con la cabeza, confusa: "¿Qué estás diciendo?... No te entiendo".
"¿Cómo que no lo entiendes?", replicó Li Banfeng, empuñando la daga corta mientras se aproximaba a Decai. "Si la madre ya está muerta, ¿para qué dejar al hijo con vida? Dejarlo solo en este mundo solo serviría para que sufriera penurias, así que lo mejor es que se marche contigo de viaje al otro mundo. Esas mismas palabras... ¿no las acababas de decir tú hace un momento?".
"¡Maldito bastardo, si te atreves a tocar a mi familia, la Banda Jiangxiang jamás te lo perdonará!...", rugió la anciana entre alaridos desgarradores.
Otra vez la Banda Jiangxiang.
¡Había que guardarles el debido respeto a los de la Banda Jiangxiang!
Li Banfeng, ante sus propios ojos, le rebanó el cuello a Decai y le cercenó la cabeza de cuajo.
"Madre... sálvame..."
La voz de Decai se extinguió en seco.
Al presenciar la cabeza de su hijo rodar por el suelo, el cuerpo de la anciana comenzó a convulsionar sin tregua.
Recordó todas las ocasiones en que había asesinado a los hijos de otros; los padres y madres de aquellas criaturas solían retorcerse exactamente del mismo modo.
Ante sus ojos parpadearon incontables motas rojizas, sin que pudiera discernir si se trataba de manchas de óxido o de sangre.
Su conciencia se apagó por completo cuando su propio cuerpo terminó de colapsar, transformándose en un montículo informe de herrumbre calcinada.
Una ráfaga de viento gélido sopló a través del patio, dispersando los restos oxidados de la anciana por todos los rincones.
Xiao Yeci contemplaba a Li Banfeng con una mezcla de admiración y profundo pavor, cubriendo con ambas manos los ojos de su pequeña hija, Lu Chunying.
La anciana había muerto, y Decai también estaba muerto.
Aunque en lo más recóndito de su ser Xiao Yeci había deseado con fervor que alguien aniquilara a esa familia de desalmados, verlos perecer de una forma tan atroz le provocaba un estremecimiento visceral.
Ignoraba cuál era el verdadero origen del hombre que tenía delante y tampoco alcanzaba a adivinar a qué senda de cultivo pertenecía ni qué nivel ostentaba.
Sus movimientos eran increíblemente veloces; debía de ser un Cultivador del Viaje, ¿verdad?
Pero ¿a qué venía eso de que la anciana se hubiera oxidado viva hasta deshacerse en cenizas?
Él las había salvado; por lógica, debería dejarlas marchar en libertad, ¿no es así?
Y si se negaba a dejarlas ir... ¿qué se suponía que harían?
La expresión de Li Banfeng lucía sombría y decaída, como si sintiera un genuino pesar por el destino de la anciana.
Xiao Yeci advirtió aquella aflicción en su rostro.
Si era capaz de lamentarse incluso por la muerte de unos malvados, debía de ser una buena persona en el fondo, ¿no?
Quizás... hasta estuviera dispuesto a brindarles una última ayuda...
Frente a la escoria de herrumbre esparcida por el suelo, Li Banfeng mantuvo un semblante ceñudo y soltó un largo y pesaroso suspiro.
Jamás imaginó que el desenlace fuera a ser este.
¡Qué lástima!
¡Qué auténtica lástima!
De haberlo sabido, bien se lo habría podido llevar de vuelta para refinar píldoras.
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• Novela: El Señor de Puluo / 普罗之主 (Pǔluó Zhī Zhǔ)
• Autor: Salagusi (沙拉古斯)
• Traductor: Inmensurable
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El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 46
Estás leyendo el capítulo 46 de El Señor de Puluo (Novela), un novela. Para salvar la vida de un amigo, Li Banfeng —cuyo nombre se escribe con el carácter de "cumbre" y no de "locura", pues el médico aseguró que no está loco— aborda el tren de vapor 1160 con destino a la Provincia de… Este capítulo tiene publicado el 18 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Señor de Puluo (Novela) tiene 56 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.