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Leer El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 34 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Qin el Gordo miró los cadáveres en el suelo y luego clavó los ojos en Li Banfeng. Li Banfeng acababa de afirmar que hacía unos instantes había sentido muchísimo miedo. Qin el Gordo no tenía la menor idea de cómo consolarlo. "Tenía miedo de que me matara; por eso lo maté primero. Ahora ya no podrá matarme", ofreció Li Banfeng a modo de razonable explicación. El Gordo sintió que a semejante lógica... no se le podía poner ningún pero. Li Banfeng se acercó al cadáver del Viejo Fumador, le desató la bolsa de tela del cinto y contó las ganancias acumuladas en su interior. Noventa y un crisantemos de manchas de serpiente. Haciendo cuentas, podían venderse por cerca de ocho mil billetes. "Por menos de ocho mil billetes, ¿valía la pena que mataran a un hombre?". Li Banfeng sopesó el costo de vida en el Barranco del Rey de la Medicina; la vida humana no parecía cotizarse tan a la baja. Qin el Gordo dejó escapar un suspiro: "Tú vienes de fuera y no entiendes cómo funcionan las cosas por aquí. El dinero cuesta una barbaridad ganarlo y se esfuma como el agua; en algunos rincones apartados hay quienes degüellan a otro incluso por cien billetes. Y más aún tratándose de la Montaña de la Niebla Amarga, un paraje de extremo peligro mortal. En un antro como este, la vida de una persona vale exactamente lo mismo que la mala hierba: nada". Li Banfeng le tendió la bolsa al muchacho: "Toma esto, quédatelo tú". El Gordo sacudió la cabeza con firmeza: "A esos dos bastardos los mataste tú; fuiste tú quien vengó al Viejo Fumador. Sus pertenencias te corresponden por derecho". "Guárdala tú por ahora; ya hablaremos con calma cuando bajemos de la montaña". Li Banfeng le encasquetó la bolsa en las manos sin darle opción a réplica. Al ver que Li Banfeng se quedaba con las manos vacías, Qin el Gordo preguntó extrañado: "¿Y adónde fueron a parar tus flores?". "Esa es una larga historia". Li Banfeng extrajo de su bolsillo unas cuantas cuentas esféricas, jaspeadas en blanco y negro. "Hermano, ¿reconoces esto?". Qin el Gordo tomó las esferas, las examinó con detenimiento y sus ojos se iluminaron de inmediato: "Son píldoras de manchas de serpiente... Las he visto antes. ¿De dónde diablos las sacaste?". En verdad se trataba de píldoras de manchas de serpiente. De hecho, Li Banfeng ya sospechaba algo similar desde el principio. Puesto que había decidido mostrárselas al muchacho, ya tenía perfectamente calculada una coartada creíble. "Cuando venía bajando por el sendero, me crucé con una anciana. Afirmó que pertenecía a una botica medicinal y me propuso trocar mis crisantemos de manchas de serpiente por sus elixires: diez flores a cambio de una sola píldora". En un primer momento, Li Banfeng había barajado inventar que trocó cinco flores por píldora; sin embargo, calculándolo con frialdad, cinco flores apenas cubrían el costo bruto de los ingredientes. Nadie en su sano juicio aceptaría semejante intercambio. Ofrecer un trato por el doble del costo de manufactura resultaba a todas luces mucho más verosímil. Al oírlo, el Gordo volvió a clavar la mirada en las píldoras de manchas de serpiente que sostenía, giró la cara hacia Li Banfeng y preguntó perplejo: "¿Y aceptaste?". "¡Acepté!", asintió Li Banfeng. "¿Las trocaste todas?". "¡Todas y cada una!", replicó Li Banfeng con un deje de orgullo en la voz. "Dime, hermano, ¿no hice un negocio redondo?". "Yo diría que en este negocio tuyo... te vieron la cara de idiota". El Gordo le devolvió las píldoras de manchas de serpiente con gesto de pesadumbre. "Hermano, admito que soy torpe de vista y no sabría distinguir si una medicina es genuina o falsa, pero sí sé distinguir si un asunto huele a engaño. Una sola píldora de manchas de serpiente se vende, como poco, en diez mil billetes, mientras que diez crisantemos apenas alcanzan los ochocientos cincuenta. ¿Quién demonios te regalaría un trato así? Al noventa y nueve por ciento te estafaron miserablemente". "¿Tú crees?". Li Banfeng chasqueó los labios y guardó las píldoras de manchas de serpiente en su bolsillo sin molestarse en dar más explicaciones. Tampoco podía darlas. No había forma de revelarle a Qin el Gordo que no se las había comprado a ninguna anciana, sino que habían brotado de las fauces de una flor de loto de bronce. Qin el Gordo suspiró profundamente y sentenció: "Con este viaje a la Montaña de la Niebla Amarga he terminado de entender una gran lección: todavía estamos demasiado tiernos. Hay dinero que sencillamente no tenemos la talla para ganar. A mí me embaucó ese tipo de las gafas de oro, y a ti te timó esa vieja. Oye, cuando hace un rato dijiste que conocías un rincón donde las flores crecían a montones, ¿era verdad?". Li Banfeng soltó un bufido sarcástico: "Por supuesto que no era verdad. Vi que estaban a punto de saltarte al cuello y me inventé ese lugar para engañarlos. Mi plan inicial era conducirlos lejos para liquidarlos en el camino, pero jamás imaginé que esos dos malnacidos intentarían despacharte a ti primero. No me quedó más remedio que enviarlos al otro mundo aquí mismo". El Gordo asintió con admiración: "Al final sigues siendo más temible que yo; de hecho, me das mil vueltas. No te tortures por la pérdida: aunque esa vieja te haya estafado con tus crisantemos, todos los del Viejo Fumador son para ti. Vayámonos de aquí y bajemos la montaña de una buena vez". Justo cuando ambos se disponían a emerger del arbolado, divisaron a lo lejos el vaivén parpadeante de una luz de fuego. El Gordo se quedó paralizado: "Son antorchas". Li Banfeng movió los ojos con presteza, intuyendo al instante que el panorama se tornaba crítico. Con altísima probabilidad, los recién llegados eran los cómplices de El de las gafas de oro, muy seguramente aquel hombre calvo. El poder marcial del calvo no era para echar cohetes, pero cargaba con demasiada gente a sus espaldas; para someter a semejante turba, resultaba imperativo procurarse una oportunidad de emboscada. Li Banfeng le susurró con urgencia al Gordo: "Busca un escondite de inmediato, tan rápido como puedas. No te muevas hasta que veas que yo inicio el ataque; solo entonces arremetes tú. Primero iré a esconder los cadáveres". Qin el Gordo protestó: "¡Te ayudo a esconderlos!". "¡No hay tiempo! ¡Olvídate de los cuerpos!". Li Banfeng agarró los despojos de El de las gafas de oro y de Cachorro de Tigre, arrastrándolos a toda prisa hacia las profundidades del bosque. El Gordo lo contemplaba angustiado desde atrás: con lo ralo y disperso que era aquel ramaje, ¡dónde demonios esperaba encontrar un rincón para ocultar semejantes bultos! En efecto, Li Banfeng tampoco daba con ningún escondrijo adecuado, y el resplandor de las antorchas se cernía sobre ellos a pasos agigantados. Al notar por el rabillo del ojo que el rollizo muchacho ya había trepado ágilmente a la copa de un árbol, Li Banfeng se zafó del ángulo de visión de su compañero, extrajo la llave de latón, abrió la puerta invisible de la Residencia Móvil y arrojó ambos cadáveres al interior sin miramientos. Tener que almacenar fiambres dentro de su propia morada le resultaba un augurio nefasto y de pésimo gusto, pero las circunstancias no le dejaban alternativa. Tras salir de la Residencia Móvil y recuperar la llave, Li Banfeng se agazapó entre la maleza espesa, aguardando en silencio sepulcral. El hombre calvo se adentró primero en la espesura del bosque cargando a Hoja de Hierba sobre el hombro. La muchacha estaba atada con sogas de pies a cabeza, forcejeando entre llantos y alaridos desgarradores. Detrás de él, dos secuaces transportaban en vilo el cuerpo inerte de Nectarina. Nectarina presentaba laceraciones y hematomas de pies a cabeza; si no fuera porque su pecho aún manifestaba un débil y agónico subir y bajar, Li Banfeng habría jurado que la habían molido a golpes hasta la muerte. Arrojaron a Hoja de Hierba y a Nectarina sobre la tierra baldía del claro. Uno de los secuaces del calvo dio un paso al frente y le pellizcó con descaro la mejilla a Hoja de Hierba: "¡No llores tanto, carajo! ¿A qué viene tanto berrinche? ¡Yo sé medir mis fuerzas, te garantizo que no voy a lastimarte!". Mientras soltaba la bravata, el secuaz ya se disponía a abalanzarse sobre la joven, pero el calvo le espetó con un rugido colérico: "¡Quita tus malditas manos y no hagas idioteces! ¿Acaso no te quedó claro? Esperaremos a que regrese el Hermano Mayor antes de tocar nada". "Siempre la misma mierda de esperar al Hermano Mayor para todo...", refunfuñó el subordinado entre dientes. El calvo dio una zancada y le propinó un puntapié en las costillas que lo hizo trastabillar: "¡Bajo mi mando las reglas se respetan! ¡Y no solo con una mujer; aunque se tratara de un mísero grano de arroz, el Hermano Mayor come primero!". El secuaz tragó saliva sin atreverse a replicar una sola palabra más, mientras que el otro cómplice, al desviar la mirada, divisó de pronto el cadáver ensangrentado del Viejo Fumador. "Hermano Tercero, a este vejestorio se lo cargó el Hermano Mayor, ¿cierto?". El calvo ordenó a los otros dos secuaces que vigilaran a Hoja de Hierba y Nectarina, mientras él se acercaba al cadáver del Viejo Pipa de Humo para examinarlo. "A juzgar por el corte de la hoja, esto debería ser obra del Segundo Hermano; pero el vejestorio está envenenado, y ese sí que es el método del Hermano Mayor". El calvo explicó con bastante orgullo a su subordinado las diferencias de estilo entre El de las gafas de oro y Cachorro de Tigre. Li Banfeng no tenía el menor humor para escuchar semejantes distinciones, pues El de las gafas de oro y Cachorro de Tigre ya habían dejado de existir. En ese momento solo le importaba una cosa: se habían separado. El calvo y sus tres secuaces se habían dividido en dos parejas. Li Banfeng empuñó la hoz y avanzó con cautela hacia los dos secuaces que custodiaban a Hoja de Hierba y Nectarina. Uno de los matones manoseaba el cuerpo de Nectarina, ansioso por propasarse todo lo posible aprovechando la ocasión. El otro metió una mano bajo la ropa de Hoja de Hierba, y al ver que ella lloraba con desconsuelo, se apresuró a taparle la boca. Más cerca, un poco más cerca de ellos. Li Banfeng carecía de medios de ataque a distancia; para que una emboscada tuviera éxito, era imprescindible acortar la distancia al máximo. Calculó a ojo unos veinte metros; todavía quedaba un poco lejos. Avanzó unos pasos más; ahora calculaba solo quince metros. Un poco más cerca. ¡Crack! Li Banfeng apoyó el pie con algo más de peso; al pisar las hojas secas, produjo un leve crujido. Contuvo la respiración y se ocultó tras el tronco de un árbol, completamente inmóvil. 'Probablemente esos dos secuaces se han dado cuenta; parece que el ataque sorpresa ha fallado. Si los cuatro se abalanzan a la vez, tendré que idear un plan para resistir la primera embestida y luego hacer que Xiaopang baje a respaldarme.' 'Si la cosa se pone fea, huiré; después de todo, tampoco tengo tanta confianza con esas dos mujeres.' Tras reflexionar unos instantes, Li Banfeng no oyó ningún otro movimiento. Al asomarse desde detrás del gran árbol para observar a los dos sujetos, descubrió con asombro que los secuaces seguían propasándose con Nectarina y Hoja de Hierba, sin haberse percatado en absoluto de su presencia. El talento innato de la Vía del Hogar: pasar inadvertido. No consistía en ignorar a los demás, sino en ser ignorado por ellos. El adversario pasaba por alto la existencia de Li Banfeng y tampoco le prestaba atención al ruido de sus pisadas. En un bosque salvaje y desolado, un crujido era de lo más normal; toda su atención estaba volcada en las dos muchachas. Puesto que ninguno lo había descubierto, Li Banfeng continuó avanzando. Al quedar los últimos diez metros, dejó de moverse con sigilo. Salió disparado de detrás del árbol en una súbita embestida y, gracias a la velocidad de un Cultivador del Viaje, se plantó a espaldas de uno de los secuaces en menos de un segundo. Aquel matón ni siquiera llegó a distinguir el rostro de Li Banfeng antes de que la hoja de la hoz le rebanara la garganta. El otro secuaz se escudó tras Hoja de Hierba. Li Banfeng apartó a la joven de un empujón y asestó otro tajo; al impactar contra el cuerpo del hombre, la hoz despidió una lluvia de chispas, ¡sin llegar a rasgarle la piel! Nectarina gritó: "¡Es un Cultivador del Cuerpo!". ¡Aquel desgraciado contaba con una armadura nata! Li Banfeng blandió la hoz una vez más, pero siguió sin rasgarle la piel. En ese preciso instante, el calvo y el secuaz restante ya habían llegado a la carrera. La situación de Li Banfeng pintaba nefasta: estaba a punto de enfrentarse al asedio de tres hombres a la vez. Presa del pánico, Li Banfeng comenzó a temblar de pies a cabeza, con los bordes de los ojos enrojecidos. El hombre calvo echó un vistazo al subordinado tendido sin vida en el suelo y luego clavó la vista en Li Banfeng. "Menudo cachorro de perra estás hecho, hijo de puta...". El calvo ladeó la cabeza mientras lo contemplaba, con un destello gélido en la mirada. "Te atreviste a tocar a mi gente. ¡Hoy te voy a cortar las dos manos, te sacaré los sesos del cráneo y haré que te los tragues!". Al oír aquellas palabras, Li Banfeng echó a correr a toda prisa, pero no lo bastante rápido: al llegar bajo un árbol, el Cultivador del Cuerpo dotado de armadura le cerró el paso. El calvo, secundado por su otro esbirro, se aproximó por detrás con paso pausado y seguro. Li Banfeng parecía desencajado por el terror; dobló las rodillas, a punto de hincarse en el suelo. El hombre calvo avanzó paso a paso hacia Li Banfeng hasta quedar justo debajo del gran árbol. Su rostro, surcado por una leve sonrisa, lucía sumamente siniestro: "De rodillas. Arrodíllate como es debido y te daré una muerte rápida. Arrodíllate ya, ¡que te he dicho que te arrodilles! ¿Estás sordo? ¿Acaso no me oyes...?". ¡Pum! El calvo escuchó un golpe seco. Xiaopang se arrojó desde lo alto del árbol. No tenía idea de por qué Xiaopang caía de la copa del árbol. Y muchísimo menos comprendía por qué Li Banfeng había corrido precisamente hasta los pies de ese árbol. El hacha de Xiaopang se incrustó de lleno en la cabeza del secuaz; los fragmentos de cráneo destrozado y los sesos dispersos salpicaron todo el rostro del calvo. La sonrisa feroz del calvo se desvaneció al instante al advertir que Li Banfeng ya alzaba su hoz. En su condición de Cultivador Marcial, los reflejos del calvo fueron extraordinariamente veloces: levantó la daga de inmediato, afianzó una postura firme de jinete y se dispuso a parar el golpe con todas sus fuerzas... para luego, bajo una punzada de dolor insoportable, desplomarse de rodillas contra el suelo. Li Banfeng aún mantenía la hoz en alto, pero alzar el arma y golpear eran dos asuntos muy distintos. Con la mano derecha alzaba la hoz y con el pie izquierdo soltaba una patada directa a la entrepierna; un movimiento fluido y ejecutado en un solo tiempo. Sumado a que el calvo había colaborado a las mil maravillas abriendo las piernas en una postura de jinete, el impacto surtió un efecto demoledor. El calvo cayó de rodillas. En su fuero interno no dejaba de maldecir a Li Banfeng: '¿Por qué este malnacido tiene que ser tan ruin y traicionero?'. Solo restaba el secuaz dotado de armadura corporal. Igual que todos los presentes, aquel subordinado había resistido un día entero en la Montaña de la Niebla Amarga, por lo que su condición física distaba de ser óptima. Sin embargo, el estado de Xiaopang era mucho mejor: la resistencia de un Cultivador de la Comida superaba en tenacidad a la de un Cultivador del Cuerpo. Xiaopang blandió el hacha descargando un golpe feroz tras otro. Aquel secuaz soportó a duras penas escudándose en su coraza hasta que no pudo sostenerla más, momento en que Xiaopang, de un hachazo desde el hombro izquierdo hasta las costillas derechas, le rebanó medio cuerpo. Al mismo tiempo, Li Banfeng enganchó el pico de la hoz bajo la mandíbula del calvo. Con la mandíbula temblorosa, el calvo balbuceó con voz pastosa: "Solo quería... quería darte un susto... Nunca quise matar a nadie, no soy capaz de matar a nadie, de verdad que no...". "¿Querías asustarme?". Li Banfeng parpadeó y preguntó con semblante muy serio: "¿De verdad?". "¡De verdad!". El hombre calvo tenía la barbilla ensartada y no podía asentir, pero en su mirada relucía una total sinceridad. "No vuelvas a hacer esas cosas en el futuro; de veras me da muchísimo miedo", le aconsejó Li Banfeng con profunda seriedad. Al oír semejante respuesta, el calvo vislumbró un rayo de esperanza: "Nunca más volveré a asustarte, jamás en la vida...". Antes de que el hombre calvo pudiera terminar la frase, Li Banfeng sacó la pala, se la clavó en el cráneo y le arrancó la tapa de los sesos. \----- • Novela: El Señor de Puluo / 普罗之主 (Pǔluó Zhī Zhǔ) • Autor: Salagusi (沙拉古斯) • Traductor: Inmensurable 🚂 ¡Pasajero, deja tu reacción y comentario para alimentar las calderas del tren 1160! ¡Tu apoyo mantiene la presión de vapor al máximo para acelerar los próximos capítulos! ⚙️
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Estás leyendo el capítulo 34 de El Señor de Puluo (Novela), un novela. Para salvar la vida de un amigo, Li Banfeng —cuyo nombre se escribe con el carácter de "cumbre" y no de "locura", pues el médico aseguró que no está loco— aborda el tren de vapor 1160 con destino a la Provincia de… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Señor de Puluo (Novela) tiene 56 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.