Leer El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 33 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Qin el Gordo abrió los ojos; a sus oídos aún llegaban los fragores del combate.
Volvió el rostro y vio que el Viejo Fumador todavía forcejeaba a muerte con El de las gafas de oro, con el cuerpo ya cubierto de laceraciones sangrantes.
Los movimientos del Viejo Fumador eran en extremo torpes y lentos; a sus espaldas, Cachorro de Tigre aguardaba la oportunidad propicia.
No servía quedarse mirando: tenía que acudir de inmediato en su auxilio; el anciano no resistiría mucho más.
Qin el Gordo empuñó el hacha y apenas terminaba de incorporarse cuando vio de pronto que El de las gafas de oro se deslizaba a espaldas del Viejo Fumador y le aferraba los cabellos de un tirón salvaje.
Forzado por el tirón, el anciano alzó el cuello; Cachorro de Tigre se adelantó de un salto y, con la daga, le rebanó la garganta de lado a lado.
La sangre brotó a borbotones; el cuerpo del Viejo Fumador se desmadejó y cayó inerte contra el suelo.
Cachorro de Tigre contempló el torrente escarlata y soltó una carcajada eufórica, entreverada de accesos de tos.
Había padecido la corrosión de la niebla venenosa y, para colmo, cargaba con el veneno del humo del anciano; su condición en aquel momento distaba de ser buena.
En cambio, El de las gafas de oro se hallaba en perfecto estado.
Como Cultivador del Veneno, poseía una resistencia descomunal contra las miasmas tóxicas.
Por supuesto, aquello no significaba que pudiera permanecer indefinidamente en la Montaña de la Niebla Amarga; con su nivel de cultivo actual todavía era incapaz de tolerar una exposición prolongada a la niebla letal.
Sin embargo, un solo día no representaba demasiado para él; apenas le hacía mella.
Sacó un pañuelo, se limpió los rastros de sangre de las manos y avanzó con paso mesurado hasta plantarse ante Qin el Gordo.
"Lo que dije hace un momento, deberías haberlo escuchado. Detesto hablar con idiotas; no estoy dispuesto a desperdiciar con ellos ni una sola palabra de más. Comparado con ese vejestorio, supongo que tú no eres ningún estúpido; al menos eres joven y no tan obstinado. Entrégame todas las flores y te dejaré marchar."
"¡Ni hablar!", bramó el Gordo, aferrando la bolsa contra su pecho.
"¿Por qué empeñarte en esto?", se burló Cachorro de Tigre. "Ya te las conté: apenas recolectaste veinte míseras flores. Vendiéndolas ladera abajo sacarás, como mucho, poco más de mil billetes. Arriesgar el pellejo por mil y pico de billetes, ¿acaso vale la pena?"
"¡He dicho que no se las daré!", rugió el Gordo, apretando el mango del hacha. Sabía de sobra que su vida valía muchísimo más que mil billetes, pero jamás permitiría que nadie le arrebatara con tanta ligereza lo que era suyo.
"¡Maldita sea, te dan la mano y te tomas el brazo!", rugió Cachorro de Tigre, lanzándose al frente para asestarle una patada directa al pecho.
Esta vez, el Gordo estaba prevenido; contuvo el impacto con el astil del hacha y, girando sobre sí mismo, le soltó un hachazo de vuelta.
Cachorro de Tigre esquivó el filo, aunque a duras penas; tras haber inhalado el veneno del humo, en un combate mano a mano no las tenía todas consigo frente al muchacho.
Pero no necesitaba pelear a solas, pues a su lado permanecía El de las gafas de oro.
El de las gafas de oro se aproximó a Qin el Gordo, agitando con parsimonia su abanico de mano mientras decía:
"Hermano, déjame darte un consejo: déjanos las flores y baja de la montaña cuanto antes."
"¡Sigue soñando despierto, cabrón!", escupió el Gordo con furia. "¡Y pensar que llegué a confiar en ti! Vaya pedazo de bastardo siniestro que resultaste; ¡todo este maldito camino no ha sido más que una sarta de mentiras para engañarme!"
"¿Siniestro?" El de las gafas de oro negó con la cabeza. "Considero que he sido bastante franco."
"¡Y una mierda!", volvió a escupir el Gordo. "¡Menuda maldita desgracia haberme topado con un malnacido como tú!"
"Esto no es mala suerte; si no hubiese sido yo, habría sido cualquier otro", sonrió El de las gafas de oro. "Cargabas con semejante hacha descomunal, a la legua se notaba que era tu primera vez subiendo a la montaña. Desde el mismísimo instante en que saliste de la posada, ya te habían echado el ojo varios grupos."
El Gordo se quedó pasmado al recordar de pronto al Tendero Feng, de la tienda de ultramarinos.
Con razón le había advertido que no subiera a la montaña portando la Cuchilla del Dragón Verde.
El de las gafas de oro prosiguió con tono sereno:
"Sé que te resistes a aceptarlo; arriesgaste el pellejo durante todo un día para conseguir veinte míseras flores, y que se esfumen así le dolería en el alma a cualquiera. Pero ponte a pensar: ¿acaso esas veinte flores te pertenecían en verdad? ¿Acaso te las merecías? Es tu primera vez en la Montaña de la Niebla Amarga y ya pretendías forrarte de dinero, ¿tenías siquiera derecho a ello? No sabías absolutamente nada: no conocías los caminos, ignorabas las reglas, ni siquiera sabías qué aspecto tenía un Crisantemo de Manchas de Serpiente. Yo te he enseñado muchísimas cosas; al menos, la próxima vez que vengas, sabrás adónde ir a recolectar, qué flores cortar, cuántas puedes cosechar por tu cuenta, cuántas eres capaz de llevarte, en qué clase de gente confiar y de quiénes no fiarte jamás. Has aprendido tanto y, encima, salvas el pellejo; todo eso por tan solo mil y pico de billetes, ¿de verdad crees que saliste perdiendo?"
Al oír aquello, el Gordo metió la mano en el bolsillo, sacó un trozo de ración seca y se lo embutió de golpe en la boca.
Era su último bocado de provisiones y, a la vez, su última reserva de energía.
Dijera lo que dijese el otro, resultaba inconcebible que el Gordo le entregara los Crisantemos de Manchas de Serpiente.
El de las gafas de oro mostró un deje de decepción; su plan inicial había sido aguardar a que el muchacho depusiera toda resistencia para despacharlo luego sin el menor esfuerzo.
Pero ya que el gordinflón insistía en resistir hasta el fin, no quedaba más remedio que cambiar de método.
"Hermanito, te daré cinco minutos para que lo pienses con detenimiento." El de las gafas de oro desplegó el abanico y comenzó a agitarlo con cadencia; la fragancia oculta en su interior empezó a esparcirse poco a poco a través de los mecanismos de las varillas.
El aroma flotó en el aire sin que el Gordo sospechara nada, pues ignoraba por completo que El de las gafas de oro fuera un Cultivador del Veneno.
Cuando el Viejo Fumador descubrió la condición de toxicólogo del individuo, el muchacho ya yacía desmayado en el suelo.
"Mantengo lo que he dicho: cruzar palabras con idiotas, aunque sea una sola de más, es un puro desperdicio de energías; confío en que no seas uno de ellos."
El de las gafas de oro seguía liberando su ponzoña cuando, de pronto, divisó a una figura que venía corriendo a toda prisa a la distancia.
"¡Hermano Gordo! ¡Amigos todos! ¡Encontré un sitio magnífico, está repleto de Crisantemos de Manchas de Serpiente!"
El Gordo volvió la cabeza y vio que quien se aproximaba a toda marcha era Li Banfeng.
El de las gafas de oro se quedó pasmado y retrocedió dos pasos; Cachorro de Tigre empuñó la daga de inmediato.
'¿Cómo diablos ha vuelto? ¿Acaso no había bajado ya de la montaña?'
Li Banfeng se precipitó ante ellos sofocado y le dijo al Gordo:
"¡Esta vez nos forramos! No muy lejos de aquí hay un cañaveral de bambú, ¡y el suelo bajo las cañas está cuajado de Crisantemos de Manchas de Serpiente! ¡Vengan rápido a verlo!"
El Gordo lo agarró del brazo de un tirón:
"Hermano, se fue todo al carajo."
"¿Qué pasó?"
"El Viejo Fumador está muerto."
"¿Muerto? ¿Cómo que muerto?"
"¡Lo asesinaron ellos!", bramó el Gordo, señalando el cadáver a la distancia.
En cuanto Li Banfeng divisó el suelo anegado en sangre y el cuerpo sin vida del anciano, las piernas se le aflojaron en el acto.
"Es... ¿pero qué pasa? Uste... ¿ustedes qué pretenden hacer? ¿No habíamos formado una cuadrilla? ¿No habíamos quedado en cuidarnos las espaldas los unos a los otros?"
El pánico se apoderó de Li Banfeng hasta el punto de trabarle la lengua, incapaz de articular palabra con soltura.
Qin el Gordo lo sujetó con firmeza y exclamó:
"¡Hermano, ya no sirve de nada hablar! ¡Desde el mismísimo principio tramaban quitarnos las cosas! ¡No nos queda más remedio que jugarnos la vida contra ellos!"
"¡A... a luchar!...", balbuceó Li Banfeng mientras temblaba de pies a cabeza.
Cachorro de Tigre se rio: "Hermano mayor, y tú que decías que debíamos cuidarnos de este sujeto. Míralo nada más, ¡qué clase de cobarde resultó ser!".
El de las gafas de oro suspiró: "Parece que me equivoqué de juicio. Oye, te llamas Baisha, ¿verdad? ¿Encontraste un buen sitio?".
"S-sí, lo encontré...", Li Banfeng estaba al borde del llanto.
"¿De verdad lo viste?".
"¡De verdad! No les miento", Li Banfeng se desató la bolsa que llevaba al cinto, hinchada y abultada a reventar. "Todo esto lo recolecté allá".
El de las gafas de oro sonrió: "Te anotaste un gran mérito. Ponte en cuclillas ahí primero; dentro de un momento nos vas a guiar".
"Bien, bien...", asintió Li Banfeng, quedándose de pie, aturdido.
Cachorro de Tigre dio un paso al frente y le propinó una patada: "¡Te dijeron que te pusieras en cuclillas! ¿Acaso eres sordo?".
Li Banfeng se agachó a toda prisa en el suelo.
El de las gafas de oro miró a Qin Xiaopang con una sonrisa burlona: "¿Qué se le va a hacer? ¡Tu amigo no sirve para nada!".
"¡Maldito cobarde de mierda!", rugió Qin Xiaopang. Al ver a Li Banfeng en cuclillas secándose las lágrimas, comprendió que no podía contar con él. Apretó el hacha con fuerza, resuelto a jugarse la vida contra El de las gafas de oro.
Cachorro de Tigre se arremangó, disponiéndose a colaborar con El de las gafas de oro para despachar al gordo.
Li Banfeng seguía sollozando en el suelo: "¿Acaso no formamos un grupo? Habíamos quedado en cuidarnos las espaldas... ¿Cómo son capaces de matar a alguien? ¿Por qué insisten en matarnos?".
¡Zas!
De pronto, Cachorro de Tigre sintió una punzada gélida en el tobillo. Antes siquiera de percibir el dolor, un chorro de líquido tibio brotó de su articulación.
Estaba sangrando; alguien le acababa de asestar un tajo.
El corte era sumamente profundo; parecía haberle seccionado el tendón, dejándole el pie por completo inservible.
Cachorro de Tigre bajó la mirada hacia Li Banfeng; el joven todavía seguía en cuclillas, secándose las lágrimas.
"¿No querían acaso los Crisantemos de Manchas de Serpiente? Allá hay montones, se los doy todos, ¿está bien? ¡Por favor, no me maten!".
Al terminar de hablar, Li Banfeng sacó la bolsa de tela, haciendo el ademán de entregársela a El de las gafas de oro.
El de las gafas de oro se quedó desconcertado por una fracción de segundo cuando, de improviso, vio que Li Banfeng le arrojaba la bolsa directamente encima.
El saco no iba dirigido hacia sus manos, sino directo a su cabeza.
A menos de cinco metros, jamás erraba el blanco.
Al ver la bolsa volar hacia su rostro, El de las gafas de oro alzó una mano para frenarla. Sin embargo, la boca de la tela estaba abierta de par en par, y todo un saco repleto de vómito se estampó de lleno contra su cara.
Era sumamente ácido y viscoso.
Por un instante, El de las gafas de oro fue incapaz de abrir los ojos.
"¡Ya les di las flores, tengan piedad de mí!", suplicó Li Banfeng entre sollozos mientras se ponía de pie. De su manga asomó una pequeña hoz y, alzando la mano, le rebanó la garganta a Cachorro de Tigre.
Cachorro de Tigre no alcanzó a reaccionar en lo más mínimo.
La velocidad de un Cultivador del Viaje era aterradora.
Al mismo tiempo, en su condición de Cultivador del Hogar, a Li Banfeng le resultaba pasmosamente fácil pasar inadvertido.
Acababa de salir de su residencia, por lo que su poder de combate se hallaba en el punto cumbre.
Sumado a que las toxinas de la Montaña de la Niebla Amarga ya estaban casi purgadas de su organismo, la condición física de Li Banfeng superaba con creces a la de Cachorro de Tigre.
Y lo más crucial era que el estado mental de Li Banfeng escapaba a cualquier lógica comprensible para Cachorro de Tigre.
No solo Cachorro de Tigre era incapaz de entenderlo; ni siquiera Qin Xiaopang lograba procesarlo.
Lloraba, suplicaba clemencia.
Blandía la cuchilla, segaba vidas.
Su conducta desafiaba todo entendimiento humano ordinario.
Cachorro de Tigre se apretó la garganta y se desplomó contra el suelo.
El de las gafas de oro apenas acababa de quitarse el vómito de los ojos y, antes de percatarse de lo ocurrido, sintió que una negrura absoluta cubría su campo visual.
Li Banfeng le había encasquetado de nuevo la bolsa de tela en la cabeza.
"¡Te lo ruego, no me mates! ¡Te daré todas las flores!", clamaba Li Banfeng con un llanto desgarrador mientras descargaba la hoz con aterradora naturalidad.
"¡Suéltame! ¡No te voy a matar, de verdad que no te mataré!".
El de las gafas de oro forcejeaba con desesperación, pero Li Banfeng sujetaba la bolsa con un agarre de hierro. Con la cabeza atrapada en el saco, no había forma de zafarse.
"De verdad te daré las flores, no me mates...", sollozaba Li Banfeng sin pausa. La hoz cayó, atravesó la tela y se incrustó en el cráneo de El de las gafas de oro.
"¡No te mato, te juro que no lo haré!". El de las gafas de oro era incapaz de liberarse; con el cerebro dañado, sus cuatro extremidades empezaron a desobedecer sus órdenes.
Li Banfeng arrancó la hoz con fuerza y volvió a clavarla: "¡Ya te dije que te daría las flores! ¿Por qué insistes en matarme?".
"¡De verdad no pensaba matarte! ¡Jamás lo haría!", chilló El de las gafas de oro, desgañitándose.
¿Qué demonios estaba pasando?
El de las gafas de oro no lograba comprenderlo.
Su cerebro, destrozado por las heridas, había perdido la capacidad de razonar.
"¿Tanto empeño tienes en matarme?". Li Banfeng continuaba llorando, pero la hoz no se detenía; entraba y salía, una y otra vez, del cráneo de El de las gafas de oro.
"¡De verdad que no quería matarte!", la voz de El de las gafas de oro se desfiguró por completo.
"¿No podrías simplemente no matarme?". ¡Puf! La hoz volvió a perforar el hueso craneal.
"¡Te juro que no te mato!".
"¡Te suplico que no me mates!". ¡Crac! Li Banfeng arrancó la hoz bañado en lágrimas.
"Yo... yo...", El de las gafas de oro ya no era capaz de articular palabra.
Quiso blandir su abanico, pero al alzarlo a medio camino, su mano solo convulsionó en sacudidas erráticas.
Li Banfeng ensartó la hoz en el cráneo de El de las gafas de oro un total de seis veces sucesivas.
Lo rojo tiñó la bolsa de tela.
Lo blanco escurrió fuera de ella.
El cuerpo entero de El de las gafas de oro se estremecía en espasmos agónicos.
Li Banfeng sollozó apesadumbrado: "Tengo tanto miedo... ¿Por qué insistían tanto en matarme?".
Qin Xiaopang se quedó pasmado, sin saber qué decir.
La complexión de Li Banfeng era muy delgada, para nada la estampa de un peleador formidable.
Incluso el Viejo Chen, del Buró Estrella Oscura, jamás se habría explicado cómo Li Banfeng había podido ganar un combate de uno contra cinco, dejando además a sus contrincantes al borde de la muerte.
De haber presenciado esta escena, tal vez lo habría comprendido.
Al ver cómo Li Banfeng asestaba tajo tras tajo hasta levantarle la bóveda craneal a El de las gafas de oro, Qin Xiaopang se apresuró a intervenir: "Hermano Li... me parece que ya está muerto".
"¿Está muerto?". Li Banfeng parpadeó. Dejó de llorar al instante; sus facciones recobraron la compostura y su tono de voz volvió a la absoluta normalidad.
Como si nada hubiera ocurrido.
Miró a Qin Xiaopang y le dijo con total seriedad: "¿Sabes una cosa, hermano? Hace un momento estaba muerto de miedo".
Dijo que había estado muerto de miedo.
Y lo decía con la más absoluta seriedad: estaba aterrado.
Qin Xiaopang se quedó atónito y, con cautela, preguntó: "Hermano Li... ¿acaso no estarás loco?".
Li Banfeng sacudió la cabeza con firmeza: "Para nada. Fui a hacerme ver al hospital y el médico me aseguró que no estoy loco".
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• Novela: El Señor de Puluo / 普罗之主 (Pǔluó Zhī Zhǔ)
• Autor: Salagusi (沙拉古斯)
• Traductor: Inmensurable
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El Señor de Puluo (Novela)
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El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 33
Estás leyendo el capítulo 33 de El Señor de Puluo (Novela), un novela. Para salvar la vida de un amigo, Li Banfeng —cuyo nombre se escribe con el carácter de "cumbre" y no de "locura", pues el médico aseguró que no está loco— aborda el tren de vapor 1160 con destino a la Provincia de… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Señor de Puluo (Novela) tiene 56 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.