Leer El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 32 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
A las cinco de la madrugada, Nectarina yacía postrada en el suelo, vomitando sin parar; había llegado a su límite.
"No puedo más, tengo que bajar de la montaña...", Nectarina luchó por ponerse en pie y abandonó la arboleda tambaleándose con paso vacilante.
Desde que Li Banfeng se había marchado, a Nectarina se le había pasado por la cabeza la idea de bajar, pero cada vez que veía a los demás continuar con la recolección, no se resignaba a marcharse.
Debido a la corrosión de la niebla venenosa, el rendimiento de Nectarina había caído en picado; en las últimas ocho horas apenas había recolectado tres Crisantemos de Manchas de Serpiente, pasando la mayor parte del tiempo descansando.
Aun a sabiendas de que estaba mareada, con la vista nublada y que hasta caminar le costaba un suplicio, ver a los demás recolectar flores le dejaba un regusto amargo en el pecho.
El ser humano es así: al ver a otros ganar dinero, siente que está perdiendo una fortuna; siente que tiene un pozo de oro justo frente a sus ojos y que, si tan solo aprieta los dientes, podría pescar un pellizco más.
Sin embargo, tras aguantar hasta ese punto, ya no le quedaban fuerzas.
Mientras descendía por el sendero montañoso, creyó percibir unos tenues pasos a sus espaldas.
Sobresaltada, Nectarina se aferró al bolso de la cintura y volvió la cabeza con brusquedad.
El giro fue demasiado violento; la vista se le desdibujó en un vaivén y cayó de bruces contra el suelo.
En efecto, alguien venía tras ella: era la pequeña Hoja de Hierba.
Hoja de Hierba se apresuró a ayudarla a incorporarse, sacó un frasquito de porcelana de su regazo y se lo ofreció:
"Hermana, tengo aquí polvo refrescante. Toma un poco, te aliviará. Si desconfías, puedo probarlo yo primero...".
Nectarina sonrió, tomó el frasquito, tragó una pizca y, tras reposar unos instantes, sintió una mejoría tangible.
"En todo este día he consumido bastantes de tus caramelos y polvos medicinales; de verdad siento que te debo mucho". Nectarina abrió su bolsa de tela y extrajo cinco Crisantemos de Manchas de Serpiente. "No me los desprecies, ¿eh? Tampoco tengo muchos, pero acéptalos, por favor".
Hoja de Hierba negó con la cabeza:
"He recolectado más que tú, hermana; llevo sesenta y una matas aquí, no puedo quitarte las tuyas. Mejor bajemos juntas de la montaña; en el camino dependeré de que me cuides".
Nectarina le pellizcó la mejilla con ternura y dijo con una sonrisa afectuosa:
"Vamos, iremos juntas".
Ambas emprendieron el descenso. No llevaban caminando ni una hora cuando una silueta les cortó el paso al frente.
Hoja de Hierba dio un respingo y se encogió tras la espalda de Nectarina.
Nectarina, curtida en los caminos del bajo mundo, conservaba todavía cierta sangre fría.
Primero examinó las condiciones del sendero y de inmediato le gritó al desconocido:
"Hermano mayor, ¿acaso busca Crisantemos de Manchas de Serpiente? Puedo indicarle un camino; es un buen lugar y abundan flores de primera categoría".
En medio de la densa niebla, el hombre soltó una carcajada:
"A mí me parece que este lugar ya es magnífico, y que ustedes dos florecillas están bien ricas".
La voz le resultó familiar.
Nectarina sonrió con aparente desenvoltura:
"Hermano, qué labia tan dulce tienes. Que digas que yo soy una flor, hasta con la cara dura te lo admito, ¿pero cuántos años tiene esta chiquilla? Apenas llega a ser un capullito sin abrir. ¿En serio eres capaz de ponerle las manos encima?".
Mientras hablaba, Nectarina le extendió una mano a Hoja de Hierba, indicándole con disimulo que le pasara el polvo refrescante.
Tras tragar otra pizca de polvo refrescante, el estado de Nectarina mejoró ligeramente; comprendió que no habría forma de esquivar aquel escollo.
El sujeto avanzó dos pasos. En la oscuridad, se recortó una cabeza rapada, grasienta y brillante.
¡Otra vez el calvo!
"No pienso gastar saliva con ustedes dos", dijo el calvo mientras limpiaba la hoja de su machete. "Dejen las flores y les perdonaré la vida".
En ese instante, a espaldas del calvo surgieron sus tres secuaces.
Aterrorizada, Hoja de Hierba se aferró con fuerza a la bolsa de tela sujeta a su cintura.
Nectarina le dio una palmada tranquilizadora, indicándole que guardara la compostura.
Los Cultivadores de la Medicina no servían para el combate cuerpo a cuerpo, pero debían dominar los fármacos; ignoraba si la muchacha llevaba algún veneno encima.
Ahora bien, ¿por qué Nectarina no acataba las exigencias del calvo entregando las flores de manchas de serpiente para salvar la vida?
Porque había recorrido el bajo mundo y conocía a la perfección la calaña de semejantes alimañas.
Se encontraban en un páramo desolado en mitad de la montaña, y ellas eran dos mujeres solas.
Aunque entregaran las flores, no tenían garantía alguna de salir con vida; es más, ni siquiera les concederían una muerte rápida y sencilla.
Nectarina soltó una risita seductora, le guiñó un ojo al calvo y, desbordando una afectuosa dulzura, dijo:
"Ay, hermano, mira nada más lo que dices... Un varón hecho y derecho abusando de dos pobres mujeres débiles, ¿de verdad te da el corazón para hacernos daño?".
El calvo soltó una carcajada:
"Pues la verdad es que un poco sí me duele. Hagamos un trato: atiéndanme las dos juntas; a la que mejor me complazca, le regalo una flor".
"Hermano, ¡¿cómo va a bastar una sola?! Si me esfuerzo un poco más, ¿no podrías darme unas cuantas más?". Nectarina contoneó el cuerpo, dejando que sus sinuosas curvas rezumaran una tentación arrebatadora.
Su voz, en particular, era como una pluma de ganso untada en miel rozando suavemente la espina dorsal.
Los latidos del calvo se desbocaron, y los de sus tres secuaces se aceleraron al mismo ritmo.
"¡Maldita zorra, conque tú eras la Cultivadora del Placer! ¡Fuiste tú quien nos tendió la trampa de día!", escupió el calvo con rabia. "¡¿Te atreves a jugarle estas tretas a tu abuelo?! ¡Hoy tu abuelo va a hacerte probar lo bueno!".
Los cuatro hombres cargaron al unísono, mientras Nectarina extraía dos cuchillos cortos de su cintura.
...
En la arboleda, el Viejo Pipa acomodó la última brizna de picadura en la cazoleta de su pipa, le prendió fuego y le dio un par de caladas hondas y voraces.
"Por mi parte ya he reunido bastante. Señores, hasta la próxima". El Viejo Pipa había recolectado noventa y una matas de Crisantemos de Manchas de Serpiente; de todo el grupo, era quien mayor provecho había sacado.
Pero él tampoco podía resistir más.
Había protegido su garganta con el alquitrán del humo, lo que le permitió filtrar una buena parte de la niebla tóxica; sin embargo, los años no perdonaban y, tras permanecer cerca de veinte horas en la Montaña de la Niebla Amarga, había alcanzado su límite.
El Viejo Pipa se levantó y se disponía a marcharse cuando Cachorro de Tigre se interpuso en su camino:
"Viejo, no tengas tanta prisa. Todavía no amanece, espera un poco antes de irte".
El Viejo Pipa advirtió que la situación pintaba turbia. Midió a Cachorro de Tigre de arriba abajo con la mirada:
"¿Qué pasa? ¿Quieres jugar sucio?".
Cachorro de Tigre sonrió: "Viejo, no hables de forma tan desagradable. Ya que formamos un grupo, ¿no deberíamos cuidarnos las espaldas en este camino? Bajar la montaña cargando tantas flores de primera calidad te traerá problemas a mitad del trayecto, sin duda. ¿Por qué no nos las dejas para que te las guardemos y te las devolvemos al llegar abajo?"
"¿Dártelas a ti para que las guardes?" El Viejo Pipa soltó una carcajada. "Agradezco tu gentileza, pero no fuimos más que extraños que coincidieron por azar; nuestro destino juntos termina aquí."
Cachorro de Tigre le cortó el paso al Viejo Pipa: "Viejo, deja el saco. De verdad lo hago por tu bien."
El anciano soltó una risa burlona: "Pequeño bastardo, desde el principio me di cuenta de que tú y ese de las gafas no eran trigo limpio. Hace un momento, cuando apareció el calvo, ustedes dos no hicieron más que soltar ruidos sin poner una pizca de fuerza; se daban la réplica el uno al otro como en un dúo cómico. Y cuando la pelea casi había terminado, vinieron corriendo haciéndose los bienhechores. ¡Están compinchados con el calvo, ¿a que sí?!"
Esas palabras iban dirigidas a los oídos de Qin el Gordo.
Qin el Gordo seguía plantado en su sitio, aturdido, sin comprender aún por qué Cachorro de Tigre y el Viejo Pipa habían empezado a discutir de pronto. Al escuchar las palabras del viejo, lo entendió un poco mejor.
El Viejo Pipa continuó: "Al subir a la montaña, ese calvo nos asaltó una vez; al llegar al lugar de recolección de las flores, nos asaltó otra vez. Tú te hacías el bueno en medio, pero en realidad querías que el calvo tanteara nuestras habilidades. Si resultábamos ser unos inútiles, dejarías que el calvo nos despojara primero; tras perder las flores, nosotros sin duda arriesgaríamos la vida para recuperar lo perdido, y al caer la noche, tú nos rematarías a todos de golpe para quedarte con todo. En cambio, si mostrábamos buenas habilidades, le impedirías actuar al calvo y, cuando cayera la noche y nos dispersáramos, irías liquidándonos uno por uno. Gordito, ese tal Baisha que venía contigo probablemente ya murió a mitad de camino, y me temo que a esas dos muchachas tampoco les queda vida. Si no actuamos ahora, también moriremos a manos de este par de bastardos."
Al oír esto, Qin el Gordo guardó a toda prisa su saco y empuñó el hacha.
El de las gafas de oro se acomodó los lentes, los miró a ambos y, con una sonrisa en el rostro, dijo: "No se precipiten, escuchen mi consejo. Viejo Pipa, tienes buen ojo, pero por desgracia eres demasiado codicioso. Con tu nivel de cultivo, de haber bajado la montaña antes, nosotros no habríamos podido detenerte. Sin embargo, te empeñaste en aguantar hasta estas horas; a estas alturas, me imagino que ni siquiera puedes mantenerte firme en pie, ¿verdad? Se nota que has recorrido mundo y conoces el bajo fondo, pero es obvio que esta es tu primera vez en la Montaña de la Niebla Amarga. ¿De verdad crees que con ese alquitrán de humo tuyo puedes bloquear por completo la niebla venenosa de la montaña? Si fuera tan fácil, ¡la Montaña de la Niebla Amarga pertenecería por entero a los Cultivadores del Humo!"
El Viejo Pipa sonrió: "El alquitrán de humo no podrá bloquear toda la niebla venenosa, pero al menos frena más de la mitad. Es muchísimo mejor que aguantar a pecho descubierto como han hecho ustedes hasta ahora. Si no están conformes, pruébenlo ustedes mismos."
El de las gafas de oro suspiró, sacó un pañuelo y limpió los cristales de sus lentes: "No debí gastar saliva hablando con un estúpido como tú. Es un desgaste innecesario."
Cachorro de Tigre desenfundó una daga y soltó: "¡Basta con liquidarlo y sanseacabó! Si busca la muerte, ¿acaso vamos a impedírselo?"
El Viejo Pipa miró al gordito.
Qin el Gordo aún cavilaba sobre cuál sería el momento más oportuno para atacar. Jamás imaginó que Cachorro de Tigre se abalanzaría de un salto repentino, encajándole una patada en pleno rostro.
Un Cultivador de la Comida, cuando está bien harto de comida y bebida, posee facultades físicas excepcionales: sabe correr, golpear con fuerza, resiste una barbaridad de golpes y cuenta con cierta tolerancia a sustancias venenosas. No obstante, si se aísla cualquiera de esas aptitudes por separado, no destaca como el mejor en ninguna. Tomemos por caso la aptitud para la lucha: en eso resultaba a todas luces inferior a Cachorro de Tigre, pues Cachorro de Tigre era un Cultivador Marcial.
Aquella patada impactó en la cara de Qin el Gordo sin que tuviera defensa alguna. Cachorro de Tigre dio un paso al frente y arremetió con una puñalada directa a su vientre; el muchacho logró esquivarla a duras penas. Mas, tras eludir la cuchillada al abdomen, encajó un puñetazo en la mandíbula; el gordinflón perdió el equilibrio y cayó al suelo. Cachorro de Tigre remató con una patada despiadada directo al rostro, dejándolo inconsciente en el acto.
Cuando Cachorro de Tigre se disponía a asestarle la estocada final, de pronto vio una densa humareda amarilla llegarle por la espalda. Cachorro de Tigre esquivó a toda prisa la nube de humo, pero una lluvia de chispas ardientes voló directa hacia su rostro.
Tanto Cachorro de Tigre como El de las gafas de oro se jactaban de ser cultivadores de primer nivel, pero aquello no era más que una patraña para amedrentar a los demás; ninguno de los dos poseía un nivel real. El Viejo Pipa, en cambio, era un cultivador de primer nivel consolidado y auténtico.
El de las gafas de oro no podía lidiar a solas con el Viejo Pipa, y este tampoco le concedió a Cachorro de Tigre la menor oportunidad de rematar al muchacho.
El Viejo Pipa apreciaba bastante a ese chico regordete, pues cuando se enfrentaron al calvo horas atrás, sólo el gordito había actuado de verdad. Si lograba despachar a El de las gafas de oro y a Cachorro de Tigre, era muy probable que se topara con el calvo al descender la montaña; tener a ese gordito de su lado sería una ayuda valiosa.
Viendo que no podría ultimar al gordo de momento, Cachorro de Tigre se apresuró a unirse a El de las gafas de oro para asediar al Viejo Pipa. Blandiendo su pipa de cazoleta, escupiendo humo y fuego, el viejo lidió con ambos y al principio retuvo la ventaja; pensó que le bastaría lo que tardaba en fumarse una cazoleta para despachar a aquel par.
Sin embargo, una vez consumido todo el tabaco de la pipa, el Viejo Pipa no había conseguido la victoria, y su situación se tornó crítica.
Un Cultivador del Humo sin su humo sufría una merma drástica en su capacidad combativa.
El anciano retrocedía mientras combatía; El de las gafas de oro agitaba su abanico plegable con embates cada vez más afilados e implacables.
'No tiene sentido... El de las gafas de oro también ha pasado el día entero en la montaña, ¿cómo es que no muestra el más mínimo indicio de envenenamiento?'
Acorralado entre dos flancos y sin vía de escape, el Viejo Pipa expulsó la última bocanada que tenía contenida en los pulmones; el humo se disparó cual hoja afilada directo al rostro de El de las gafas de oro.
El de las gafas de oro agitó su abanico plegable y dispersó la humareda.
Pero dispersarla fue inútil: ese humo era venenoso. El Viejo Pipa había escupido a la vez la sustancia tóxica que guardaba oculta bajo su dentadura postiza.
Cachorro de Tigre se tapó la nariz y la boca retrocediendo a trompicones, mientras las lágrimas y los mocos le caían a chorros.
El de las gafas de oro tosió un par de veces, mas apenas pareció afectarle.
El Viejo Pipa se quedó atónito. ¿Por qué aquella bocanada de humo tóxico no lo había derribado?
'¿Acaso... es un Cultivador del Veneno?'
'¡Maldición!'
Había agotado hasta la última brizna de humo sin conseguir una oportunidad para escapar.
El abanico plegable se agitaba silbando frente a él, levantando un vendaval que permitió al Viejo Pipa percibir una fragancia singular y extraña.
'¡No puede ser!'
'¡Su abanico lleva veneno!'
La vista del Viejo Pipa comenzó a nublarse; comprendió con pavor que estaba envenenado.
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• Novela: El Señor de Puluo / 普罗之主 (Pǔluó Zhī Zhǔ)
• Autor: Salagusi (沙拉古斯)
• Traductor: Inmensurable
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El Señor de Puluo (Novela)
Capítulo 33
El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 32
Estás leyendo el capítulo 32 de El Señor de Puluo (Novela), un novela. Para salvar la vida de un amigo, Li Banfeng —cuyo nombre se escribe con el carácter de "cumbre" y no de "locura", pues el médico aseguró que no está loco— aborda el tren de vapor 1160 con destino a la Provincia de… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Señor de Puluo (Novela) tiene 56 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.