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Leer El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 28 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
"¿Cuánto cuesta este fonógrafo? ¡Lo compro!" A Li Banfeng le había fascinado aquel aparato. Por encima de todo, el hecho de estar impulsado por vapor y poseer una maquinaria tan precisa era algo que ni siquiera en Yuezhou se encontraba. Si se lo llevaba de vuelta a Yuezhou para venderlo como pieza de colección, sin duda sacaría una fortuna. E incluso si no lo vendía y se lo quedaba para sí, sería una posesión más que satisfactoria. El Tendero Feng limpió el fonógrafo con un paño, con una expresión de renuencia en el rostro: "Está fabricado a mano en el Estado de Amikan. En toda la Provincia de Puluo solo hay dos unidades; la verdad es que no tengo ganas de venderlo". Li Banfeng captó de inmediato el trasfondo de sus palabras: quería que le subiera el precio. "Tendero Feng, póngale una cifra". El Tendero Feng meditó durante un largo rato y levantó dos dedos. Qin el Gordo abrió los ojos de par en par: "¿Pides veinte mil?". El Tendero Feng negó con la cabeza: "¡Billetes del Estado de Huan, doscientos mil!". "¡Doscientos mil!". Qin el Gordo esbozó una sonrisa de incredulidad. "Tendero, de verdad nos estás tomando por idiotas rematados". El Tendero Feng replicó: "Vale cada centavo, ¡y de verdad no admito regateos!". Li Banfeng volvió a observar el fonógrafo. Un mueble de palisandro de aspecto arcaico, coronado por tres trompetas de latón, de cuya abertura derecha aún salía una lenta bocanada de vapor. "Las flores del bosque se marchitan, hasta el alma queda sepultada; cuando las golondrinas primaverales regresen, ¿dónde estará este cuerpo?..." La conmovedora melodía seguía flotando en sus oídos, incrementando las ganas de Li Banfeng de comprarlo. Pero doscientos mil quedaban demasiado lejos de su realidad. Se costeaba la matrícula y los gastos de manutención trabajando por su cuenta; en toda su vida, Li Banfeng jamás había reunido un patrimonio superior a los diez mil. Miró de reojo a Qin Xiaopang, quien de inmediato abrió los ojos con reproche: "¿Qué me miras a mí? ¡En toda mi vida he visto semejante dineral! ¡En mi aldea, con doscientos mil alcanza hasta para construir una casa entera!". ¿Una hoz costaba quinientos y levantar una casa doscientos mil? ¿Estaba de broma? Por supuesto, aquella hoz no era un objeto ordinario, y la clase de vivienda a la que se refería Qin Xiaopang tampoco debía de ser un lugar cualquiera. La mirada de Li Banfeng seguía sin poder apartarse del fonógrafo. Según sus cálculos, en Yuezhou ese aparato alcanzaría sin problemas los quinientos mil. Lleno de confianza en la que sería la mayor inversión de su vida, miró al comerciante y enderezó la espalda: "Resérveme este fonógrafo, ¡se lo compraré sin falta!". El Tendero Feng escrutó la mirada de Li Banfeng, sintiendo un peso peculiar detrás de aquella afirmación. Tuvo la corazonada de que de verdad terminaría comprándolo. "De acuerdo, se lo reservo", asintió el tendero. '¡Lo compraré sin falta!' Para Li Banfeng, aquella frase poseía, en efecto, un peso muy especial. En el orfanato, al ver a los niños de la calle comiendo polos de hielo, se dijo: 'Lo compraré sin falta'. Al entrar en la escuela secundaria, al ver las zapatillas de baloncesto de sus compañeros, se dijo: 'Las compraré sin falta'. Al ingresar a la universidad, al ver los teléfonos móviles de los demás estudiantes, se dijo: 'Lo compraré sin falta'. Compró el polo, compró las zapatillas y también compró el teléfono. Ese fonógrafo tampoco sería la excepción. "¡Hermano, vámonos ya! ¡Se nos hace tarde!". Qin el Gordo arrastró a Li Banfeng fuera de la Tienda de Ultramarinos Feng. El mozo soltó un suspiro: "Patrón, ¿cuándo lograremos vender ese trasto?". El tendero meditó un momento antes de responder: "Me da la impresión de que ese muchacho de apellido Li tiene intenciones genuinas de comprarlo". "¿Y de qué sirven las buenas intenciones?", replicó el mozo sacudiendo la cabeza una y otra vez. "¡Dejemos de lado doscientos mil, apuesto a que ni veinte billetes lleva encima!". ... Qin el Gordo se dirigió a la vivienda de un herrero y compró un hacha. Sumando el mango y la hoja, medía unos setenta centímetros de largo. Li Banfeng frunció el ceño: "¿Piensas subir a la montaña cargando con eso?". "He oído que los que se atreven a subir a la Montaña de la Niebla Amarga son todos unos desalmados. Con esta hacha en mano, por lo menos ahuyentaré a la mitad". Con el hacha en mano, Qin el Gordo pasó luego por el mercado para comprar veinte jin de provisiones secas, llenó dos grandes cantimploras de agua, alquiló un carruaje de caballos y partió junto a Li Banfeng rumbo al oeste, hacia la Montaña de la Niebla Amarga. Viajaron durante un día entero. De los veinte jin de provisiones secas, Li Banfeng apenas consumió menos de un jin, mientras que Qin Xiaopang engulló casi la mitad de todo el cargamento. A altas horas de la noche, ambos alcanzaron las inmediaciones de la Montaña de la Niebla Amarga. Li Banfeng alzó la vista y miró a lo lejos, pero solo distinguió la bruma de la penumbra nocturna; no se veía rastro de montaña alguna. Qin el Gordo localizó una posada y alquiló dos plazas en una tarima comunal. Él mismo sintió que hospedarse en un camastro colectivo resultaba bastante cutre, de modo que se apresuró a darle explicaciones a Li Banfeng: "A mí también me habría gustado una habitación privada, pero este maldito cuchitril también infló los precios. Piden cien por un cuarto, mientras que la litera colectiva cuesta apenas veinte por cabeza. Apretujémonos un poco entre hermanos y salgamos del paso". Li Banfeng no era quisquilloso. Se tumbó sobre el lecho y fingió quedarse dormido. Aquel dormitorio común consistía en una inmensa tarima corrida de tablones donde se apiñaban más de veinte personas; entre ronquidos, rechinar de dientes y murmullos en sueños, se oía toda clase de ruidos. En cuanto Qin el Gordo cayó en un sueño profundo, Li Banfeng se escabulló con sigilo fuera de la posada, ocultó la llave entre la pequeña arboleda del exterior y se metió en la Residencia Móvil. Nada se comparaba a tener una habitación propia. Desde sus años en el orfanato hasta graduarse de la universidad, jamás había disfrutado de un cuarto para él solo. Ahora, aunque le tocase dormir sobre el suelo helado, sentía una satisfacción inmensa. Esta vez no se quedó dormido de más. Cuando Li Banfeng salió de la Residencia Móvil, apenas despuntaba el alba. Qin el Gordo también había madrugado y lo buscaba con la mirada por todas partes: "Hermano Li, ¿a dónde te metiste?". Li Banfeng improvisó una excusa para salir del paso: "Fui a mear. Hermano Gordo, ¿dormimos un rato más?". Qin el Gordo se alarmó: "¡Qué vamos a dormir ya! Hay que subir a la montaña deprisa". Li Banfeng echó a andar tras él en dirección oeste. Tras una hora de marcha, una densa niebla dominaba el horizonte sin que asomara silueta alguna de la montaña. Por el camino avanzaba bastante gente en su misma dirección. Qin el Gordo, empuñando el hacha y con las provisiones a la espalda, vigilaba los alrededores con suspicacia. Un hombre calvo de unos treinta y tantos años, con una cicatriz cruzándole el rabillo del ojo izquierdo, avanzaba a paso apresurado y acabó embistiendo de lleno a Qin el Gordo por la espalda. El joven rollizo trastabilló y estuvo a punto de irse al suelo. Levantó la cabeza para encarar al individuo. El calvo, con la mirada cargada de hostilidad, se volvió hacia Qin Xiaopang: "¿Estás ciego o qué? ¿No ves que estorbas el paso?". A Qin el Gordo le hirvió la sangre al instante: "¡Fuiste tú quien se me vino encima, carajo, y todavía tienes el descaro de insultarme!". El calvo dio un paso al frente con tono desafiante: "¿Y qué si te insulto? No te he molido a palos todavía, ¿o es que te pica el pellejo buscando una tunda?". Qin el Gordo alzó el hacha y la blandió de un lado a otro frente al rostro del agresor. El calvo escupió un gargajo al suelo y desenvainó de su cintura un machete de más de un pie de largo. Li Banfeng observaba la escena en silencio desde un lado. Con total discreción, aferró con la mano derecha el mango de su pequeña hoz. La hoz yacía oculta dentro del bolsillo; ni el calvo ni Qin el Gordo se habían percatado de ella. En ese instante, un hombre de poco más de treinta años, con el cabello peinado con raya al medio, lentes de montura dorada y vestido con un traje a cuadros grises, se aproximó hacia ambos. "Ustedes dos, si tienen tantas fuerzas, guárdenlas para la montaña. ¿Qué necesidad hay de andar presumiendo aquí abajo?" A decir verdad, Qin el Gordo no quería pelear; él también estaba ansioso por subir a la montaña a recolectar las flores, solo que su orgullo no le permitía dar su brazo a torcer. El hombre calvo miró al de las gafas de oro y guardó el cuchillo. Habiendo encontrado ambos una salida airosa para salvar las apariencias, el incidente se dio por zanjado. El hombre calvo continuó su camino y Qin el Gordo también guardó su hacha. El de las gafas de oro le dijo en voz baja a Qin el Gordo: "Hermano, es tu primera vez subiendo a la montaña, ¿verdad?" Qin el Gordo soltó un bufido desdeñoso: "¡Esta Montaña de la Niebla Amarga la he recorrido incontables veces! ¿Cómo va a ser mi primera vez?" En realidad sí era su primera vez, pero ante los demás no podía mostrar debilidad. El de las gafas de oro sonrió: "Sea o no tu primera vez, déjame darte un consejo: ese calvo no es ninguna perita en dulce. En cuanto lleguen a la montaña, ten por seguro que te jugará sucio a traición". Qin el Gordo soltó un escupitajo y replicó: "¿Acaso voy a tenerle miedo, o qué?" El de las gafas de oro enarcó las cejas: "Lanza abierta es fácil de esquivar, pero flecha oculta es difícil de parar. Y no lo digo solo por ti; yo mismo, por haber abierto la boca de más recién, es muy probable que acabe sufriendo a manos suyas allá arriba". "A mí me da igual, no le temo", afirmó Qin el Gordo mientras apretaba con fuerza el mango del hacha. El de las gafas de oro miró luego a Li Banfeng; Li Banfeng mantenía la cabeza gacha, en silencio, luciendo a todas luces como un muchacho manso y bonachón. Los tres caminaron juntos durante un rato, y más adelante divisaron a lo lejos varias banderas. Las había amarillas, verdes y también moradas. Li Banfeng preguntó: "¿De quién son esas banderas?" Qin el Gordo le lanzó una mirada fulminante a Li Banfeng, advirtiéndole en silencio que no delatara su ignorancia. Él tampoco sabía de dónde salían esas banderas, pero que Li Banfeng abriera la boca para preguntar eso equivalía a gritarle al mundo que era su primera vez subiendo a la montaña. En realidad, el de las gafas de oro se había percatado hacía rato de que eran novatos. Contemplando aquellas banderas, murmuró: "El Clan Bai, el Clan Huang, el Clan Lu, el Clan Liu... La gente de todas las grandes farmacias ha venido". Qin el Gordo sí que había oído hablar del renombre de aquellas farmacias, pero no alcanzaba a entender por qué su personal se molestaría en venir hasta aquí. Habiendo recolectado los Crisantemos de Manchas de Serpiente, era natural que los cosechadores fueran a venderlos a las boticas. ¿No les bastaba con quedarse cómodamente en sus establecimientos esperando a hacer negocios? ¿Qué necesidad tenían de apostarse al pie de la Montaña de la Niebla Amarga a vigilar? El de las gafas de oro conocía los motivos de fondo, pero no los desveló de inmediato: "Amigos, no sigamos avanzando. Esperemos noticias aquí". "¿Esperar noticias?", frunció el ceño Qin el Gordo. "¿Qué vamos a esperar aquí? El período de floración del Crisantemo de Manchas de Serpiente dura apenas un día. Cada cuarto de hora que perdamos esperando es una flor menos que recogeremos". El de las gafas de oro sacudió la cabeza y extrajo un abanico plegable de su cintura: "¿Acaso sabes a qué hora florece el Crisantemo de Manchas de Serpiente?" Qin el Gordo declaró con voz sonora: "¡Florece hoy mismo!" El de las gafas de oro agitó con parsimonia su abanico plegable y dijo con calma: "En efecto, florece hoy. Pero la hora exacta no es fija. Temprano por la mañana es hoy, al mediodía sigue siendo hoy, y al caer el atardecer también cuenta como hoy. Si subes a la montaña ahora mismo y resulta que no florece hasta el crepúsculo, ¿no te habrás tragado un día entero de niebla venenosa en vano?" Qin el Gordo soltó una risa despectiva: "Tengo cultivo. No le temo a la niebla venenosa". "Ya sé que tienes cultivo, pero aun teniéndolo, no deberías desperdiciarlo a lo tonto", dijo el de las gafas de oro, contemplando la densa e interminable bruma en la distancia. "La niebla de la Montaña de la Niebla Amarga... si una persona común la inhala de forma continua durante tres horas, me temo que perderá la vida. Un cultivador que recién haya franqueado la puerta y no posea ningún nivel apenas lograría aguantar siete u ocho horas a lo sumo. Al ver tu complexión tan robusta, supongo que debes de ser un Cultivador de la Comida, ¿no es así?" Qin el Gordo no emitió sonido alguno. La senda daoísta y el nivel de cultivo de una persona eran secretos que, por norma general, jamás debían revelarse a extraños. El de las gafas de oro sonrió: "Si eres un Cultivador de la Comida, bien comido y bien bebido, podrás aguantar más de diez horas. Cuando las flores abran y subas a la montaña, con tal de que encuentres el lugar adecuado, recolectar entre setenta y ochenta flores no te costará el menor esfuerzo". Entre setenta y ochenta flores... A ochenta y cinco billetes cada una, calculando bien, ¡eso suponía ganar más de seis mil billetes! Al escuchar semejante cifra, a Qin el Gordo le entraron las prisas por avanzar. El de las gafas de oro cerró de golpe el abanico plegable, le bloqueó el paso y le advirtió con el ceño fruncido: "¿No te acabo de decir que todavía no es el momento? Hay que esperar a que florezcan para subir. Cada año mueren en esa montaña incontables imprudentes como tú". Qin el Gordo protestó fastidiado: "¿Acaso tú sabes cuándo van a florecer?" El de las gafas de oro señaló con su abanico las banderas a lo lejos: "Yo no lo sé, pero ellos sí. Cada año, las farmacias contratan a dos exploradores para que suban a inspeccionar el terreno. En cuanto descubren que las flores se han abierto, lanzan una señal; entonces las farmacias despachan a su propia gente hacia la montaña, y llegado ese instante no tendremos más que seguirlos". Qin el Gordo se quedó pasmado: "¿Las farmacias también mandan gente a la montaña?" El de las gafas de oro sonrió: "Si no mandan a su gente a la montaña y luego no consiguen comprar Crisantemos de Manchas de Serpiente, ¿con qué van a refinar las Píldoras de Manchas de Serpiente? Para una gran farmacia, si ni siquiera es capaz de suministrar Píldoras de Manchas de Serpiente, ¿no terminaría arruinado su propio prestigio comercial?" Qin el Gordo miró a su alrededor: "Habrá tantísima gente subiendo a la montaña, y todas las flores que recojan tendrán que vendérselas a las farmacias. ¿Aún temen no poder comprar?" El de las gafas de oro agitó el abanico plegable y explicó: "Si fuera una sola farmacia la que comprara las flores, por supuesto que no habría escasez y el precio lo fijaría esa botica a su antojo. Pero cuando todas las grandes farmacias del Barranco del Rey de la Medicina quieren abastecerse de flores y se desata la disputa entre ellas, la sartén por el mango con los precios pasa a tenerla el vendedor". Qin el Gordo seguía sin comprender del todo: "¿No había quedado ya acordado? Ochenta y cinco billetes por planta". El de las gafas de oro negó con la cabeza: "Ese fue el precio anunciado antes de subir a la montaña. Una vez que todos bajen de ella, la historia será muy distinta. Imagina que tú tienes una farmacia, no te queda ni una sola flor de manchas de serpiente en el almacén y los recolectores de flores te exigen un precio por las nubes. ¿Comprarías o no? En cambio, si mandas a tu propia gente arriba y consiguen recolectar entre trescientas y quinientas plantas, ya tendrás un colchón de seguridad. Si las cosas se ponen feas, bastará con refinar menos píldoras medicinales, pero al menos no te dejarás manipular por los caprichos de los vendedores". Aquel sujeto de las gafas de oro era un auténtico entendido en la materia; a través de sus palabras quedaba patente que dominaba a la perfección los intríngulis de aquel negocio en la Montaña de la Niebla Amarga. Mientras hablaban, varias personas de los alrededores se acercaron en silencio para escuchar con atención; ninguno de ellos había subido jamás a la Montaña de la Niebla Amarga y todos deseaban aprender algo de experiencia de aquel hombre. El de las gafas de oro tampoco se mostró tacaño con sus conocimientos: charló sin parar desgranando un sinfín de nociones básicas, haciendo especial hincapié en los rasgos distintivos de la flor de manchas de serpiente. Mientras hablaba, se detuvo de repente y clavó la mirada fijamente en las lejanas banderas de las farmacias. Bajo los estandartes de las farmacias, varios hombres avanzaron hacia lo más denso de la niebla. El de las gafas de oro se dirigió al grupo: "La gente de las farmacias ya está subiendo. Ha llegado la hora de movernos nosotros también". Qin el Gordo se disponía a lanzarse hacia adelante lleno de entusiasmo, pero el de las gafas de oro le advirtió de inmediato: "No los sigan demasiado de cerca. Al pie de la montaña, estos sujetos respetan las reglas para cuidar la reputación de sus farmacias. Pero una vez que estén allá arriba, son capaces de cualquier atrocidad. Recolectar flores es una faena extenuante; cosecharlas uno mismo jamás será tan rápido como arrebatárselas a otro". Al oír aquello, Qin el Gordo volvió a apretar con fuerza el mango del hacha, y las personas que los rodeaban se tensaron visiblemente. El de las gafas de oro concluyó diciendo: "Si confían en mí, formemos un grupo para acompañarnos; así podremos cuidarnos las espaldas los unos a los otros". \----- • Novela: El Señor de Puluo / 普罗之主 (Pǔluó Zhī Zhǔ) • Autor: Salagusi (沙拉古斯) • Traductor: Inmensurable 🚂 ¡Pasajero, deja tu reacción y comentario para alimentar las calderas del tren 1160! ¡Tu apoyo mantiene la presión de vapor al máximo para acelerar los próximos capítulos! ⚙️
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Estás leyendo el capítulo 28 de El Señor de Puluo (Novela), un novela. Para salvar la vida de un amigo, Li Banfeng —cuyo nombre se escribe con el carácter de "cumbre" y no de "locura", pues el médico aseguró que no está loco— aborda el tren de vapor 1160 con destino a la Provincia de… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Señor de Puluo (Novela) tiene 56 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.