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Leer El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 27 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Li Banfeng y Qin el Gordo cerraron el trato para aquel negocio, disponiéndose a subir a la Montaña de la Niebla Amarga a recolectar crisantemos de manchas de serpiente. Esa misma noche, Qin el Gordo regresó a empacar sus bártulos e invitó a Li Banfeng a pasar la noche en su casa, pero Li Banfeng declinó con amabilidad. Como cultivador de la Vía del Hogar, debía permanecer al menos dos horas diarias dentro de su residencia; esa era la regla de cultivo más elemental. Con el escarmiento de Qiao Yuesheng grabado en la memoria, Li Banfeng no se atrevía en lo más mínimo a quebrantar las normas. Ambos acordaron reunirse a las ocho de la mañana siguiente en el puesto de fideos. Sin embargo, Li Banfeng no poseía reloj de pulsera ni artefacto alguno para medir el tiempo, de modo que cuando llegó al establecimiento, ya casi daban las doce del mediodía. Tampoco se le podía culpar por dormilón; dentro de la Residencia Móvil no existía distinción entre el día y la noche, y la calidad del sueño resultaba, a decir verdad, insuperable. Qin el Gordo estaba sumamente angustiado: "Hermano Li, ¿cómo es que llegas a estas horas? Tenemos que darnos prisa e ir primero al Barranco Interior". "¿A qué vamos al Barranco Interior?". "A comprar algo contundente que nos sirva para defendernos". Li Banfeng no lo comprendía: "¿Acaso no vamos a subir a la montaña a recolectar hierbas medicinales? Con una pala y unos sacos de arpillera debería bastar, ¿no? ¿Para esas cosas hace falta ir hasta el Barranco Interior a comprarlas?". Qin el Gordo sacudió la cabeza: "No hay tiempo; te lo explicaré cuando lleguemos". Tras invitar a Li Banfeng a dos cuencos de fideos Yangchun, Qin el Gordo se zampó ocho por su cuenta para armarse de energías, y ambos partieron a la carrera rumbo al Barranco Interior. Li Banfeng corría empleando apenas un tercio de su fuerza, mientras que Qin el Gordo lo seguía a duras penas desde atrás. En cuanto un cultivador de la Vía de la Comida se llenaba la panza, tanto su velocidad como su resistencia superaban por mucho a las de un hombre ordinario, permitiéndole seguirle el paso a duras penas a un cultivador de la Vía del Viaje. La vez anterior, cuando recorrió el trayecto con paso pausado desde el Barranco Interior, Li Banfeng se había tomado más de medio día; ahora, haciendo el camino de vuelta a la carrera, se plantaron allí en menos de dos horas. Qin el Gordo estaba tan exhausto que ni hablar podía, y condujo a Li Banfeng directamente hacia la Calle del Arco Conmemorativo. Al pisar aquella calle, Li Banfeng sintió un ligero nerviosismo; la vieja mansión del Clan He se encontraba en las inmediaciones y Lu Xiaolan seguía dentro de la propiedad. Qin el Gordo desconocía los asuntos de la vieja mansión del Clan He; su destino era la Tienda de Ultramarinos Feng. El tendero del establecimiento barría los anaqueles con un plumero y, al ver entrar a la pareja, se apresuró a recibirlos con una sonrisa cortés: "Patrón Qin, qué poco se le ha visto últimamente. Y a usted, distinguido cliente, le agradezco que me favorezca de nuevo con su clientela". Reconocía a Qin el Gordo, pero también a Li Banfeng, quien aún llevaba puesta en la cabeza la chistera que le había comprado a él. Qin el Gordo no tenía ánimos para cortesías vanas y fue directo al grano: "Tendero Feng, ¿tiene algo contundente a mano? Me voy fuera a atender un negocio". Aparentemente, el asunto de Qin el Gordo no era propicio para ventilarse ante el mostrador. El tendero Feng llamó a un mozo para que vigilara la entrada y les dijo a Li Banfeng y a Qin el Gordo: "Pasen adentro a tomar una taza de té, por favor". Li Banfeng y Qin el Gordo siguieron al tendero Feng hasta la trastienda. La llamada trastienda albergaba todavía más estantes que la tienda principal, repleta de mercancías amontonadas en apretadas capas; de no haber sido por la mesita de té situada en el centro, no habría sido más que un almacén cualquiera. Los tres tomaron asiento junto a la mesita. El tendero Feng sirvió el té y preguntó en voz baja: "No me juzguen por entrometido, pero permítanme preguntar: ¿qué clase de negocio van a emprender ustedes dos?". "Montaña de la Niebla Amarga; a recolectar flores", respondió Qin el Gordo sin rodeos. El tendero Feng sopesó la respuesta por un instante y descolgó una pequeña hoz de uno de los estantes. La hoja no medía más de diez centímetros de largo, y el mango era todavía más corto, con las dimensiones justas para que cupiera en una mano. Qin el Gordo contempló aquella hoz diminuta, atónito durante un buen rato, antes de decir: "Tendero Feng, ¿para qué me saca esta hoz? Esta porquería no sirve ni para cosechar trigo". El tendero Feng también fingió desconcierto: "Patrón Qin, ¿no dijo usted que subía a la Montaña de la Niebla Amarga a cortar flores? Esta hoz viene que ni pintada para cosechar flores". Qin el Gordo frunció el ceño: "No lo he tratado a usted como a un extraño, ¡pero usted me está viendo la cara de tonto! Si quisiera comprar una hoz, ¿cree que me tomaría la molestia de venir a su tienda?". El tendero Feng exhibió un gesto de impotencia absoluta: "Patrón Qin, fue usted quien dijo que iba a cosechar flores, y yo le traje la herramienta adecuada para recolectarlas. ¿En qué he procedido mal?". Qin el Gordo se exasperó: "¿De verdad no lo entiende, o solo se está haciendo el desentendido? Las flores de la Montaña de la Niebla Amarga, ¿acaso se pueden cortar así como así?". El tendero Feng sacudió la cabeza una y otra vez: "Pues esta vez de verdad que no lo entiendo. Esta hoz, si la quiere, llévesela; y si no, déjela". Viendo la disputa entre ambos, Li Banfeng empezó a captar el trasfondo del asunto. Qin el Gordo sabía ciertas cosas sobre los secretos de la Montaña de la Niebla Amarga, pero no sabía demasiado. También conocía un poco las reglas del bajo mundo, aunque sus conocimientos eran muy limitados. Habiendo crecido en un orfanato y costeado sus estudios universitarios a base de trabajos esporádicos, Li Banfeng había tratado con infinidad de personas y vivido incontables situaciones; le bastó una mirada para percatarse de que el auténtico veterano de aquel bajo mundo era el tendero Feng. Li Banfeng se apresuró a mediar en la discordia y le dijo a Qin el Gordo: "Hermano, yo tampoco logro entenderte. A fin de cuentas, ¿qué es exactamente lo que quieres comprar?". Qin el Gordo frunció el ceño: "¡Armas!". "¿Y para qué quieres comprar armas?". Qin el Gordo se limitó a explicar con una sola frase: "Las flores son fáciles de recolectar; lo difícil es bajar de la montaña". Aquella única frase esclareció por completo el meollo del asunto. El crisantemo de manchas de serpiente era sumamente valioso; muchísimas personas deseaban subir a recolectarlo, y con toda seguridad abundaban quienes preferían arrebatárselo a otros por la fuerza. Qin el Gordo lo que pretendía era comprar un arma para defenderse. El tendero Feng, desde luego, comprendió la intención de Qin el Gordo, y le devolvió otra frase: "Con una hoz se baja fácil de la montaña; pero si llevas una Hoja del Dragón Verde, el camino se volverá escabroso". Li Banfeng preguntó: "¿Qué quiere decir con eso?". El tendero sonrió: "Quien lleva una hoz es un campesino; quien empuña una Hoja del Dragón Verde es el Señor Guan. Un campesino camina en silencio y, a lo sumo, se topa con un par de rateros de poca monta: un tajo certero y se acabó el problema. En cambio, si el Señor Guan avanza blandiendo la Hoja del Dragón Verde, tendrá que cruzar cinco pasos y degollar a seis generales. Y si uno carece de la destreza portentosa del Señor Guan, ¿cree acaso que podrá bajar de la montaña?". Mientras hablaba, el tendero acarició con el pulgar el filo de la pequeña hoz. Li Banfeng, que sabía reconocer la calidad, se percató al instante de que se trataba de una pieza excepcional. Li Banfeng intervino: "¿Cuánto cuesta esta hoja? Me la llevo". Qin el Gordo lo miró con los ojos desorbitados: "¿De qué sirve comprar semejante cosa? Vayamos a buscar a otra parte; me sobran contactos y sitios adonde acudir". El tendero Feng no intentó retenerlo: "Patrón Qin, en tal caso vaya a mirar a otros establecimientos. El tipo de armas que busca no las tengo aquí". Aquel tendero Feng era un buen hombre; no quería empujar a Qin el Gordo a la desgracia. Li Banfeng insistió en adquirir la pequeña hoz. El tendero pidió quinientos billetes, y Li Banfeng ni siquiera regateó; se dispuso a pedirle prestados los quinientos billetes a Qin el Gordo. A Qin el Gordo le dolió en el alma: "¿Por una cosucha como esta pides quinientos billetes?". El tendero Feng no tardó en advertir la precaria estrechez económica de Li Banfeng. Hacía unos días, cuando le indicó el camino, aquel muchacho le había comprado una chistera y un plumero de plumas de pollo; el tendero Feng lo recordaba con perfecta claridad: era un joven sensato y con la cabeza bien puesta. "Distinguido cliente, ¿cómo debería dirigirme a usted?". Li Banfeng respondió: "Mi apellido es Li; me llamo Li Qi". "Patrón Li, esta hoz se la dejo fiada. Ya me saldará la cuenta cuando regrese de recolectar las flores". '¿Dejármela fiada?'. Li Banfeng se quedó estupefacto. El tendero Feng mantuvo la sonrisa invariable: "Usted es de los que logran lo que se proponen; confío en su palabra". Li Banfeng le dio las gracias y aceptó la hoz. El Tendero Feng sacó de debajo del mostrador una pequeña palita de unos diez centímetros de largo y se la tendió a Li Banfeng: "Algunas flores enraízan hondo y cuesta recolectarlas. ¿Le parece adecuada esta palita?". Li Banfeng tomó la herramienta, examinó su forma, palpó el filo y preguntó: "¿Cuánto cuesta esta pala?". El Tendero Feng sonrió: "Por materiales y manufactura, esta pala supera a la hoz. En rigor, pedir ochocientos no sería caro; se nota que sabe apreciar las cosas buenas. Si le parece bien, por setecientos se la lleva". "Setecientos...". Li Banfeng vaciló un instante. El objeto era indudablemente bueno, pero seguir pidiendo fiado ya le parecía un abuso. El Tendero Feng, comprendiendo su aprieto, añadió: "Llévesela y pruébela primero. Si le acomoda la mano, me trae el dinero; si no le sirve, me la devuelve". Li Banfeng guardó la pala y quiso comprarle también unos sacos de tela. El Tendero Feng le dio únicamente dos: "Dos sacos le bastan y sobran. Esas flores son fáciles de cortar, pero bajarlas de la montaña es harina de otro costal". Li Banfeng aceptó el consejo. El Tendero Feng sonrió: "¿Hay algo más que desee comprar?". En la Residencia Móvil no había ventanas; no se veían ni el sol ni la luna, y no se distinguía el día de la noche. Li Banfeng quería comprar un reloj. El Tendero Feng sacó un reloj de bolsillo cuyo cuerpo era un par de vueltas mayor que una moneda de un yuan; su bruñida caja plateada reflejaba nítidamente las siluetas de las personas. ¡Clic! Abrió la tapa; sobre la esfera blanca resaltaban en relieve doce exquisitas marcas horarias. La corona —la clavija con la que se daba cuerda al reloj— se ubicaba en la posición de las doce. El Tendero Feng la sujetó entre las yemas de los dedos, le dio unas cuantas vueltas y tiró de ella hacia afuera dos posiciones. Li Banfeng conocía los relojes mecánicos: sin extraer la corona, servía para dar cuerda; si se tiraba de ella una posición, era para ajustar la hora, y con dos posiciones, para cambiar la fecha. Pero en esa esfera no había calendario alguno. '¿Para qué la ha sacado dos posiciones?'. \*Tic, tac, tic-tic, tac...\* El reloj de bolsillo comenzó a emitir la melodía de una cajita de música. 'Qué melodía tan familiar; parecía haberla escuchado antes en alguna parte. ¿Un centro comercial? ¿Un restaurante? ¿"¡Huésped distinguido al piso de arriba!"?'. Li Banfeng había trabajado a tiempo parcial en todos esos sitios; guardaba un recuerdo vivísimo de aquella tonada, pero seguía sin poder rescatar el título de su memoria. Hacía mucho que no escuchaba música. Aquel sonido le infundió una entrañable calidez en el pecho. "¿Cuánto cuesta este reloj?". El Tendero Feng lo sostuvo en alto por la leontina: "Un reloj de bolsillo del Estado de Cheman; si resulta falso, le devuelvo hasta el último centavo. Dos mil doscientos. Este sí que no puedo fiárselo". Li Banfeng sintió la tentación, pero el precio dejaba boquiabierto a cualquiera. Qin el Gordo soltó con impaciencia: "¡¿Para qué sirve comprar esa porquería?! ¡Mejor comprar un reloj de pared!". El Tendero Feng sonrió y no dijo nada. Qin el Gordo lo apremiaba para marcharse cuanto antes. Li Banfeng barrió con la mirada los estantes para ver si quedaba algo útil, y de pronto su vista se detuvo en un objeto singular. Era un mueble de madera, un gabinete de caoba de corte antiguo, de tamaño equivalente a dos mesitas de noche apiladas. Sobre el mueble descansaban tres flores metálicas en forma de corneta. Para ser exactos, no eran flores, sino tres bocinas: una enorme, cuya abertura superaba el tamaño de una bandeja, y otras dos mucho más pequeñas, con aberturas semejantes a un puño. "¿Esto es un tocadiscos eléctrico?". A Li Banfeng se le iluminaron los ojos. Lo había visto en la televisión: una máquina que reproducía música a partir de discos. "¿Tocadiscos eléctrico?". El Tendero Feng negó con la cabeza. "Esto no se llama tocadiscos eléctrico". 'El nombre no importa. Si hay un tocadiscos eléctrico, significa que hay electricidad. Con electricidad se puede cargar el teléfono. Y si cargo el teléfono, ¡este mundo será perfecto! Aunque no haya señal, al menos no tendré que comprar un reloj'. Pero la respuesta del Tendero Feng lo decepcionó por completo: "Por aquí no hay nada que use electricidad. Esto es un gramófono; no lleva corriente". Li Banfeng no lograba comprenderlo: si no funcionaba con electricidad, ¿cómo rayos podía emitir sonido? Solo en ese instante aprendió que los fonógrafos más primitivos no tenían la menor relación con la electricidad ni con el magnetismo; únicamente dependían de dos elementos: la aguja y el disco. El Tendero Feng colocó un disco de baquelita sobre el plato del aparato, abrió un cajoncito situado en la parte inferior del mueble, extrajo una manivela, la encajó en el lateral y la hizo girar con fuerza más de una docena de vueltas. Le estaba dando cuerda al mecanismo. Una vez tensado el resorte al máximo, empujó una palanquita de liberación y el disco comenzó a girar con rapidez sobre el plato. El Tendero Feng posó con cuidado la aguja sobre el surco del disco, y una voz cantarina, acompañada de sutiles chasquidos de estática, flotó a través de la enorme bocina: "Las nubes flotantes se dispersan, la luna clara alumbra al mortal, dichosa y plena es la reunión, hoy nos embriagamos hasta el final...". \*Luna llena y flores hermosas\*. Aquel antiguo gramófono se basaba en un principio mecánico en extremo sencillo. El disco poseía surcos de profundidades variables; tales ondulaciones habían sido grabadas por una aguja que vibraba al compás de la voz y la melodía durante la ejecución original. Ahora, al hacer que la aguja recorriese de nuevo aquellos surcos labrados en la superficie, la fricción resultante reproducía las vibraciones y resucitaba el canto de antaño. Ese era el principio acústico fundamental del gramófono. No podía afirmarse que la fidelidad del sonido fuera óptima; más bien resultaba áspera y llena de crujidos. Sin embargo, a Li Banfeng le fascinó la pieza, y la escuchó sumido en un deleite absoluto. Por desgracia, la duración era muy breve. En menos de tres minutos, la aguja llegó al final del surco, la cuerda agotó su tensión y el disco se detuvo por completo. Qin el Gordo torció el gesto con desdén: "¿Qué tiene esto de bueno? Para oír una simple canción hay que estar dándole a la manivela una eternidad. ¡Menuda faena más inútil!". "Si no desea darle cuerda, también es posible escuchar música". El Tendero Feng tomó un nuevo disco y lo acomodó sobre el plato giratorio. A continuación, trajo una taza de hierro y vertió dos porciones de agua dentro de una de las bocinas pequeñas que flanqueaban a la mayor. El Tendero Feng encendió un fósforo y abrió una compuerta situada en la esquina inferior derecha del mueble. Tras la portezuela se ocultaba un compartimento secreto en cuyo interior descansaba una caja de hierro fija. La caja contenía una masa de grasa densa, en cuyo centro se erguía una mecha gruesa. Al prender la mecha, una llamarada intensa inundó de resplandor todo el compartimento. Li Banfeng ignoraba de qué clase de combustible o manteca se trataba, pero incluso manteniéndose a buena distancia se percibía una temperatura sofocante. ¡Chss! ¡Chss! ¡Chss! La bocina pequeña situada a la derecha comenzó a escupir nubecillas de vapor con una cadencia rítmica. La pequeña de la izquierda servía para abastecer de agua, mientras que la pequeña de la derecha funcionaba como escape de vapor. '¿Qué clase de maniobra es esta? ¿Acaso pretende decir...?'. El disco empezó a rotar con suavidad sobre el plato. '¿Un gramófono impulsado por un motor de vapor? ¿Qué clase de maquinaria tan precisa es esta?'. Li Banfeng abrió los ojos de par en par; los conocimientos científicos que había recibido a lo largo de más de una década de educación formal sufrieron, una vez más, un colapso estrepitoso. Tras esperar cerca de un minuto, cuando la velocidad de rotación del disco alcanzó una estabilidad perfecta, el Tendero Feng depositó la aguja sobre el surco. "Vuelan lejos las mariposas, el corazón ya no está aquí, en la desolada y larga noche, ¿quién vendrá a enjugar las lágrimas que cubren mis mejillas?...". \*Hierbas silvestres y flores ociosas renacen con la primavera\*. 'Qué melodía tan hermosa'. \----- • Novela: El Señor de Puluo / 普罗之主 (Pǔluó Zhī Zhǔ) • Autor: Salagusi (沙拉古斯) • Traductor: Inmensurable 🚂 ¡Pasajero, deja tu reacción y comentario para alimentar las calderas del tren 1160! ¡Tu apoyo mantiene la presión de vapor al máximo para acelerar los próximos capítulos! ⚙️
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Estás leyendo el capítulo 27 de El Señor de Puluo (Novela), un novela. Para salvar la vida de un amigo, Li Banfeng —cuyo nombre se escribe con el carácter de "cumbre" y no de "locura", pues el médico aseguró que no está loco— aborda el tren de vapor 1160 con destino a la Provincia de… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Señor de Puluo (Novela) tiene 56 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.