arrow_back

Leer El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 26 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Sentado dentro de la Residencia Móvil, Li Banfeng hizo un balance exhaustivo de la serie de actos desquiciados que acababa de cometer. Había atacado a gente del Buró Estrella Oscura. Aunque no tenía la menor idea de qué clase de organismo se trataba, el simple hecho de llevar la palabra "buró" en el nombre indicaba que guardaba relación con las autoridades oficiales. Había llegado a un lugar inverosímil y, de manera inexplicable, se había convertido en un usuario de energía oscura. Si hubiese sido un usuario de energía oscura ordinario, todavía tendría un pase, pero encima había emprendido el cultivo simultáneo de dos sendas del Dao por completo incompatibles entre sí. ¿Qué debía hacer a continuación? ¿Regresar a Yuezhou? ¿Ir a buscar a He Jiaqing a su cama de hospital? ¿Y con qué dinero compraría el billete de tren? La billetera, la camisa, los pantalones de vestir y los zapatos de cuero se habían quedado en la vieja mansión, y a Li Banfeng le resultaba imposible volver a recogerlos. Todas las pertenencias que poseía en ese momento se reducían a un sombrero de fieltro, un gorro de montaña, un pijama, una camiseta, un pantalón deportivo, un par de zapatillas de deporte, dos paquetes de fideos instantáneos, una caja de patatas fritas, un poco más de una bolsa de tiras picantes y el loto de bronce de He Jiaqing. ¿Vender el loto de bronce a cambio de un billete para volver a Yuezhou? La cuestión era: ¿cuánto valía ese loto de bronce? Venderlo al peso como chatarra de cobre probablemente no sería muy apropiado. Y de no vender el loto de bronce, ¿qué comería a partir de ese instante? No llevaba encima ni un solo centavo. Li Banfeng pasó la noche durmiendo en la Residencia Móvil. El habitáculo era sumamente silencioso; apenas se percibía el más mínimo ruido del exterior. Aunque carecía de ventanas, el aire se mantenía bastante fresco y, salvo por el polvo acumulado tras años de abandono, no había ningún otro olor. Lo que arrancó a Li Banfeng de su sueño fueron el hambre y la sed. El día anterior solo se había llevado a la boca un paquete de fideos instantáneos y casi no había probado el agua. Al palpar de nuevo sus provisiones y sacar otro bloque de fideos, no supo cómo se lo tragaría. Masticarlo en seco quedaba totalmente descartado. Li Banfeng abandonó la Residencia Móvil, regresó al callejón, guardó bien la llave, buscó una casa vecina y llamó a la puerta principal. Aunque se había criado en un orfanato y había pasado innumerables penurias, pedir agua por caridad... todavía le resultaba un trago difícil de articular. "Disculpe, buena mujer, ¿sería tan amable de darme un cuenco de agua? No pido comida, solo un cuenco de agua". Li Banfeng recalcó una y otra vez que no pedía comida, y la mujer, en efecto, le ofreció un cuenco de agua; sin embargo, la mirada con la que lo observó hizo que Li Banfeng sintiera como si le clavaran docenas de espinas en la cara. Por ahora mendigaba agua, pero ¿cuánto faltaba para que tuviera que mendigar comida? Apenas le quedaban dos raciones de fideos instantáneos. Tenía que encontrar la forma de ganarse la vida. Un caminante de la Vía del Viaje debía recorrer al menos veinte li al día. Li Banfeng se comió un bloque de fideos deshidratados y comenzó a deambular por las calles del Barranco Interior. "¡Extra, extra! ¡La segunda señorita del clan Chu intentó asesinar a su esposo en su noche de bodas y huyó por temor al castigo! ¡La familia del marido ofrece una recompensa de tres millones! ¡Señor, cómpreme un periódico! ¡Edición extraordinaria de hoy, una noticia descomunal por solo cincuenta centavos!". Cincuenta centavos... que, por desgracia, tampoco tenía ni por asomo. Li Banfeng dedicó una sonrisa al repartidor de periódicos. '¿Y si me pongo a vender periódicos contigo?', pensó. Pero encontrar trabajo vendiendo periódicos tampoco era nada fácil; había demasiados chiquillos que dependían de ese oficio para llevarse algo a la boca. Además, Li Banfeng no conocía los entresijos del mercado de la prensa ni dominaba las mañas del pregón. En sus recuerdos, los periódicos en papel eran algo que se había desvanecido de la vista del público general hacía ya una década. En el pueblo dio con dos establecimientos que solicitaban peones: una mueblería y una tienda de arroz. Las pretensiones de Li Banfeng no eran altas; le bastaba con hacer trabajillos temporales unos pocos días para reunir el importe del billete de tren. Sin embargo, ninguno de los dos locales lo contrató debido a su estrafalaria vestimenta. Una camiseta de manga corta combinada con un sombrero de fieltro no le parecía tan extravagante a él, pero los tenderos consideraron que no tenía trazas de ser una persona decente. Al llegar el mediodía, el estómago le rugió de nuevo. Li Banfeng volvió a pedir un cuenco de agua y se comió otro bloque de fideos; a partir de ese momento, su sustento quedó reducido a una simple caja de patatas fritas. Qué difícil resultaba todo. Era difícil de verdad. Al serle imposible encontrar empleo en el Barranco Interior, Li Banfeng caminó sin detenerse hasta los confines del pueblo y enfiló hacia el Barranco Exterior. La superficie del Barranco Exterior era mucho más vasta que la del Barranco Interior. Y sus circunstancias, por descontado, eran muchísimo más complejas. Siguiendo el camino de tierra hacia las afueras, Li Banfeng contempló a campesinos entregados a las labores del campo, caseríos de techos bajos y bosques de montaña donde no se divisaba alma humana en varios li a la redonda. Caminó sin tregua hasta el atardecer. Hacía rato que el último paquete de fideos se había digerido por completo, y las patatas fritas también se habían terminado. La única buena noticia fue que Li Banfeng sintió un temblor rítmico en su mente. Se trataba de la percepción especial de los cultivadores, un recordatorio que le advertía de que ya había cubierto los veinte li: el cultivo fundamental del día para la Vía del Viaje estaba cumplido con creces. La Vía del Hogar ofrecía una percepción similar, aunque de naturaleza bastante más apacible. Cada vez que permanecía al menos dos horas dentro de la Residencia Móvil, Li Banfeng experimentaba una reconfortante oleada de frescura y serenidad. Más adelante vio una casa de comidas. Era una fonda minúscula: cinco mesas dispuestas en una ennegrecida choza de tejas, con un cartel pegado junto a la entrada que anunciaba que buscaban a un ayudante. Li Banfeng pensaba acercarse a probar suerte, cuando de repente oyó que alguien lo llamaba desde el interior: "¡Hermano Li! ¡Eres tú, ¿verdad?!". Li Banfeng volvió la cabeza y vio a un muchacho gordinflón entregado a un cuenco de fideos. Sobre su mesa reposaban tres cuencos colmados y otros tres ya vacíos. ¡Qin el Gordo! Li Banfeng se quedó atónito. Qin el Gordo lo saludó con un gesto de la mano: "¡Hermano Li, ven a sentarte! Qué casualidad tan grande, ¿también te gusta este sitio? A mí me fascina, la comida aquí es baratísima y sirven raciones de verdad". Li Banfeng prefirió ser directo y hablar con la verdad por delante: "Hermano Qin, no te lo voy a ocultar: no he venido a comer. Vi el cartel de la puerta donde piden personal y vine a buscar trabajo". Qin el Gordo se quedó perplejo: "¿Buscar trabajo en una fonda? ¿Qué clase de ocurrencia es esa?" Li Banfeng puso cara de amargura: "No me queda de otra; no llevo encima ni una mísera moneda. ¡Estoy a un paso de tener que pedir limosna!" Qin el Gordo era un muchacho leal y generoso. Dándose una palmada en el pecho, exclamó: "¡Mozo, sírvenos otros dos tazones de fideos! Hermano Li, si no le haces ascos, ¡vamos comiendo!" A Li Banfeng le dio un poco de vergüenza. Apenas se acababan de conocer por azares del destino; ¿por qué habría de comer a costa ajena? "¡Si no comes, es que me estás despreciando!" Qin el Gordo arrastró una silla y tiró de Li Banfeng para sentarlo. Al poco rato, les sirvieron dos humeantes tazones de fideos Yangchun. Para un Cultivador de la Comida, engullir dos kilos y medio diarios de comida y zamparse cinco tazones de fideos por sentada era la rutina más elemental de su existencia. Li Banfeng también estaba muerto de hambre. Aquellos fideos Yangchun no llevaban ni pizca de carne: apenas medio tazón de caldo sustancioso, una cucharada de salsa de soya y dos cogollos de col china; sin embargo, a Li Banfeng le parecieron el manjar más exquisito que jamás hubiera probado. En un abrir y cerrar de ojos, los dos tazones desaparecieron garganta abajo. Qin el Gordo pagó la cuenta y le dijo a Li Banfeng: "Hermano Li, aquí hay demasiados ojos indiscretos. Busquemos un rincón apartado para hablar." Ambos salieron de la fonda y encontraron un paraje tranquilo junto a la linde de un bosquecillo. Qin el Gordo bajó la voz y preguntó: "Hermano, ¿ya franqueaste la puerta?" "La franqueé", asintió Li Banfeng. Qin el Gordo redujo aún más el tono: "¿En cuál senda entraste?" El muchacho era sincero de corazón y, dado que Li Banfeng ya conocía su vía daoísta, no decirle la verdad en ese instante habría carecido de lealtad. "Entré a la Vía del Viaje." De la Vía del Hogar, Li Banfeng no soltó palabra; era un asunto enrevesado, imposible de explicar con claridad y que no debía divulgarse a la ligera. Qin el Gordo se rascó una mejilla: "Por lógica, a un Cultivador del Viaje jamás le falta sustento: mensajería, escolta, guardaespaldas... o, en el peor de los casos, tirar de un rickshaw." Li Banfeng sonrió; la verdad era que sí se le había pasado por la cabeza tirar de un carricoche. Ya se había informado: como Cultivador del Viaje, de ponerse a jalar un rickshaw, entraría en la categoría de los tiradores con ruedas de fuego; ganar unos cientos de billetes por viaje le resultaría de lo más sencillo. ¡En especial con su sombrero de montañismo, que le daba un aire formidable de tirador de carricoche! Pero para tirar de un rickshaw primero había que tener el vehículo, y Li Banfeng no lo tenía. Sin vehículo propio podía alquilar uno, pero hacía falta un depósito de fianza, y él no tenía con qué cubrirlo. Además, los cocheros necesitaban una licencia oficial, y Li Banfeng no la conseguiría a corto plazo. Y lo más importante de todo: para tirar de un carricoche había que conocer las rutas, y Li Banfeng no conocía los caminos. Los Cultivadores del Viaje poseían el don innato del reconocimiento de senderos, pero él ignoraba hasta los topónimos más elementales de la región, lo que a todas luces no cumplía con los requisitos profesionales básicos del oficio. Al ver que Li Banfeng guardaba silencio, Qin el Gordo sonrió disculpándose: "Culpa mía por no saber hablar. ¿Qué clase de figuras somos nosotros dos para andar metiéndonos al oficio de tirar carricoches? Hermano Li, tengo entre manos un pequeño negocio; no deja una fortuna, pero alcanza de sobra para salir de un apuro económico. Todo depende de si estás dispuesto a participar." "Hermano, si he tenido que ir a una fonda a pedir faena a cambio de comida, ¿cómo voy a ponerme con exigencias? Lo único es que, si hablas de hacer negocios, yo no cuento con capital." "No hace falta capital; este es un negocio sin inversión previa. El capital es esta mismísima vida nuestra. La Montaña de la Niebla Amarga, ¿has oído hablar de ella?" '¿La Montaña de la Niebla Amarga?' Li Banfeng sacudió la cabeza: "Nunca la he oído nombrar." Qin el Gordo explicó: "En todo el Barranco del Rey de la Medicina no hay quien no conozca la Montaña de la Niebla Amarga. Esa montaña permanece cubierta todo el año por una bruma espesa cargada de un veneno fulminante; cualquier mortal común que suba tiene la muerte asegurada." Li Banfeng frunció el ceño. Aquello era lisa y llanamente una cámara de gas natural: "¿Y qué clase de negocio se va a hacer allí?" "El crisantemo de manchas de serpiente de la Montaña de la Niebla Amarga, ¿has oído hablar de él?" Li Banfeng volvió a negar con la cabeza; por descontado que no lo había escuchado en su vida. Qin el Gordo alzó un poco la voz: "Ese crisantemo florece una sola vez al año, y su floración dura apenas un día. Es el ingrediente principal para refinar las Píldoras de Manchas de Serpiente; una sola de esas píldoras equivale a descontar un día entero de cultivo. ¿No te lo dije antes? Se necesitan diez años de disciplina para ascender un nivel de cultivo, pero si tomas una Píldora de Manchas de Serpiente al día, equivale a cultivar una jornada adicional; calculándolo así, ¡en cinco años podrías subir un nivel entero! Pasado mañana es justamente el día de floración del crisantemo de manchas de serpiente, y varias boticas ya fijaron el precio: ochenta y cinco billetes por ejemplar. En la Montaña de la Niebla Amarga, si una persona común tiene buena suerte, puede encontrar dos o tres tallos en una hora; en diez horas daría con veinte o treinta, con lo que se embolsaría dos mil billetes limpios. Tú eres un Cultivador del Viaje y tienes buenas piernas: en diez horas, tirando por lo bajo, te sacarías tres mil billetes, y hasta cinco mil si la suerte te acompaña. Este negocio, ¿cómo lo ves?" Tres mil billetes... El pasaje de tren quedaba más que resuelto, y al volver a Yuezhou aún le alcanzaría para vivir con holgura un par de días. ¡Era un negocio que valía la pena hacer! Li Banfeng estuvo a punto de aceptar, pero al pensarlo mejor, dijo: "Un momento, algo no cuadra. Si esa niebla contiene un veneno letal, ¿subir a recolectar hierbas no equivale a un suicidio?" Qin el Gordo replicó: "Para la gente común ir allá es buscarse la muerte, ¡pero nosotros no somos comunes! Poseemos cultivo y nuestro cuerpo es muy superior al de cualquier mortal. Un Cultivador del Viaje como tú aguantará diez horas en la montaña sin pestañear; apretando los dientes, soportarías quince. Al descender, te pasas un día vomitando hasta quedar bien purgado, descansas otro par de jornadas y listo. Yo soy Cultivador de la Comida: bien comido y bebido, aguantar veinte horas en esa montaña no me cuesta nada." ¡Aquel negocio de verdad requería poner el pellejo como capital de inversión! Li Banfeng sopesó las ganancias y asintió: "Hermano, este trato lo acepto." Qin el Gordo rio con satisfacción: "¡Tú corres rápido y yo resisto el castigo! ¡En este negocio, nosotros dos nos llenamos los bolsillos seguro!" \----- • Novela: El Señor de Puluo / 普罗之主 (Pǔluó Zhī Zhǔ) • Autor: Salagusi (沙拉古斯) • Traductor: Inmensurable 🚂 ¡Pasajero, deja tu reacción y comentario para alimentar las calderas del tren 1160! ¡Tu apoyo mantiene la presión de vapor al máximo para acelerar los próximos capítulos! ⚙️
El Señor de Puluo (Novela)

Continúa leyendo

El Señor de Puluo (Novela)

Capítulo 27

Siguiente Capítulo ›

El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 26

Estás leyendo el capítulo 26 de El Señor de Puluo (Novela), un novela. Para salvar la vida de un amigo, Li Banfeng —cuyo nombre se escribe con el carácter de "cumbre" y no de "locura", pues el médico aseguró que no está loco— aborda el tren de vapor 1160 con destino a la Provincia de… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Señor de Puluo (Novela) tiene 56 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.