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Leer El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 16 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Cultivador de la Tierra, Cultivador del Placer, Cultivador de la Comida, Cultivador del Viaje, Cultivador del Hogar... Términos que Li Banfeng jamás en su vida había escuchado. Y ahora, sin preámbulos, se le exigía tomar una decisión inmediata entre ellos. Qiu el Mono depositó el cuerpo inmóvil de Li Banfeng en el suelo, recostándolo contra el tronco del sauce: "Ahora mismo es incapaz de moverse; sírvele primero un cuenco de la Decocción para Devolver el Alma". "¿Servirle por la cara?", el buhonero sacudió la cabeza con desdén. "En mi tienda no se regala absolutamente nada". Qiu el Mono se palpó el bolsillo interior de la chaqueta del traje: "Yo pagaré la medicina. Hoy no llevo encima suficiente dinero en efectivo; apúntalo en mi cuenta". El buhonero sacó una cazuela de barro de la balda inferior del arcón rodante, añadió hierbas secas, vertió la medida exacta de agua, encendió un lecho de ascuas de carbón y comenzó a hervir el brebaje. "Dime, Qiu el Mono, ¿qué relación te une a este mocoso? ¿A qué viene tanta generosidad?", inquirió el buhonero mientras abanicaba las brasas con lentitud rítmica. "Me dio comida", se limitó a responder Qiu el Mono con parquedad. El buhonero volvió a la carga: "¿Y quién va a apoquinar la plata del polvo medicinal de iniciación?". "La pagaré yo", sentenció Qiu el Mono. "Puede elegir la Puerta Daoísta que mejor le plazca". Dicho esto, Qiu el Mono extrajo una mano izquierda del bolsillo de su pantalón; una mano a la que le faltaba casi la mitad de la carne devorada a mordiscos. ¡Conque era él! Li Banfeng sintió una revelación súbita: aquel hombre larguirucho llamado Qiu el Mono era el mismo sujeto que había llamado con exquisita educación a la puerta de su camarote en mitad de la noche para mendigar sustento. En aquel momento, el hombre hablaba en un susurro tan apagado que Li Banfeng había sido incapaz de asociar el timbre de voz. Él solo le había entregado dos vasos de fideos instantáneos que le sobraban... ¡y a cambio, aquel desconocido acababa de salvarle la vida de las garras de la muerte! "¿Tienes emplastos medicinales a mano? Ayúdame a pegarme la mano de vuelta", dijo Qiu el Mono tendiéndole la extremidad cercenada al buhonero. Al inspeccionar el estado deplorable del muñón, el buhonero frunció el ceño con pocas ganas de complicarse la vida: "¿Acaso no tienes amistad íntima con el médico milagroso del Barranco del Rey de la Medicina? Ve a que te la cosa él; sus técnicas quirúrgicas son incomparables". En un principio, la intención de Qiu el Mono había sido acudir a la clínica de dicho facultativo; pero habiéndose cruzado de bruces con el carretón del buhonero, prefirió ahorrarse una deuda de gratitud con el médico. Los favores personales costaban un mundo devolverlos; los precios del buhonero, en cambio, eran claros y contantes. Qiu el Mono sonrió con serenidad: "Ya que estamos aquí mismo, prefiero que te encargues tú". "¡Mira en qué facha traes la mano y encima me vienes con exigencias!", refunfuñó el buhonero mientras revolvía entre los frascos y apósitos del mueble de madera. "¡Dios sabe cuántos parches de brea voy a tener que gastar en esta carnicería! La próxima vez dile a tu mujer que se conforme con roer un poco de pellejo para engañar al estómago, ¡pero que no se coma los tendones!". Medio tendido contra las raíces del sauce, Li Banfeng observó atónito cómo el buhonero extraía varias láminas oscuras de emplasto medicinal. Fue entonces cuando Qiu el Mono sacó por primera vez su brazo izquierdo del bolsillo del pantalón. Para ser rigurosos, carecía de mano: lo que asomaba por el puño de la camisa no era más que un muñón limpio y truncado a la altura de la articulación. "¡Cuádralo tú mismo primero!", ordenó el buhonero poniendo a calentar los parches negros sobre el fuego de carbón. Qiu el Mono agarró su mano amputada con la diestra e hizo coincidir las facetas del hueso y la carne con absoluta precisión sobre el corte del antebrazo. Una vez ablandado el ungüento térmico, el buhonero se acercó y comenzó a envolver con fuerza las tiras adhesivas alrededor de la juntura. Le dio varias vueltas superpuestas, como si estuviera pegando un pedazo de tubería con cinta de carrocero. ¿Pegada? ¿Así sin más? ¿Acaso semejante chapuza podía funcionar? Aunque Li Banfeng había presenciado ya un sinfín de fenómenos inconcebibles a lo largo del trayecto, tratar una amputación traumática de esa manera le parecía una tomadura de pelo de proporciones bíblicas. '¡Por los clavos de Cristo, si vas a pegar una mano como si fuera papel, al menos escúpale un poco de saliva para que agarre mejor!'. Aquella escena hizo que Li Banfeng temiese seriamente por su propia vida. En estos momentos su frecuencia respiratoria apenas alcanzaba cuatro o cinco bocanadas por minuto, y los latidos de su corazón no pasaban de una veintena. Un segundo... ¿acaso el dedo meñique de Qiu el Mono se había movido? '¿Será una ilusión óptica provocada por la falta de oxígeno?'. No era ninguna ilusión. No solo el meñique: los cinco dedos de Qiu el Mono, incluido el anular que estaba mondado hasta el hueso pelado, comenzaron a flexionar suavemente las falanges. ¡De verdad se había soldado al cuerpo! "¡Acabo de pegártela, no te pongas a moverla como un loco!", le espetó el buhonero mientras espolvoreaba unos polvos cicatrizantes sobre la piel amoratada y vendaba la mano entera con varias capas de gasa estéril. "Diez días sin tocar una sola gota de agua y un mes entero sin retirar los emplastos. ¡Y el mes que viene, cuando nos crucemos de nuevo, asegúrate de traer la plata para saldar la cuenta!". Qiu el Mono asintió en silencio, subió al rickshaw y se marchó a toda velocidad. ¡Se había marchado! '¿Y qué pasa conmigo?'. Li Banfeng contempló al buhonero con el alma en vilo. El vendedor ambulante comprobó la cocción, tomó un trapo grueso para no quemarse y retiró la cazuela de barro de las ascuas, vertiendo el líquido humeante en un cuenco rústico. "Muchacho, hora de tomarse la medicina", dijo el buhonero encajándole sin contemplaciones un embudo de metal directamente en la boca. Sosteniendo el cuello del embudo con una mano, vació el brebaje hirviente con la otra. Un torrente ardiente descendió como lava por el esófago de Li Banfeng hasta aposentarse en su estómago. De inmediato, un sopor abrumador le cerró los párpados y se quedó profundamente dormido. Una hora después, Li Banfeng abrió los ojos. ¡Podía volver a mover los brazos y las piernas! A escasos metros, el buhonero atendía a un nuevo cliente: un joven regordete de unos dieciocho o diecinueve años que se disponía a comprar polvos medicinales. Aquel muchacho medía aproximadamente un metro setenta y pesaba con holgura otros tantos kilos; sus mejillas eran tan esféricas y carnosas como su propia barriga. Entornando sus diminutos ojos rasgados con una solemnidad cómica, proclamó su veredicto: "¡Cultivador de la Comida! ¡Elijo esa!". "¡Bien!", aprobó el buhonero. Abrió uno de los pequeños cajones del nivel superior del arcón y, con una diminuta cucharilla de madera labrada, extrajo una porción exacta de polvo blanquecino, la envolvió en un pliego de papel de estraza y se la entregó al gordo. El muchacho desembolsó sesenta mil yuanes en billetes del Estado de Huan y, tras desenvolver el paquete, se disponía a tragarse el polvo de un bocado cuando el buhonero pegó un grito: "¡Alto ahí!". El gordito abrió los ojos con indignación: "¡¿Qué pasa ahora?! ¡Ya he pagado! ¿Acaso pretendes inflar el precio sobre la marcha?". El buhonero lo midió de arriba abajo sin dignarse a contestar. Detrás del muchacho aguardaba un caballero de aspecto distinguido que también venía a adquirir género. Al presenciar la escena, soltó una carcajada burlona: "Vaya ignorante... ¡si el buhonero te acaba de salvar el pellejo!". Aquel hombre rondaba la veintena, lucía un sombrero de ala elegante, traje sastre impecable con chaleco a juego y corbata de seda; sus facciones eran sumamente atractivas y aristocráticas, y a sus espaldas aguardaban cinco guardaespaldas de uniforme y un cochero privado. A leguas se notaba que procedía de una cuna de alta alcurnia. El muchacho se volvió hacia él con el ceño fruncido: "¡He pagado mi dinero legalmente! ¿Por qué demonios no puedo tragarme mi medicina?". El joven noble lo miró con condescendencia: "¿Tragártela? ¿Acaso crees que eso es un caramelo? Este es un reactivo de inducción espiritual purificado con la sangre y el sudor de incontables generaciones de sabios pioneros; su potencia es tan devastadora que si te lo echas al coleto sin más, ¡te perforará las entrañas de parte a parte antes de que puedas pestañear!". El buhonero cerró el cajón y aclaró con sequedad: "Este compuesto se unta sobre la piel; no se ingiere jamás". El gordito se quedó de piedra con el sobrete en la mano: "¿Y dónde se unta?". "En cualquier parte donde haya carne viva", zanjó el buhonero. "Donde mejor te convenga". El joven aristócrata le regaló un consejo práctico: "Elige la zona donde tengas más tocino acumulado: el escozor es insoportable. Conocí a una damisela que se lo aplicó en la rabadilla, en una nalga rolliza de más de un palmo de espesor... ¡y aun así estuvo tres semanas sin poder dar un paso del dolor!". "¡El dolor no me da miedo a mí!", resopló el gordo. Se levantó la camisa exhibiendo una panza lechosa y oronda, y le preguntó al buhonero: "En cuanto me unte esto, ¿ya seré un Cultivador de la Comida de primer nivel, verdad?". El buhonero sacudió la cabeza con desgana: "Vuelves a equivocarte. Este polvo solo sirve para franquearte la entrada por la Puerta de la Iniciación; no te eleva de nivel en absoluto". El muchacho estalló en quejas: "¿Pero esto qué estafa es? Con lo carísima que es la medicina, ¿y ni siquiera te sube al primer peldaño?". El buhonero cerró el expositor, cansado de dar explicaciones elementales. El joven noble perdió la paciencia: "¡Si no tienes ni la más remota idea de cómo funciona el mundo, búscate a alguien que te ilustre en lugar de venir a hacer el ridículo aquí en público! Esto es un polvo para abrir la senda; alcanzar un peldaño de poder jamás ha sido un camino de rosas. ¡Para llegar al primer nivel tienes que superar la prueba de transición!". El gordito parpadeó confuso: "¿Qué clase de prueba?". El joven aristócrata hizo memoria: "En la Vía de la Comida... si mal no recuerdo, consistía en hartarse a comer...". El buhonero intervino con precisión técnica: "Para coronar el primer peldaño de la Vía de la Comida, el postulante debe engullir veinte libras de viandas y comida en una sola toma". "¿Veinte libras de comida...?", el gordito tragó saliva con angustia. "Y... ¿de cuánto tiempo se dispone para una sola toma? Si me paso el día entero comiendo sin parar, ¿cuenta como una toma?". El buhonero se burló: "¿En qué mundo vives? Una sola toma equivale a un intervalo de una hora. Pasados sesenta minutos de reloj, la prueba queda invalidada". Al escuchar semejante exigencia, al muchacho le cayó un jarro de agua fría: ¡¿cómo demonios iba a meterse diez kilos de comida entre pecho y espalda en tan solo una hora?! Al ver que el aspirante dudaba enmudecido, el buhonero hizo un rápido pase de dedos y el fajo de sesenta mil yuanes volvió a materializarse en su palma: "Si te has arrepentido, todavía estás a tiempo: te devuelvo tu plata íntegra". El gordito apretó los dientes, tomó aire y se estampó el polvo medicinal de golpe contra el centro del vientre. En cuanto el polvo entró en contacto con la dermis, fue absorbido y desapareció como si jamás hubiese existido. El rostro del muchacho se puso lívido de inmediato; tambaleándose sobre piernas temblorosas, caminó hacia el sauce y se desplomó al lado de Li Banfeng. "¡Aaaayyy, Dios santo! ¡Cómo arde, me cago en diez!". "¿Tanto duele?", preguntó Li Banfeng movido por la curiosidad. "¡Duele más que si te pasaran una plancha al rojo vivo! ¡No puedo más, me voy a desmayar!", gemía el gordito mientras la grasa de sus mejillas temblaba con espasmos incontrolables. El joven noble observó el suplicio del muchacho con una mezcla de respeto y aprensión en el semblante. "De todos modos hay que pasar por el trance tarde o temprano, ¡así que al toro por los cuernos!", murmuró el aristócrata acercándose al puesto. "Dame los polvos de la Vía del Placer". El buhonero lo escudriñó con ojo crítico: "No parece que te falte la fortuna en la vida; ¿por qué demonios has escogido la Vía del Placer?". El joven sonrió con desenvoltura: "Porque es la única senda que comulga plenamente con mis inclinaciones naturales". El buhonero soltó una carcajada: "Podrías elegir la Vía del Hogar: tumbarte a la bartola en tu mansión y ver crecer tu cultivo sin mover un dedo. ¿No te parece más cómodo?". El joven negó con firmeza: "Soy un espíritu inquieto; no sirvo para quedarme encerrado entre cuatro paredes. ¡No le des más vueltas, quiero la Vía del Placer!". El buhonero le advirtió con tono severo: "Te recuerdo el peaje: para ascender al primer peldaño de la Vía del Placer, debes consumar el acto diez veces al día, sin fallar una sola jornada, durante dos meses consecutivos. Solo entonces coronarás el nivel". ¿Diez veces al día? Li Banfeng se quedó boquiabierto, mudo del asombro. '¿Pero qué clase de hazaña bárbara exige esa disciplina? ¡No me digas que se refiere a lo que me estoy imaginando! ¡Diez veces por jornada, durante sesenta días sin descanso! ¡Menudo titán de la resistencia física hay que ser para no quedar en los huesos!'. "¡Conozco las reglas de sobra!", replicó el noble ordenando a uno de sus criados que entregara cincuenta mil yuanes al buhonero. El vendedor cobró el fajo y empaquetó con diligencia otra dosis de polvo medicinal. Un criado se inclinó respetuosamente a su oído: "Jovenzuelo señor, aplíqueselo en los cuartos traseros; dicen que el ardor es desgarrador...". El joven noble le espetó con arrogancia: "¿Desabrocharme los pantalones delante de toda esta plebe? ¿Por quién demonios me has tomado?". Desprendió con elegancia los botones del cuello de la camisa y se estampó el polvo directamente sobre el pecho. Apenas el compuesto se fundió con la piel, sus rodillas flaquearon y a punto estuvo de besar el polvo del camino. Los guardias corrieron a sostenerlo, pero el noble los apartó de un manotazo: "¡Atrás! ¡Puedo tenerme en pie yo solo!". Avanzando a trompicones llegó hasta el sauce y se sentó también junto a Li Banfeng. Aunque gruesas gotas de sudor frío le chorreaban por la frente, apretó las mandíbulas y no dejó escapar un solo quejido. Li Banfeng no salía de su perplejidad: "Amigos míos, si esta medicina provoca semejante tormento, ¿por qué no se la aplican al llegar a sus casas, donde puedan guardar reposo y tener a alguien que los cuide?". El gordito, que ya comenzaba a sobreponerse del impacto inicial, vio en la ignorancia de Li Banfeng la oportunidad perfecta para inflar su maltrecho orgullo y se burló con suficiencia: "¡Vaya un paleto desinformado! Es la regla sagrada del buhonero: si le compras el polvo iniciático, tienes la obligación inexcusable de administrártelo en su presencia y permanecer media hora bajo su vista sin mostrar anomalías letales. De lo contrario, si te marchas y revientas por el camino, el buhonero se lava las manos por completo". El joven aristócrata examinó con detenimiento la ropa deportiva de Li Banfeng y, dominando el dolor con entereza, preguntó: "Amigo... por tus vestiduras, no pareces natural de estas tierras, ¿me equivoco?". El gordito asintió intrigado: "¿Acaso has bajado del tren mil ciento sesenta? ¡He oído leyendas de que los que descienden de ese convoy proceden del mismísimo Reino Celestial de los Nueve Cielos!". El joven noble sacudió la cabeza: "Nada de Reinos Celestiales; son personas de las Provincias Exteriores. Yo jamás he cruzado la frontera, pero en mi familia hay quienes han viajado allí. Mi apellido es Ma; en mi casa soy el quinto vástago, así que mis allegados me llaman Ma Wu, el Quinto Ma. ¿Cómo debería dirigirme a vosotros, caballeros?". Aquel señorito gozaba de una posición económica indiscutible, pero trataba a sus semejantes sin la menor altanería. El gordito juntó los puños en saludo marcial: "Mi apellido es Qin; ocupo el noveno puesto entre mis hermanos, así que todo el mundo me conoce como Qin el Gordo". '¿Qin el Gordo? ¿Y qué demonios tiene que ver ese apodo con ser el noveno hijo?'. Li Banfeng carraspeó y respondió sobre la marcha: "Mi apellido es Li; en mi familia soy el séptimo hermano, de modo que mis conocidos me llaman Li Qi, el Séptimo Li". "¿Cinco, Siete y Nueve?", Ma Wu parpadeó estupefacto. Qin el Gordo soltó una carcajada: "¡Números impares correlativos! ¡Esto sí que es un capricho del destino!". Sintiendo una repentina simpatía nacida de esa curiosa casualidad numérica, Ma Wu prosiguió la conversación: "Hermano Li, ¿y tú qué Puerta Daoísta has decidido abrazar?". "¿Puerta Daoísta?", Li Banfeng se mostró vacilante. Ma Wu guardó silencio unos instantes antes de comprender el motivo de su desconcierto: "Ah, claro, ya recuerdo. En las Provincias Exteriores no empleáis el término 'Puerta Daoísta'; allí lo llamáis 'profesiones'. Y a los que cultivan estos senderos tampoco los llamáis 'cultivadores', sino 'Usuarios de Energía Oscura'". ¡Usuarios de Energía Oscura! Ese concepto sí le resultaba familiar a Li Banfeng: todos aquellos agentes del Buró Estrella Oscura que lo perseguían eran Usuarios de Energía Oscura. Aquel individuo de ojos saltones que rezumaba grasa por los poros a voluntad... ¿a qué profesión pertenecería? ¿Acaso a la Vía de la Comida? Seguro que se había atiborrado de manteca previamente para poder expulsarla por la dermis. Y He Jiaqing, que era capaz de vigilarlo a distancia mediante proyecciones insólitas... ¿qué profesión tendría? De modo que la llamada "Iniciación" no era otra cosa que el proceso biológico para convertirse en un Usuario de Energía Oscura. Y lo que aquel buhonero despachaba en su carretón eran los reactivos alquímicos necesarios para despertar esas facultades sobrenaturales. Aunque resultaba evidente que no solo vendía polvos esotéricos: en su muestrario también había artículos de uso cotidiano. Hacía unos instantes, un anciano del pueblo se había acercado a comprarle velas de sebo. Un niño de corta edad había acudido a adquirir caramelos de azúcar cande. E incluso una dama de buena familia se había presentado con su propio tarro de porcelana para comprar manteca perfumada; tras abonar una reluciente moneda de plata que el buhonero mordió para verificar su autenticidad, este le colmó el recipiente con una generosa palada de ungüento cosmético. Aprovechando que el buhonero despachaba a su clientela, Ma Wu volvió a indagar en voz baja: "Hermano Li, ¿por qué profesión te has decantado finalmente?". Li Banfeng negó con la cabeza: "Todavía no lo tengo claro". Ma Wu tomó un trago de agua de la cantimplora que le ofrecía su criado y, aliviado en parte el escozor del pecho, le aconsejó con sincera prudencia: "Si aún no lo has meditado con calma, no des el paso a la ligera. El buhonero solo lleva cinco variedades de polvo en este viaje; si ninguna termina de convencerte, lo más sensato es aguardar a su próximo regreso. Una vez que eliges una Puerta Daoísta, ¡no existe medicina alguna en este mundo que te permita dar marcha atrás!". Li Banfeng se quedó aún más desconcertado: "Cultivador de la Tierra, del Placer, de la Comida, del Viaje y del Hogar... Aparte de estas cinco sendas, ¿acaso existen más alternativas?". "¡Por supuesto que sí!", exclamó Qin el Gordo con un brillo de exaltación en la mirada. "¡La Vía de las Letras, la Vía Marcial, la Vía del Veneno, la Vía de la Medicina, la Vía del Atisbo, la Vía de la Mente, la Vía de los Insectos, la Vía de las Hierbas, la Vía del Humo, la Vía del Licor, la Vía del Sentimiento, la Vía del Sueño...! ¡Existen cien escuelas en este mundo y diez mil sendas de cultivo bajo el cielo!". \----- • Novela: El Señor de Puluo / 普罗之主 (Pǔluó Zhī Zhǔ) • Autor: Salagusi (沙拉古斯) • Traductor: Inmensurable 🚂 ¡Pasajero, deja tu reacción y comentario para alimentar las calderas del tren 1160! ¡Tu apoyo mantiene la presión de vapor al máximo para acelerar los próximos capítulos! ⚙️
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Estás leyendo el capítulo 16 de El Señor de Puluo (Novela), un novela. Para salvar la vida de un amigo, Li Banfeng —cuyo nombre se escribe con el carácter de "cumbre" y no de "locura", pues el médico aseguró que no está loco— aborda el tren de vapor 1160 con destino a la Provincia de… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Señor de Puluo (Novela) tiene 56 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.