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Leer El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 15 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Al ver a Li Banfeng rígido como una piedra, el cochero dio dos pasos atrás por puro instinto de supervivencia. Li Banfeng sintió que hasta el simple acto de respirar se volvía una agonía asfixiante. Apenas intentaba comprender qué demonios le estaba sucediendo a su organismo, cuando desde un callejón cercano surgieron dos hombres con paso resuelto. Ambos vestían camisa formal con chaleco oscuro y calzaban boinas planas con la visera calada hasta las cejas. Al percatarse de que aquellos tipos venían derechos hacia Li Banfeng, el cochero se alarmó, levantó los varales de su carricoche y se dispuso a poner pies en polvorosa. '¿Quiénes son estos dos?'. Li Banfeng no los había visto en su vida. '¿Vienen a por mí?'. Pues sí: iban exactamente a por él. Eran sicarios apostados por Xiao Zhenggong; desde el segundo exacto en que Li Banfeng puso un pie fuera de la estación, le habían seguido los pasos a corta distancia. Su consigna era tajante: degollar a Li Banfeng y arrebatarle el loto de bronce que llevaba en la mochila. Li Banfeng quiso echar mano al bolsillo para empuñar su bolsa de tiras de gluten picante, pero sus dedos se negaron a obedecer. Uno de los matones de la boina extrajo una daga afilada de la manga de su chaqueta, mientras el otro paseaba una mirada sanguinaria por los alrededores, advirtiendo a los transeúntes que no se metieran donde no los llamaban. Sin poder contraatacar, sin poder defenderse, sin poder huir... Li Banfeng ni siquiera era capaz de mover un solo músculo. En todos los años que llevaba sobre esta tierra, jamás había experimentado una desesperación tan absoluta y asfixiante. Cuando los dos esbirros estaban a escasos pasos de abalanzarse sobre él, una voz pausada resonó a su vera: "Lleva primero al niño a comer algo caliente, y luego espérame en la clínica médica". Aquel hombre esquelético de metro noventa del andén, tras acomodar a su oronda esposa y al bebé en otro carricoche de alquiler, dio media vuelta, se acercó a Li Banfeng con la mano izquierda metida en el bolsillo del pantalón y lo sostuvo firmemente por el costado con la derecha. Al toparse con el sujeto larguirucho, los dos sicarios de la boina frenaron en seco. No conocían su identidad ni alcanzaban a calibrar la profundidad de su fuerza marcial. Uno de los pistoleros dio un paso al frente y soltó en jerga clandestina: "¡Hermano de armas, ¿por qué riel te deslizas?! ¡Canta tu muelle si vas a cruzarte en nuestro rumbo!". Li Banfeng se quedó estupefacto: '¿En qué lengua extranjera está hablando este animal?'. No era ningún idioma foráneo: era la jerga del bajo fondo local. El matón le estaba espetando: "Amigo, ¿de qué senda eres? Identifica tu procedencia". Qiu el Mono entendió a la perfección cada sílaba, pero ni se molestó en replicar; sencillamente los ignoró como si fueran aire. Al ver que sus palabras caían en saco roto, el segundo matón pasó a las amenazas directas: "Amigo del camino, somos de la Banda Jiangxiang. Ya te sabrás nuestro estandarte y conocerás nuestras reglas: esta cabeza nos la cobramos sí o sí. El acero muerde a ciegas, así que abre bien el paso y no busques problemas donde no los hay". Es decir: "Compañero, a este tipo lo vamos a matar por orden superior. Las armas no tienen ojos; no te metas en camisas de once varas". El hombre larguirucho arqueó ligeramente las cejas y les dedicó una mirada gélida. En ese mismo instante, los dos sicarios sintieron una opresión súbita y atroz en el pecho. Sus corazones comenzaron a latir a un ritmo anormalmente lento pero con una violencia descomunal, como martillazos demoledores contra las costillas: ¡Pum! ¡Pum! Daba la impresión de que el músculo cardíaco se les iba a desintegrar en pedazos. Uno de los matones jadeó con un hilo de voz aterrorizado: "¡Es un Cultivador del Placer! ¡Y su nivel es altísimo!". "¡Pies en polvorosa!", balbuceó el otro comprendiendo la gravedad mortal del asunto, listo para huir a la carrera. El poder de aquel hombre delgado estaba a años luz de lo que ellos dos podían si quiera soñar con desafiar. Sin dudarlo una décima de segundo, dieron media vuelta y desaparecieron callejón abajo como sombras en la niebla. El larguirucho ni se molestó en perseguirlos. Sosteniendo el cuerpo petrificado de Li Banfeng, le preguntó directamente al cochero del rickshaw: "¿Corre tu carro?". "No demasiado...", el hombre rehuía la mirada de Li Banfeng, negándose a llevarlo. Cualquiera bañado por la Luz Celestial estaba a punto de estallar en desgracias, y encima traía a los criminales pisándole los talones: ¿quién en su sano juicio iba a querer pringarse con semejante fardo? "¿Tienes Ruedas de Fuego bajo los pies?", inquirió de nuevo el hombre delgado. El cochero negó con la cabeza: "Si yo tuviera Ruedas de Fuego, ¿iba a estar partiéndome el lomo por una carrera de unos míseros yuanes?". "¿Hay alguien frente a la estación que las tenga?", preguntó el larguirucho extrayendo un billete de diez yuanes y poniéndoselo en la mano. El hombre agarró el billete y su rostro floreció en una sonrisa: "¡Sí, señor! Venga conmigo, que lo llevo". Ganar diez yuanes limpios sin mover un varal era un negocio que nadie rechazaba. El cochero se puso al frente para guiar el camino. Con la mano izquierda siempre metida en el bolsillo y la derecha cargando en vilo a Li Banfeng sobre el hombro como si fuera un saco de arroz, el hombre larguirucho lo siguió a través de una calleja angosta. A la boca del callejón, un tirador de rickshaw bajo y achaparrado estaba acuclillado fumando tabaco picado liado a mano, despidiendo un humo espeso y acre. "Caballero, este de aquí es el que lleva Ruedas de Fuego", dijo el guía antes de esfumarse a toda prisa. El hombre larguirucho se plantó ante el cochero rechoncho: "¿De qué calidad son tus Ruedas de Fuego?". El cochero alzó la vista y bufó con aspereza: "¡Si me gano la vida tirando de un carro, ¿qué clase de calidad esperas que tengan?! ¡Primer peldaño a ras de suelo, y da gracias!". El hombre delgado asintió: "¿Sabes dónde para el buhonero?". El cochero chasqueó la lengua: "Esta mañana aún andaba por aquí, pero queda bastante lejos; a saber si seguirá en el mismo sitio". "La distancia no es obstáculo. Ponle precio". El conductor extendió cinco dedos: "Quinientos yuanes en billetes del Estado de Huan. Sin regateos". El hombre delgado acomodó a Li Banfeng en el asiento del rickshaw, rebuscó en su pecho con la mano derecha y extrajo cinco billetes de cien yuanes del Estado de Huan, entregándoselos sin pestañear. Al percatarse de que el pasajero manejaba todo con una sola mano y mantenía la izquierda rígidamente sepultada en el bolsillo del pantalón, el cochero arrugó el entrecejo intrigado, aunque prefirió guardarse las preguntas. Tras contar los billetes uno a uno y verificar que no faltaba un céntimo, el hombre aplastó la colilla contra el adoquín. Colocó la muñeca izquierda hacia arriba sosteniendo el varal izquierdo desde abajo, y la muñeca derecha hacia abajo presionando el varal derecho desde arriba. A Li Banfeng le llamó poderosamente la atención aquella forma de asir los mangos: una palma orientada al cielo y la otra a la tierra... ¿por qué adoptaba una postura tan extraña y disonante? Lo que Li Banfeng ignoraba era que esa era la "Empuñadura Yin-Yang", la postura técnica más ortodoxa y perfecta para tirar de un carricoche. En las series históricas de televisión que había visto en el mundo exterior, los tiradores agarraban ambos varales con las palmas hacia arriba; pero de ese modo, al menor traspié, el carricoche cabeceaba hacia adelante y hacia atrás desestabilizando al cliente, que incluso podía salir despedido por los aires. Un cochero que condujera así se arriesgaba, en el mejor de los casos, a no cobrar la carrera, y en el peor, a recibir una soberana paliza. Con la empuñadura Yin-Yang (una arriba y otra abajo), el cochero alzó el carruaje con firmeza absoluta y soltó un grito de guerra: "¡En marcha!". Y antes de que el eco de su voz se apagara, ¡el carricoche ya había salido disparado del callejón como una exhalación! La mente de Li Banfeng continuaba lúcida: el viento aullaba contra sus tímpanos mientras las fachadas y los árboles retrocedían en una ráfaga vertiginosa. Quizá se debiera a la estrechez de las calles o a la cercanía de las paredes, pero... ¡¿a qué velocidad demoníaca estaban corriendo?! ¡Aquel tipo a pie estaba tirando de un rickshaw con la aceleración brutal de un automóvil de carreras! Incluso Qiu el Mono advirtió algo fuera de lo común: "Tu destreza no parece en absoluto la de un simple primer peldaño de cultivo". El cochero soltó una carcajada seca sin frenar el ritmo: "¡Tú pagas la plata y yo tiro del carro! ¡No nos vamos a casar, así que no te metas donde no te incumbe! Eso sí, dejemos las cosas claras desde ya: el infeliz que traes al lado tiene toda la pinta de ser un cordero blanco al que le ha caído la Luz Celestial. ¡Mi obligación termina en cuanto los deje en destino; si este tipo llega vivo o revienta por el camino, no es asunto mío!". "Descuida, no va a morir", replicó el hombre larguirucho. "Este hermanito tiene una suerte bendita: en circunstancias normales jamás se habría cruzado con el buhonero, pero la avería del tren que nos retuvo tres días en las vías le ha permitido llegar justo a tiempo para encontrarlo". El cochero se pasmó: "¿En serio me lo dices? ¿Tanta potra tiene encima? ¡¿No será que se ha topado en persona con la mismísima Estrella de la Fortuna?!". Con el cuello completamente petrificado, Li Banfeng era incapaz de bajar la vista para comprobar qué ocurría en las piernas del tirador. Solo podía contemplar el paisaje que desfilaba ante su campo de visión fijo. Las edificaciones de este pueblo eran de lo más singulares: combinaban ladrillo visto y sillería de piedra con un trazado ordenado y pulcro; no desprendían sensación de miseria o abandono, sino una densidad histórica que conmovía profundamente el espíritu. No era una decrepitud ancestral, sino una elegancia anacrónica y refinada: pórticos señoriales entre muros de mampostería, vigas vistas y aleros curvos que destilaban un sabor clásico oriental inconfundible. Sin embargo, en las fachadas asomaban molduras de estuco, cornisas neoclásicas y ventanales circulares que evocaban la arquitectura europea. En especial los edificios de dos y tres plantas que flanqueaban las avenidas, con sus balconadas de forja salientes, arcadas de medio punto en portales y celosías, y enredaderas de hiedra y rosales trepando por los muros... hacían sentir a Li Banfeng como si hubiese aterrizado en una época suspendida en los pliegues del tiempo, un periodo desgajado de la historia oficial. Pero Li Banfeng no disponía de margen mental para elucubraciones históricas: la creciente pesadez en el pecho, la asfixia en los pulmones y la arritmia de su corazón le advertían de un peligro de muerte inminente. Guiados por la charla entre el cochero y el hombre delgado, cruzaron el casco urbano hasta internarse en los descampados periféricos. Al alcanzar un páramo desolado, el carro se detuvo en seco y el tirador se enjugó el sudor de la frente con la toalla: "¡Menuda potra tiene el condenado: el buhonero no se ha marchado!", jadeó el cochero volviéndose hacia ellos. El hombre larguirucho cargó de nuevo a Li Banfeng en vilo y bajó del carruaje. Frente a ellos, al cobijo de un sauce llorón en la vera del camino, reposaba un carretón de mano de madera de dos niveles, coronado por un farolillo rojo que oscilaba suavemente con la brisa. Junto al carretón descansaba acuclillado un individuo de unos treinta y tantos años, descabezando un sueño bajo la sombra de las ramas. El cochero le gritó a pleno pulmón: "¡Eh! ¿Sigue abierta la tienda?". El sujeto entreabrió los párpados con pereza, se desperezó de arriba abajo y empuñó un pequeño tamboril de juguete de dos cuentas pendientes, haciéndolo girar con un compás rítmico: ¡Clac-clac, clin-clan, clac-clac! Y comenzó a entonar su tradicional pregón de buhonero: "¡Jabones de ultramar, crema de nieve para el cutis! ¡Pañuelos de seda, costureros con agujas e hilos! ¡Cubos de cuero fino y calderos de hierro! ¡Cerillas extranjeras, velas de esperma y palas de metal! ¡Tinajas para encurtidos y aceiteras de soja! ¡Cucharones de cocina y cuchillos de picar carne! ¡Un carro entero de género selecto y solera acreditada: todo a precio de saldo para que usted elija a su gusto!". '¿El buhonero? ¡¿Este es el famoso buhonero ambulante?!'. El vendedor ambulante le dedicó un bostezo a su rescatador y preguntó con familiaridad: "Vaya, Qiu el Mono... ¿qué vienes a comprar hoy?". Aquel hombre larguirucho se llamaba Qiu el Mono, y resultaba que el buhonero lo conocía de sobra. Qiu el Mono fue directo al grano: "Un cordero blanco bañado por la Luz Celestial". El buhonero extrajo una llave de bronce de su faltriquera y desatrancó el primer nivel del arcón de madera: "Si a un cordero blanco le cae la Luz Celestial, no le queda otra que franquear la Puerta de la Iniciación para no reventar en el sitio. ¿Cómo vas a pagar la cuenta? ¿Billetes del Estado de Huan o monedas de plata maciza?". "Billetes del Estado de Huan", contestó Qiu el Mono con sobriedad. El buhonero abrió los cajoncitos del expositor y enumeró las opciones: "Por aquí me quedan únicamente cinco frascos de polvos medicinales de iniciación: Cultivador de la Tierra: treinta mil. Cultivador del Placer: cincuenta mil. Cultivador de la Comida: sesenta mil. Cultivador del Viaje: ochenta mil. Cultivador del Hogar: ciento sesenta mil. Viendo que el muchacho no puede ni abrir la boca... ¿va a elegir él mismo o vas a escoger tú por él?". \----- • Novela: El Señor de Puluo / 普罗之主 (Pǔluó Zhī Zhǔ) • Autor: Salagusi (沙拉古斯) • Traductor: Inmensurable 🚂 ¡Pasajero, deja tu reacción y comentario para alimentar las calderas del tren 1160! ¡Tu apoyo mantiene la presión de vapor al máximo para acelerar los próximos capítulos! ⚙️
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El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 15

Estás leyendo el capítulo 15 de El Señor de Puluo (Novela), un novela. Para salvar la vida de un amigo, Li Banfeng —cuyo nombre se escribe con el carácter de "cumbre" y no de "locura", pues el médico aseguró que no está loco— aborda el tren de vapor 1160 con destino a la Provincia de… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Señor de Puluo (Novela) tiene 56 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.