arrow_back

Leer El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 13 online gratis en español

🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
Sin teléfono móvil, sin señal de red y con el tren averiado en mitad de la nada, Li Banfeng permaneció en silencio absoluto recluido en su compartimento. Para él, la situación se reducía a un tedio mayúsculo; pero para el resto de los pasajeros, las cosas distaban mucho de ser tan llevaderas. A la mañana del día siguiente, la mayoría todavía conseguía aguantar el hambre. Hacia el mediodía, apenas lo lograban a duras penas. Al caer la noche, la desesperación se volvió insostenible. Existía una clase muy particular de individuos para quienes pasar un solo día entero sin alimento podía costarles literalmente la vida: aquellos que transitaban la Vía de la Comida, los Cultivadores de la Comida. "¡Déjame bajar del tren, me cago en todos vuestros muertos! ¡Me estoy muriendo de hambre!", rugía uno de ellos mientras se liaba a puñetazos con un revisor en el pasillo. "¡A mí no me vengan con vuestras malditas normas! ¡Quiero comida! ¡No pienso quedarme aquí a morir de inanición!", bramó otro cultivador abalanzándose al forcejeo. A pesar de la virulencia del altercado, Li Banfeng pudo constatar que la actitud del empleado ferroviario conservaba una flema y una contención asombrosas: "Caballero, le ruego que regrese a su compartimento". ¡Pum! Tras un golpe seco y contundente, las protestas verbales de aquel viajero perdieron de golpe toda su vehemencia. "Caballero, el convoy no ha llegado a ninguna estación reglamentaria; está terminantemente prohibido apearse a mitad de trayecto". ¡Pum! Otro impacto seco y sordo, y el ánimo del segundo alborotador se estabilizó de inmediato. "Caballero, la tripulación ferroviaria en pleno le transmite sus más sinceras disculpas por los inconvenientes". ¡Pum! Una tercera detonación apagada resonó en el corredor y el tercer pasajero guardó silencio sepulcral de forma definitiva. ¡Clang! El revisor fue devolviendo metódicamente a los pasajeros descalabrados al interior de sus respectivos camarotes. ¡Clang! Y fue atrancando una por una las puertas corredizas de cada estancia. A lo largo de esa primera jornada, solo contando los episodios que Li Banfeng alcanzó a escuchar desde su cama, se produjeron seis altercados idénticos. Una cifra todavía asumible. A excepción de los Cultivadores de la Comida, para el común de los mortales un día de ayuno forzoso era un suplicio perfectamente tolerable. Sin embargo, al atardecer del segundo día, la situación comenzó a desmadrarse por completo. "Hermano mayor, con lo apuesto que eres y el buen corazón que se te ve en la cara... déjame bajar un momentito a la vía, ¿sí? Subo enseguida, te lo juro". "Señora, el tren no se encuentra en ninguna estación; no está permitido descender". "¡Por favor, si solo será un ratito de nada! ¡Cinco minutos, ni cinco minutos tardo!". "Señora, son las normas de la compañía, y mi deber es aplicarlas a rajatabla". "Las normas son letras muertas, pero las personas estamos vivas... Ay, hermano mayor, me encantan los hombres como tú... ¡concédele cinco minutos a esta humilde hermana!". "Agradezco sus gentiles palabras, señora. Ahora haga el favor de regresar a su camarote de inmediato". "¡Que me dejes bajar de una maldita vez! ¡No voy a quedarme aquí a morirme de hambre como una perra! ¡Te juro que te arranco los ojos!". ¡Zas! ¡Pum! ¡Cataplum! "¡Auxilio, socorro! ¡Este salvaje le está pegando a una mujer! ¿Es que no queda un solo hombre con agallas en toda la Provincia de Puluo? ¡Vengan a partirle la cara!". ¡La Provincia de Puluo! ¡De modo que esto era la Provincia de Puluo! Li Banfeng sorbió con parsimonia una hebra de sus fideos calientes, sintiendo una inmensa curiosidad por descubrir qué clase de mundo aguardaba más allá de aquellas vías. Esa noche, el personal del tren tuvo que repeler trece linchamientos multitudinarios hasta conseguir que todos los pasajeros regresaran dócilmente a sus compartimentos. Al amanecer del tercer día, paradójicamente, las aguas parecieron calmarse. No era que hubiesen renunciado a amotinarse: era que sencillamente ya no tenían fuerzas para moverse. Llevaban tres días enteros sin probar bocado, y los que aún conservaban energías para armar escándalo se contaban con los dedos de una mano. E incluso teniendo arrestos, nadie estaba dispuesto a malgastarlos en balde; sabían de sobra que ningún pasajero era rival para los temibles revisores. Li Banfeng permaneció recluido en su habitación sin apenas gastar energía. Dos vasos de fideos instantáneos al día le bastaban con creces para mantenerse saciado y tranquilo. No obstante, prolongar aquella agonía indefinidamente no auguraba nada bueno. Al caer la noche del tercer día, al comprobar que solo le quedaban cinco envases de fideos de reserva, Li Banfeng empezó a sentir una punzada de inquietud en el pecho. ¿Hasta cuándo pensaban tener el convoy parado en aquel descampado? ¡Toc, toc, toc! Unos nudillos golpearon suavemente la madera de su puerta. Li Banfeng enarcó una ceja y se puso en guardia al instante. Él había conocido el hambre en carne propia durante su infancia. Sabía muy bien de lo que era capaz un ser humano cuando el estómago vacío le devoraba las entrañas. El golpeteo fue sumamente comedido y la voz que llegó desde el pasillo sonaba educada, culta y civilizada: "Amigo que está al otro lado... quisiera pedirle un poco de comida, por caridad. No le pido mucho, tan solo un bocado. No es para mí; yo puedo aguantar lo que haga falta... es para que coman un poco mi esposa y mi hijo pequeño". Li Banfeng se apostó a un solo paso de la puerta, empuñando una tira de gluten picante en una mano y el pesado termo de agua hirviendo en la otra, a la espera del siguiente movimiento del intruso. El hombre no intentó forzar el acceso. Su tono prosiguió siendo exquisitamente comedido: "Amigo mío, soy plenamente consciente de lo valioso que es el sustento en estas circunstancias. No pretendo que me lo regale por nada: se lo compro". '¿Comprar?'. En una situación límite como esta, ¿cuánto dinero en metálico podía pagar un mendrugo de pan? El individuo pareció percatarse de lo absurdo de su oferta y rectificó a toda prisa: "O se lo cambio por comida... se lo suplico". Li Banfeng decidió hablar: "Si ya tienes comida, ¿para qué quieres cambiármela?". "Porque lo que tengo... mi hijo no se atreve a comérselo". "¿Qué clase de comida es?". "Puedo pasársela primero para que la examine. Solo le pido que abra una rendija diminuta en la puerta". El corazón de Li Banfeng palpitó con fuerza acelerada. Tras un prolongado silencio, giró con sigilo el pestillo y entreabrió apenas un par de centímetros la hoja de madera. No lo hizo por imprudencia temeraria, sino por una fría y meditada cautela. Jamás permitiría que aquel desconocido franquease el umbral, pero resultaba indispensable abrir una vía de negociación pacífica. Aunque no le había visto el rostro, a través de sus palabras se percibía un aura marcial sobrecogedora: cada frase rezumaba una humildad exquisita, pero tras esa reverencia subyacía un aplomo imperturbable y letal. Habiendo crecido en un hospicio y lidiado con matones de toda calaña para defenderse del acoso, Li Banfeng poseía un instinto refinado para tasar a las personas. Tenía la certeza absoluta de que aquel hombre era capaz de colarse en su camarote si se lo proponía, y además sin que los revisores se percatasen lo más mínimo. Aquella puerta de madera no era obstáculo alguno para él; en lugar de atrincherarse en un choque ciego, resultaba infinitamente más inteligente mostrar una pizca de buena voluntad diplomática. A través del resquicio de la puerta, una mano pálida deslizó hacia el interior el alimento ofrecido para el trueque. Al posar los ojos sobre aquella "comida", Li Banfeng se felicitó a sí mismo en el fuero interno: 'Li Banfeng, eres un tipo verdaderamente valiente. ¡Ni siquiera has gritado del susto!'. Aquello era una extremidad de tono violáceo y renegrido: una parte conservaba jirones de carne macerada, mientras que el resto no era más que hueso mondado. A juzgar por la disposición anatómica de las falanges, se trataba, sin lugar a dudas, de una mano humana. "¿De quién es esta mano?", inquirió Li Banfeng con voz neutra. "Es mía", contestó el hombre con una serenidad sepulcral. Li Banfeng contempló aquella mano a la que le faltaba casi la mitad de la carne arrancada a dentelladas. Se dio la vuelta sin decir palabra, tomó dos tazones de fideos instantáneos intactos y los pasó a través de la rendija. Aquel gesto superó por completo las expectativas más optimistas del desconocido: ni en sus mejores sueños se habría atrevido a aspirar a un vaso entero, pues de verdad solo mendigaba una mísera cucharada para su familia. "No hacía falta tanto... de verdad que no...". "Tómalas. Y llévate tu mano de vuelta", dijo Li Banfeng devolviéndole la extremidad amputada. "Búscate un buen hospital; tal vez todavía puedan reimplantártela. Deberían poder". Li Banfeng cerró la puerta y echó el cerrojo de golpe. Desde el pasillo exterior le llegaron repetidas muestras de gratitud: "Muchas gracias... muchísimas gracias, amigo... de corazón...". La voz seguía siendo culta y pausada, pero había perdido su aplomo acerado: temblaba de emoción contenida, al borde del llanto. A medida que los pasos del hombre se desvanecían por el corredor, Li Banfeng regresó a la litera, abrió la mochila y procedió a hacer recuento del inventario de víveres que le restaba: Tres vasos de fideos instantáneos, una lata de patatas fritas y paquete y medio de tiras de gluten picante. Le bastaba para subsistir holgadamente dos días; racionándolo con disciplina espartana, tal vez aguantaría tres. ¿Y después de esos tres días, qué pasaría? Al despuntar el alba, el silbato de la locomotora hendió el aire con un bramido estruendoso, arrancando de su letargo a los agotados y famélicos viajeros. El convoy se puso de nuevo en marcha. ¡Chuff, chuff, chuff! Al escuchar el resoplido cadencioso y potente de la máquina de vapor, a Li Banfeng le pareció la melodía más hermosa jamás compuesta sobre la faz de la tierra. ¡Rrrroooomb! De pronto, el tren dio una sacudida brutal y un violento bandazo despidió a Li Banfeng de la cama, haciéndolo rodar de cabeza contra el suelo. Los fideos, las patatas fritas, el gluten y la mochila salieron disparados en todas direcciones. ¡Cataclanc! ¡Brummm! El vagón continuó traqueteando con violencia convulsiva. Li Banfeng se cubrió la cabeza con ambos brazos y se hizo un ovillo en un rincón del dormitorio, protegiendo sus puntos vitales a toda costa. Temió que el tren estuviese descarrilando otra vez. Tras unos minutos de zarandeos espantosos, la marcha del convoy recuperó gradualmente la estabilidad. Por los altavoces carraspeó la voz del empleado de megafonía: "Se comunica a los señores pasajeros que la avería ha sido subsanada y el tren circula en condiciones seguras. Debido a las irregularidades del tramo ferroviario, se ruega permanezcan sentados y no deambulen por los pasillos". Li Banfeng exhaló una bocanada de alivio y se apresuró a recoger las provisiones desparramadas por el suelo. Los fideos, las patatas y el gluten estaban a salvo e intactos. ¡Pero la mochila había desaparecido! ¡El misterioso paquete de He Jiaqing seguía guardado en su interior! Sobresaltado, Li Banfeng comenzó a registrar cada rincón con el corazón en un puño. El compartimento continuaba en tinieblas; el suministro eléctrico no se había restablecido. Tras palpar el suelo a tientas durante un buen rato, logró dar con la mochila debajo de la litera inferior. El hueco entre el somier y el entarimado era sumamente estrecho. Li Banfeng metió el brazo y tiró con fuerza; la mochila salió al exterior, pero el paquete envuelto que guardaba dentro quedó atascado en el fondo del armazón. Había tirado con demasiada brusquedad sin percatarse de que la cremallera de la mochila estaba abierta. Volvió a meter la mano a ciegas para tantear el bulto y comprobó que estaba encajado a presión. Li Banfeng introdujo el brazo entero bajo el lecho y tiró de nuevo con todas sus fuerzas. ¡Ras! El paquete se desprendió. La caja exterior de cartón se había rasgado. Y el plástico de burbujas que la recubría por dentro también se había quebrado. '¿Se habrá estropeado lo que hay dentro?'. Li Banfeng tomó el paquete dañado entre las manos y se acercó a la ventanilla. Llegados a este punto, lo más prudente era echar un vistazo. Total, el envoltorio ya estaba destrozado; si el objeto había sufrido algún desperfecto, al menos tendría la obligación moral de comunicárselo a Jiaqing en cuanto lo viese. Aprovechando los tímidos destellos de luz que se filtraban de cuando en cuando por los bordes de la cortina, Li Banfeng procedió a desenvolver el paquete. Retiró la caja de cartón desgarrada y desprendió el plástico de burbujas; debajo había una capa protectora de papel de aluminio. Quitó el papel de aluminio, y descubrió un envoltorio de papel amarillo de talismán. Retiró el papel amarillo, y apareció un pliego de papel aceitado impermeable. Desdobló el papel aceitado, y se topó con una fina tela de seda pura. Y al descorrer por fin el lienzo de seda, Li Banfeng contempló al descubierto la auténtica fisonomía del tesoro. ¿Qué demonios era aquello? Bajo la tenue penumbra del compartimento, durante los primeros instantes fue incapaz de discernir con exactitud su naturaleza. Parecía una flor. Daba la impresión de ser una flor de loto forjada íntegramente en bronce. \----- • Novela: El Señor de Puluo / 普罗之主 (Pǔluó Zhī Zhǔ) • Autor: Salagusi (沙拉古斯) • Traductor: Inmensurable 🚂 ¡Pasajero, deja tu reacción y comentario para alimentar las calderas del tren 1160! ¡Tu apoyo mantiene la presión de vapor al máximo para acelerar los próximos capítulos! ⚙️
El Señor de Puluo (Novela)

Continúa leyendo

El Señor de Puluo (Novela)

Capítulo 14

Siguiente Capítulo ›

El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 13

Estás leyendo el capítulo 13 de El Señor de Puluo (Novela), un novela. Para salvar la vida de un amigo, Li Banfeng —cuyo nombre se escribe con el carácter de "cumbre" y no de "locura", pues el médico aseguró que no está loco— aborda el tren de vapor 1160 con destino a la Provincia de… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Señor de Puluo (Novela) tiene 56 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.