Leer El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 11 online gratis en español
🏴 Grupo: Inmensurable✍️ Traducción: Inmensurable
El tren permaneció detenido en Kudaikan durante media hora, a lo largo de la cual un total de siete personas (cinco mujeres y dos hombres) desfilaron sucesivamente junto a la ventanilla ofreciéndole sus servicios comerciales a Li Banfeng.
Li Banfeng demostró ser un hombre de voluntad inquebrantable: ningún negocio llegó a consumarse.
Sin embargo, no solo tenía que lidiar con la tentación que llegaba del exterior, sino también con los pasajeros de los compartimentos vecinos.
Algunos de ellos ya habían cerrado el trato; unos habían invitado a las chicas a pasar al interior del vagón, mientras que otros habían despachado el asunto directamente a través del marco de la ventana. Li Banfeng podía escuchar con total nitidez el repertorio de jadeos y ruidos que llegaban desde ambos lados.
Durante aquella interminable media hora, Li Banfeng se mordió los dedos hasta sangrar, pero en ningún momento descorrió el cerrojo del ventanal.
'Tengo que resistir... ¡debo aguantar como sea! Mañana por la mañana llegaré por fin a la casa de He Jiaqing'.
'En cuanto pise su casa, ese desgraciado tiene la obligación moral de buscarme a alguien para que me atienda'.
'¡Y si no encuentra a nadie que me deje plenamente satisfecho, haré que sea él en persona quien me preste el servicio!'.
En el preciso instante en que el silbato de vapor resonó desgarrando el aire, Li Banfeng dejó escapar un prolongado suspiro de desahogo, felicitándose efusivamente por su férrea fuerza de voluntad. No obstante, el convoy apenas había avanzado un corto trecho cuando se detuvo en seco.
'¿Acaso ya hemos llegado a la siguiente parada?'.
En el billete ponía claramente que la llegada a destino estaba programada para las siete de la mañana siguiente. Aunque las máquinas de vapor solían sufrir desfases horarios, era del todo imposible que se hubiesen adelantado tantas horas.
¡Chzzzzz!
Un chirrido eléctrico taladró los tímpanos y la voz del locutor de megafonía volvió a sonar por los altavoces:
"Debido a una avería técnica en la máquina, el convoy se encuentra en parada provisional. Rogamos a todos los señores pasajeros que permanezcan en sus respectivos compartimentos y se abstengan de deambular por los pasillos. En nombre de toda la tripulación ferroviaria, les transmitimos nuestras más sinceras disculpas por las molestias ocasionadas".
Una avería en la locomotora de vapor. Y varados en medio de la nada más inhóspita y salvaje.
De improviso, la bombilla del techo se apagó y el compartimento quedó sumido en una oscuridad impenetrable.
Li Banfeng intentó alumbrarse con el teléfono móvil, pero descubrió que la linterna no se encendía.
La batería estaba en las últimas. Ya antes le quedaba poca carga y Li Banfeng había tenido pereza de enchufarlo; ahora le restaba menos de un cinco por ciento y la pantalla advertía de un apagado inminente.
Li Banfeng se apresuró a conectar el cargador a la toma de la pared, pero el teléfono no reaccionó como debía.
No había luz en las lámparas ni corriente en los enchufes. El tren había cortado por completo el suministro eléctrico.
Li Banfeng observó la pantalla: escasos segundos después, apareció el aviso del sistema y el aparato se apagó automáticamente.
'¿Sin batería? ¿Y qué se supone que haga ahora? ¡¿Cómo diablos voy a encontrar la casa de He Jiaqing sin el teléfono?!'.
En realidad, de lo que menos debía preocuparse en ese instante era del teléfono: lo que de verdad tendría que quitarle el sueño era averiguar cuándo conseguirían reparar la locomotora.
En aquella extraña línea ferroviaria, una avería de tren podía tardar en solventarse entre tres y cinco horas... o prolongarse durante tres o cinco días enteros.
Aunque, bien mirado, Li Banfeng tampoco tenía motivos para angustiarse en exceso: su situación era bastante envidiable en comparación, pues aún le quedaban fideos instantáneos. La inmensa mayoría del resto de viajeros, en cambio, no llevaba consigo ni una pizca de víveres de reserva.
Una ola sorda de pánico comenzó a extenderse lentamente a lo largo de los vagones del convoy.
……
En la sede del Buró Estrella Oscura, el capitán de la brigada de seguridad pública, Chen Changrui, yacía recostado en su sillón de oficina con los ojos cerrados y unos enormes auriculares puestos.
Al cabo de más de una hora, de la carcasa de los auriculares asomaron dos ciempiés plateados y brillantes de unos diez centímetros de longitud, cuyos cuerpos quedaron tendidos sobre el escritorio, rígidos por el sobreesfuerzo.
Las dos criaturas habían agotado sus fuerzas, y el capitán Chen arrastraba un cansancio similar.
El capitán Chen se despojó de los auriculares, abrió los ojos con pesadez, extrajo un cigarrillo de la cajetilla, le dio una calada honda y expulsó una densa nube de humo directamente sobre los ciempiés.
Al consumir el pitillo, el capitán Chen recuperó algo de vitalidad, y los dos ciempiés plateados también cobraron cierta animación.
A su lado, la secretaria You Xuehan aguardaba instrucciones.
Dos horas atrás, los agentes del departamento de inteligencia habían perdido por completo el rastro de la señal de Li Banfeng, de modo que la brigada no tuvo más remedio que recurrir a la insólita habilidad del propio capitán.
Chen Changrui sacó otro cigarrillo y le indicó a You Xuehan: "Tangyuan, dile a los chicos de inteligencia que no se trata de un fallo en sus equipos de rastreo; es que el teléfono móvil de Li Banfeng se ha quedado totalmente sin batería".
"Tangyuan" You Xuehan preguntó: "Capitán Chen, ¿no queda ningún otro medio para seguirle la pista?".
"¿Qué otra cosa podríamos hacer?". El viejo Chen sacudió la cabeza con desgana. "El tren mil ciento sesenta es intrínsecamente imposible de rastrear".
You Xuehan reflexionó un segundo: "Podríamos rastrear a otros pasajeros que viajen en ese mismo convoy".
"No merece la pena". El viejo Chen recogió los dos ciempiés plateados y se puso de pie. "Tampoco sabemos en qué estación se va a apear; tal vez mañana a primera hora ya ni siquiera esté a bordo del tren".
"Capitán Chen, los mandos superiores le dan una importancia crucial al artefacto que Li Banfeng lleva en las manos", le recordó You Xuehan en tono confidencial.
El viejo Chen soltó una leve risotada y prendió el cigarro: "Li Banfeng se quedó con los víveres de la Estrella de la Fortuna, por lo que está predestinado a recibir tres golpes de buena suerte. Que ahora su móvil se haya quedado sin batería no es más que la manifestación de esa bendición. Sabiendo de sobra que esto forma parte de los designios de la Estrella de la Fortuna, si nos empeñáramos en seguir rastreándolo, ¿no estaríamos yendo directamente contra la deidad? ¿Qué necesidad tenemos de buscarnos semejante desgracia?".
"¿Quedarse sin batería cuenta como buena suerte?". You Xuehan no terminaba de encajar la lógica.
"Con el teléfono apagado, cualquiera que intente localizarlo se topará con un muro ciego. Y los que van tras él no somos únicamente nosotros: hay más de uno que no solo codicia su paquete, sino que está deseando quitarle la vida".
You Xuehan se sobresaltó: "¿Quién quiere quitarle la vida?".
El viejo Chen esbozó una sonrisa cargada de dobles intenciones y prefirió guardar silencio. Se enfundó la chaqueta, avanzó hasta la puerta del despacho y, dándose la vuelta, le dijo: "Tangyuan, vete a casa y descansa un par de días como es debido. Diles a los muchachos que se tomen también un respiro; sobre todo a Foco. Todo el mundo comete pifias en alguna misión; que se quite esa espina de encima de una vez".
"¿Y qué hay del vicecapitán Xiao?", inquirió You Xuehan con cautela.
"Que haga lo que le plazca". Sin añadir una sola palabra más, el capitán Chen abandonó la oficina con el cigarrillo entre los labios.
……
En una suntuosa villa del Distrito Sur de Yuezhou, Xiao Zhenggong apartó de sus brazos a la despampanante mujer rubia de ojos azules que lo acompañaba y descolgó el auricular.
"Líder, la señal de ese mocoso se ha cortado. ¿Por qué no dejamos que nuestra gente actúe directamente a bordo del tren?".
"¡Bajo ningún concepto se atrevan a actuar dentro del mil ciento sesenta!", bramó Xiao Zhenggong con el ceño fruncido. "Esperen a que se baje del tren".
"El tren ha sufrido una avería; no sabemos cuándo conseguirán repararlo".
"¡Si te digo que esperes, te callas y esperas! ¡Cualquiera que ose mover un solo dedo a bordo del convoy pagará las consecuencias bajo la inclemente disciplina de nuestra banda!".
La comunicación se interrumpió de golpe.
Al otro extremo de la línea no había ningún aparato telefónico, sino un individuo con una antena metálica incrustada directamente en la cabeza.
El sujeto se arrancó la antena de su propia cavidad craneal, limpió los restos de sangre con un trapo, la guardó en un estuche y soltó una sarta de maldiciones entre dientes:
"¡Hijo de perra! ¿De qué vas tan subidito? ¡Te has pasado media vida holgazaneando en las provincias exteriores! ¿Qué demonios vas a saber tú de nada? De no ser por la sombra de tu padre, ¡¿qué clase de Líder te crees que serías?!".
A su lado, un hombre tocado con una boina plana se acercó para preguntar con deferencia: "Líder de Salón, ¿qué hacemos entonces?".
"¿Qué otra cosa vamos a hacer? Búscate a un puñado de hermanos espabilados y vayan a apostarse en las estaciones para cerrarle el paso. Grábate esto en la mollera: primero nos aseguramos el paquete, y luego le arrancamos la vida".
En el hueso del cráneo del Líder de Salón había un orificio cilíndrico perforado a medida para encajar la antena; ahora que la había retirado, el agujero quedaba al descubierto para la próxima llamada.
El Líder de Salón tomó un tapón, taponó el orificio de su cabeza y cortó dos tiras de cinta adhesiva, pegándolas en cruz sobre el corcho para fijarlo con firmeza.
……
En la villa, Xiao Zhenggong se aproximó al mueble bar y se sirvió una copa de vino tinto.
Apenas le dio un sorbo, apretó los dedos y reventó la copa de cristal, haciéndola añicos contra el suelo.
'Li Banfeng... ¡menuda suerte perra la tuya! Compraste los fideos de la Estrella de la Fortuna y te agenciaste tres golpes de gracia'.
'El tren se avería y mientras el resto de los pasajeros pasa hambre, tú tienes fideos para hartarte: ese ha sido tu primer golpe de buena suerte'.
'Que tu móvil se quede sin batería y corte toda posibilidad de rastreo: ese es el segundo'.
'¿Dónde diablos caerá el tercer golpe de suerte? ¿Acaso en el vendedor ambulante? No, es imposible que te topes con él; el buhonero todavía sigue en la Bahía de Aguas Verdes...'.
'Pero, ¿cuándo demonios conseguirán reparar las vías? ¿No irá a ser que las casualidades se alineen y te lo encuentres de frente?'.
Asaltado por esa funesta sospecha, Xiao Zhenggong agarró otra copa y se sirvió un trago de licor de alta graduación.
La mujer rubia salió del dormitorio, apoyó su mano sedosa sobre el hombro de Xiao Zhenggong y, con un mandarín marcado por el peculiar acento de Yuedong, le preguntó con voz pausada: "Líder Xiao, ¿se ha topado con algún contratiempo?".
"Un pequeño contratiempo", suspiró Xiao Zhenggong. "El objeto que tanto ambiciono ha sido enviado rumbo a la Provincia de Puluo".
La joven rubia plantó un beso en la mejilla del hombre: "Se avecinan vientos de tormenta en Puluo. He oído rumores de que He Haiqin, el patriarca del Clan He, está en las últimas y apenas le quedan fuerzas para aguantar".
Xiao Zhenggong meditó la jugada durante unos instantes y se volvió hacia la extranjera: "Dile a tu hermano que mueva ficha: que salve a He Haiqin antes de que expire".
La mujer sonrió con picardía: "Ya sabes de sobra que sus honorarios no son precisamente baratos".
Xiao Zhenggong bebió un trago y le pellizcó la mejilla con displicencia: "El dinero no es ningún problema".
La fémina le advirtió con seriedad: "Piénsatelo dos veces: actuar de ese modo supondrá ofender directamente al Clan Lu".
"¡No me queda otra alternativa! ¡Un plan perfecto que se ha ido al garete por culpa de ese maldito insecto de Li Banfeng!". Apretando los dientes con saña, Xiao Zhenggong apuró el licor de un solo trago.
……
Provincia de Puluo, Bahía de Aguas Verdes, Gran Mansión del Clan He.
El patriarca de la familia He, He Haiqin, yacía postrado en el lecho conyugal. Gracias a su cultivo como Cultivador de la Comida, se había obligado a engullir a la fuerza un cuenco entero de arroz, aferrándose agónicamente a su último aliento de vida.
A lo largo de su cuerpo brotaban incontables pústulas de un verde intenso del tamaño de guisantes; vesículas cristalinas y translúcidas, tan frágiles y tirantes que parecían susceptibles de reventar ante el menor roce o suspiro de aire.
Su esposa, Yan Yulin, lo atendía al borde de la cama con meticuloso esmero. En ese momento, su hermana mayor He Yuxiu empujó la puerta y entró en la habitación, trayendo consigo una levísima corriente de aire.
Hacía honor literal a la expresión: aquel mínimo soplo bastó para hacer estallar una de las pústulas del rostro de He Haiqin, dejando escapar un hilillo de fluido verdoso y purulento.
Una mueca de atroz tormento surcó las facciones del enfermo. Su esposa Yan Yulin reprochó con aflicción a He Yuxiu: "Hermana mayor, ten más cuidado, por favor... más despacio...".
He Yuxiu se sentó junto al cabecero y le dijo a Yan Yulin con pesadumbre: "Cuñada, el doctor Chu ha sufrido un percance durante el viaje; me temo que hoy no podrá llegar".
"¿Qué clase de percance?", se alarmó Yan Yulin.
He Yuxiu ensombreció el semblante: "¡Dicen que la gente del Clan Lu le ha cortado el paso en el camino!".
La voz de Yan Yulin se quebró en un temblor: "¿Y qué vamos a hacer ahora? Jiaqing todavía no ha regresado... Hermana, ¡tienes que discurrir algo!".
He Haiqin llevaba dos años padeciendo el martirio de aquellas pústulas monstruosas, manteniéndose con vida únicamente gracias a los cuidados y remedios de Chu Peiying, cultivadora de la Vía de la Medicina.
El colapso del patriarca se había presentado de forma fulminante hoy mismo, y con Chu Peiying retenida a mitad de trayecto, era muy probable que el enfermo no superase la noche.
He Yuxiu miró a Yan Yulin y le propuso: "Cuñada, la Banda Jiangxiang ha enviado a un médico. Según dicen, tiene muy buenas dotes terapéuticas y aguarda justo al otro lado de la puerta. Dejemos que pase y lo intente".
"¿De qué médico se trata?", preguntó Yan Yulin, aferrándose a un resquicio de esperanza.
He Yuxiu bajó la voz: "No goza de gran renombre por estos lares, pero dicen que posee habilidades reales. Su nombre es Cuitike".
"¿Cómo has dicho que se llama?", prorrumpió de improviso la débil voz de He Haiqin desde el lecho.
"Cuitike", respondió He Yuxiu con sumo cuidado.
"¿Un extranjero occidental?". El rostro de He Haiqin se crispó de indignación patriarcal. "¡No pienso recibirlo!".
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• Novela: El Señor de Puluo / 普罗之主 (Pǔluó Zhī Zhǔ)
• Autor: Salagusi (沙拉古斯)
• Traductor: Inmensurable
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El Señor de Puluo (Novela)
Capítulo 12
El Señor de Puluo (Novela) Capítulo 11
Estás leyendo el capítulo 11 de El Señor de Puluo (Novela), un novela. Para salvar la vida de un amigo, Li Banfeng —cuyo nombre se escribe con el carácter de "cumbre" y no de "locura", pues el médico aseguró que no está loco— aborda el tren de vapor 1160 con destino a la Provincia de… Este capítulo tiene publicado el 17 de octubre de 2026, Traducido por el grupo Inmensurable. El Señor de Puluo (Novela) tiene 56 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.