Leer El Regreso del Profesor Runebound (Novela) Capítulo 779 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Noah siguió al monstruo por los laberínticos pasillos de la Ciudadela Perdida. Un frío glacial le recorría las venas y mantenía listo el Disrupción Desenredante, preparado para desatar su magia al instante. No habría margen de error. Ningún riesgo. No los permitiría.
Las múltiples patas del monstruo ciempiés resonaban contra la vieja piedra como el ritmo constante de la marcha de un pequeño ejército. Cada uno de sus movimientos era cuidadoso y deliberado, como si estuviera convencido de que Noé estaba ansioso por encontrar una excusa para matarlo.
En su recorrido por los antiguos senderos, pasaron junto a no menos de una docena de cadáveres. Desgarrados y deshechos, apenas parecían restos de seres vivos. Las escenas parecían más bien el intento desesperado de un estudiante de arte por aprobar una asignatura en la que había estado escaqueándose todo el semestre.
A Noah se le ocurrió que quizá existía una mínima posibilidad de que el monstruo tuviera buenas razones para creer que estaba esperando para matarlo.
No sabía cuánto tiempo caminaron. Durante todo ese tiempo, ni un alma más entró en el alcance de su dominio. Todo allí abajo sabía hasta dónde llegaban sus sentidos. Lo habían experimentado de primera mano.
Ahora parecía que ya habían elegido a su víctima y no tenían intención de ofrecerle más comida. Eso iba a complicarle las cosas si no encontraba una salida pronto. Al fin y al cabo, Noah necesitaba su energía mágica para sobrevivir. Si esto no funcionaba… daba igual que los monstruos siguieran intentando matarlo o no.
De todos modos, morirían. Era la vida de ellos o la suya; y hasta que no comprobara que su calabaza seguía funcionando y que todos sus alumnos estaban a salvo, no había vida en ese laberinto subterráneo más valiosa que la suya.
El monstruo tomaba rumbos aleatorios, recorriendo aparentemente los mismos caminos que ya habían transitado. Lo condujo a través de túneles excavados por los de su especie, así como por senderos construidos por el hombre. Noah juraría que los elegía al azar.
Ni una sola vez se detuvo. Ni una sola vez intentó orientarse o asegurarse de que iba en la dirección correcta. Simplemente seguía avanzando a toda velocidad, y él lo seguía. Una parte de él se preguntaba si acaso solo intentaba hacerlo dar vueltas en círculos para cansarlo.
Si aquella idea no hubiera sido tan estúpida, tal vez la habría considerado un poco más. Por suerte para el monstruo, en ese momento no tenía la capacidad de concentración suficiente para ocuparse de tales cosas.
Su mente ya estaba dividida en demasiadas direcciones. Dejar que sus pensamientos divagaran hacia cualquier otra cosa que no fuera la tarea inmediata sería una sentencia de muerte.
Y así siguieron caminando. Noé no sabía con exactitud cuánto tiempo pasaron vagando entre aquellos malditos muros de piedra. Le pareció que unas pocas horas. Podría haber sido la mitad o el doble.
La llamada de la Línea acechaba constantemente en los márgenes de su visión. Se enroscaba en las venas que recorrían su cuerpo y pulsaba las cuerdas de su corazón. El poder lo atraía. Ni siquiera estaba seguro de qué era la promesa. Ya no se encontraba en un estado mental. La Línea no podía hacer nada fuera de su propio cuerpo o de algún tipo de estado mental.
Interactuar con ello solo avivaría su influencia en su mente. Solo distorsionaría aún más lo poco que quedaba de sus pensamientos. No deseaba experimentar el mar casi infinito de recuerdos que brotaba en su interior con la esperanza de ahogar todo lo demás. Al menos, no más de lo necesario.
El monstruo dobló una esquina. Noé también, esperando encontrar otro camino prácticamente idéntico que se extendía para continuar el laberinto interminable.
Pero no estaba allí.
Ante ellos se alzaba una caverna inmensa. Su techo abovedado se elevaba treinta metros en el aire, con incrustaciones de motivos dorados que apenas se distinguían en la oscuridad. Unos cuantos pilares macizos se elevaban desde el suelo hasta el techo. A juzgar por los enormes trozos de escombros que cubrían el suelo, antaño habían existido muchos más.
No habían sobrevivido. Algo los había destruido. Los pilares no fueron los únicos. Grandes extensiones de tierra habían sido arrancadas. Marcas de quemaduras surcaban zonas de la piedra, y enormes hendiduras recorrían las paredes.
Aquí había habido una pelea. Una pelea importante.
Solo una parte de la habitación no había sido devastada. Un enorme par de puertas dobles cuadradas, fácilmente tres veces más altas que Noé, esperaban al fondo. Se habían integrado a la perfección con las paredes curvas. Ni una mota de polvo ni ningún adorno las tocaba. Las puertas eran tan sencillas como podían ser. No eran más que piedra gris.
Y en su centro, en una protuberancia circular conectada a la puerta derecha, había una cerradura.
A Noah le costó un momento asimilar que no había entrado en otro pasillo. Entonces se dio cuenta de que el monstruo lo observaba, con su horrible rostro aún cauteloso y temeroso. No había movido ni una sola pierna desde que entraron en la habitación.
El dominio de Noé se extendía por los alrededores. Aún no había ni rastro de vida cerca, pero la habitación era lo suficientemente grande como para que su dominio no alcanzara las puertas ni nada que pudiera estar detrás de ellos.
El monstruo no dijo ni una palabra. No hacía falta. La llave que colgaba del cuello de Noah parecía pesar más. Esto debía de ser a lo que se refería Sebastián. Estas puertas eran la entrada a la Ciudadela Perdida.
O, quizás si tenía suerte, la salida.
Pero Noé no era tan optimista. Nadie cerraba una puerta por dentro.
—La llave —gruñó el monstruo con la voz de Sebastián—. Tú… tómala. La Ciudadela.
—Ya lo he comprendido —dijo Noah. Profundizó en su magia, atrayendo el poder hacia sí. Los fragmentos de energía blanca que lo rodeaban siseaban expectantes, enviando arcos eléctricos que danzaban sobre su piel—. Quédate aquí. Si intentas irte, te mataré.
—Reza —dijo el monstruo—. Los experimentos aquí. Exitosos. No lo suficientemente fuertes. Reza.
Noé la miró fijamente un instante. Luego se volvió hacia la puerta.
“Me da igual. Vienes conmigo hasta que encuentre una manera de salir de aquí.”
—Reza —repitió el monstruo.
Pero no se movió. Simplemente se quedó allí, observándolo con cautelosos ojos rojos, mientras él comenzaba a cruzar la habitación hacia la puerta.
Su mirada se extendió sobre la piedra que lo rodeaba en busca de cualquier señal de… bueno, de cualquier cosa. Pero no había ninguna. La piedra era solo piedra y el oro solo oro. No parecía haber nada de interés en absoluto.
Hasta que su dominio tocó las puertas.
Noé se quedó paralizado en el sitio.
Eran muros de pura magia. El poder ardía en su interior con tal intensidad que bien podrían haber sido dos linternas fundidas. No había ningún patrón, ni un propósito discernible en lo que hacía ese poder.
Era simplemente poder. Mucho más del que Noah jamás había visto contenido en un solo objeto. Incluso si le hubieran dado unas horas para desgastarlos con el poder de Sunder, sospechaba que no habría podido hacer mucho más que arañar su superficie.
Quienquiera que haya fabricado estas puertas… debió haber estado en la cima absoluta del Rango 7, si no del Rango 8, y les infundió una cantidad ingente de magia.
¿Qué es este lugar? ¿Qué función cumplía?
Noah extendió la mano hacia la llave que colgaba de su cuello. La levantó y reanudó su avance. Su dominio no detectaba nada tras las puertas. La intensidad de la magia bloqueaba por completo sus sentidos.
Una cosa era segura. El creador de esas puertas era muchísimo más poderoso que la colonia de monstruos con mente colmena a la que había estado atravesando.
Noah se detuvo justo antes de las puertas. La cerradura estaba tan alta que no podía alcanzarla, ni siquiera estirando el brazo por encima de la cabeza. Tuvo que trepar a un escombro cercano para poder verla.
Me pregunto qué probabilidades hay de que esto explote en el momento en que intente abrirlo. Seguro que no está atrapado, ¿verdad?
—Reza —dijo el monstruo desde detrás de Noé. No se había movido de su sitio en la entrada de la habitación.
—Esa palabra no significa lo que tú crees —dijo Noé.
Las voces que zumbaban en su cabeza guardaron silencio por una vez. Todo en él estaba de acuerdo.
No puedo quedarme de brazos cruzados esperando eternamente. Si está atrapado, me ocuparé del problema.
Introdujo la llave en la cerradura. Entró sin resistencia, deteniéndose con un golpe seco y ominoso que resonó en la habitación a sus espaldas. Noah se preparó. Extendió la mano hacia Sunder. Su poder recorrió sus venas, tiñéndolas de negro azabache.
Por si acaso.
Entonces Noé giró la llave.
Se movió con facilidad, girando noventa grados a la derecha antes de detenerse con otro fuerte golpe. Un mecanismo dentro de la puerta vibró y zumbó. Instantes después, se oyó un estruendo sordo y resonante. Entonces, antes de que Noah pudiera siquiera intentar empujar las puertas, se abrieron de golpe hacia adentro.
Una oleada de aire putrefacto pasó rozando el rostro de Noé y se le acumuló en los pulmones.
—¡Reza! —dijo el monstruo detrás de Noé, con voz cada vez más angustiada—. ¡Reza! ¡Reza!
En la oscuridad tras las puertas, dos luces rojas se encendieron como llamas. Ojos. Cada uno del tamaño de una pelota de playa. Un siseo bajo y chirriante se enroscó entre las sombras. El tamborileo de cien patas quitinosas resonó en el aire. Era doce veces más fuerte que el monstruo que lo acechaba.
Noé dio un paso atrás, bajando del trozo de escombro sobre el que había estado de pie.
De detrás de las puertas surgió la madre de todos los ciempiés monstruosos. Era diez veces más grande que la criatura que estaba detrás de Noah, con un cuerpo tan largo que ni siquiera alcanzaba a ver el final. Un caparazón negro cubría su cuerpo, interrumpido solo por grupos de rostros agonizantes y llenos de colmillos que lo acribillaban como parches de pústulas. Un líquido oscuro rezumaba de sus ojos y bocas, goteando sobre el suelo y chisporroteando al contacto.
Ninguno de los rostros pertenecía al monstruo. A Noé le bastó un instante para darse cuenta de que debían haber sido tomados de los mismos ciempiés que él mismo había estado matando minutos antes; y parecía como si algo los hubiera fundido con el cuerpo de aquella enorme y vil criatura.
El enorme monstruo tenía en realidad rasgos de insecto, con dos mandíbulas curvas que se contraían delante de una boca llena de colmillos grises y goteantes.
El dominio de Noé se irritó en señal de advertencia.
Ya era un poco tarde para eso.
Aquella cosa era poderosa. Mucho más poderosa que cualquier otra a la que se hubiera enfrentado desde su llegada a los pasillos. Y no solo era poderosa. En los ojos de la criatura que tenía delante se vislumbraba algo más que odio. Había inteligencia.
—Dos almas —susurró el enorme ciempiés, con su voz chirriante retorcida de placer—. He tenido tanta hambre. Hace tanto que no como. Vosotros... seréis un buen festín.
—Oración —repitió el monstruo desde detrás de Noé, con voz débil por el terror. Y, finalmente, Noé comprendió que no había malinterpretado el significado de la palabra en absoluto.
Intentaba rezar pidiendo ayuda.
—Aquí no hay dioses —susurró la enorme criatura mientras más de su cuerpo, aparentemente interminable, emergía de las sombras para alzarse sobre Noé. Sus mandíbulas se separaron en lo que solo podía ser una sonrisa sádica—. Solo existe el Devorador de la Ciudadela, libre al fin.

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El Regreso del Profesor Runebound (Novela) Capítulo 779
Estás leyendo el capítulo 779 de El Regreso del Profesor Runebound (Novela), un novela. Las vidas son moneda corriente, y Noah Vines es rico. Reencarnado en el cuerpo de un profesor de magia envenenado, Noah recibe más que una segunda oportunidad. Cada vez que muere, su cuerpo se reforma. Con infinitas… Este capítulo tiene publicado el 18 de enero de 2026, Traducido por el grupo Crowli. El Regreso del Profesor Runebound (Novela) tiene 923 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.