Leer El Regreso del Profesor Runebound (Novela) Capítulo 776 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Noé oía voces.
Eso no era tan raro. Quizás eso en sí mismo debería haber sido una señal de alerta. Generalmente, cuando uno oía voces que no eran las suyas, era un buen indicio de que debía dormir un poco o consultar a un médico.
Pero la vida era subjetiva. Eso, más que nada, se hacía cada vez más evidente cuanto más tiempo pasaba en aquel vacío blanco. Se podría decir que oír voces era algo malo. Pero Noé había oído voces cada vez que alguien le había hablado. Así solía funcionar el habla. A nadie le sorprendía recibir una respuesta durante una conversación.
Podría argumentarse que oír voces no era un problema en sí mismo. Se podría afirmar que el verdadero problema radicaba en oír voces cuando no había nadie alrededor. Y, de ser así, entonces Noé podría haber estado en apuros.
Sin embargo, se podría argumentar que la existencia del pensamiento consciente era una voz. A nadie le sorprendía tener un diálogo interno. Noah estaba teniendo uno en ese momento, y le parecía completamente normal.
Y si un diálogo interno era normal, entonces oír una voz en la cabeza también lo era. Al fin y al cabo, era su propia voz. Eso debería haber significado que todo estaba como debía estar.
Desafortunadamente, había más de una voz.
Y eso hizo que Noé volviera al punto de partida…
Casi.
Noah ya había establecido que tener una voz en su cabeza debería ser algo bastante lógico y normal. Esa voz era suya. Simplemente se llamaba pensar. Aunque un número preocupante de personas se negaba obstinadamente a utilizar la técnica, seguía siendo una estrategia perfectamente legal y válida.
El problema de Noé era que pensaba demasiado. Oía tres voces en su cabeza. Y eso, estaba bastante seguro, probablemente era malo. Era una conclusión fácil de sacar. Una voz en la cabeza era buena. Era pensar. Más voces en la cabeza era locura.
Pero había una excepción. Como en todo en la vida, incluso en esto había un resquicio legal. Puede que Noé hubiera oído tres voces en su cabeza…
Pero cada uno de ellos era suyo.
—Te has vuelto a distraer —dijo Noé-2.
Noah parpadeó. Sus dedos habían empezado a aflojarse alrededor del arco y la nota que tocaba se había transformado en un triste y apagado gemido. Rápidamente retomó el rumbo de la canción, logrando por poco salvar la Formación que estaba creando antes de que se desmoronara.
—Gracias —dijo Noé. Su voz le sonó extraña. —Me distraje un momento.
Destruir las Formaciones tenía su técnica. Ya era bastante bueno en eso antes de acabar en este vacío blanco. Ahora, se acercaba rápidamente al punto en el que se atrevería a considerarse un experto.
Noah no tenía ni la más remota idea de cuántas veces había creado y destruido una Formación. Ignoraba cuánto tiempo llevaba atrapado allí. Ni siquiera sabía si el vacío tenía fin.
Una parte de él sentía que llevaba una eternidad construyendo y destruyendo formaciones. Otra, que solo había transcurrido un segundo. El resto estaba bastante seguro de que la respuesta radicaba en la minúscula e insignificante diferencia entre ambas.
Ya había agotado su única runa accesible miles de veces. Sinfonía Hueca había sido su único compañero ajeno a Noé, y no había sido muy bueno. No le gustaba mucho hablar.
Pero claro, ya tenía suficientes voces resonando en su cabeza en ese momento. Una voz más no habría mejorado mucho la situación. Desde luego, no habría cambiado nada.
Solo importaba una cosa: salir de allí. No importaba cuántas veces Noah tuviera que reconstruir una Formación y destruirla. No importaba cuántas veces se quedara sin magia. No importaba cuántas veces tuviera que ir erosionando la inmensidad blanca.
Él escaparía.
No era una cuestión de si sucedería, sino de cuándo.
Pero ese momento empezaba a ser un poco problemático. Noah no dudaba de que él mismo sobreviviría. Las tres voces en su cabeza coincidían en eso. Lo que le preocupaba un poco más era la vida de los demás.
Moxie. Lee. Todos y cada uno de los estudiantes, demonios y humanos. Los demás profesores. Todas y cada una de las personas a las que Noah había llegado a conocer y apreciar. Seguían en el mundo real, y solo los dioses sabían lo que estaba sucediendo.
¿Me perderé semanas? ¿Años? ¿Décadas? Yo... no. No puedo aceptarlo. Escaparé. Y lo haré antes de que alguien se vaya. No me ausentaré durante años de sus vidas. Todavía hay demasiado por hacer. Demasiado por ver. El éxito es el único resultado que puedo permitirme.
“Entonces deberías centrarte más en las Formaciones y menos en el pensamiento.”
Ese era Noé-3. Su voz, al igual que la de Noé-2 y la de Noé, provenía únicamente de la cabeza de Noé. Era la misma voz con la que todos hablaban, pero había algo más en ella. Algo distante.
Hubo un tiempo en que Noah no lo entendió. Ahora sí, y deseaba no entenderlo. La Línea le traía a la mente un recuerdo tras otro, como destellos de senderos dorados. No los quería, pero a la Línea no le importaba.
Formaban parte de él. Spider los había contenido durante un tiempo. Había mantenido esos antiguos pensamientos enredados en la telaraña que había tejido para proteger a Noah-2 y a Noah. Pero la telaraña se había quemado.
La jaula había desaparecido y la Línea era libre.
Había tanto. Y había tan poco. Tantos recuerdos, y todos iguales. Un paso, mil, un millón. Todos distintos. Todos iguales. Todos golpeando sin cesar, la marcha de un ejército de un solo hombre que avanza hasta el infinito.
Esos recuerdos atormentaban sin cesar la mente de Noah. Desgarraban sus pensamientos como mil pequeños fragmentos esparcidos a su paso, desgarrando todo aquello en lo que se atrevía a concentrarse.
Pero él siguió marchando.
Aun así, creó Formaciones.
Aun así, los destruyó.
Aun así, siguió extrayendo arena del vacío, y las notas de su canción resonaban en el vasto vacío que lo rodeaba.
Fragmentos de una nada blanca y humeante se adherían a su ropa como brasas humeantes. Le pinchaban la piel como copos de nieve helados, pero los ignoró. Era inútil intentar quitárselos. Pronto llegarían más.
No quedaba rastro del lugar donde había partido, ni había surgido ninguna pista de adónde se dirigía.
Noé no estaba seguro de si uno se daría cuenta de que se estaba volviendo loco. Él, desde luego, no estaba cuerdo; pero, por suerte, no hacía falta estar cuerdo para marchar.
Y marchó. Entre las voces que zumbaban en su cabeza y los sinuosos senderos de la Línea que centelleaban en los bordes de su visión para burlarse de él, el ejército que era un hombre solitario marchó.
Habría un final.
Habría una forma de volver con los demás.
Y él lo encontraría.
* * *
Quedaban dos minutos antes de que Sebastián muriera.
Sus pies golpeaban la antigua piedra mientras tropezaba por el pasillo, dejando a su paso un rastro de sangre dolorosamente evidente. Un corazón débil latía con desesperación en su pecho. Aún no había logrado procesar lo que el resto de su cuerpo ya sabía.
Estaba muerto.
Tenía las puntas de las extremidades entumecidas. Ya no sentía los dedos y con cada paso, la zona de entumecimiento que cubría sus piernas se extendía hacia su pecho. Lo único que lo mantenía en pie era la adrenalina que le recorría las venas.
Eso, y la profunda resiliencia que reside en cada ser humano. Esa parte que se niega a admitir que el final se acerca. Su cuerpo se negaba a rendirse. No ahora. No cuando por fin había demostrado el valor de la obra de su vida.
Tras cientos de años de búsqueda, lo había encontrado.
La Ciudadela Perdida. El Palacio Sombrío. La Tumba del Último Señor. Tuvo una docena de nombres distintos a lo largo de la historia. La lista de magos que la buscaron era casi tan larga como su historia.
Pero si Sebastián no encontraba la forma de salir de allí, dudaba que su nombre llegara a figurar en la lista de magos desaparecidos en la búsqueda de ese lugar. Se suponía que era su fortuna.
La prueba de que incluso él, un simple mago de rango 5, podía ser digno. Este descubrimiento habría bastado para ingresar en cualquier facción que deseara. Debería haber cambiado su vida para siempre.
Y, en cierto modo, así fue.
Pero no de la forma que él hubiera querido.
Una llave de cobre, suspendida de una vieja cadena, le golpeaba la clavícula con cada paso vacilante que daba. Hacía apenas unos minutos, esa llave había sido su posesión más valiosa.
Ahora ese sería el pago que llevaría al barquero del más allá para comprar un pasaje más rápido.
Unas patas se deslizaban por el suelo tras él. Docenas de ellas, todas pertenecientes a la misma bestia. Podía ver las extremidades negras y quitinosas, con sus puntas dentadas, en su mente. Aún sentía el dolor de cuando le atravesaron la carne, cortando los artefactos que había traído como si fueran mantequilla.
Y su rostro... aún podía verlo. Rasgos congelados en un grito de agonía, la boca abierta de par en par por hileras de colmillos demasiado anchos para caber. Odio ardiendo en un par de ojos rojos como la lava.
Fue inteligente. Lo suficientemente inteligente como para permitirle encontrar lo que buscaba antes de atacar. Lo suficientemente inteligente como para permitirle correr. Lo suficientemente inteligente como para asegurarse de que no escapara.
Sebastian no tenía duda de que esos eran los resultados de los mismos Experimentos Rúnicos que habían sepultado la Ciudadela. Todos los registros que había leído indicaban que los esfuerzos habían fracasado, que sus técnicas no habían dado lugar a ninguna investigación valiosa y que la Ciudadela simplemente había sido abandonada y olvidada. Decían que no era más que una vieja ruina con algunos artefactos valiosos perdidos en su interior.
Evidentemente, los informes habían sido erróneos.
Una sonrisa amarga se dibujó en los labios de Sebastián mientras seguía avanzando a trompicones. Este descubrimiento era de una magnitud enorme. Y ahora moriría allí, probablemente no por primera vez. Solo los dioses sabían cuántos otros magos habían tropezado por estos mismos pasillos, arrastrando el peso de su fracaso como una cadena a sus piernas.
Sebastián dobló la esquina y tropezó al entrar en una pequeña habitación cuadrada. Dio unos pasos dentro.
Y entonces se detuvo.
No había ninguna puerta en ninguna de las otras paredes. Era un callejón sin salida.
Tragó saliva.
La magia aquí era densa. Mal. Algo la había enredado en un nudo miasmático. Aunque las runas de Sebastián hubieran sido lo suficientemente fuertes como para permitirle contraatacar, la Presión Rúnica dentro de la Ciudadela era tan intensa que apenas podía invocarlas.
Esta habitación era aún peor. Algún antiguo ritual debió de haber tenido lugar allí. Todavía había inscripciones en las paredes, pero no tuvo tiempo de leerlas. Le llamó más la atención la sangre vieja y seca que cubría el suelo a su alrededor.
No fue el primero en morir aquí.
El monstruo me llevó a su mesa.
Lentamente, Sebastián se giró. Su mano se alzó hacia la llave que llevaba al cuello. El clic-chirrido del monstruo que se acercaba se hizo más presente. Más lento. Como si saboreara el momento.
Retrocedió tambaleándose hasta que su espalda se pegó a la pared, su corazón ralentizándose a pesar de sus desesperados intentos por seguir latiendo. No quedaba tiempo.
Algo más cantaba a lo lejos. Un grito, casi como el aullido de un alma que se desgarra del más allá. Quizás planeaba usar la suya como compensación por su huida.
Sebastián se desplomó. Un rastro de sangre le seguía la espalda mientras caía al suelo. El clic se acercaba. Las sombras que se cernían sobre la puerta por la que acababa de entrar parecían alargarse.
Un rostro deformado emergió en la penumbra. Lo que una vez fue humano, ahora era todo menos eso. Colmillos curvos sobresalían de entre labios desgarrados, rechinando entre sí mientras la mandíbula del monstruo se desencajaba, dejando escapar un siseo hambriento.
El cuerpo de un ciempiés se deslizó tras la monstruosidad, arrastrándola más adentro de la habitación. Sus ojos permanecieron fijos en Sebastián.
Intentó invocar sus runas, pero fue inútil. Ni siquiera pudo reunir su fuerza. La fuerza se desvanecía de su cuerpo tan rápidamente que lo único que podía esperar era morir antes de que el monstruo sin nombre lo atacara. Entonces, al menos, el dolor terminaría.
Nadie lo sabrá. Desapareceré y otro llegará aquí. En un año, en diez, en cien. Y correrán la misma suerte que yo.
El remordimiento le quemaba el corazón a Sebastián. Apretó la llave con fuerza. La oscuridad se cernía sobre él. El monstruo se cernía sobre él, sus mandíbulas chasqueaban al abrirse lentamente como un viejo mecanismo oxidado.
La única emoción que reflejaban sus pequeños ojos rojos era un hambre sádica. La muerte se acercaba a Sebastián, y no podía llegar lo suficientemente pronto. Aquella criatura sabía cuánto tiempo le quedaba. Disfrutaba cada instante de sufrimiento que podía infligirle, y él sabía que no le permitiría abandonar este mundo en paz.
Si algún dios me escucha… por favor. Dame algo. No pido vivir. Mi muerte ya está escrita. Pero no me dejes morir así. Destruye mi cuerpo. Pudre mi espíritu. Enciérrame en la garganta de esta monstruosidad. Haz conmigo lo que quieras. Me da igual. Solo permíteme vengarme de esta criatura infame.
Los gritos resonaban con más fuerza en los oídos de Sebastián. Quizás era el más allá mismo, esperando para arrastrarlo. Sebastián mostró los dientes mientras su visión se nublaba y se oscurecía. Al menos, no iría a mendigar. No gritaría. Esa satisfacción, al menos, podía negársela.
—Te maldigo con cada fibra de mi ser —gruñó Sebastián. Sus palabras sonaban lejanas y débiles para sus propios oídos—. Alguien vendrá a por ti, criatura.
Un crujido resonó en el aire.
El monstruo se quedó paralizado. No había salido de su boca, ni tampoco de Sebastián.
Unas brillantes grietas blancas rasgaron el aire ante él, como si alguien hubiera resquebrajado la realidad misma. La presión aplastó el poco aliento que le quedaba a Sebastián, pero ni siquiera le importó. Estaba demasiado perdido.
La canción estridente alcanzó su punto culminante.
La realidad se hizo añicos.
Fragmentos de magia blanca pura, tan brillantes que abrasaron la oscuridad en la visión de Sebastián como el sol mismo. Giraron en el aire ante él como una lluvia suave para estrellarse contra el suelo, dejando una grieta en el tejido del mundo.
Y de la nada surgió un hombre. De forma extraña, estelas de magia triangular y dentada se movían a su alrededor. Vestía una chaqueta de uniforme raída que Sebastián no reconoció. Pero los ojos del hombre... eran como si el sol se hubiera condensado en un brillante néctar dorado.
No había iris. Ni pupila.
Lo único que contenían era oro fundido y brillante. Parecían extenderse mil millas y mil más, portales infinitos que se precipitaban hacia el infinito.
Y, cuando el pie del hombre tocó tierra firme, a los gritos que llenaban el aire a su alrededor se unió un nuevo sonido.
Risa.
Una risa maníaca y desquiciada, un manantial burbujeante de diversión histérica que brotaba de un pozo que llevaba años seco. Resonó en la habitación y retumbó en los oídos de Sebastián como un trueno retumbante.
Una nueva emoción se reflejó en la mirada llena de odio del monstruo.
Miedo.
Se abalanzó hacia adelante, abandonando toda esperanza de una muerte placentera, y abrió las mandíbulas para morder el cuello del recién llegado.
Sebastián intentó reunir el aliento para lanzar una voz de advertencia. Su intento fracasó. La presión era demasiado intensa y él estaba demasiado débil. No pudo hacer nada más que observar.
Los ojos dorados del hombre volvieron a parpadear.
Inclinó la cabeza hacia un lado.
Una tormenta ramificada de furia mágica roja brotó de su palma. Atravesó al monstruo en un instante, añadiendo un nuevo alarido a la cacofonía que resonaba en la sala.
Hubo un instante de quietud. El miserable monstruo se congeló, paralizado mientras serpientes dentadas de energía recorrían todo su cuerpo.
Entonces se hizo añicos. La quitina cayó al suelo con un estrépito, salpicando a su alrededor trozos de carne ensangrentada en una lluvia de vísceras y sangre.
La incredulidad destrozó los pocos pensamientos que aún conservaba Sebastián. Fue limpio. Metódico. El monstruo no solo había muerto. Había sido aniquilado. No se trataba de un simple mago. Fuera cual fuese la magia, no se parecía a nada que hubiera visto jamás.
Mis oraciones fueron escuchadas.
Las comisuras de los labios de Sebastián se crisparon. Su cabeza golpeó hacia atrás contra la pared.
Ya no había gritos. Ya no había agonía. Apenas sentía su cuerpo. Todo era suave. Distante. El mundo se convirtió en un mero destello, pero aun así se aferró a la vida.
Con el último aliento, Sebastián se llevó la mano al cuello. A la llave que colgaba de la cadena. Y, cuando el hombre se volvió hacia él, los dedos de Sebastián se aferraron a la obra de su vida. Temblaban, apenas capaces de sujetarla.
—Gracias —susurró Sebastián, forzando las palabras a través de sus labios entumecidos. Sus dedos volvieron a tirar de la llave—. Por favor…
—¿Dónde estoy? —preguntó el hombre. Había algo extraño en su voz, como si varias personas hablaran a la vez. La locura acechaba en las sombras tras cada palabra que pronunciaba. Su mirada dorada se encontró con la de Sebastián.
La muerte se abalanzó sobre Sebastián. Sus dedos helados se enroscaron alrededor de su cuello. Se apretaron como una soga. Sus labios se movieron, pero no salió ningún sonido.
Obsidia. La Ciudadela Perdida en Obsidia.
Quiso responder a la pregunta de su vengador. Pero no pudo. La muerte lo había reclamado. Su plegaria ya había sido escuchada. Los dioses no le concederían más gracia.
—Todavía no —susurró el hombre.
Su mirada se desenfocó ligeramente. Los fragmentos de luz blanca que centelleaban a su alrededor ondulaban. Destellos dorados surcaban el aire y formaban un sendero empedrado ante él, pero el hombre los ignoró. Venas negras recorrían su brazo y una magia de obsidiana se enroscaba en las yemas de sus dedos.
Hizo un gesto con un dedo en el aire, junto al cuello de Sebastián.
La soga dejó de apretarse.
La incredulidad que arremolinaba los pensamientos de Sebastián, cada vez más débiles, se multiplicó por mil. Era imposible. Pero allí, en sus últimos momentos, no había lugar para mentiras. Ya no quedaba tiempo para ellas. No podía negar la verdad que ardía ante él.
Aunque solo fuera por un instante, con un solo dedo, el hombre de ojos dorados había ordenado a la muerte que se doblegara.
Y había obedecido.

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El Regreso del Profesor Runebound (Novela)
Capítulo 777
El Regreso del Profesor Runebound (Novela) Capítulo 776
Estás leyendo el capítulo 776 de El Regreso del Profesor Runebound (Novela), un novela. Las vidas son moneda corriente, y Noah Vines es rico. Reencarnado en el cuerpo de un profesor de magia envenenado, Noah recibe más que una segunda oportunidad. Cada vez que muere, su cuerpo se reforma. Con infinitas… Este capítulo tiene publicado el 18 de enero de 2026, Traducido por el grupo Crowli. El Regreso del Profesor Runebound (Novela) tiene 923 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.