Leer El Regreso del Profesor Runebound (Novela) Capítulo 617 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
La casa de subastas entera resonaba en una cacofonía de pánico. Los magos se movían frenéticamente por todas partes, los guardias corrían de un lado a otro y los gritos se mezclaban en el aire. Jalen vio a más de un torpe idiota tropezar entre sí en su afán por escapar.
Ni siquiera su diversión logró evitar que negara con la cabeza con disgusto. La mayoría de los magos en esa sala eran de rango 4 alto o rango 5, y sin duda también había al menos algunos de rango 6 dispersos por la sala.
Se suponía que eran de los más poderosos del imperio, pero la sola mención de las Llanuras Malditas bastaba para que se temblaran de miedo. Claro que Jalen no se hacía ilusiones: sabía que no eran los más fuertes del imperio.
Casi todos los magos que realmente valen la pena no pierden el tiempo en una subasta. Están escondidos o entrenando. Aun así, debería haber algunos aquí que no sean del todo patéticos.
Su mirada recorrió la habitación en busca de algo interesante. Llevaba años lidiando con inútiles y pusilánimes. A Jalen le gustaba pensar que tenía buen ojo para la gente que no se desplomaría ante el menor problema.
Y, efectivamente, encontró lo que buscaba.
En medio del caos que siguió al anuncio de Vermil, hubo varias personas que ni siquiera se inmutaron.
Una mujer en el andén 2 se inclinó sobre la barandilla, observando a Vermil. Su máscara no lograba disimular su interés. Jalen, en cambio, se fijó más en su cabello. Era de un rojo anaranjado intenso, el color de los sirvientes de la familia Torrin. Otra mujer estaba de pie en el andén junto a ella, ataviada con pesadas túnicas negras que le quedaban grandes. Se esforzaba por ocultar lo máximo posible su figura.
Luego, en el andén 6, un hombre corpulento permanecía sentado en su silla, con la espalda recta. Sus dedos tamborileaban sobre el reposabrazos mientras esperaba a que Vermil hablara. Un grupo de empleados lo rodeaba, moviéndose con prisa y con un pánico que él no compartía.
En el andén 8 había una mujer alta de pelo negro. Estaba de pie, con los brazos cruzados a la espalda y la cabeza ladeada, como si estuviera viendo un espectáculo interesante desarrollarse ante ella.
Y esos no eran todos. Por toda la habitación, había dispersos puntos de interés. Magos aquí y allá que no eran del todo inútiles. De hecho, eran algunos más de los que Jalen esperaba encontrar, aunque Vermil aún no había hecho nada.
Era un supuesto demonio solitario, rodeado y expuesto. Un mar de cuerpos lo separaba de los magos. Solo los más cobardes se habrían aterrorizado. Posiblemente, ese era el peor lugar para que un demonio intentara un ataque.
—¡Estás acabado, demonio! —gritó un mago—. ¡Mostrarte aquí es como lanzarte de cabeza contra una espada!
—Demonio —repitió Vermil, ladeando la cabeza—. ¿Eso es lo que crees que soy?
Los guardias que lo rodeaban en el andén se acercaron más. Prepararon sus armas y gritaron órdenes, pero ninguno estaba dispuesto a acortar la distancia que los separaba de Vermil.
Aunque la única prueba de su identidad fuera su afirmación de ser de las Llanuras Malditas, ningún hombre cuerdo querría acercarse a un demonio, y ni siquiera un idiota fingiría ser uno.
—Acabas de decir que lo eras —replicó el mago—. ¿No es así?
—¡Tírate al suelo! —gritó uno de los guardias con la voz quebrada—. ¡Manos a la espalda!
—No —dijo Spider.
Los guardias lo miraron fijamente.
—¿Por favor? —intentó decir el guardia.
—Buen intento, pero no —dijo Vermil. Dejó caer su enorme grimorio al suelo con un fuerte golpe—. Ahora bien, creo que estábamos celebrando una subasta, ¿no?
“¿Dónde están los Inquisidores?”, gritó un mago por encima de la cacofonía. “¡Para eso les pagan! ¡Que alguien expulse al demonio!”
Es una buena pregunta. Un evento como este debería contar con al menos un Inquisidor entre el personal. Imagino que Vermil incluso lo tenía previsto. No habría hecho una entrada así si no esperara la presencia de un Inquisidor. Por muy ineptos que sean, no puedo decir que suelan tardar en actuar ante la información.
¿Qué está sucediendo?
—¡Cálmense! —rugió una mujer. Su voz resonó en la casa de subastas como un trueno atronador, abriéndose paso entre el caos. El dominio de Jalen se estremeció. Sus palabras estaban imbuidas de magia. Mucha magia.
Magia sonora. Algo que ya no se ve mucho.
Ni un solo fragmento logró atravesar su dominio. La mujer era fuerte, pero él era más fuerte. Aquello era casi una decepción. Hacía demasiado tiempo que no se enfrentaba a un desafío interesante. Aun así… debían ser de rango 5 alto o rango 6 bajo.
Y, para leve sorpresa de Jalen, la orden funcionó. El frenesí frenético cesó.
Una figura voló por los aires antes de posarse en el suelo, al otro lado del escenario, frente a Vermil. Vestía una túnica gris con placas de armadura cosidas que cubrían puntos vitales. La tela estaba impregnada de infusión para reforzar las uniones, y era evidente que había sido usada con anterioridad.
Ahí está. Alguien interesante. Aunque no es una Inquisidora. No le veo los huesos, y a ellas les encanta exhibirlos. ¡Menuda panda de pervertidas!
—Pareces alguien que busca una buena runa —dijo Vermil, sin inmutarse siquiera ante su llegada.
—¿Quién te crees que eres? —preguntó la mujer, flexionando los dedos—. No puedes ser tan estúpido como para pensar que puedes derrotar a toda una sala llena de magos de alto rango, demonio.
“¿Qué te hace estar tan seguro de que soy un demonio? Nunca dije nada por el estilo.”
—No juegues conmigo. Dijiste que venías de las Llanuras Malditas. Así que o eres un demonio o un mago muy, muy estúpido —dijo la mujer. Su voz denotaba una vasta experiencia. No era una aprendiz de mago novata buscando hacerse un nombre. Sin duda, era mayor.
No creo reconocerla. Debe de ser de una generación posterior a la mía. Por desgracia, eso aún le deja unos cuantos cientos de años de margen.
—O algo completamente distinto —dijo Vermil con indiferencia. Hojeó las páginas de Catchpaper que tenía en las manos, escogió una y la giró, sosteniéndola de forma que solo la mujer pudiera verla—. Pero, por suerte para usted, no estoy aquí para pelear. Estoy aquí por negocios. Si quiere saber qué soy, con gusto se lo diré… a cambio de un precio.
—¿Crees que me dejo sobornar tan fácilmente…? —la mujer dejó la frase en suspenso al echar un vistazo al papel. Durante varios segundos, permaneció en completo silencio. Solo entonces logró terminar la frase—. ¿Sobornarme?
—Sí —dijo Vermil—. Eres un mago. ¿Y qué es lo que un mago desea más que poder?
—¡Dame eso! —espetó la mujer, intentando arrebatarle el papel. La mano de Vermil se estremeció. Se movió a una velocidad imposible, apartando el papel de sus manos un instante antes de que sus dedos pudieran tocarlo.
Chasqueó la lengua. —No, no. Esto no funciona así. Está a la venta. Esto es una subasta, ¿no?
—¿Qué tiene? —gritó un mago—. ¿Es un demonio o no?
—¿Qué es ella, un perro cazador de demonios? —gritó Vermil—. Baja y decide por ti mismo.
—Tú no diriges esta subasta —gruñó uno de los guardias, envalentonado al ver que Vermil no había matado a la mujer—. No eres ningún demonio. Por eso los Inquisidores aún no han llegado. No sé qué pretendes, pero desafiarnos será el último error que cometerás.
—Alguien debería decirte que no hagas ese tipo de gestos que presagian la muerte —dijo Vermil, sacudiendo la cabeza.
—Última oportunidad. ¡Al suelo! ¡Manos a la espalda! —gruñó el guardia.
—No lo hagas —dijo Vermil con voz fría y amenazante—. No te pagan lo suficiente por esto.
—Un momento —dijo la maga del sonido frente a Vermil, saliendo de su estupor—. No sé si es un demonio, pero…
—¡Nada de cuartel! —gruñó el guardia. Chasqueó los dedos y una piedra brotó del suelo como un río que corría por su cuerpo. Se transformó en una guja y, con un movimiento preciso, la clavó en el pecho de Vermil.
Vermil se movió antes incluso de que el hombre lanzara el golpe. La guja pasó zumbando a su lado sin causarle daño y su mano se extendió rápidamente. Agarró el arma y se la arrebató al guardia antes de plantarle un pie en el pecho y lanzarlo hacia atrás con una potente patada. El guardia cayó al suelo con un gruñido, rodando y estrellándose contra una pared.
—No estoy aquí para perder el tiempo ni para malgastar energía en peleas inútiles —dijo Vermil—. Solo estoy aquí para vender algunas runas. Para eso es la subasta, ¿no?
El círculo de guardias se erizó, pero ninguno se movió. Miraron de Vermil al hombre caído en la esquina de la habitación mientras se ponía en pie tambaleándose, sin aliento pero prácticamente ileso.
—Sí, claro —gritó un mago desde una plataforma al otro lado de la sala, entre risas grotescas—. El guardia tenía razón. No eres un demonio. Los Inquisidores jamás dejarían entrar demonios aquí. Que alguien le quite la máscara a ese idiota para que veamos de qué familia es y que lo saquen. Nadie quiere comprar su mierda…
—Quinientos mil de oro —dijo el mago del sonido.
Sus palabras atravesaron la habitación como un cuchillo.
Todos la miraron fijamente.
—¿Qué? —preguntó alguien, y sus palabras de sorpresa apenas llegaron a los oídos de Jalen—. ¿Está pujando por ello?
—¿Qué tiene? —preguntó la mujer asomada a la barandilla del andén 2—. ¿Qué clase de runa vale tanto? ¿Qué tiene?
—No —dijo Vermil—. No busco dinero. Busco un intercambio. Quien me traiga las runas más parecidas a las que quiero, de rango 4 o superior, se las lleva. Así de simple.
—No vamos a seguirles el juego… —empezó a decir un mago.
—¿Qué quieres? Represento a la familia Herron. Te garantizo que conseguiremos lo que necesitas —dijo la maga del sonido, interrumpiendo al hombre de inmediato. Le lanzó una mirada fulminante a uno de los guardias que se acercaba, quien vaciló y retrocedió un paso.
—Así no funcionan las subastas —dijo Vermil—. Todo el mundo merece tener la oportunidad de pujar, pero en serio, ¿dónde están los Inquisidores? ¿Están dormidos? ¡Esos ineptos tienen que trabajar! ¿De verdad la seguridad está tan mal?
—¿Querías que aparecieran los Inquisidores? —preguntó el mago del sonido con incredulidad.
—¿No es ese su trabajo? Acabo de decir que vengo de las Llanuras Malditas —dijo Vermil con irritación—. ¿Podría alguien hacerme el favor de llamarlos? Con gusto empezaré la subasta en cuanto lleguen, pero necesito que esos cretinos estén aquí para verificar lo que tengo a la venta.
—¿Qué quieres decir con eso? —gruñó el hombre corpulento que descansaba en medio de un mar de asistentes—. Basta de bromas. Ahora sí que nos interesa. Con semejante espectáculo, más vale que reces para que tu producto sea tan importante como tú y tu cómplice decís.
—¿Cómplice? —preguntó el mago del sonido, girándose hacia el hombre—. No soy…
—¿Qué tiene a la venta? —preguntó el hombre, ignorando sus protestas—. Dímelo.
—Un tipo de runa que ninguno de ustedes ha tenido la oportunidad de tocar jamás —respondió Vermil riendo—. Runas demoníacas. Extraídas directamente de las Llanuras Malditas, de algunas de las entidades más poderosas que las habitan.
“¡Tonterías!”, gritó alguien inmediatamente.
Vermil señaló en su dirección. “Y por este idiota necesito aquí a esos imbéciles inquisidores. Pueden detectar demonios en cualquier parte”.
—Si esas runas son reales… entonces eres un demonio —dijo el hombre enorme con voz monótona—. Te matarán.
“Dejemos esa discusión para cuando lleguen los Inquisidores. Parece que todos tenemos el mismo interés en que vengan a verificar mi afirmación, ¿verdad? Me prometieron que habría un Inquisidor aquí, así que si alguien pudiera sacarlo del baño y ponerlo a trabajar, sería fantástico.”
Se produjeron unos largos momentos de silencio.
Entonces, otra figura se desdibujó en el aire. Un hombre saltó de su plataforma y aterrizó con fuerza en el escenario entre Vermil y el mago del sonido. Todo su cuerpo estaba envuelto en una capa negra y llevaba una capucha ancha y suelta que le cubría la cabeza.
—Supongo que no serás el Inquisidor —preguntó Vermil.
—No. No lo soy. —La espalda del hombre se estremeció. Algo se abultaba bajo su capa.
—Qué lástima —dijo Vermil—. Tendrás que esperar tu turno para pujar, entonces.
La maga del sonido dio un paso atrás, abriendo mucho los ojos al divisar algo bajo la capucha del hombre.
No tuvo oportunidad de hacer nada más.
Unas alas rojo sangre se desprendieron de la espalda del hombre, desgarrando su ropa. Se agarró las uñas, oscuras y puntiagudas, que se clavaban en la tela mientras se la arrancaba de la cara y la arrojaba al suelo.
Su boca estaba llena de colmillos afilados. Profundas oquedades cubrían su rostro y su nariz no era más que una superficie plana con dos finos orificios. Unos ojos amarillentos, como los de una serpiente, asomaban desde órbitas hundidas. Llamas negras danzaban sobre sus alas y se enroscaban por su espalda como una cola retorcida.
El hombre extendió la mano.
Un rosario ensangrentado se le cayó de los dedos. Al caer al suelo, las canicas de hueso tintinearon entre sí.
La energía irrumpió en la habitación como una ola. Se desvaneció al chocar contra el dominio de Jalen, siseando y crepitando a su alrededor.
—Me temo que el Inquisidor no puede asistir —dijo el hombre, esbozando una leve mueca de desprecio—. Has elegido un pésimo día para hacerte pasar por uno de los míos, escoria. Me estás arruinando el juego.
Ante Vermil se alzaba un demonio, y a juzgar por el poder puro que emanaba del cuerpo del monstruo, se encontraba fácilmente en la cima del Rango 5 o en el fondo del Rango 6.
Jalen se quedó mirando, con los labios entreabiertos tras la máscara. El demonio era fuerte. Habían estado ocultando su poder utilizando el poder opresivo de las cuentas del Inquisidor en su contra.
Vaya. No me lo esperaba.

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El Regreso del Profesor Runebound (Novela) Capítulo 617
Estás leyendo el capítulo 617 de El Regreso del Profesor Runebound (Novela), un novela. Las vidas son moneda corriente, y Noah Vines es rico. Reencarnado en el cuerpo de un profesor de magia envenenado, Noah recibe más que una segunda oportunidad. Cada vez que muere, su cuerpo se reforma. Con infinitas… Este capítulo tiene publicado el 18 de enero de 2026, Traducido por el grupo Crowli. El Regreso del Profesor Runebound (Novela) tiene 923 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.