Leer El Regreso del Profesor Runebound (Novela) Capítulo 529 online gratis en español
🏴 Grupo: Crowli✍️ Traducción: Crowli
Wizen se sorprendió al descubrir que la Ciudad de Oro estaba hecha de oro. A lo largo de su vida, había visitado numerosos lugares con nombres extravagantes, pero ninguno había hecho honor a su nombre. Era lógico. Quien poseía grandes riquezas no solía querer llamar la atención de cualquiera que quisiera apoderarse de ellas.
Un hombre sabio no llamaría a una montaña llena de piedras preciosas "Montaña de las Piedras Preciosas". La llamaría "Montaña de la Muerte" y luego haría todo lo posible para asegurarse de que hiciera honor a su nombre cada vez que algún necio llamara a su puerta en busca de aventuras.
Pero ni la más mínima duda del mundo logró atenuar el respeto que Wizen sentía al contemplar la ciudad. Había sido construida sobre el caparazón de una enorme tortuga demoníaca, de un blanco descolorido por el clima. Sus imponentes agujas se elevaban tan alto que sus cumbres se perdían entre los remolinos danzantes de luz púrpura y roja que dominaban las Llanuras Malditas.
Entrar en la ciudad había sido sorprendentemente fácil. Llegó a un ascensor dorado del tamaño de una manzana y apenas intercambió palabra con los guardias antes de que estos tomaran lo que consideraron apropiado del sacrificio que había preparado y lo hicieran pasar. Ni siquiera se quedaron con una parte ni intentaron extorsionarlo.
Wizen dudaba mucho que hubieran reconocido su fuerza. Sus poderes se habían mantenido en secreto, lo que significaba que los guardias habían sido cuidadosamente seleccionados y entrenados hasta el punto de no buscar ningún exceso. Eso ya habría sido impresionante en el reino mortal, y mucho más en las Llanuras Malditas.
Su interés por la ciudad no hizo sino crecer a medida que recorría sus calles pavimentadas de oro. Estas serpenteaban entre hileras de árboles gigantescos de corteza de alabastro, cuyas hojas brillaban como diamantes y proyectaban destellos de luz que se arremolinaban sobre el suelo en una danza susurrante.
Decenas de vendedores ambulantes se alineaban a los lados del camino y se agrupaban bajo los árboles, con sus mercancías extendidas sobre lonas. Ninguno de ellos pregonaba ni llamaba a la multitud que pasaba por la ciudad. Simplemente permanecían sentados en silencio, conversando con respeto con cualquiera que se fijara en sus productos.
El silencio no se limitaba a los vendedores. Parecía que la ciudad misma era igualmente apacible. No se oía ninguna discusión ni el ruido de ninguna máquina. Solo el susurro acogedor de los árboles y una conversación lejana, apagada y respetuosa.
A pesar del silencio, Wizen no percibía temor en el ambiente. No era una calma nacida del terror a algún dictador poderoso ni de la amenaza de un ejército. La ciudad —ubicada en las profundidades de las Llanuras Malditas, a un paso de los Páramos Negros— parecía estar en paz. Incluso con el polvo de los Páramos flotando en el aire, la Ciudad de Oro se sentía limpia.
—Es bastante extraño, ¿verdad? —preguntó Barb desde al lado de Wizen, ajustando el agarre con una sola mano en el gran bolso que llevaba colgado al hombro.
Los dos se detuvieron cerca de un callejón al borde de un bullicioso mercado. Un vendedor de partes de demonios traídas de los Páramos los observaba desde la pequeña tienda que había montado a su alrededor, pero no hizo ademán de acercarse. Wizen examinó la mercancía del hombre un instante antes de volver a prestar atención a Barb.
—¿Extraño? Sí, diría que sí —convino Wizen en un tono apenas más alto que el susurro de los árboles que los rodeaban—. No es lo que esperaba.
“¿Qué te parece? No esperaba encontrar un oasis como este en medio de este lugar tan miserable.”
Wizen no respondió de inmediato. Su mirada recorrió a la multitud en el mercado. La conversación aquí era más animada que en las calles aledañas, pero aún así se mantenía controlada y educada. Si hubiera cerrado los ojos, la única forma en que habría sabido que se encontraba en un mercado habría sido por el aroma a carne asada que flotaba en el aire.
Su expresión se tensó imperceptiblemente. La Ciudad de Oro hacía honor a su nombre. Como había dicho Barb, tenía el encanto de un oasis en el desierto. Sus calles eran hermosas y estaban bien cuidadas. Los demonios que la habitaban parecían estar satisfechos. No se oían peleas ni gritos de guerra. Reinaba el silencio. Era hermosa.
Que un lugar así existiera en las Llanuras Malditas debería haber sido imposible. Era demasiado tentador. Un gobernante con el poder de proteger una ciudad como esta habría infundido terror en sus habitantes. Uno que gobernara mediante el respeto en lugar del miedo habría sido destruido por aquellos que buscaban reclamar la belleza de la ciudad. Wizen no podía sacudirse la sensación de que le faltaba algo vital.
—Aún no tengo una opinión formada. Sospecho que cambiará con el tiempo —respondió Wizen—. No se confíen. Tenemos mucho que hacer antes de poder respirar tranquilos.
—Es difícil relajarse cuando solo tienes una mano —se quejó Barb—. ¿Sabes cuántas veces he intentado rascar algo con algo que no existe?
—Encontraremos un reemplazo a su debido tiempo —dijo Wizen—. Debes tener paciencia. Hemos llegado demasiado lejos como para desviarnos de nuestros planes. Todas mis piezas están en su lugar. ¿Y las tuyas?
—Sí —dijo Barb con un breve asentimiento—. Todos llegaron a la ciudad. ¿Empezamos?
“No. Todavía no. El tiempo está de nuestro lado y la prudencia es mucho más importante que la prisa. Necesito más tiempo para comprender adecuadamente a qué nos enfrentamos. Los rumores y los textos antiguos que nos han servido hasta ahora están perdiendo su utilidad.”
—Eso significa que podemos relajarnos y dar una vuelta por el pueblo para ver qué ofrece este lugar tan elegante, ¿no? —Barb echó un vistazo al mercado—. Porque creo que vi algunos ingredientes muy interesantes por ahí. Me encantaría conseguir algunos. Quién sabe cuándo tendré otra oportunidad.
—Adelante —respondió Wizen con un gesto distraído. Extendió un hilo de intención a través de los múltiples filamentos mágicos que emanaban de su mente y se extendían por la ciudad. La información fluyó como una ola impetuosa. Wizen permaneció inmóvil unos segundos, procesándola, y luego inclinó la cabeza—. Sabes cómo cuidarte y cómo encontrarme. Necesitaré más que el ejército que hemos reunido, y nos falta información. Resolveré el problema.
—Solo procura no involucrar a nadie demasiado importante demasiado pronto —dijo Barb, girándose hacia el mercado y acomodándose la bolsa sobre el hombro—. Quién sabe qué tipo de protecciones tienen los peces gordos aquí abajo. Tengo muchas ganas de averiguarlo.
El mercader que estaba a su lado les echó un vistazo. Probablemente había captado algunos fragmentos de su conversación. A Wizen no le importó. No iba a tener ninguna consecuencia.
“Simplemente no causes demasiados problemas”, dijo Wizen.
Barb se limitó a reír y se marchó a grandes zancadas. Wizen no esperó a que se fuera antes de acercarse al mercader, que lo observaba con recelo. El demonio era corpulento. Su piel rojiza sobresalía de la camisa, que probablemente le había quedado un poco ajustada cuando la compró hacía varios años.
La mirada del demonio se alzó para encontrarse con la de Wizen. —¿Puedo traerle algo, señor?
—Esto —respondió Wizen, extendiendo la mano para tocar un brazo cercenado con músculos tan gruesos como su torso—. ¿Cuánto cuesta?
—Diez monedas de oro —respondió el mercader.
—Lo aceptaré —dijo Wizen.
El mercader parpadeó y asintió. Extendió la mano hacia el brazo y Wizen alzó la suya, rozando sus dedos con los del mercader. Un pulso de energía mental emanó de él. Las extremidades del demonio se tensaron y se puso rígido mientras su mente ofrecía una fugaz y débil resistencia.
Entonces, la magia de Wizen aplastó las defensas mentales del mercader como si fueran uvas. La mano del mercader cayó a su lado y se quedó mirando al frente en silencio. Wizen se disponía a interrogar al demonio cuando un leve movimiento y unas palabras susurradas provenientes del callejón captaron su atención.
Cuatro demonios habían rodeado a un demonio bajo y encapuchado, acorralándolo contra una pared. El oído de Wizen no era lo suficientemente agudo como para distinguir sus palabras exactas, pero era fácil comprender lo que sucedía.
Incluso en un lugar tan refinado como la Ciudad de Oro hay gentuza. ¿Ladrones, tal vez? Eso podría ser útil.
—Háblame de la Ciudad de Oro —dijo Wizen al mercader en voz baja, sin dejar de observar a los niños de reojo—. No omitas ningún detalle. Cuéntame todo lo que sabes. Cada rumor, cada sombra que hayas vislumbrado. Todo.
El mercader comenzó un discurso, pero apenas alcanzó a pronunciar unas pocas palabras antes de que un grito de dolor resonara desde el callejón. Uno de los demonios había golpeado al pequeño en el estómago.
Otro los agarró por la capucha y los levantó en el aire. El demonio les arañó la garganta, intentando evitar que su propia ropa los estrangulara.
—¿Dónde está? —gruñó uno de los demonios, hablando lo suficientemente alto para que Wizen lo oyera. Otro lo hizo callar, pero nadie parecía prestar mucha atención al callejón. El demonio empujó a su cautivo contra la pared y lo inmovilizó allí por el estómago con la mano libre.
Mientras el pequeño demonio forcejeaba para liberarse, su capucha se deslizó, revelando el rostro de una joven demonio de larga cabellera negra. Una cicatriz irregular le recorría el rostro desde encima del ojo izquierdo hasta la mandíbula derecha, y su boca estaba repleta de pequeños colmillos puntiagudos. Pateó con furia al demonio más grande, pero sus esfuerzos fueron en vano.
El demonio que la sostenía dijo algo que Wizen no pudo entender. Sus ojos se contrajeron levemente. El demonio no debía de tener más de quince años, pero parecía…
Uno de los demonios que rodeaban a la pequeña sacó una daga de su costado y la apuntó hacia ella. El demonio se acercó un paso para tener el cuchillo a su alcance. Ella le mordió la mano y echó la cabeza hacia atrás, salpicando su rostro y la pared con un chorro de sangre.
“¡Maldita seas! ¡Estoy harto de ti! Si no nos dices dónde está, no te necesito viva”, gruñó el demonio, clavando la hoja en su cuello.
La mano de Wizen se contrajo.
La daga resonó al caer al suelo. Cuatro cuerpos la siguieron, cada uno hecho pedazos. Espirales de energía gris se elevaron de sus cadáveres y rodearon a la chica demonio, que cayó al suelo sin la mano que la sujetaba.
—Silencio —dijo Wizen, haciendo callar al mercader—. Quédate aquí.
La muchacha contempló con asombro los cadáveres recién creados. Su mirada se dirigió a Wizen cuando este entró en el callejón, marcando cada paso con su bastón. La muchacha se puso de pie de un salto, pero él ya había acortado la distancia entre ellos cuando ella se percató de lo sucedido. Recogió la daga del suelo y la sostuvo frente a sí en actitud defensiva.
Wizen permaneció en silencio durante varios segundos mientras examinaba a la muchacha. Sus labios se apretaron finamente. La familiaridad que había visto en sus rasgos se desvaneció como una brisa de verano en pleno invierno.
Me equivoqué. No se parece en nada. Es solo una niña demonio, igual que cualquier otra. Me estoy volviendo loco.
—¿F-fuiste tú? ¿Fue magia externa? —preguntó la chica, tragando saliva con dificultad. A pesar del temblor en su voz, sus manos estaban firmes. Ya había usado una espada antes—. Lo juro. No sé dónde está.
Wizen extendió una mano hacia los cuerpos. Estos se estremecieron, y las espirales de humo gris que se elevaban de ellos se espesaron hasta convertirse en volutas que se arremolinaron en el aire y cayeron en su palma. Los cadáveres se desintegraron en humo, que penetró en su cuerpo y se desvaneció.
La niña tragó saliva. —Yo… puede que sepa dónde está. No me conviertas en humo y me comas. Probablemente… te daré indigestión.
Wizen ladeó la cabeza. Alzó el brazo. No necesitaba testigos. Sobre todo, no testigos que le recordaran nada. La joven demonio lo miró fijamente, con la espalda pegada a la pared y la daga en alto como un escudo. Su mirada se cruzó con la de él y leyó sus pensamientos en los ojos. Cerró los ojos con fuerza. La mano de Wizen se crispó.
Dio media vuelta y salió a grandes zancadas del callejón, dejando atrás a la chica.
—¡Wizen! —exclamó Barb desde al lado del mercader de mirada vidriosa cuando este reapareció. Llevaba una bolsa nueva en las manos—. He traído algunas cosas. ¿Qué estabas haciendo?
—Nada —respondió Wizen—. Vamos. Tenemos mucho que hacer.
Barb parpadeó y se encogió de hombros. Wizen chasqueó los dedos y el mercader se apartó de sus mercancías, siguiéndolos mientras se adentraban en la Ciudad de Oro.

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Estás leyendo el capítulo 529 de El Regreso del Profesor Runebound (Novela), un novela. Las vidas son moneda corriente, y Noah Vines es rico. Reencarnado en el cuerpo de un profesor de magia envenenado, Noah recibe más que una segunda oportunidad. Cada vez que muere, su cuerpo se reforma. Con infinitas… Este capítulo tiene publicado el 18 de enero de 2026, Traducido por el grupo Crowli. El Regreso del Profesor Runebound (Novela) tiene 923 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.