Leer El príncipe demonio quiere volver a la normalidad (Novela) Capítulo 5 online gratis en español
Siempre me he considerado una persona de poco carácter, si bien algunas personas podrían intentar halagarme como "tranquilo" o "fácil de llevarse", la realidad es que simplemente me aterroriza la confrontación, tengo miedo de lastimar, miedo de ser lastimado, decisiones de grupo que algunos tomarían en cuestión de segundos, yo las sobrepensaría por minutos. Podría sonar pretencioso o cursi, pero el peso de afectar la vida de los demás, por más intrascendente que lo consideren, me es asfixiante, después de todo... si mis palabras llegan a ser las propulsoras de una decisión ¿no me hace eso también responsable de sus consecuencias?
"!¿Qué estás esperando?! ¡Recoge la daga!" Un bramido me libera de mis divagaciones y el comandante me apresura alzando la voz, como si dijera que no aceptaría ni la más mínima apelación a su orden.
Lo entendía. lo entendía perfectamente, si quería demostrar que no representaba una amenaza para los humanos, tendría que demostrar que las vidas demoníacas no significaban nada para mí, que no me sentía vinculado de ninguna manera hacia ellos... pero aunque lo entendiera...
"¡¿Cómo se atreven a alzar la voz contra mi señor?! ¡reconozcan su lugar e inclínense, asquerosos human–!" El demonio, aún en el suelo, lanza su réplica con furia, pero uno de los soldados lo pisa fuertemente antes de que pueda terminar. El impacto le arranca un quejido y lo obliga a soltar saliva mientras intenta recuperar el aliento.
"Eres tú el que no reconoces tú lugar ¿Estas tan ciego que no ves la posición en la que te encuentras?" —Le devuelve el comandante como si estuviera hablándole a un pedazo de basura, pero repentinamente una sonrisa surge en su cara y empieza con un tono burlesco y cómico— "¡Pero hey!, no todo es malo ¿sabes? después de todo tu querido señor va a ser el que acabe con tu patética vida, ¿No es todo un honor?
"¡JAJAJAJA!" Los caballeros sueltan carcajadas a su comentario.
Tikling. tikling. El sonido de las cadenas vuelve a resonar bruscamente.
"¡Maldito! ¡Te mataré, te mataré, te mataré!" El demonio no hacía más que maldecir y revolcarse en el suelo, atrapado en su rabia impotente. El comandante, por su parte, perdió rápidamente el interés en él y se volvió hacia mí con los ojos encendidos.
"¿Y tú? ¡Te he dicho que recojas esa maldita daga!" Su voz resonaba como un golpe seco. "¿O acaso piensas desobedecer mis órdenes?" —su rostro se endureció con una expresión asesina mientras desenfundaba su espada—. "No creas que te salvarás solo por estar vinculado al alma de la señorita Blusfmania. El subgeneral ya ha dado su aprobación. Serás erradicado, cueste lo que cueste, si no muestras obediencia. Así que más te vale no poner a prueba mi paciencia."
Las palabras me helaron, y sin poder evitarlo, voltee la mirada hacia el subgeneral y Lyria. El subgeneral Beildolf, al escuchar su nombre, asintió con gravedad antes de dar un paso al frente.
"Es cierto" —comenzó, su voz firme y solemne— "Al igual que muchos, desconfío de las intenciones del príncipe demonio. No me agrada la idea de hacer sacrificios, pero estamos arriesgando la paz de todo el continente. No podemos permitirnos dudar en momentos críticos. Por eso, si él no es capaz de demostrar que ha dejado atrás las convicciones y comportamientos demoníacos, terminaré con el problema de raíz. Yo cargaré con el odio de los sacrificados, y seré yo quien pague por los pecados cometidos en esta guerra. Ese es mi deber en esta lucha."
A un lado, Lyria apenas podía contenerse, mordiéndose el labio mientras mantenía la vista fija en el suelo. No intentó protestar ni criticar la decisión, ni mucho menos condenarla. No creía tener el derecho a hacerlo.
El subgeneral había hablado con tal firmeza que parecía haber concluido. Sin embargo, justo cuando parecía concluir el tema, añadió con el mismo tono solemne: "Pero..."
El silencio en el aire se rompió con esa palabra, y todos los ojos se mantuvieron en él.
"Si el príncipe demonio demuestra que no tiene ningún vínculo con los suyos, si nos deja claro a qué lado pertenece realmente..." —Beildolf hizo una pausa, clavando sus ojos en los míos, midiendo cada palabra antes de continuar— "Entonces, tendrá mi palabra de que estará bajo protección hasta que lleguemos a la capital."
Al pronunciar estas palabras, tanto Lyria como los caballeros se sorprendieron, pues no esperaban un gesto tan indulgente hacia un demonio. Aun así, el subgeneral reafirmó su postura con voz firme:
"Es simplemente natural. Si no representa una amenaza y realmente ha roto sus vínculos con los demonios, no será necesario tomar decisiones precipitadas. Dejaremos que la corte en la capital sea la que decida su destino. Yo solo me encargaré de que el proceso siga su curso, sin interferencias."
"P-Pero subgeneral, no podemos darle ni el más mínimo respiro, su sola existencia podría sernos una amenaza..." El comandante Darnel intentó convencerlo de retractarse de sus palabras, pero el subgeneral se mantenía firme.
"Por eso mismo accedí a este plan suyo, comandante, para corroborar si es seguro mantenerlo custodiado. ¿O no fue esa la razón que me explicó antes?"
"S-Sí señor, por supuesto. Solo busco la seguridad de todos." Después de asentir nerviosamente, gira la mirada hacía mí frunciendo el ceño aterradoramente, podía observar como su odio por mi aumentaba a tiempo real.
Una oportunidad para obtener un respiro se me ofrece, pero no soy capaz de alegrarme en lo más mínimo teniendo en cuenta el costo.
¿Realmente voy a hacer esto?
Incluso habiendo estado a una orden de mi muerte todo este tiempo, incluso habiendo llegado a presenciar cadáveres relativamente recientes desde que llegué a este mundo, no había sentido este remolino en mi estómago nunca, pequeños impulsos de liberar el contenido de mi estómago se producían débil, pero constantemente, sintiendo que en el momento en que explorara más de cerca esta sensación, estos impulsos se volverían incontrolables.
Intentando distraer mi mente, busco a Lorian, anhelando por ayuda, por una forma de escapar de este infierno que estaba al borde de volverse parte de mi.
"..."
Finalmente lo encuentro, detrás de algunos caballeros, pero a diferencia de hace un momento, sus ojos no me dicen nada, sus acciones no me dicen nada, no existe una señal a la cual aferrarme. Solo está ahí, mirándome fijamente, como si tuviera claro lo que tenía que hacer y como si tuviera claro que lo haría. No habría tal cosa como otra revelación.
No quiero hacerlo. No puedo hacerlo. ¿No es esto imposible? ¿Qué clase de personas arrojan a alguien que ha perdido sus recuerdos a cometer un asesinato de repente? No hay forma de que alguien normal pueda soportar algo así. Un mundo donde esto sea considerado normal, definitivamente, tiene que estar roto.
Pero, roto o no, tendría que hacerlo si quería sobrevivir.
Siempre me he considerado una persona de poco carácter, de aquellas que viven inseguras de sus propias decisiones. Y, como suele ocurrir, ese tipo de personas a menudo llevan consigo otra característica: la cobardía. Supongo que no es un pensamiento descabellado. Si no tienes la seguridad para actuar, ¿no es lógico que, por el contrario, temas hacerlo?
Mis manos temblaron mientras desenterraba torpemente la daga de la pared, cerrando los dedos alrededor de su frío mango metálico. La superficie era helada como el hielo, y el peso del arma parecía multiplicarse cada vez que mis ojos se posaban en la hoja afilada.
A pesar de todo lo dicho, siempre he sido capaz de actuar cuando no queda otra opción. Es mi naturaleza: retroceder, vacilar, pero, cuando ya no hay más espacio para escapar, actuar. Ese es el tipo de persona que soy. Gracias a ello he llegado hasta este punto. No ha pasado mucho tiempo, ni siquiera un día completo en este mundo, pero sé algo con certeza: si te quedas paralizado al final, todo termina.
Ante mi lentitud, los susurros de los caballeros empiezan a aumentar de intensidad, una broma es arrojada esparciendo carcajadas entre los soldados como marea.
"¡Vamos, demonio! ¿Es que tu valentía se perdió junto con tu memoria?" gritó uno de los soldados, arrancando risas entre sus compañeros.
"¡A lo mejor el problema es que nunca tuvo para empezar!" otro grito es arrojado del lado opuesto, creando más risas.
Cállense, no soy un animal de zoológico, escudándose en comprobar mi lealtad, cuando solo me tratan como bufón de circo.
No solo estaba siendo obligado a cometer un asesinato, buscaban un patético espectáculo, yo ahora no era más que un entretenimiento para ellos, un pasatiempo de lo mas desagradable...
"¡Mi señor no tiene que soportar semejantes insolencias de ustedes, miserables humanos!" —rugió el demonio encadenado, interrumpiendo las risas con una voz potente y enérgica. Su mirada era desafiante, incluso orgullosa. A pesar de la suciedad y las cadenas, parecía más digno que cualquiera de los que lo rodeaban—. "¡Cuando esto acabe, lamentarán cada palabra pronunciada contra su majest- ahhh!"
Otro pisotón cae sobre él, seguido de otra oleada de risas.
Mi mirada entonces se posa en el demonio casi en el suelo.
Su lealtad me atravesaba como una daga en el pecho. No era yo a quien defendía, sino al príncipe demonio. A un líder que ya no existía... un papel que no podía ocupar. Las palabras se me atoraron en la garganta, incapaz siquiera de corregirlo.
Di un paso hacia el demonio encadenado. Mis piernas se sentían como plomo, cada movimiento acompañado de un ligero mareo. La visión se me nubló por un momento, obligándome a parpadear rápidamente. Mi estómago se retorció con una náusea inesperada.
Vamos... tienes que hacerlo, no hay forma de que esto sea mi fin.
"¿Qué pasa, demonio?" —la voz del comandante Darnel llegó como un trueno, continuando con las burlas—. "¿O acaso necesitas que te enseñemos cómo usar un cuchillo?"
""JAJAJAJA""
Más risas. Mi mandíbula se tensó, pero no dije nada. Avancé otro paso, acercándome al demonio. Sus ojos estaban fijos en los caballeros, llenos de odio puro. Incluso en esa posición humillante, su orgullo seguía intacto.
Tengo que hacer esto, no necesitas pensarlo, no es como si los demonios fueran los buenos, apuesto que todo lo que dicen de ellos también es cierto, habrán asesinado mucha gente inocente, no me corresponde condenarlos, pero tampoco puedo arriesgar mi vida por ellos...pero ¿Cómo...? ¿Cómo lo hago?¿Lo apuñalo en el corazón...?¿Le corto el cuello...?¿Es menos doloroso si lo hago rápido...?
Cada opción me parecía peor que la anterior. Intentaba convencerme de que era lo correcto, que no tenía otra opción, pero el nudo en mi estómago crecía con cada segundo.
"Hazlo."
"¡Mátalo!"
"¡Termina con esto!"
Las voces estallaron alrededor como un coro de maldiciones. Era imposible ignorarlas, imposibles de detener. Los gritos se mezclaban con el latido frenético de mi corazón, resonando en mis oídos como tambores de guerra.
Otro paso, finalmente el demonio vuelve a poner su atención en mi.
"¿Señor?" —la voz del demonio, baja y áspera, rompió el flujo de mis pensamientos. Su mirada, hasta entonces cargada de odio hacia los caballeros, se desvió hacia mí con un destello de incertidumbre.
"Y-yo...l-lo siento..." —murmuré, apenas capaz de articular las palabras. Otro paso. La daga seguía en mi mano, pero mi agarre era tan débil que apenas parecía que la sostenía. Podía sentir cómo mi pulso resonaba en mis dedos, casi haciendo que el arma temblara visiblemente. No parecía en lo más mismo un príncipe demonio . Ni fuerza, ni resolución. Solo debilidad.
El demonio me observó detenidamente, como si intentara comprender lo que estaba ocurriendo. Su expresión cambió; la furia se diluyó, dejando paso a algo que no podía identificar del todo... confusión, tal vez, o un atisbo de pena.
"Su Alteza..." —dijo, su voz ahora más tenue, casi como un susurro. Por un instante, vi cómo su mirada buscaba algo en la mía, alguna certeza que yo no podía darle. Después de unos segundos, apartó la vista y bajó la cabeza.
El movimiento fue lento, deliberado. Su postura, aunque seguía siendo la de un prisionero atado y sometido, se volvió de alguna manera... dócil. Como si en ese acto estuviera tratando de aliviar el peso de mi decisión.
"No tiene por qué disculparse, su Alteza," —continuó con un tono calmado, casi solemne, manteniendo la cabeza baja— "Un peón como yo es fácilmente reemplazable. Habrán muchos otros que lo seguirán, pero si la vida de su Alteza se pierde... entonces es todo para nosotros."
La presión en mi pecho se hizo insoportable. Incluso ahora, él seguía tratándome como su líder, como si no pudiera ver el caos que estaba ardiendo dentro de mí.
Las palabras que había pronunciado no eran una súplica ni un ruego de clemencia. Tampoco parecían un intento de manipulación. Eran simples hechos, dicho con una resolución que parecía fuera de lugar en una situación tan abrupta como esta. Y, de alguna forma, esa calma me resultó más dolorosa que cualquier otra cosa.
Del mismo modo, los caballeros que lo retenían se dieron cuenta de su cambio de estado. Vacilaron, intercambiando miradas de duda, y finalmente lo soltaron. Retrocedieron un par de pasos, lo justo para no estar al alcance de sus garras, pero sin perderlo de vista ni por un segundo. Sus manos permanecían firmemente aferradas a sus armas, listas para cortar su vida al más mínimo movimiento extraño. En cuyo caso, probablemente, yo sería el siguiente.
El mundo a mi alrededor seguía rugiendo:
"¡Hazlo!"
"¡Es un demonio, nada más!"
"¡Termina con esto de una vez!"
Las voces eran ensordecedoras, un clamor constante que parecía resonar dentro de mi cabeza, como si los soldados estuvieran gritándome directamente al oído. Podía sentir cómo la impaciencia se extendía entre ellos. Cada vez que titubeaba, el aire a mi alrededor se volvía más pesado, cargado de expectativas. No podía perder más tiempo. ¿Qué harían si su humor empeoraba?
Hazlo. Hazlo ahora.
Un paso más. Mis piernas se sentían rígidas, cada movimiento era un esfuerzo hercúleo. La daga en mi mano temblaba como si estuviera viva, queriendo liberarse de mi agarre.
Solo es un demonio...
"¡¿Qué estás esperando?!" —gritó alguien entre la multitud.
Mi corazón palpitaba con tanta fuerza que pensé que podría salírseme del pecho. El demonio permanecía allí, en silencio, con la cabeza baja. No decía nada, ni siquiera intentaba resistirse. ¿Era esto... su forma de ayudarme?
Vamos, un corte limpio, rápido, sin dolor... ¿Por qué dudas tanto? Esto no es diferente a cortar un hilo. Solo... corta.
Otro grito resonó:
"¡Haz que se arrepienta de haber nacido!"
Mi respiración se volvió más pesada, entrecortada. Sentía como si el aire se hubiera vuelto denso, imposible de inhalar. Cada grito de los soldados era como un empujón invisible, una presión creciente que me obligaba a seguir avanzando.
¿Por qué no puedes hacerlo? Es tu única opción. ¡Hazlo!
El suelo bajo mis pies parecía moverse con cada paso. Estaba tan cerca que podía ver cómo los músculos tensos del demonio temblaban ligeramente, sus brazos apoyados en el suelo, su postura tan sumisa que dolía. No alzaba la mirada, pero su presencia era casi abrumadora.
"¡Mátalo ya, maldita sea!" —vociferó el comandante Darnel con un rugido que hizo eco en mi pecho.
No hay tiempo. Los caballeros están perdiendo la paciencia. Si no lo haces, lo harán ellos... y tú serás el siguiente.
La daga en mi mano pareció pesar el doble, luego el triple. Mi pulgar resbaló por el mango, apenas logrando mantener el agarre.
Solo es un demonio...
""¡Hazlo!""
Lo haré
""¡Hazlo!""
Lo voy a hacer
""¡Hazlo!""
¡Hazlo!
Entonces, se escuchó. Apenas un sonido, pero suficiente para silenciarlo todo.
Clang.
La daga cayó al suelo, resonando como un eco metálico en la penumbra. Mis rodillas cedieron, golpeando el frío suelo con fuerza. Mi cuerpo entero temblaba, el aire me faltaba.
"..."
Todos los caballeros, incluido el comandante quedaron en silencio.
Yo... no había sido capaz de hacerlo.
El demonio, con la cabeza aún inclinada, no se movió. Sus brazos seguían sosteniéndolo contra el suelo. Pero no importaba más, mi mirada simplemente cayó al suelo.
Mis ojos se clavaron en la daga que yacía a mi lado, inalcanzable aunque estuviera a centímetros. No había forma de que pudiera tomarla nuevamente. Había llegado al límite, arrinconado hasta el punto en que no quedaba espacio para escapar. Y aun así, no había logrado actuar.
No quiero morir.
Ese pensamiento perforó mi mente, agudo y desesperado. Pero tampoco podía asesinarlo. No era porque sintiera compasión, tampoco porque creyera tener una gran moralidad, ni mucho menos por lealtad, simplemente tenía miedo de manchar mis manos; miedo de perder a mi yo actual.
Si no lo hacía, me matarían. Y probablemente él también moriría, quizá de una forma aún más cruel. Mi decisión no lo salvaría, no cambiaría nada, no probaría nada. Era una gran idiotez se mirara por donde lo mirara...
...Pero aun así, no fui capaz de hacerlo.
Como si mi cuerpo hubiera aceptado la decisión, poco a poco mis sentidos empiezan a salir del letargo en el que se encontraban, pero incluso si mi cuerpo lo aceptaba, había alguien que definitivamente no lo haría.
El comandante Darnel avanzó hacia mí, sus pisadas resonando como golpes de martillo en el suelo. Antes de que pudiera levantar siquiera la mirada, su mano se cerró alrededor de mi cuello, levantándome como si no pesara nada.
"¡¿Qué crees que estás haciendo, maldito demonio?!" —espetó con furia, su rostro a solo centímetros del mío. Sus ojos ardían de rabia, y cada palabra salía como un rugido—. "¡Levanta esa daga! ¡Acaba con él ahora mismo!"
Casi al mismo tiempo, mis oídos lograron captar un tosido proveniente del lugar donde estaba el subgeneral. Por el rabillo del ojo noté a Lyria llevándose las manos al cuello, haciendo un esfuerzo por respirar, corroborando una vez más la condición en que nos encontrábamos.
Pero Darnel no pareció notarlo. Su atención estaba completamente centrada en mí, con una intensidad que me aplastaba tanto como su mano alrededor de mi cuello.
El aire me faltaba, no solo por la presión de su agarre, sino por la fuerza de su presencia. Intenté decir algo, cualquier cosa, pero las palabras se atascaban en mi garganta. No era capaz de enfrentar sus ojos.
"¡Acaba con él, maldito cobarde!" podía sentir su saliva aterrizando en mi rostro.
Apenas conseguí balbucear, casi en un susurro, con mis ojos todavía evitando el contacto visual a toda costa:
"No... no puedo..."
Ese simple rechazo fue como un chispazo en un barril de pólvora. El comandante me soltó bruscamente, dejándome caer al suelo con un golpe sordo. Mis piernas no pudieron sostenerme, y me quedé allí, con las manos en mi cuello, jadeando por aire.
"¡¿No puedes?! ¡Claro que puedes!" —gritó, desenvainando su espada con un movimiento rápido. El brillo frío del acero relució bajo la luz menguante—. "¡Está bien, si no lo haces, entonces serás tú quien tome su lugar!"
El filo de su espada se alzó, y vi claramente la muerte en su mirada. Su intención era clara, y esta vez no parecía que nada lo detendría.
Pero antes de que pudiera bajar el arma, una voz firme resonó sobre el caos:
"¡Darnel!"
El comandante se detuvo en seco. El nombre, pronunciado con autoridad, llegó como un látigo que lo obligó a girarse. Beildolf, el subgeneral, estaba de pie a pocos metros, su postura firme y su única mano descansaba en el pomo de su espada, con una mirada calculadora que parecía atravesarlo.
"Eso es suficiente."
"P-Pero, subgeneral... ¡se rehusó a asesinar al demonio! Claramente debe ser errad—"
"He dicho que es suficiente."
La voz de Beildolf, aunque tranquila, tenía un filo que cortó cualquier intento de protesta. Sus ojos se clavaron en Darnel, fríos como el acero, mientras continuaba con una firmeza que no admitía réplica:
"Acepté probar tus métodos a pesar de estar en contra, porque prometiste identificar si sería un peligro a corto plazo dejarlo con vida. Y de hecho, lo conseguimos. Ya no es necesario seguir con esta farsa."
El subgeneral avanzó un paso, acentuando su presencia sin necesidad de levantar la voz.
"¿No te das cuenta de lo lejos que has llegado? Incluso lastimaste innecesariamente a la joven Lyria en tu arrebato por conseguir lo que querías."
El comandante, sobresaltado, buscó con la mirada a la hija del héroe, que aún parecía recuperarse del incidente. Tragó saliva, desviando la mirada con incomodidad.
Y-yo... Lo siento por la señorita Lyria," —dijo Darnel, intentando sonar sincero, aunque su voz traicionaba una frustración apenas contenida—. "Sin embargo, sigue siendo un hecho que el príncipe demonio guarda relación con su ejército. Su negativa a traicionar a su propia especie no es más que una muestra de la verdadera naturaleza de esas bestias."
"Sabes perfectamente que no es así," —replicó Beildolf con calma, pero con la contundencia de alguien que no admitiría más excusas—. "Si hay algo que define a los demonios es su lealtad y camaradería entre los suyos. Pero más que eso, todos sabemos que su característica más temible es su resolución. Sacrificar cualquier cosa, incluso a los suyos, para cumplir sus objetivos. Esa es su verdadera esencia."
Los ojos del subgeneral se entrecerraron, como si evaluara cuidadosamente cada palabra que estaba a punto de decir.
"El hecho de que no haya sido capaz de hacerlo aquí, en este momento, es prueba suficiente de que no es un demonio como cualquier otro."
Darnel apretó los dientes, claramente insatisfecho con la respuesta, pero Beildolf no le dio oportunidad de replicar. Dio un paso adelante, dejando claro quién estaba al mando.
"Y como corresponde a mi palabra, cumpliré con mi promesa" —añadió, sus palabras resonando con autoridad—. "A partir de ahora, el demonio quedará bajo mi cargo hasta que lleguemos a la capital y de igual manera el secreto de su identidad se mantendrá sólo entre los presentes, no se discutirá más el tema." —Finalmente suavizó un poco sus palabras para zanjar el tema— "Ya se pueden retirar, recuerden que mañana en cuanto suene la campana se guardarán rápidamente las tiendas y partiremos a la capital, se prevé que esta vez será mucho más sencillo el camino, pero aún así no bajen la guardia."
Los caballeros parecían insatisfechos con el desenlace, pero comenzaron a dispersarse lentamente. Entre ellos, mis ojos se cruzaron nuevamente con Lorian. Sin decir una palabra, simplemente se dio la vuelta y se alejó. Su reacción me dejó desconcertado, preguntándome por qué había intervenido. Pero, fuera cual fuera su motivo, estaba agradecido por su ayuda.
¿Estoy... a salvo?
Me tomó varios instantes asimilarlo. De alguna manera, las cosas habían terminado bien. La pesadilla parecía haber llegado a su fin.
¡L-Lo hice! ¡No tuve que matarlo! Bueno... fue suerte, pero lo conseguí.
El alivio comenzó a apoderarse de mí, derritiendo la tensión en mis hombros y pecho. Mi cuerpo seguía temblando, pero esta vez era más por la sensación de soltar un peso enorme que por miedo. A pesar de todo lo que había pasado, por fin podía respirar. Incluso me sentía... orgulloso. Aunque fuera un poco.
"Tch...ese demonio me las pagará." masculló Darnel, como un villano de segunda categoría, mientras lanzaba una amenaza al aire antes de darse la vuelta. Pero su frustración ya no podía perturbarme.
Al menos, eso pensaba.
Tlung.
Un sonido seco. Un corte.
Frente a mis ojos, la espada que hasta hace poco había amenazado con arrebatarme la vida realizó un simple movimiento vertical. Apenas un instante y todo cambió. El demonio, que hasta hace poco había levantado la cabeza de nuevo, no tuvo tiempo de reaccionar.
Ni yo.
Sin embargo, a diferencia de él, yo pude comprobar el resultado.
Su cabeza se deslizó hacia adelante, separándose de su cuerpo, y cayó al suelo con un golpe sordo. Luego, el chorro de sangre emergió, formando un charco oscuro que se extendía rápidamente bajo el cadáver.
No podía moverme. No podía hablar. Mis ojos estaban fijos en los suyos, que, separados ya de su cuerpo, parecían mirarme directamente. Tal vez era coincidencia, pero lo sentí como algo personal.
"Eso fue innecesario, comandante Darnel." De repente una voz resuena detrás mío.
La voz de Beildolf rompió el silencio con un suspiro. No estaba cargado de sorpresa ni indignación. Era un reproche seco, casi mundano, como si hablara de algo trivial.
"Disculpe, subgeneral," respondió Darnel con un tono igual de casual, limpiando la hoja de su espada con un paño. "Simplemente preferí deshacerme del demonio de una vez. De todos modos, no podíamos encerrarlo de nuevo. Si llegaba a comunicar la supervivencia del príncipe demonio a los otros prisioneros, habrían causado más revuelo. Sería un fastidio innecesario."
Volteé la mirada hacia los demás. Algunos de los soldados que estaban a punto de irse giraron la cabeza para observar la escena. Al darse cuenta de lo ocurrido, simplemente encogieron los hombros o se dieron la vuelta para continuar su camino. Algunos incluso se permitieron risas ligeras.
Lyria, en cambio, seguía allí. Estaba mirando el cadáver, su rostro inexpresivo, casi como una máscara. Sus ojos permanecían fijos en las dos partes que jamás volverían a unirse.
Mientras que yo...
"Aggghhh..."
El vómito llegó sin previo aviso. Mi cuerpo, incapaz de procesar lo que acababa de presenciar, simplemente cedió.
\*\*\*
La noche había caído completamente. El campamento, que por la mañana estaba lleno de vida y movimiento, ahora estaba en un inquietante silencio. Grandes cajas amontonadas bloqueaban algunas áreas del camino, confirmando los preparativos para partir al amanecer. Algunos pocos caballeros seguían trabajando, desmontando lo que quedaba de las instalaciones. Sin embargo, nada de eso lograba captar mi atención.
Mi mente seguía atrapada en la escena de antes. Una y otra vez veía la cabeza del demonio rodar por el suelo, sus ojos vacíos aún fijos en mí. Vomité tras presenciarlo, incapaz de soportar el peso de lo que había visto.
Tras la ejecución, Beildolf había conversado con el comandante sobre lo que sucedería conmigo durante el viaje de regreso. Escuché algo acerca de mantenerme entre la sección de caballeros que conocían mi verdadera identidad, todo para evitar cualquier alboroto innecesario. También mencionaron a Mike, el caballero que nos había guiado hasta la prisión de demonios, como mi vigilante designado. Tocaron otros temas, pero mi mente no podía concentrarse en nada más que en la escena que acababa de presenciar.
después de lo que parecieron una docena de minutos, finalmente nos ordenaron volver a la tienda para descansar hasta mañana, pero honestamente no creía que fuera capaz de hacerlo, Incluso ahora, camino de regreso, el nudo en el estómago no había desaparecido, y un mareo persistente seguía agobiándome, como si mi cuerpo se negara a procesar lo que había ocurrido.
Caminábamos en silencio, Lyria y yo. Ella mantenía una distancia de alrededor de dos metros entre nosotros, reafirmando el hecho de que no deseaba involucrarse conmigo más de lo estrictamente necesario, creando una atmósfera opresiva y distante. Más atrás, el caballero Mike nos seguía en silencio, cumpliendo con su deber de vigilante.
Mi mente seguía atrapada en la escena de antes. Una y otra vez veía la cabeza del demonio rodar por el suelo, sus ojos vacíos aún fijos en mí. Aún sentía un nudo en el estómago y un mareo persistente que no se iba.
Esperaba poder llegar a la tienda de campaña lo antes posible y reflexionar sobre todo lo ocurrido; sin embargo, contrario a mis expectativas, el silencio se rompió de golpe.
"¿Por qué tienes esa cara como si el mundo se fuera a acabar? mira que quedar así solo por presenciar el asesinato de un demonio. En verdad eres patético."
Lyria lanzó el comentario con frialdad, arrojándome una mirada rápida de reojo antes de seguir caminando como si nada. Sus palabras me golpearon como una bofetada.
¿"Solo" un demonio?
No respondí. En lugar de eso, apreté los labios, sabiendo que contestar solo conllevaría a problemas adicionales, pero un cosquilleo de irritación empezó a emerger en mi pecho. Intenté deshacerme rápidamente de él, pero Lyria continuó.
"Si te haces llamar hombre, lo mínimo que deberías hacer es mantener la compostura. Fue solo una ejecución. Hasta un niño tendría más valor que tú."
No podía entenderlo. ¿"Solo una ejecución"? ¿Así de simple? Podía llegar a entender su razonamiento, tampoco era tan ingenuo, incluso yo sabía que en la guerra no se podía tener compasión por el enemigo, ¿pero aun así no era demasiado ahora que ya habían asegurado la victoria?
"Algo como eso... no es normal" murmuré, mi voz fue apenas un susurro. Aquella frase salió más como una súplica que como un argumento, aferrándome a ella como si fuera todo lo que me quedaba.
Lyria no se detuvo, ni siquiera giró la cabeza para responder, pero su tono fue lo suficientemente frío como para enviarme escalofríos.
"Sí lo es, en el campo de batalla."
Su respuesta cayó sobre mí como una losa. No había vacilación en sus palabras, ni el más mínimo resquicio de duda.
"Mostrar debilidad es lo que no es normal," continuó, sin disminuir el ritmo de sus pasos. "En este mundo, si no eres lo suficientemente fuerte para soportar lo que sea, ni tienes el poder para enfrentarlo, entonces, al menos, debes aparentarlo. Nadie dudaría en aplastarte si te ven vacilar, y cuando lo hagan, no serás solo tú quien sufra las consecuencias. Serán los que estén a tu lado los que paguen el precio de tu cobardía."
Mis puños se cerraron con tanta fuerza que las uñas se clavaron en mis palmas, mientras luchaba por contener las palabras que se arremolinaban en mi garganta. La frustración crecía como una tormenta, amenazando con desbordarse en cualquier momento.
¿Poder? ¿Apariencias? ¿Eso es lo único que importa en este lugar? ¿Entonces las personas normales estamos condenadas a ser aplastadas?
Me negaba a aceptarlo. No podía desechar mis valores solo por haber llegado a este mundo. Yo no era un protagonista de novela, alguien que se adaptara rápidamente y resolviera todo con facilidad. Pero, aunque lo fuera o no, eso no cambiaba el hecho de que tendría que enfrentar esta realidad. Pero al menos quería conservar algo de mí mismo en el proceso. Era por eso que sus palabras me enfurecían tanto.
"¿Qué derecho tienes tú para—"
"Haaah. En verdad que eres patético."
Su interrupción me cortó de golpe, con un tono de reproche casi exagerado, y las palabras murieron en mi boca, reemplazadas por una irritación creciente. Pero justo cuando estaba a punto de responder, sus siguientes palabras me dejaron helado.
"Es imposible que alguien tan cobarde como tú sea el príncipe demonio."
Su voz intentaba sonar firme, casi indiferente, pero había algo fuera de lugar, una disonancia sutil que no lograba descifrar. No se detuvo, ni siquiera giró a mirarme. Todo lo que podía ver era su cabello dorado, balanceándose con cada paso, mientras sus palabras quedaban suspendidas en el aire, resonando en mi mente.
"Si el príncipe demonio hubiera sido tan cobarde, habríamos exterminado sus tropas hace mucho tiempo. Después de lo que pasó, es imposible siquiera debatirlo. Fue asqueroso verte en ese estado. Incluso yo misma sentí las náuseas. En serio espero no tener que presenciar algo así nunca más."
Sus palabras, aunque ásperas, no eran como el veneno habitual que me lanzaba. Por un instante, parecieron algo más, algo casi reconfortante, como si me estuviera quitando un peso de encima sin darse cuenta.
podría ser esto...¿consolación?
Entonces, se detuvo. Giró sobre sus talones para encararme, y en cuanto nuestras miradas se encontraron, sentí cómo aquel leve consuelo se evaporaba. Sus ojos eran duros y su expresión inquebrantable.
"Pero, seas o no seas el príncipe demonio, mi odio no cambiará. Al final, terminarás demostrando que eres igual que todos los demás demonios. Y cuando eso pase, seré yo misma quien acabe contigo, incluso si eso significa perder mi propia vida."
O tal vez no... es obvio que no sería tan fácil.
No esperó respuesta. Su mirada no flaqueó ni por un momento, y antes de que pudiera procesar sus palabras, volvió a darse la vuelta y siguió caminando, retomando el ritmo con la misma frialdad de antes. Aún así, no se sentía del todo mal.
Apuré mis pasos para no quedarme atrás, y durante un buen rato solo pude escuchar el sonido de nuestros pasos sobre la tierra. La distancia entre nosotros era la misma de antes, al igual que la atmósfera distante que siempre la acompañaba. Pero de alguna forma, esta vez se sentía un poco menos opresiva, como si algo, aunque insignificante, hubiera cambiado.

Continúa leyendo
El príncipe demonio quiere volver a la normalidad (Novela)
Capítulo 6
El príncipe demonio quiere volver a la normalidad (Novela) Capítulo 5
Estás leyendo el capítulo 5 de El príncipe demonio quiere volver a la normalidad (Novela), un novela. En muchas historias, el protagonista termina reencarnando en un mundo de fantasía para convertirse en el héroe que salvará a la humanidad. Pero Rein no tuvo tanta suerte. Sin ningún conocimiento sobre el mundo al que ha… Este capítulo tiene publicado el 1 de septiembre de 2026. El príncipe demonio quiere volver a la normalidad (Novela) tiene 13 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.