Leer El príncipe demonio quiere volver a la normalidad (Novela) Capítulo 10 online gratis en español
"¡Juro que pagaréis con sangre... la muerte del príncipe demonio!"
Su voz resonó en mis tímpanos como un ultimátum de lo que se acercaba. Aunque podía notar que sus labios se movían desde la distancia, no estaba gritando; aun así, su voz, su ardiente ira, se transmitía directamente en mi cabeza, mareándome al experimentar por primera vez esta sensación.
"¡Oye!, esto es malo, prepárate para el combate."
Mientras mi cerebro apenas intentaba procesar esta nueva percepción, la voz de Lyria irrumpió con fuerza, obligándome a darle prioridad a sus palabras, solo para tardíamente darme cuenta de lo que significaban.
"¿Qué?" ¿Estaba diciendo como si nada que me preparara? ¿para que? no estará pensando en combatir... ¿o si?
"Espera espera espera!" La agarre la muñeca antes de que hiciera alguna locura "no hay forma de que haga algo así. Tenemos que buscar refugio o algo que nos permita escapar."
Pero como si descartara mi idea sin si quiera considerarla por un segundo, sacudió mi mano antes de seguir con su tono duro.
"No digas tonterías, somos precisamente nosotros los que no escapamos a los demonios, toma esto rápido."
Antes de que pudiera replicar, se desamarró algo de la cintura y empujó frente a mi pecho, dejándome sin más opción que agarrar lo que me tendía.
"Esto es..."
Un nuevo mareo me atravesó la cabeza, pero esta vez por un motivo diferente. El objeto frente a mí era uno que conocía demasiado bien: una daga, idéntica a la que me habían obligado a empuñar hace poco más de una semana. Aunque aquella nunca llegó a mancharse con sangre, el recuerdo de lo que ocurrió aquel día se incrustó en mi memoria, atado a su imagen.
"¡Sostenlo fuerte por si ocurre algo y revisa nuestra espalda! Si esto es una emboscada, no hay forma de que no queden demonios escondidos. Ah, y asegúrate de mantener puesta la capucha, ya tenemos suficientes problemas con el ataque."
"N-No... no tenemos la necesidad de hacer esto." Sentía cómo las gotas de sudor se acumulaban en mi frente. Esto estaba yendo demasiado rápido "Tenemos a todos estos caballeros a nuestro lado. Simplemente escondámonos mientras se resuelve t-todo."
"Yo también soy caballero, y ya que no puedo deshacerme de ti, eso también te convierte en uno. Ahora prepárate rápido, esto en cualquier momento podría estallar."
"¡Eso no tiene ningún sentido! ¡Ahh, qué terca eres!"
"¡Ustedes dos!" La voz de Mike nos alcanzó de repente. Se abrió paso entre el estruendo y los soldados que comenzaban a reagruparse. "Señorita Lyria, por favor busquen un lugar seguro, yo me encargaré de cubrirles la espalda"
"¡No, yo también lucharé!" replicó Lyria dando un paso al frente como para demostrar su determinación.
"Imposible." Mike dijo instantáneamente, como si hubiera esperado esa respuesta. "Con todo respeto señorita Lyria, su núcleo en el estado en el que se encuentra, entrar en combate sería un suicidio. No lo permitiré."
"Per-"
Antes de que pudiera responderle, otra voz nos cortó de raíz. Una que me atravesó como cuchillas heladas.
"¡Malditos humanos... hoy vuestra sangre bañará estas rocas hasta que no quede ni uno solo en pie!"
El silencio inmediato que siguió se llenó de tensión. Los caballeros se encogieron detrás de sus escudos, las lanzas apuntando con inseguridad hacia la figura. La única razón por la cual no había estallado el baño de sangre era porque nadie se había atrevido a dar el primer paso, aún. Y entonces, un hombre dio un paso al frente, los caballeros alrededor instantáneamente liberaron espacio para permitirle posicionarle frente a la demonio.
"Han perdido." La voz grave del subgeneral retumbó clara entre el caos. "Cada uno de sus intentos por resistir solo confirma su derrota. Nada de lo que hagan cambiará el destino que ya se ha sellado."
Los hombros del demonio comenzaron a temblar de la ira al escuchar esas sencillas palabras, seguido de un estallido emocional que no intentaba mantener siquiera la minima compostura.
"¡¿Derrota?!" Su voz, vibrando en mi cabeza, me hizo estremecer. "¿Así llamáis al asesinato de nuestro príncipe? ¡No os engañéis, humanos! ¡Lo único que habéis ganado es el derecho a morir entre gritos!"
El subgeneral no retrocedió ni un centímetro. Su espada se mantenía firme sobre el agarre de la mano que le quedaba y la mirada fija en ella, como si el peso de todo el escuadrón descansara en ese solo gesto.
"Tus palabras son puro vacío. Lo único que delatan es su negativa a aceptar lo inevitable, incluso cuando está escrito frente a ustedes. Si todavía siguen aquí, es porque no pueden confirmar la verdad."
"¡Lo único verdadero es que pagaréis! ¡Pagaréis uno a uno, hasta el último aliento! ¡Os arrancaremos la esperanza, como vosotros nos la habéis arrebatado!"
Su voz retumbaba en la mente de todos, cada palabra golpeaba como una sentencia. Las bestias que la acompañaban gruñían impacientes, arañando la tierra seca, mientras los demonios que las acompañaban apretaban sus armas, ansiosos.
Beildolf flexionó un poco las piernas, el aire a su alrededor era tan denso que parecía que incluso el viento había decidido esperar.
"Entonces ven," dijo con un tono grave, plantándose en posición de combate. "Si la venganza es lo único que les queda... deja que esta tierra sea testigo de cómo se extingue esa furia junto con sus vidas."
Las llamas y la polvareda de la primera explosión apenas me dejaron ver nada; todavía resonaba en mis oídos la voz de esa demonio cuando otra sacudida hizo vibrar el suelo bajo mis pies. Los caballeros ya se lanzaban a la refriega, gritando, chocando sus aceros contra las bestias que surgían de entre las rocas.
"Tenemos que salir de aquí." No sé si lo pensé o lo dije en voz alta; pero al ver la expresión de Lyria, comprendí al instante que si le daba un segundo para decidir, no se movería. Así que intenté otra vez, esta vez tirando de su brazo: "¡Vamos!"
Pero se zafó de inmediato, devolviéndome una mirada aguda, como si la próxima vez que lo intentara no fuera solo mi agarre el que se soltaría, estaba decidida a destruir mis planes una y otra vez.
"No voy a correr como una cobarde." Dijo eso y, casi sin rodeos, desenfundó la espada.
¿Que acaso no ves la situación en la que estamos? ¡Al diablo con las novelas de fantasía! ya no volveré a pensar que las batallas y encuentros peligrosos son épicos nunca más.
"¡Ah, ya no puedo más!" mi mirada se fue al suelo mientras intentaba recomponerme de la frustración que sentía, esperando que no se convirtiera en miedo. Llevábamos apenas una semana y convencerla me parecía tan imposible como intentar mover una roca con palabras.
Aun así, no estaba en posición de conceder su capricho y morir inútilmente. Así que miré otra vez a Mike, depositando todas mis esperanzas en él.
¡Rápido!, haz tu trabajo y convéncela de que nos tenemos que ir.
¿No ves que lo estoy intentando? La señorita Lyria siempre ha tenido una fuerte determinación; no es fácil cambiarle de opinión.
Quién iba a decir que, en esta adversidad, habíamos desarrollado una comunicación casi perfecta a través del contacto visual... no, espera, ¡ese no es el punto!
"Señorita Lyria, le pido una vez m—" Mike estaba a punto de intentarlo de nuevo cuando algo lo interrumpió.
Un estruendo lo cortó. Una explosión retumbó cerca; la tierra vibró como la cuerda de un laúd. El polvo nos cegó unos segundos; la voz de la demonio se convirtió en un zumbido lejano en mi cabeza, y entonces algo más emergió de la humareda.
Del humo avanzó una figura: un demonio erguido con un látigo que parecía moverse con voluntad propia. A su lado, tres bestias de aspecto canino, musculosas y con ojos fríos como hierro, soltaron un gruñido que me llegó al pecho.
"¡Malditos humanos! ¡Los mataré uno por uno!" —rugió el domador—. Las bestias respondieron con aullidos.
No tenía pinta de querer hablar, y mucho menos de negociar.
Ya no estábamos en una posición para retirarnos a buscar refugio.
"¡Háganse detrás de mí!" —dijo Mike, espada desenfundada y apuntando al demonio—. "Haré tiempo para que puedan retirarse a salvo."
"No, tendremos que luchar" —respondió Lyria, colocándose en posición de combate y liberando la espada al mismo tiempo.
—"no sea tan obstin—" La premura en este momento ya era tal que Mike lo dijo casi como si fuera un regaño e incluso esta vez no estaba usando honoríficos .
—"No, el obstinado es usted, Mike" —pero Lyria tampoco dio marcha atrás y lo interrumpió con un tono igual de serio—. "No podrá retenerlos a todos. Bastará con que una bestia nos flanquee para alcanzarnos por la espalda; y entonces será el fin."
"Actualmente, nuestra mejor apuesta es luchar, luchar y ganar."
Mike no le devolvió réplica; aún así, desde atrás pude ver que su hombro tembló por un instante. No creí que fuera por miedo; parecía más bien la carga de la decisión que debía tomar.
"Está bien. Yo me encargo del domador y de los dos perros de la derecha. Ustedes detendrán al sobrante mientras acabo con los demás. Esa también es nuestra mejor apuesta." —dijo finalmente.
—"Entiendo." Lyria no protestó; en lugar de eso me miró y lanzó el ultimátum—: "Ya lo escuchaste. Si no quieres morir, desecha todos los pensamientos innecesarios y sujeta la daga con fuerza."
Ya la decisión estaba sellada, y no tenía ni el tiempo ni la oportunidad para replicar.
Alcé la daga con las manos temblorosas, apuntándola hacia el domador por la inercia de la situación; mi mente no podía visualizar un futuro más allá de esa única acción.
Fue el domador quien rompió la tensión: desató el infierno con su látigo, que se envolvió en llamaradas al rojo vivo. Mike se adelantó una fracción de segundo antes del golpe, desviando la lengua candente; el impacto le arrancó chispas al metal y la vibración descompuso el aire. "¡No pueden detenernos!" chilló el demonio; su látigo volvió en picada con un arco incandescente, mientras las tres bestias se lanzaban hacia nosotros.
Aunque estaba concentrado en el domador, Mike no perdió el control de la situación: previendo el ataque de las bestias, giró justo antes de que la primera saltara y hundió la espada en el aire. La bestia, sin embargo, no parecía guiada por raciocinio alguno: interceptó el filo con sus garras y transformó el encuentro en una pelea de fuerza bruta. El choque fue tan violento que Mike casi pierde la espada; él la sujetó con ambas manos y apretó los dientes, mientras la bestia babeaba y empujaba con furia contra su empuñadura.
Por un momento, perdí la noción del ruido. Solo el sonido del metal y la respiración seguían vivos.
De inmediato, la segunda bestia rodeó el duelo y se lanzó contra Lyria.
El salto levantó una nube de polvo que le nubló la vista, pero ella reaccionó al instinto: giró sobre sí misma y se inclinó justo a tiempo.
Las fauces pasaron rozando su hombro, a solo unos centímetros de tocar carne.
La criatura no se detuvo; giró el cuello con un rugido, buscando su garganta.
Lyria bloqueó el ataque con el filo, el choque resonó como un campanazo de metal y hueso.
Antes de que pudiera volver a morderla, giró la cadera y descargó una patada precisa en el vientre del monstruo.
El impacto fue seco.
La bestia salió despedida varios metros y cayó rodando por el suelo, dejando un surco de polvo tras de sí.
"Tch, mi estado en serio es de lo peor" dijo, irritada.
¿cómo puede decir eso justo después de clavarle ese tremendo golpe?
Pero tardíamente comprendí a qué se refería.
La bestia, que uno imaginaría convulsionando tras semejante ataque, se levantó lentamente. Se sacudió el polvo y lanzó un gruñido más profundo; no parecía que algo así fuera suficiente para acabarlo.
Simultáneamente, por el rabillo del ojo, vi a la tercera bestia —hasta entonces acechando— decidirse. Saltó desde un ángulo ciego.
"¡Cuidado! ¡Detrás de ti!" grité.
Lyria, consciente del peligro, giró y se impulsó con los pies hacia atrás; la bestia pasó un segundo tarde y solo alcanzó a arrancarle unas fibras del cabello.
¡Eso estuvo cerca!
"¿Qué carajos estás haciendo? ¡Ven, ayúdame con esto! ¿Acaso quieres morir?"
"¡¿Por qué querría morir tan joven?! Ni siquiera podría ganar tiempo contra uno de ellos."
No era que no quisiera luchar, sino que mi cuerpo y mi cabeza no respondían. Las piernas me temblaban, las manos vibraban; bastaba un segundo de descuido para acabar convertido en un cadáver bajo sus garras.
Y no era solo un problema mental.
Tras el encuentro con aquel demonio, supe que no podía quedarme paralizado, y no me refinería a tener que asesinarlo, sino por no ser capaz de hacer nada. De otro modo, no duraría mucho en este mundo. Sabía que el entrenamiento diario no era solo para blandir la espada: también servía para templar la cabeza y que no me quedara congelado en los momentos decisivos.
Pero ahora aquello no bastaba del todo.
El temblor en mis manos no era solo miedo; era como un entumecimiento extraño. Las piernas ardían como si hubiese corrido un maratón. Sentía, con una claridad absurda, las sensaciones de Lyria superpuestas a las mías —no una suma de dolores, sino algo distinto y confuso—. Pelear así era una experiencia nueva y extraña: no acumulábamos simplemente el daño, lo compartíamos de una forma que lo hacía más difícil de soportar.
La bestia que había recibido el corte volvió a mantener la distancia, esperando. La segunda ya parecía totalmente recuperada y posó su mirada en mí; había decidido que lo más fácil era acabar con el eslabón débil.
Tenía que pensar rápido, pero mi cabeza solo repetía: ¿qué hago? ¿qué hago? Cada vez que intentaba moverme, las piernas me traicionaban y temblaban más. La bestia se agazapó, lista para el ataque.
Pude sentir su intención incluso antes de que se moviera.
Mi cuerpo se tensó, incapaz de reaccionar.
Pero antes de que pudiera dar un paso atrás, una figura se cruzó frente a mí.
Lyria.
Se adelantó sin dudar, colocándose enfrente mio, como si hubiese leído sus intenciones.
"Mantente atrás. Un paso en falso y estamos muertos."
"Y eso que eras tú la que decía que me preparara..." No sabía cómo podía ser capaz de realizar una broma en esta situación, probablemente solo fuera un intento desesperado de mi cerebro por escapar de la realidad de alguna forma.
Simultáneamente,un latigazo a mi izquierda sacudió el aire; Mike retrocedió dos pasos para esquivar, su guardia tembló, y aun así logró librarse. El domador, enloquecido, no dejó de reír.
"¡Vamos, humano! ¡Entreténme más!" dijo, con una sonrisa desquiciada, girando el látigo como si cada vuelta fuese un desafío.
La bestia que había retrocedido volvió a moverse.
Esta vez no esperó; se lanzó directo hacia Lyria.
"¡A la izquierda!" grité, pero ella ya lo había visto venir.
El choque de acero y colmillos me sacudió los oídos.
Lyria giró sobre sí misma y logró desviarla con el filo, pero el impacto la empujó varios pasos atrás.
"¡GRRR!"
Lyria apenas tuvo tiempo de recuperar el equilibrio antes de que volviera a lanzarse contra ella, más violenta que antes.
Yo apenas podía respirar.
El sudor me ardía en la frente; cada jadeo de ella repercutía dentro de mí.
¿Qué hago?
¿Qué puedo hacer?
Si me acercaba, sería una carga.
Si me quedaba quieto, moriríamos los dos.
La bestia retrocedió, giró sobre sí misma y barrió el aire con la cola.
Mis ojos se movieron sin pensar.
A la derecha, la carreta.
De su costado colgaba una lanza de repuesto.
Corrí.
Cada paso dolía como si mis piernas fueran de plomo.
Sentía el eco de su respiración entrecortada mezclada con la mía.
Arranqué la lanza del soporte y la sujeté con ambas manos.
Era pesada, demasiado, pero no importaba.
Me giré justo cuando la bestia saltaba de nuevo.
El corazón me martillaba en los oídos.
Golpeé con todas mis fuerzas.
El extremo metálico se clavó en la roca, y una lluvia de polvo y fragmentos envolvió el aire.
El rugido de la bestia se volvió confuso, ciego, desorientado.
Solo un segundo. Pero bastó.
Lyria no dudó.
Dio un paso firme, giró el cuerpo y descargó un tajo ascendente que atravesó su pecho hasta el hombro.
Su filo cruzó el aire en un arco preciso, y el sonido fue distinto esta vez: definitivo.
Un alivio caliente recorrió mis brazos; pero incluso eso duró apenas unos segundos.
Un rugido a mi espalda me cortó el aire. La otra bestia —la que había esperado agazapada— irrumpió como una sombra viva. Instintivamente, quise alzar la lanza, pero ni siquiera tuve tiempo: al girar, la punta se trabó en una roca y el golpe me la arrancó de las manos. Rodando cuesta abajo.
Lyria apenas alcanzó a girar. El golpe la embistió con todo el peso y la tumbó contra el suelo.
El impacto reverberó en mi cuerpo. Enviándome al suelo también, sentí cómo el aire se me escapaba de los pulmones, como si hubiera sido yo quien cayó. La conexión lo transmitía todo: el dolor, el golpe, la aspereza del suelo, incluso el sabor metálico de la tierra.
"¡Lyria!"
Ella estaba debajo de la bestia, conteniendo las fauces con ambas manos sobre la empuñadura. El filo crujía, cada segundo más hundido. Si la hoja cedía, su garganta sería la siguiente... y entonces, la mía también.
"¡Rein!" gritó Mike desde el otro lado viendo a nuestra posición pòr el rabillo del ojo. Su voz era áspera, desesperada.
"¡Encárgate de ella, rápido! ¡No puedo salir de aquí!"
Lo vi: el domador seguía presionando, el látigo envuelto en fuego, una de las bestias aún activa cercándolo. Mike apenas podía resistir. Pero Lyria... Lyria ya estaba al borde.
Intenté moverme, pero las piernas se negaban. Sabía que si ella moría, yo también lo haría; no había diferencia entre verla morir y morir con ella.
Y aun así, el miedo era tan profundo que me mantenía clavado al suelo.
El rugido de la bestia llenó el aire.
El filo se hundió un poco más; vi el brillo de la sangre en la hoja.
El vínculo vibró y una descarga punzante recorrió mis nervios.
No era su dolor ni el mío. Era nuestro.
Mis manos temblaban.
La daga pesaba más de lo que recordaba.
Cada paso que intentaba dar era como si el suelo tirara de mí hacia abajo, como si el aire mismo se negara a dejarme avanzar.
Había estado aquí antes.
No en otro cuerpo. En este mismo mundo.
Recuerdo el olor a hierro, el mismo temblor en los dedos, el mismo vacío.
Esa vez también tuve la oportunidad de hacerlo.
De matar.
Y, aun sabiendo que mi vida dependía de ello... no pude.
Esa cobardía seguía aquí.
Apretada entre mis costillas, inmóvil, esperando volver a repetirse.
No... por favor... no otra vez.
Otra vez... estaba repitiendo lo mismo.
Mirando cómo ella peleaba sola.
Cómo el filo de su espada cedía.
Cómo el peso de la bestia la hundía en el suelo.
No quiero repetirlo.
una densidad invisible cubría el aire.
Cada respiración era un ladrillo que me aplastaba el pecho.
Podía sentir su cuerpo desvanecerse, el calor que nos unía apagándose con cada segundo que dudaba.
Muévanse... piernas... muévanse.
Sabía que debía moverme, pero mis brazos se negaban.
Mi mente gritaba que lo hiciera, pero el cuerpo simplemente no respondía.
"¡Si no lo haces, moriremos todos!" gritó Mike.
Su voz se quebró entre el fuego y los rugidos, pero apenas la oí.
Basta... no deposites tus esperanzas en mí...
Era como si todo el mundo se redujera a ese espacio entre mis pies y la bestia.
"¡Hazlo!" gritó ella sin mirarme.
se los ruego, muévanse
Su voz era cortante, desesperada, quebrada por el esfuerzo.
"¡Entierra la daga! ¡Ahora!"
El filo de su espada ya se hundía en el pecho del monstruo; sus brazos temblaban, el suelo se resquebrajaba bajo ambos.
Y aun así, yo seguía sin moverme.
El miedo se había vuelto tan grande que apenas podía escuchar otra cosa que no fuera el latido frenético de mi corazón.
Yo...
Y entonces, entre el caos y el rugido, lo escuché.
"¡Rein!"
Fue la primera vez que pronunció mi nombre.
Con rabia.
Con miedo.
Con vida.
El mundo se contrajo.
Todo el ruido se desvaneció, como si alguien hubiera apagado el sonido.
Solo quedó eso.
Su voz.
Muévete.
No pensé.
No decidí.
El cuerpo se movió solo.
La daga atravesó el aire.
Y el sonido que siguió no fue el rugido de la bestia, ni el de mi respiración:
fue el eco sordo del acero hundiéndose en carne.
Había hundido la daga en su cuello.
La punta mordió la piel primero, fría y sorprendentemente dura; luego cedió con un chasquido sordo que vibró hasta los huesos de mi mano.
Sentí la resistencia sucesiva de capas que se abrieron —piel, tejido, un tejido más fibroso— y el mango vibró bajo mi palma como un corazón ajeno.
El calor de algo húmedo y metálico rozó mi piel; un olor a hierro llenó la nariz y me pareció oír, muy lejos, el latido acelerado del monstruo.
Empujé sin pensar, notando cada milímetro como si fuese una distancia vital, y la hoja crujió, a la vez firme y ajena en mi mano.
Todo era ruido y pulso: el jadeo en mi pecho, el temblor de los dedos, la sensación de que el mundo se concentraba en ese filo clavado entre lo que era suyo y lo que no.
Solo entonces, me di cuenta de que en realidad había sido una punzada muy superficial.
La bestia se estremeció, no por el dolor, sino por la furia contenida.
Se sacudió, soltó un rugido quebrado y se volvió hacia mí. Me golpeó con una fuerza brutal, lanzándome al suelo esta vez a mi. Sentí su aliento caliente, el hedor de sangre y hierro, y la vibración del suelo cuando alzó la garra.
Ah... estoy muerto.
Un fútil pensamiento como ese fue todo lo que cruzó mi cabeza.
El brazo descendió en un arco devastador. No alcancé a reaccionar.
Solo alcé la daga por reflejo, inútilmente, y en ese instante una sombra cruzó frente a mí.
Un destello de acero.
Un sonido metálico, seco, partió el aire.
El filo de Lyria atravesó el pecho del monstruo por la espalda.
El rugido se quebró en un suspiro áspero, y el cuerpo cayó desplomado a mi lado.
El polvo se levantó como un manto.
Permanecí en el suelo, inmóvil, observando el cadáver. Todavía con el tambor de mi corazón sonando.
"Haah... Haah...parece que ambos están muertos" La voz cansada de Lyria confirmaban que la batalla en nuestro lado había acabado.
La sensación de mis propios sentidos volvía lentamente a asentarse, pesada, como si todo el cuerpo me pesara más que antes.
Solo entonces me di cuenta de que estaba temblando.
El estómago se me revolvía; la garganta me ardía.
El miedo seguía presente.
No... ya no era miedo; empezaba a llenarse de culpa.
Había tardado demasiado.
Otra vez.
Lo que menos quería era esto: quedarme quieto hasta el final.
Prometí que, si alguna vez volvía a enfrentarme a algo así, no me paralizaría. Que no me escondería detrás de otros.
Y aun así...
Cuando llegó el momento, mis piernas temblaron igual.
Mis manos no obedecieron.
Todo lo que pude hacer fue mirar, pensar, dudar.
Una y otra vez.
Qué patético.
Quería creer que el simple hecho de moverme al final contaba como valor. Que haber atacado, aunque fuera tarde, significaba algo.
Pero no.
No era suficiente.
¿Cómo puedo no aprender?
Porque llegará un día —quizá mañana, quizá en la próxima batalla— en que nadie tendrá tiempo para esperar mi respuesta.
El mundo no se detendrá a darme otra oportunidad.
No lo hará Lyria.
No lo hará nadie.
Y cuando eso ocurra, cuando dude otra vez aunque sea un segundo, no habrá nadie que salve a nadie.
Apreté los dientes.
El aire se sentía espeso, como si cada respiración cargara el peso de todo lo que no pude hacer.
La daga aún estaba en mi mano, manchada con una línea mínima de sangre que no significaba nada.
Un golpe débil, inútil.
Tan insignificante como yo.
Mi pecho ardía.
No por el vínculo, ni por las heridas.
Era rabia.
Una rabia que no sabía contra quién dirigir.
Entonces una voz vino desde arriba.
"Bien hecho."
Firme, pero calmado.
Levanté la mirada.
Lyria estaba allí, de pie entre el polvo, con la espada todavía incrustada en el cadáver. Su respiración era agitada, su pecho bajaba y subía entre la armadura, pero su mirada no titubeaba.
La luz del sol se filtraba por las nubes de tierra, dibujando un contorno dorado sobre su silueta.
No sonaba como un elogio.
Ni siquiera como un reconocimiento.
Era apenas una afirmación; un simple hecho, tan frío y directo como la hoja que acababa de salvarme.
Pero aun así... sentí que esas dos palabras perforaban el muro que había construido dentro de mí.
No me estaba reprochando. A pesar de haber tenido que pedir ayuda una y otra vez.
No me estaba mirando con desprecio. Incluso si su propia vida era la que estuvo en riesgo.
Solo estaba ahí, mirándome, con la misma calma con la que enfrentaba a las bestias.
"No te quedes ahí, la batalla no ha terminado, necesitamos apoyar a Mike." Incluso extendiendo su mano para ayudarme a levantarme.
Sentí el pecho apretarse, la garganta cerrarse.
Las palabras se me atoraban en la lengua, luchando por coordinarse.
"No... yo... no pude hacer nada... absolutamente nada... lo siento."
Cada palabra contenía más peso que la anterior en mi garganta.
"...Incluso el único golpe que fui capaz de dar no le hizo absolutamente nada... no fue suficiente, ni siquiera en lo más mínimo."
Una humedad empezó a empañar mi vista. Bajé la mirada para que no lo notara. Sabía que no era tiempo para esta charla sin sentido, necesitábamos ayudar a Mike,y a pesar de que lo sabía...
"Sé que lo hice terrible. En serio, lo lament—"
"¿No me estás escuchando?"
Su voz me cortó de golpe, tan fría como el aire que seguía oliendo a hierro.
Lyria me observaba irritada, pero no sentía que fuera enojo, sino una molestia igual que cuando bromeaba con ella.
"Te dije que hiciste un buen trabajo."
"Pe- pero no pud—"
"Hacer nada, ¿eh?" interrumpió otra vez. "Entonces, ¿qué significa esa mancha de sangre en tu daga?"
Miré mi mano.
La hoja temblaba, y sí, tenía sangre.
Pero... ¿qué importaba eso?
Para un monstruo como aquel, esa herida no significaba más que la picadura de un insecto.
"Esto apenas le hizo daño..." murmuré.
"Por eso te digo —¿y qué?"
"¿Cómo que y qué!? ¡Estuviste a punto de morir! ¡Todo por mi culpa!"
Hay que estar loco para tomárselo como si no fuera la gran cosa.
"Pero no morí."
Su respuesta fue inmediata, seca, pero no dura.
"Ganamos. Estamos vivos precisamente por ese débil golpe."
"¡Eso solo fue porque lo irritó mi presencia! ¡Algo así no va a ser suficiente por siempre!"
"Entonces solo debes asegurarte de que la próxima vez también lo sea."
Su voz no se alzó; no se encontraba ni un rastro de ira, solo determinación.
"Y la otra. Y las siguientes. No importa si es un golpe débil o fuerte. O incluso si es por un golpe, lo que importa es ganar. Después de todo, ganar es sobrevivir un día más."
Me quedé sin nada que decir.
"Mis palabras no son sarcasmo."
Lyria giró la espada para limpiarla en el suelo, dejando el cadáver de la bestia en el piso y me miró de reojo.
"Te dije que hiciste un buen trabajo porque lo hiciste. Pudimos ganar. Es todo. Claro que hay maneras más elegantes de hacerlo —y si tuviera que calificarlas, les daría un sobresaliente— pero ninguna de ellas cambiaría el hecho de que esta vez fue un aprobado."
Su tono era tan neutral que atormentaba más que cualquier reprimenda.
Porque era real.
Porque lo decía en serio.
Y eso... dolía.
Porque no podía entender cómo alguien así podía seguir avanzando sin vacilar, mientras yo... apenas podía mantenerme en pie.
Sentí el pecho apretarse otra vez, la garganta cerrarse.
Era una sensación extraña —una mezcla confusa de culpa, alivio y algo más que no podía nombrar.
Por un instante, quise creerle.
Solo por un instante, quise pensar que tal vez... ese golpe realmente había significado algo.
Lyria giró apenas la cabeza, aún con la espada en mano.
Su respiración era agitada, pero su postura seguía firme.
Seguí su mirada, hacia donde Mike todavía luchaba.
A algunos metros, Mike estaba de pie entre el humo y la arena.
La bestia con la que luchaba yacía ya inmóvil en el suelo, y el domador —jadeante, con el látigo colgando— retrocedía con una mueca de furia.
Mike no esperó un segundo más.
Pisó firme, giró sobre el eje y se lanzó hacia el frente con un rugido que casi se confundió con el del propio demonio.
El domador intentó alzar su látigo, pero el golpe anterior lo había dejado sin ritmo: el fuego se deshizo en chispas, y su guardia quedó abierta.
Mike aprovechó el hueco y hundió la espada directo en su abdomen.
El impacto fue brutal.
El filo penetró la carne con un sonido húmedo, y la sangre brotó en un chorro oscuro que salpicó el polvo.
El demonio soltó un rugido ronco, entre sorpresa y furia, intentando apartarlo con la otra mano, pero Mike no cedió.
Empujó con todo el cuerpo hasta que el guardamanos chocó contra la piel del enemigo.
"¡Maldito... humano!" gruñó el domador, escupiendo sangre, pero aún así continuó agitando su latigo una vez más.
Solo entonces Mike liberó su espada, retrocediendo unos metros.
El demonio también retrocedió tambaleante, sujetándose la herida con una mano mientras el fuego del látigo se extinguía en un resplandor débil.
Sus rodillas cedieron un instante, pero aún así trató de mantenerse en pie, mirándolo con los ojos inyectados en rojo.
Mike respiraba con dificultad, cubierto de polvo y sudor.
El brillo de su espada era opaco, pero su mirada permanecía firme, calculando el siguiente movimiento.
El demonio intentó levantar la cabeza, con una sonrisa torcida que parecía más dolor que burla.
Aún no había caído, pero todos sabíamos que esa herida había decidido el combate.
"Malditos humanos... no se atrevan a mirarme desde arriba; los voy a matar sin falta."
"Detente. Moverte solo hará que te desangres más rápido. Ríndete y acepta tu destino; si no, solo experimentarás una muerte dolorosa."
Fiu~~, Mike definitivamente tiene calibre como villano.
"¡Mi destino es acabar con sus míseras existencias!" —la voz del domador rasgó el aire, profunda y victoriosa—. "¡Y definitivamente lo haré! No crean que han ganado."
"Deberías seguir su consejo, aunque no es que me importe manchar de nuevo mi espada" Finalmente Lyria y yo estábamos incorporandonos también a la batalla, olvídate de mí, pero con Lyria y Mike no había manera que el domador pudiera hacer algo para revertir esta situación.
"¡Callensen! En sus patéticas cabezas creen que siempre tienen todo controlado, pero les mostraremos que no es así."
"Todavía no han visto nada; absolutamente nada."
Pensé que a pesar de las amenazas del domador, al fin todo había terminado.
Pero el aire cambió.
Algo pesado se aproximaba desde la distancia.
El eco de su voz quedó suspendido y, de pronto, un estruendo retumbó a lo lejos.
"¡PUM!"
El viento fue atravesado por un silbido; un objeto —o algo con forma— cayó diagonalmente, estrellándose no muy lejos de donde estábamos y levantando una cortina de polvo.
"D-desgraciado," se oyó quejarse a alguien entre la nube.
Al disiparse la polvareda, no era un objeto lo que yacía allí: era ella, la demonio que había hablado antes, arrastrándose entre maderas rotas y fragmentos.
Un sonido de pasos firmes y pesados se acercó por el camino, resonando sobre el suelo seco. Al girar, vi emerger una silueta imponente, con la capa rasgada por la batalla y el emblema del ejército todavía visible en su hombro.
Beildolf.
"La raza demoníaca definitivamente es otra cosa," dijo con una mezcla de desprecio y un matiz que, pese a todo, sonaba a respeto. "Aguantar un golpe así sin quedar gravemente herida... es de locos."
Su aspecto hablaba por sí solo: el polvo ennegrecía su armadura, y se notaban marcas recientes de combate; cortes, abolladuras, rastros de sangre seca. Detrás de su mirada calmada se adivinaba el peso de una pelea librada a otro nivel.
Beildolf clavó la vista en nosotros y ordenó: "Ustedes tres, retrocedan. Es peligroso; aunque crean que los han derrotado, siempre suelen tener un truco de último recurso."
"¡Jaja! —la demonio se irguió pese a las heridas, elevando un par de aleteos—. Curioso que lo mencione, subgeneral." Incluso con el cuerpo andrajoso, había un brillo amenazador en sus ojos. "Pero, lastimosamente, no tenemos de eso... como habrán notado, no somos parte del ejército demoníaco; de serlo, no apareceríamos hasta ahora."
"En ese caso supongo que también serán diferentes a los ellos y se someterán tranquilamente, ¿verdad?" replicó Beildolf, irónico.
"No me hagas reír, humano. Esto ya no se trata de demonios y humanos: ¡se trata de venganza por el príncipe!"
"Ahórrate la palabrería por alguien que no volverás a ver. Ya no les quedan más cartas."
"Eso no es verdad, Su-ge-ne-ral. No tenemos un último recurso; no estamos mintiendo..."
La demonio cruzó los brazos, como abrazándose a sí misma, y mis ojos siguieron el movimiento de sus manos hacia la espalda. Me produjo un mal presentimiento. Entonces, con un gesto seco, sacó un par de piedras rojizas, del tamaño de un puño, sosteniéndolas en cada mano.
"—Tú... no me digas que—" masculló Beildolf, sorprendido.
"¡PORQUE ESTO NO ES UN ÚLTIMO RECURSO, ES EL PLAN DESDE EL INICIO!"
Las piedras titilaron, lentamente al principio, encendiéndose y apagándose con una luz roja tenue. No eran solo las que sostenía en las manos: un brillo similar se filtraba de su vestimenta, y hasta sus pendientes parpadeaban.
"Se los dije: lo pagarían, ¿no es así?" murmuró el domador, todavía sujetándose la herida; su voz tenía algo de satisfacción enferma. Me recorrió un escalofrío.
Bajo la túnica del domador también apareció un rubor rojo débil, como una respiración. El horror me subió por la nuca.
"Mierda, esto es malo," dijo Lyria, señalando al perro que había dejado retenido en el suelo. Su collar, que yo había visto unos momentos antes, ahora emitía una luz roja.
"¡No te atrevas!" advirtió Beildolf, alzando la voz solo lo suficiente para hacerse oír entre el polvo.
Aun así, no se movió de su posición. Su mano permanecía firme sobre la empuñadura, pero sus pies... no dieron un solo paso. Hasta él entendía que, ahora, cualquier movimiento en falso podía hacerlo estallar todo.
"Me alegro que lo comprendas" La demonio lo miró, sonriendo con un hilo de sangre en los labios.
Bajó lentamente la mirada hacia las gemas que latían en sus manos, el brillo de las piedras se reflejaba en sus pupilas.
"Después de todo..." dijo con voz baja, casi susurrando, "no soy la única que vino con la determinación de morir."
El aire pareció tensarse; a lo lejos, las demás luces rojas comenzaron a palpitar al mismo compás. Una, luego otra, después todas a la vez. El resplandor crecía, la frecuencia se aceleraba.
"¡Mierda, están resonando!" exclamó Mike, dando un paso atrás.
"Retrocedan todos," ordenó Beildolf, sin mover un músculo. Su voz era grave, pero sus ojos no se apartaban del enemigo. "Con uno de los cristales que se active, todos explotarán en cadena."
"Y si ocurre eso," murmuró Lyria, empuñando con fuerza su espada, "no quedará nadie para contarlo."
Las luces seguían latiendo, más y más rápido, bañando las piedras y el suelo con un fulgor sangriento.
La demonio los observaba, tranquila, casi satisfecha de que su vida estuviera por ser extinguida.
"No intenten detenerlo," dijo. "Este destino ya está sellado."
El zumbido de los cristales se volvió insoportable.
No había tiempo.
Podía sentirlo —esa presión invisible que apretaba mi pecho, el aire denso que presagiaba el final—.
No había forma de detenerla, estaba decidida a entregar todo como represalia a la muerte del príncipe demonio.
Esper—
El príncipe demonio.
Una idea cruzó por mi mente como un rayo.
Absurda, irracional... pero la única.
Nadie podría hacerla cambiar de opinión.
Nadie... excepto él.
Excepto yo.
Mi respiración se volvió pesada.
El ruido de las gemas, los caballeros que comenzaban a acercarse dandose cuenta de la situacion, todo se mezcló en una sola nota punzante que parecía clavarme en el oído.
Lyria gritaba algo, Mike maldecía, Beildolf mantenía la mano tensa sobre su espada.
Y aun así, todo sonaba lejano.
Solo esa idea seguía viva, creciendo, consumiendo el miedo y la duda.
Si no hago algo ahora, todos morirán.
No puedo dejar que todo acabe así.
Decídete.
No hay segundas oportunidades.
No más dudas.
Inspiré con fuerza.
El cuerpo se movió antes de que la mente terminara de entender por qué.
"¡Espera!" grité.
La voz salió más fuerte de lo que pensaba, cortando el aire y obligando a todos a girarse.
Incluso la demonio detuvo su movimiento, parpadeando al reconocer que no provenía ni de Mike ni del subgeneral.
Dio un paso hacia mí, desconcertada, mientras las gemas titilaban cada vez más rápido.
"¿Y tú quién eres para interrumpir el final?" preguntó, con el tono entre curiosidad y desprecio.
Sentí cómo mi pulso aumentaba casi a la par de la luz de las piedras.
Mi garganta se secó.
Sabía que lo que iba a hacer era una locura.
Sabía que cambiaría todo.
Pero no había tiempo para pensar en otra solución.
Después de todo, ganar es sobrevivir un día más.
"¿Quién iba a decir que la siguiente vez llegaría tan rápido...?"
No pude evitar reírme, una risa seca, incrédula. El mundo tenía un sentido del humor cruel.
Pero ya no dudaría.
El silencio se volvió absoluto.
Todos me observaban —Lyria, Mike, incluso el subgeneral—, sin entender por qué había dado un paso al frente.
La demonio inclinó apenas la cabeza, con una mueca que mezclaba irritación y desdén.
"Oh, parece que se acaba de unir alguien más al espectáculo, ¿Acaso crees que puedes detenerme, humano?"
"Tal vez," respondí, más tranquilo de lo que esperaba. "O tal vez no."
Levanté una mano y tomé el borde de mi capucha.
El brillo rojizo de los cristales destelló una última vez antes de que la tela cayera.
El aire se contrajo.
Su rostro cambió de inmediato.
Los ojos de la demonio se abrieron, su sonrisa se borró, y el temblor involuntario en su voz fue lo único que rompió el silencio.
"Ese rostro... imposible..."
Yo tampoco dije nada. Solo la observé.
Y mientras el reflejo de las gemas rojas parpadeaba sobre mi piel, exhalé despacio y dejé que las palabras salieran solas:
"Si buscan venganza por el Príncipe demonio..."
Levanté la vista.
"...entonces ya lo han encontrado."

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