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Leer EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela) Capítulo 31 online gratis en español

🏴 Grupo: olvidado134✍️ Traducción: olvidado134
Siempre he sido ajeno al estudio de registros antiguos, y en mi vida pasada lo consideraba una completa pérdida de tiempo… o al menos eso creía. Para mí, el talento lo era todo. Han pasado ya varias semanas desde que recibí aquellos registros: teorías detalladas, explicaciones profundas, advertencias y secretos que los herreros de su raza habían acumulado durante muchísimo tiempo. Y debo decir que sus métodos de herrería resultan ser realmente interesantes. Según lo que leía en estos registros antiguos de la raza Shen Lan, existían siete tipos de métodos o técnicas para la fusión de energía. La primera que tenía ante sus ojos se llamaba Flujo de la Llama Ancestral. Según su teoría: Todo metal tiene una naturaleza propia, y toda energía tiene un movimiento. Esta técnica enseña a transformar tu energía interna en un calor controlado, similar al fuego de los orígenes, pero más estable y puro. No se trata de quemar, sino de ablandar la resistencia del metal sin romper su estructura. Es la base de todas las demás fusiones. Y según se detallaba en su procedimiento, se dividía en cinco pasos claros: 1\. Reúne tu energía en el centro de tu abdomen, en el punto donde reside tu fuerza vital. 2\. Hazla subir lentamente por los canales de tus brazos, sintiendo cómo cambia de fría a tibia, de tibia a caliente, y de caliente a un calor suave pero intenso. 3\. Al tocar el metal o acercar tus manos al fuego, libera una parte muy pequeña de esa energía. Debe fluir como el agua, no como una explosión. 4\. La energía se mezclará con el calor del horno, creando una temperatura uniforme que penetra en lo más profundo del metal, no solo en su superficie. 5\. Mantén el flujo constante durante todo el proceso de calentamiento. Si te falta concentración, la energía se desviará y podrás quemar tus propios canales. —Aunque sea una de las técnicas más básicas, resulta realmente interesante... —murmuró Xuan Lie para sí mismo. Dejó el pergamino sobre la mesa y soltó un suspiro profundo, cargado de paciencia y preguntas sin respuesta. —¿Cuánto tiempo me tomará llegar a dominar y usar estas técnicas ? —se preguntó en voz baja—. Por ahora solo me queda grabar en mi memoria cada palabra, cada explicación y cada paso de estos procedimientos. Es el único camino que tengo por delante. Se encontraba en la soledad de su habitación. Al levantar la vista hacia la ventana, lo único que percibía era un silencio absoluto, pesado y tranquilo, como si todo el entorno hubiera entrado en un periodo de calma aparente. Quizás no sea más que la calma antes de la tormenta... pensó con una leve sensación de inquietud. Su mirada se perdió mientras observaba el paisaje que alcanzaba a divisar a través de la ventana. Sus ojos, profundos y oscuros, parecían haber perdido todo rastro de brillo... como si reflejaran un vacío antiguo y cansado. Se quedó inmóvil, paralizado en sus pensamientos, hasta que susurró con una voz apenas audible, cargada de amarga experiencia: —Somos esclavos de lo que aprendemos... pero fracasos si no hacemos uso de ello. ¿Qué diferencia hay entre una vida rutinaria y una vida común? ¿Qué sentido tendría una existencia que se limita a repetir lo mismo sin avanzar? Qué vida tan lamentable sería vivir de ese modo... En ese instante, un sonido suave pero firme rompió el silencio: alguien llamaba a la puerta. Xuan Lie reaccionó de inmediato, saliendo de sus pensamientos profundos. Se dio la vuelta, se acercó y abrió. Al otro lado esperaba un sirviente vestido con las túnicas tradicionales de la raza Shen Lan, con una postura respetuosa pero neutra. —Se me ha ordenado llevarlo a una mansión asignada para su uso personal —anunció el hombre con voz serena. Xuan Lie frunció levemente el ceño, sin comprender del todo. —¿A mí? ¿Qué he hecho para merecer algo así? —preguntó con cautela y sorpresa en su tono. El sirviente negó con la cabeza suavemente. —Solo se me ha ordenado guiarlo. No sé más detalles al respecto. Xuan Lie guardó silencio por un instante, sopesando la situación. Al final, asintió con precaución. —Por favor, guíe el camino. El sirviente inclinó ligeramente la espalda en señal de respeto. —Así será. Lo llevaré al lugar designado. Antes de salir, Xuan Lie recogió con cuidado lo poco que poseía: sus pertenencias y, sobre todo, los registros antiguos que estaba leyendo. Solo entonces abandonó la habitación. Caminaron juntos por las calles amplias y ordenadas del territorio de la raza Shen Lan. Al cabo de un rato, comenzaron a ascender por una gran montaña que se alzaba en el corazón mismo del santuario, un lugar que pocos tenían permiso de recorrer. Cuando finalmente alcanzaron la cima, la vista que se abrió ante ellos dejó a Xuan Lie conmovido. Allí se alzaba una mansión hermosa, construida siguiendo los trazos arquitectónicos más antiguos de la raza Shen Lan: líneas armoniosas, muros de piedra pulida que parecían brillar con luz propia y techos curvos que se fundían con el cielo. Al frente se alzaba un portón imponente y único, tallado con símbolos que parecían latir con energía dormida. A ambos lados del camino, árboles y arbustos estaban cuidadosamente moldeados en formas de penjing, creando un paisaje ordenado y sereno que transmitía una calma profunda. Era un lugar apartado, tranquilo, como si el tiempo fluyera de manera distinta entre sus muros. Llegaron hasta el portón. El sirviente se detuvo, se hizo a un lado y se inclinó con respeto. —Desde este momento podrá residir aquí. Esta mansión ha sido preparada para usted —anunció con voz firme pero amable. Xuan Lie entrecerró los ojos, sin bajar la guardia. Su desconfianza natural, forjada por vidas enteras de peligros y engaños, no le permitía aceptar algo así sin cuestionarlo. —¿Para mí? ¿Está completamente seguro? —preguntó, observando fijamente al sirviente con una mirada escrutadora, tratando de percibir cualquier señal oculta, cualquier intención que no fuera dicha en voz alta. El sirviente mantuvo la postura tranquila, sin alterarse ante la mirada intensa de Xuan Lie. —Solo he recibido la orden de guiarlo hasta aquí y entregarle estas indicaciones. Más allá de cumplir con mi deber, no tengo ninguna otra intención ni conocimiento de los motivos de esta decisión —respondió con total claridad y sinceridad. El sirviente se inclinó una vez más en señal de despedida y, sin añadir nada más, dio media vuelta y comenzó a descender por los anchos escalones de piedra que serpenteaban montaña abajo. Xuan Lie lo observó con una mirada seria y atenta hasta que la figura desapareció entre la vegetación y las curvas del camino. Su mente no dejaba de dar vueltas: ¿Será esto una trampa? ¿O acaso tiene intenciones ocultas que aún no logro descifrar? Volvió la vista hacia la imponente mansión que tenía frente a sí, respiró hondo y soltó un suspiro cargado de cautela y decisión. —Ya que me la ofrecen, entonces la tomaré —murmuró en voz baja—. Si más adelante surge algún problema, ya veré cómo resolverlo. No soy de los que huyen antes de conocer el terreno. Con paso firme pero sin perder la precaución, se acercó y empujó la gran puerta. Al cruzar el gran portón, lo que se extendía ante sus ojos superaba con creces cualquier expectativa. No era un simple patio, sino un espacio diseñado con una sabiduría y una estética que solo seres de una raza antigua y superior podían concebir. En el centro exacto del terreno se abría un amplio estanque de aguas cristalinas y quietas, tan claras que parecían espejos pulidos que reflejaban el cielo y las nubes. En medio de este cuerpo de agua, como si flotara sobre su superficie, se alzaba una caseta central de líneas armoniosas y majestuosas. Estaba construida con materiales que no se encontraban en las construcciones humanas: piedras de tonos suaves que irradiaban una energía tenue, maderas eternas que no se pudrían ni se desgastaban con el paso de los siglos, y techos curvos decorados con símbolos grabados que parecían fluir como si estuvieran vivos. Desde esta caseta, como el corazón que envía su sangre a todo el cuerpo, partían varios puentes y caminos de piedra que conectaban con cada rincón de la mansión. No eran simples pasarelas toscas: eran obras de arte arquitectónico. Estaban tallados con patrones antiguos propios de la Raza Shen Lan, con bordes lisos y formas que seguían el flujo natural de la energía. Las piedras encajaban entre sí con una precisión milimétrica, sin junturas visibles, como si hubieran sido fundidas en una sola pieza. Uno de estos puentes conducía directamente hacia la entrada principal y la sala de recepción; otro se extendía hacia las alas donde se encontraban las habitaciones privadas; un tercero llevaba a los aposentos de trabajo, almacenes y cuartos auxiliares. Todo estaba conectado, ordenado. Xuan Lie se sentó con calma en el borde de la entrada, apoyando la espalda contra el marco de piedra pulida, y se dedicó a observar cada rincón del lugar con mirada atenta. A medida que recorría mentalmente lo que veía, sus pensamientos comenzaron a volar hacia el pasado, sin que pudiera evitarlo. Recordó a aquel anciano al que había llegado a llamar abuelo, y los once años que había vivido a su lado: días sencillos, rutinarios, marcados por el trabajo, el silencio y las enseñanzas que recibía poco a poco. Entonces, todo parecía más simple, aunque también más limitado. Ahora, con catorce años cumplidos, el mundo a su alrededor había cambiado por completo. Lo que antes creía conocer se había desvanecido, y ante él se abrían caminos que no esperaba, con reglas y poderes que jamás imaginó que existieran. Dejó escapar un susurro casi inaudible, cargado de esa desconfianza que había aprendido a cultivar desde mucho antes: —Qué vida tan pacífica… tan tranquila que me hace creer que, precisamente por eso, los problemas no tardarán en llegar. Cerró los ojos un instante, respirando el aire limpio y cargado de energía que flotaba en la cima de la montaña, y añadió con voz más firme, pero siempre con ese tono reflexivo y amargo: —Nada se da gratis en este mundo. Al igual que esta mansión, que parece perfecta y llena de comodidades, todo tiene un precio oculto. Y aunque ahora lo recibo sin pedirlo, sé que tarde o temprano tendré que devolverlo de alguna forma… Siento una gran curiosidad por saber qué intenciones se esconden detrás de haberme entregado un lugar como este. No es un regalo, es una pieza más en un tablero que aún no logro ver completo. Se puso de pie, se sacudió levemente la ropa con calma y habló para sí mismo con voz tranquila: —Bien, es hora de ponerme cómodo y dejar mis cosas en su lugar. Sin prisa, acomodó lo poco que traía consigo: sus pertenencias personales y, con especial cuidado, guardó los registros antiguos de la raza Shen Lan en un sitio seguro y fácil de alcanzar. Una vez todo en orden, se dirigió hacia la sala principal y se sentó en un amplio asiento tallado en madera oscura, de tacto suave y aspecto sólido, donde se acomodó para seguir leyendo y estudiando los textos. Así transcurrieron las horas. La tarde avanzaba con lentitud; ese día que había comenzado envuelto en una calma casi irreal se transformó poco a poco en una jornada de rutina, como cualquier otra. Cuando levantó la vista de sus pergaminos, notó que el cielo ya teñía de tonos dorados y violetas, señal de que la tarde se desvanecía y la noche comenzaba a extenderse sobre la montaña. Se puso de pie, estiró el cuerpo y se disponía a salir en busca de algo para comer, cuando un golpe suave pero firme resonó en la puerta principal. Xuan Lie se detuvo en seco. No mostró sorpresa en su rostro, solo una leve sonrisa amarga que no llegó a sus ojos oscuros. “Vaya… ya se habían tardado”, pensó para sí mismo con total claridad. “¿Será que ya llegó la hora de cobrar el precio por haberme entregado esta mansión?” Se acercó con paso lento y firme, abrió la puerta y se detuvo un instante. Frente a él se encontraba uno de los treinta ancianos de la raza Shen Lan, un rostro que no le resultaba familiar, con una expresión serena pero al mismo tiempo grave y profunda, como si llevara siglos observando el mundo. —No es bueno dejar a un invitado esperando afuera cuando la noche está a punto de caer —dijo el anciano con voz tranquila y grave. —Mis disculpas, por favor pase —respondió Xuan Lie, haciéndose a un lado para dejarlo entrar. El anciano avanzó llevando entre sus manos un paquete bien cerrado, como si contuviera guisos y alimentos preparados. Una vez en la sala, tomó asiento en uno de los sitios principales y se dirigió a él con naturalidad: —Seguro me has escuchado mencionar. Soy uno de los treinta cultivadores más antiguos de la raza Shen Lan. Mi nombre es Lan Guanyi. Xuan Lie se inclinó levemente en señal de respeto, sin perder la cautela. —Le ofrezco mis saludos, anciano Lan. ¿A qué debo el honor de su visita? —No hace falta que seas tan reservado conmigo —respondió el anciano con una media sonrisa—. Yo y un conocido hicimos posible que te asignaran esta mansión. No te preocupes, no te la hemos dado a cambio de nada en este momento. Aunque sus palabras sonaban sinceras, la desconfianza no abandonó el interior de Xuan Lie; mantuvo la guardia alta y respondió con educación: —Estoy muy agradecido por el lugar tan cómodo y tranquilo que usted y su amigo me han brindado. —¡Ja, ja! De verdad que tienes buena forma de expresarte —rió Lan Guanyi con calma, y le extendió el paquete que traía—. Toma, esto es comida. Aliméntate bien. Solo pasaba por aquí para ver si ya te habías instalado. Ahora me retiro. —Lo acompaño hasta la entrada —dijo Xuan Lie, caminando a su lado. Al llegar al gran portón, antes de despedirse del todo, Lan Guanyi se detuvo y lo miró fijamente a los ojos: —Humano… termina lo que has iniciado. Muchos tienen puestas sus esperanzas en ti. Sin añadir nada más, dio media vuelta y comenzó a descender por los escalones de piedra. Xuan Lie se quedó un momento en silencio, pensativo por todo lo que había ocurrido en tan solo un día. Regresó al interior, cruzó uno de los puentes de piedra y se sentó en el centro de la caseta, mirando hacia el cielo que ya se había teñido de un oscuro profundo salpicado de estrellas. Parpadeó apenas un instante, y al volver a fijar la vista, distinguió una figura que se alzaba silenciosa en lo alto, sobre el techo de la entrada principal, recortada contra la penumbra. —Vaya… no creí que te gustaran tanto los lugares tan pacíficos —dijo una voz conocida que resonó suavemente en la noche. Xuan Lie permaneció sentado, sin alterarse visiblemente, y respondió con calma, aunque con tono firme: —Las puertas existen por una razón. Aunque tengas la habilidad de escalar y subir por los techos, hacerlo sin permiso es una falta de respeto. ¿No lo crees? Y más aún cuando ni siquiera te presentas. La figura se separó de la sombra y bajó con agilidad hasta quedar a la vista. Era Feng, quien había logrado escapar de su lugar de reclusión solo para venir a encontrarse con él. —¿Es realmente necesario que nos presentemos de nuevo, Xuan Lie? —preguntó con una media sonrisa. Xuan Lie no mostró ni un ápice de asombro ante su aparición, Solo mantuvo la mirada fija en él, con esa calma que había aprendido a conservar ante cualquier situación, y habló con voz serena: —¿Cuánto tiempo, Feng…? CONTINUARA… © 2026 EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDÓ. Todos los derechos reservados. Prohibida su copia o reproducción total o parcial. AUT: OLVIDADO
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Estás leyendo el capítulo 31 de EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela), un novela. He vivido incontables años... ¿Fueron 1000? ¿Acaso 2000? La vida es tan efímera como la de un mortal: breve, llena de dolor, de sangre y de lamentos. ¿Qué es la felicidad? ¿Una mentira para quien intenta huir de la… Este capítulo tiene publicado el 12 de julio de 2026, Traducido por el grupo olvidado134. EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela) tiene 69 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.