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Leer EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela) Capítulo 26 online gratis en español

🏴 Grupo: olvidado134✍️ Traducción: olvidado134
Xuan Lie despertó de golpe. Su respiración era irregular y pesada. Escupió bruscamente hacia un lado, como si algo se hubiera quedado atascado en su garganta y le impidiera respirar con normalidad. Durante unos segundos permaneció inmóvil, tratando de recuperar el aliento y comprender qué había ocurrido. Aunque una parte de él deseaba permanecer en aquel sueño, donde todo parecía más simple y menos doloroso, su propio cuerpo se negó a seguir descansando y lo arrastró de vuelta a la realidad. Finalmente logró llenar sus pulmones con una profunda bocanada de aire. —Ya ni siquiera se puede soñar en paz... ¿O qué fue exactamente lo que pasó? Se pasó una mano por el rostro y soltó un largo suspiro. —Haaaa... Una pequeña sonrisa cansada apareció en sus labios. —Al menos pude pensar algunas cosas mientras descansaba. Supongo que algo es algo. Se levantó de un salto y caminó hasta la ventana. Al abrirla, una corriente de aire frío golpeó su rostro. El cielo seguía dominado por la noche. Un océano oscuro cubría el firmamento, decorado por incontables estrellas que brillaban silenciosamente sobre el mundo. Xuan Lie permaneció observándolo durante varios segundos. Luego habló en voz baja, como si conversara consigo mismo. —Quizás debería entrenar un poco más. Miró la inmensidad nocturna. —Todavía queda bastante tiempo antes del amanecer. Estirar el cuerpo y moverme un poco nunca me hará daño. Lo único que conseguiría quedándome aquí sería perder tiempo. Sus ojos se volvieron firmes. —Y ahora mismo no puedo permitirme desperdiciar ni un solo segundo. Salió de la habitación y se dirigió hacia la plataforma de entrenamiento. El lugar estaba completamente vacío. El silencio reinaba en cada rincón. Apenas puso un pie sobre la piedra, comenzó a moverse. Esta vez no buscaba agotarse hasta el límite ni fortalecer sus músculos mediante la fuerza bruta. Ahora era diferente. Sus movimientos eran limpios. Precisos. Fluidos. Cada giro, cada paso y cada extensión de su cuerpo eran ejecutados con total concentración. Intentaba comprender cada movimiento. Sentirlo. Dominarlo. Buscaba algo más que entrenar. Intentaba convertirse en el propio movimiento. Olvidarse de sí mismo y fundirse con cada acción que realizaba. Era exactamente lo que el Anciano Herrero había tratado de enseñarle. Y, de algún modo, también era lo que su propio instinto le exigía. El tiempo avanzó silenciosamente a su lado. Las horas transcurrieron una tras otra. La oscuridad comenzó a retirarse. Poco a poco, una tenue luz apareció en el horizonte y empezó a teñir el cielo de suaves tonos azulados. Solo entonces Xuan Lie se dio cuenta de cuánto tiempo había pasado. Se detuvo. El sudor recorría su frente. Su respiración era pesada, pero estable. Miró hacia el amanecer y no pudo evitar sonreír con cierta amargura. —Realmente el tiempo no espera por nadie... Observó cómo la noche desaparecía poco a poco. —Qué irónico. Bajó la mirada hacia sus propias manos. —Pasamos toda nuestra vida intentando alcanzarlo... y aun así siempre termina escapándose entre nuestros dedos. Permaneció en silencio durante unos instantes. Luego cerró los puños. —Quizás por eso mismo debemos seguir avanzando. Su mirada recuperó la determinación. —Porque mientras siga moviéndome, todavía existe una posibilidad. Miró la ropa pegada a su cuerpo por el sudor. —Haaaa... estoy completamente empapado. Sacudió la cabeza. —Será mejor regresar, darme una ducha y prepararme. Entonces sus ojos brillaron. —Hoy es el día. Su voz se volvió firme. —Hoy tengo que dar un paso adelante. —Hoy tengo que aprender algo real. —Hoy tengo que superar la primera etapa del Reflejo del Azul Abisal. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. —Y no voy a salir de la herrería hasta conseguirlo. De regreso a su habitación, Xuan Lie se movió con rapidez y precisión, sin desperdiciar un solo instante. Se lavó, cambió su ropa y regresó inmediatamente a la herrería, con la mente fija en una única meta: lograrlo. Al detenerse frente a la pesada puerta de madera, inhaló profundamente y dejó escapar un largo suspiro. —Tengo que hacerlo bien hoy —murmuró para sí mismo—. No hay vuelta atrás. Empujó la puerta y entró. La herrería permanecía envuelta en un silencio tranquilo. El único sonido presente era el roce constante de un paño sobre el metal. El Anciano Herrero estaba allí, como siempre. Limpiaba herramientas y bancos de trabajo con una paciencia inalterable, como si el paso del tiempo no tuviera importancia para él. Al notar la llegada de Xuan Lie, no se apresuró. Terminó lo que estaba haciendo, dejó el trapo sobre la mesa y finalmente habló: —¿Estás listo para volver a intentarlo hoy, Xuan Lie? El joven sostuvo su mirada sin vacilar. Había pasado toda la noche entrenando, reflexionando y preparándose. Su respuesta fue inmediata. —Estoy listo, maestro. Apretó los puños. —Esta vez lo lograré. Una leve sonrisa apareció en el rostro del anciano. Era una sonrisa cargada de expectativa. —Bien. Asintió lentamente. —Entonces equípate. Tenemos trabajo que hacer. Xuan Lie se colocó el grueso delantal de herrero, tomó el martillo y ocupó su lugar frente al yunque. Desde ese instante, el tiempo dejó de existir para él. Solo quedaron el fuego, el metal y el sonido de cada golpe. ¡Clang! ¡Clang! ¡Clang! Golpe tras golpe. Intento tras intento. Error tras error. Volvió a empezar incontables veces. Corrigió posturas. Modificó movimientos. Aprendió a escuchar. Aprendió a observar. Aprendió a sentir. Los días pasaron. Luego las semanas. El Anciano Herrero permaneció siempre a su lado, observando y guiándolo. Una y otra vez repetía las mismas palabras: —No te limites a golpear. —Siente. —No intentes imponer tu voluntad al metal. —Compréndelo primero. —El hierro no es una simple materia. —Es una extensión de quien lo trabaja. Y así, sin que apenas lo notaran, llegó el día límite. Solo quedaba una semana para completar el primer año de los tres prometidos. Aquella mañana, algo cambió. Xuan Lie podía sentirlo. El hierro incandescente bajo su martillo ya no parecía una masa informe. Por primera vez estaba respondiendo. Cada golpe encontraba su lugar. Cada corrección parecía natural. Cada movimiento fluía sin esfuerzo. Era como si el metal hubiera comenzado a hablarle. Poco a poco, la pieza empezó a adquirir una forma definida. Sus líneas se volvieron armoniosas. Su estructura ganó equilibrio. El brillo rojizo de la forja danzaba sobre la superficie, otorgándole una apariencia casi viva. El Anciano Herrero abrió los ojos de par en par. Durante meses había esperado ese instante. Dejó caer el trapo al suelo y avanzó un paso. La emoción era imposible de ocultar. —¡Sigue, Xuan Lie! Su voz retumbó por toda la herrería. —¡No te detengas! —¡Siente cada golpe! —¡Siente cómo responde el metal! Xuan Lie apretó el mango del martillo. El sudor corría por su rostro. El calor era sofocante. Pero ya no escuchaba nada más. Solo el ritmo. Solo el hierro. Solo el fuego. —¡No luches contra él! —gritó el anciano—. ¡Conviértete en parte del proceso! —¡Escúchalo! —¡Compréndelo! —¡Haz que tu voluntad y el metal sean una sola cosa! Los ojos de Xuan Lie brillaron. Algo dentro de él pareció encajar. Como una chispa. Como una puerta que comenzaba a abrirse. Y por primera vez desde que había iniciado aquel camino, sintió que estaba a punto de comprender el verdadero significado del Reflejo del Azul Abisal. El martillo resonaba con un ritmo profundo y constante, golpe tras golpe, y bajo aquel impacto incesante, el metal al rojo vivo comenzó a definirse lentamente, tomando la silueta de una pequeña navaja. El anciano, que estaba ahora muy cerca, observando cada milímetro con el corazón acelerado, no pudo contenerse más y gritó con toda su fuerza, con una mezcla de emoción y urgencia: —¡Xuan Lie, casi lo tienes! ¡Así se hace! ¡Dale con el alma puesta en cada movimiento! ¡Siente el metal, siente el fuego, no pienses, solo hazlo! ¡Vamos! Y fue en ese instante, al escuchar esas palabras, cuando algo dentro de Xuan Lie hizo clic. Sus movimientos cambiaron por completo; ya no parecía un aprendiz que apenas comenzaba, sino alguien que hubiera realizado esta tarea mil veces, toda su vida. La torpeza desapareció, la duda se desvaneció. Sus manos se movían con una destreza y una naturalidad asombrosas, guiadas por un instinto que iba más allá de lo que le habían enseñado. Comenzó a darle los últimos retoques, el acabado final, con una precisión quirúrgica. La daga, que hasta hace poco era solo una pieza de hierro común, al fin reveló su verdadera forma: elegante, equilibrada, perfecta. Y con ella, la primera etapa del Reflejo del Azul Abisal comenzó a abrirse ante él, a ser comprendida, asimilada y grabada en su ser, tal como si siempre hubiera estado ahí, esperando solo el momento justo para despertar. Mientras sus manos terminaban de dar vida a su creación, sus labios se movían en un susurro constante, casi un canto o una oración, repitiendo las enseñanzas que le habían marcado, como si al decirlas las estuviera forjando también dentro de sí mismo: «La belleza está en el orden… la fuerza… la disciplina… el valor… observar… el método… hace una obra maestra… una creación magnífica…» Y lo repetía una y otra vez, como un mantra, fusionando cada palabra con cada golpe, con cada movimiento. El sudor corría por su frente, su espalda y sus brazos, empapando su ropa y cayendo al suelo, donde se evaporaba al instante. El calor era inmenso; las llamas abrasadoras parecían querer derretirlo todo a su paso, devorar el aire y quemar la piel, pero Xuan Lie no se detuvo ni un segundo. No sentía el calor, ni el cansancio, ni el tiempo. Solo existían él, el martillo, el fuego y aquel pedazo de metal que cobraba vida. El anciano permanecía a su lado, con los ojos brillantes, mirando todo con una intensidad que rara vez se veía en él. No apartaba la vista ni un instante, lo animaba con la mirada y con el alma, sabiendo que en ese preciso momento, bajo esas llamas y entre esos golpes, su alumno no estaba solo creando un arma… estaba forjando su propio camino. Y el anciano, al ver el desarrollo imparable que estaba teniendo su discípulo, al notar cómo todo lo enseñado se fusionaba al fin en sus acciones, habló con voz grave y profunda, proyectando cada palabra para que quedara grabada en lo más profundo de su ser: —Óyeme atentamente, Xuan Lie… Pero el joven no se detuvo, ni siquiera redujo el ritmo. Seguía inmerso, avanzando hacia los últimos pasos, hacia el toque final que daría vida a aquella daga. Sus manos se movían con una seguridad que antes no tenía, guiadas ya no solo por la técnica, sino por algo mucho más grande. El maestro herrero continuó hablando, sus palabras resonando sobre el sonido rítmico del metal: —¿Para qué te sirve esta etapa? Escúchalo bien: esta etapa es el conocimiento, es entender la cultura de las cosas, y también es saber reconocer las debilidades. Esto que estás aprendiendo hoy te ayudará a saber cómo funciona todo lo que creas, dónde falta fuerza, dónde falta forma y dónde debes mejorar. Y no te servirá solo ahora, ni solo para la herrería… te servirá para todo tu futuro, para todo lo que vengas a hacer en tu vida. Hizo una pausa breve, cargada de significado, y sintetizó todo lo que esa enseñanza representaba: —Así que recuerda, Xuan Lie: esto es lo que significa el Reflejo del Azul Abisal: comprensión, cultura, paciencia, observación, valor, disciplina… Todo eso es lo que estás poniendo en este metal ahora mismo. ¡Así que termina lo que empezaste! ¡Dale el último acabado que se merece! ¡Tú puedes, Xuan Lie! Esas palabras fueron el detonante exacto, la pieza que faltaba para completar el rompecabezas que había estado armando durante meses. Al escucharlas, algo se rompió y al mismo tiempo se unió dentro de él. La comprensión llegó de golpe, clara y absoluta. En ese instante, Xuan Lie sintió la llama; ya no era un fuego que quemaba, sino una energía que abrazaba. Sintió cada golpe, cada vibración, cada roce del martillo: todo era preciso, calculado, perfecto, como si su cuerpo y su mente hubieran alcanzado la misma frecuencia que el metal. La daga, que ya tenía forma, se fue puliendo y definiendo hasta llegar a su estado final. Y entonces, se escuchó un solo golpe, el último: fuerte, seco, resonando por toda la herrería como una sentencia definitiva. El joven se detuvo, agitado, el pecho subiendo y bajando con rapidez, el sudor brillando en su piel. Sus ojos, antes llenos de duda y esfuerzo, ahora brillaban con una luz intensa, nueva, profunda. Allí, sobre el yunque, descansaba la pieza que acababa de crear: su primera daga, su primera verdadera creación. Y con ella, no solo había forjado un arma, sino que había dado el verdadero paso, había avanzado y comprendido por completo la primera etapa del Reflejo del Azul Abisal. El anciano se quedó mirando, completamente atónito, incapaz de dar un solo paso ni apartar la vista. La sorpresa lo tenía paralizado por completo. Un humano de apenas catorce años, que llevaba poco menos de un año bajo su tutela… ¡y ya había sido capaz de comprender y dominar la primera etapa del Reflejo del Azul Abisal! Algo que, para los de su propia raza, a menudo requería años de esfuerzo, paciencia y experiencia acumulada, algo que muchos ni siquiera lograban alcanzar en toda su vida. En ese instante, con la mente todavía nublada por lo que acababa de presenciar, sus ojos se movieron lentamente: primero se posaron sobre aquella daga perfecta, brillante, fruto de meses de sudor y de un momento de iluminación total; y luego alzaron la vista hacia Xuan Lie, hacia ese joven que respiraba agitado pero que ahora tenía una mirada distinta, más profunda, más madura. Y entonces, en el rostro del viejo maestro apareció una sonrisa. Una sonrisa que lo decía todo: estaba llena de orgullo inmenso, de emoción desbordante, de asombro y de una alegría que le llegaba hasta el alma. Mientras lo observaba, estas palabras resonaron claras y firmes en lo más profundo de su pensamiento: «Este humano… no es solo mi discípulo. No es solo un aprendiz al que enseño los secretos del metal y el fuego… es un monstruo. Un monstruo que YO HE FORJADO con mis propias manos, con mis enseñanzas, con este arte que llevo en la sangre.» Se quedó allí, maravillado, imaginando lo que vendría después, y su pensamiento continuó, cargado de expectativa y respeto: «¿Qué clase de cambios traerá este joven al mundo? ¿Qué cosas será capaz de lograr en el futuro? Porque lo veo claro ahora mismo… Xuan Lie tiene el hambre. No hambre de comida, ni de riquezas… EL HAMBRE DE CRECER. Una sed insaciable de volverse más fuerte, de comprenderlo todo, de superarse a sí mismo una y otra vez. Y ese tipo de hambre… es lo que hace que los verdaderos grandes seres se levanten y transformen la historia.» El anciano dio un paso adelante, puso su mano con firmeza pero con ternura sobre el hombro de su discípulo, y lo miró a los ojos con una mezcla de satisfacción y emoción contenida. Su voz, aunque serena, denotaba una profundidad que rara vez se le escuchaba: —Lo has hecho bien, discípulo. Has logrado el primer objetivo… y no solo lo has alcanzado, lo has hecho con excelencia. Lo has hecho muy bien, Xuan Lie… Por fuera mantenía esa compostura serena y sabia que siempre lo caracterizaba, pero en el interior de su mente, el anciano quería gritar, saltar y desbordarse de alegría. Había sido testigo directo, con sus propios ojos, de algo que para muchos era imposible: ver cómo un humano, una raza considerada débil o alejada de estas artes antiguas, era capaz de comprender, aprender y asimilar la esencia misma de la herrería con una facilidad y una profundidad que asombraban. Y no era solo orgullo por el joven… había algo mucho más grande. El maestro sabía que, con este logro, la historia de su arte, la historia de sus hermanos y de todos aquellos que antes que él habían dedicado su vida al fuego y al metal, estaba a salvo. Sentía un alivio inmenso, un soplo de emoción y, sobre todo, una gratitud infinita. Porque todo ese conocimiento acumulado durante siglos, todos esos secretos y verdades forjadas en las llamas, ya no correrían peligro de perderse en el olvido. Por fin… ya había llegado alguien que demostraba ser verdaderamente capaz de aprender, comprender y continuar el gran Arte de la Herrería. Alguien que no solo recibiría el saber, sino que lo haría crecer, lo honraría y lo llevaría a lugares que ni él mismo había imaginado. Continuará… © 2026 EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDÓ. Todos los derechos reservados. Prohibida su copia o reproducción total o parcial. AUT: OLVIDADO
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Estás leyendo el capítulo 26 de EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela), un novela. He vivido incontables años... ¿Fueron 1000? ¿Acaso 2000? La vida es tan efímera como la de un mortal: breve, llena de dolor, de sangre y de lamentos. ¿Qué es la felicidad? ¿Una mentira para quien intenta huir de la… Este capítulo tiene publicado el 11 de julio de 2026, Traducido por el grupo olvidado134. EL PODER QUE EL UNIVERSO OLVIDO (Novela) tiene 69 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.